Las nueve musas
Tactos

Tierra soleada que surge del mar; que sigue la severa ley de la alteración incesante de Heráclito. Todo fluye. Tierra ondulada; dulce el clima del olivo.

Las adversidades en el mar y las contrariedades en la tierra, la lucha contra la sed y el combate con los vientos han dotado a su gente griega con perseverancia y obstinación. Con resolución y resistencia. Con terquedad. Buenos para la guerra, mejores para la guerra civil…

TactosUna patria soleada que se come a sus hijos. Los absorbe en su oscurantismo. Es tanto el peso de su antigua civilización helénica que, después de su fecha de vencimiento, se ha convertido en gravitación que no deja nada escapar de su agujero negro. La fragmentación de su litoral y de sus islas han hecho de su ser humano un patriotero; un patriotero tan falso que menosprecia a sus hermanos de las patrias sin salvación. Es la versión platónica del amor a la patria. Ante su pobreza -su compañera perenne- el ser griego opondrá su insistencia, su mente inventiva, su moderación innata, su astucia comercial y marítima. Las olas lo llevaron hacia la búsqueda de lo nuevo. Esteticismo y vigor, sabiduría y exquisitez son sus principios: sus “arjé” filosóficas. Un alma individualista con valor… arqueológico. Su lengua no tiene hermanas. Su escritura, prestada de los fenicios. La reducción de la Helenidad tras la imposición de los nacionalismos –diría O. Elytis, el literario griego y ganador del premio Nobel- nos ha privado de la manera que contemplábamos las cosas con una mente abierta y con la fuerza y la validez de la que disponía nuestra lengua en una vasta extensión del mundo civilizado. Antes de las dos guerras mundiales, los ciudadanos de este país minúsculo podían moverse sin la necesidad de un pasaporte lingüístico, en un área que comprendía extensas regiones de Italia y Austria, todo Egipto, Bulgaria del Sur, Rumanía, la Rusia caucásica y, claro, Constantinopla y la “tierra adentro” de Turquía, desde el mar Egeo, hasta los alrededores de Kurdistán.           

Universo cultural, cuyos magos han identificado sus civilizaciones con la religión (mal entendida, diría Rulfo), convirtiendo así la cultura en un asunto de los curas incultos, quienes llevaron al pueblo por caminos ásperos; a quienes se les ocurrió excomulgar a Kazantzakis. Y nos han convencido de que en nuestras venas corre la helenidad (¿qué porcentaje habrá en un pueblo de apenas diez millones que ha pasado veinte siglos por la espada y el fuego de persas, romanos, turcos venecianos y alemanes?), la ortodoxia (¿qué tiene que ver con la helenidad?) y la democracia (¿cómo se distingue entre tanto desprecio de los derechos de los demás en la vida cotidiana?). Han sido esos los tres principios nacionales. Solo que los nacionalistas (léase fascistas) cambiaron en 1967 una tercera parte de esa Trinidad –la última- y la denominaron “familia”. Las consecuencias las seguiremos pagando en el caso de seguir existiendo en el futuro.                 

Al frente, por el otro lado del mar que surge la tierra, del mar Egeo, la otra tierra. La perdida. La despreciada y a la vez amada. La resentida por su decadencia otomana; la pobre (en eso somos hermanos –solo que nosotros somos menos pobres; tenemos nuestra Αntigüedad clásica…) La tierra de la melancolía. De las ruinas. La asimilada por griegos y turcos. Como niños después de una pelea. El vecino introvertido y nacionalista que se estremece para aliviarse del islam y se contorsiona para liberarse de los golpes de estado militares que ignoran el aspecto cosmopolita y multicultural que podría tener su país. Turquía: un país que derrumba sus “yali” –sus casas nobles- para olvidar su pasado; pero que no ve que en su lugar no se construye nada importante. Ellos no combinan la frugalidad oriental con la movilidad del occidente. Son desconfiados de lo “occidental”. Recelosos. Tercos y arduos. Insistentes y pacientes. Se dice que “el turco caza liebres con su carreta de bueyes”. Son crueles. Brutales. Y a la vez respetan a la autoridad estatal. Y esa disciplina puede llevar a sus soberanos hacia la arbitrariedad, convirtiendo al ciudadano en vasallo. Los turcos cobran su fuerza de su orgullo. Es ese mismo orgullo que les lleva por caminos de arrogancia. Pero ya no es tiempo para nostalgia ingenua y jactancia agresiva. Ni para celos o rencores. Las civilizaciones caídas en coma no tienen posibilidades de revivir. El sentimiento colectivo de su gente, una mezcla de futilidad, indiferencia y afección, es más fuerte que el poder de las autoridades estatales que mantienen al pueblo inculto, diría uno de sus hijos más ilustres: Orhan Pamuk. Los turcos creen (a veces con razón) que los europeos los desprecian, pero lo que les pasa es que ellos mismos se menosprecian al compararse con el mundo exterior. Y emigran a Alemania, para después regresar a Turquía y “liberar” a su gente de la miseria.

Mar salvaje…

Recoged el agua maldita un día de tempestad. Poco antes de desatarse la tormenta, colocad unas calderas fuera de vuestro hogar. Cuando acabe el temporal, colad el agua. Así esta se cargará con electricidad; llevará energía negativa; todo el odio de Dios…”, leemos en un pergamino chamuscado de las tatarabuelas orientales.

Mar bravo…

Crucemos de nuevo al frente. Por el otro lado del Egeo. El griego. Cerca está. Todavía hay muchas voces que protestan en contra de la -caída de Constantinopla en manos de “los mongoles”. La misma situación por la otra orilla: manos levantadas amenazan por la disipación de Estambul por manos de los “infieles”. Lo que significa para los griegos la destrucción del Asia Menor, es para los turcos su regreso dinámico al escenario internacional. La opinión que hoy tienen los turcos sobre los griegos está limitada en una élite educada, pero minúscula. Por el contrario, la opinión que los griegos tienen acerca de los turcos está muy ampliamente diseminada por el pueblo. 

Pero, por encima del tumulto revolotea el canto “rembético” –un cante jondo, diríamos- de los barrios populares de Estambul –la bizantina y la otomana- y de Salónica –la griega y la eslava-, de Esmirna, la turca, y de Syros, la helénica. Un canto de las penas; de la cárcel y del amor. Y entre los mares, estelas de destierro: la pobreza, los campamentos de refugiados y el desempleo. Los caminos musicales pasan por dos siglos y dos guerras mundiales y se amasan con los movimientos izquierdistas. Lloran por la injusticia social y la desdicha. Expulsiones por aquí, persecuciones por allá, violencia, prostitución y drogas: el hachís humea por entre las burbujas del narguilé y las cantantes-putas ofrecen sus caricias maternales a sus amantes de una noche. Las tabernas, con sus bombillas multicolores colgando en fila, auténticas casas de sufrimiento, dirían los portugueses. Ambiente de bigotes y rembético; que viajarían dos veces con los pobres desgraciados a los Estados Unidos de América, como productos culturales, rechazados por los mojigatos mimados de los centros urbanos. Desplazados, a lavar platos en Chicago, hasta llegar a ser magnates de la economía mundial. Y de noche, tocando sus violines y sus “santur”, sus liras y sus laúdes, sus “baglamás” y sus “buzukis” greco-turcos. Eso significa “magas”: una síntesis de elementos psicológicos y de comportamientos sociales entre dos mundos. El oriental y el occidental. Un modus vivendi, una mentalidad cultural –mejor dicho: una necesidad biológica. Como el amor; como el sexo. “Magas”, pues, es el amante de la musa asiática que se embriaga en su orgullo helénico. Es el que canta con su alma rembética:

“No tengo casa adonde retornar, / cama siquiera para dormir. / No tengo calle, ni barrio pa’ caminar / un mayo primaveral. / Mentiras fatales me dijiste / dándome leche a mamar, / pero ahora que las serpientes se despertaron, / tú llevas tus antiguas alhajas / y nunca sollozas, Madre Grecia, / vendiendo a tus hijos a la esclavitud. / Y cuando yo con mi azar estaba hablando, / tú, vestida con tus viejos lujos, / al bazar me llevaste, / gitana, mona, Grecia, madre de la pena. / Y ahora que el fuego  se alza de nuevo, / tú contemplas tus antiguas bellezas. / Y en las rondas del mundo, mi madre, Grecia, / siempre pregonas la misma mentira. / No tengo Santo para venerar, / ni vela en el  cielo vacío. / No tengo Sol ni luz de estrellas / para cantar un mayo primaveral.”    

Sin embargo, existe también el “tzaba-magas”, la persona-baratija, el perro que ladra y no muerde, que promete y no cumple, que no progresa. Es el protagonista de hoy, que sentado en una cafetería cursi tomando su café “frappé”, fanfarronea sus hazañas del pasado y sus planes (-¡Hazme Primer Ministro y solucionaré el asunto de los pensionistas!) para un futuro mejor que nunca llegará… El nuevo rico, el nuevo griego con dos coches (que no tiene donde aparcarlos), con dos teléfonos móviles (que los usa para rebuznar o chillar –según su sexo, masculino o femenino- sus compras inútiles), con sus dos televisores (para ver fútbol, tertulias políticas y chismes) y el bitacorero con su  internet (donde navega por las geolocalizaciones buscando a sus Evas a desnudo). Es el chuloplaya, que dirían los españoles, y es el “nuevo letrado” –como el nuevo rico-, el estudiante universitario que no conoce a El Greco, y es el funcionario público, el “enemigo del ciudadano”, que pasa fumando y contestando irónicamente. Coeficiente de inteligencia: bajo cero… Y ahora hay otras voces que gritan:

-¡Salvad a Grecia de los griegos!

Pero, en Turquía se dice: “El que dice la verdad, es expulsado de nueve pueblos”…

Y después vino la crisis mundial. (Como si no existiera desde siempre…) Este texto seguramente ya no es válido.   

Ilias Tampourakis

Ilias Tampourakis

Nació en Atenas (Grecia) y creció en el seno de una familia griega con raíces internacionales.

Ha enseñado español y portugués en la Facultad de Idiomas de la Universidad Nacional I. Kapodistrias de Atenas y en los seminarios culturales de la Unesco en Grecia.

Traductor en el Cuerpo Diplomático de América Latina en Atenas y escritor de artículos y libros con temas culturales.

Representa al comité de arte de la Alianza Sociocultural Latinoamericana y Española en Grecia y era durante varios años columnista del boletín social africano en Atenas.

Ha dedicado un largo período al estudio de las civilizaciones de Asia, la filosofía y la naturaleza de este continente.

Además, ha estudiado el análisis morfosintáctico de 12 idiomas, investigando la mentalidad cultural que ellos revelan.

Certificado de los seminarios de paleografía española y oriental de las Universidades de Harvard (EE.UU.) y Complutense (Madrid); depositó (el año 2014, en colaboración con la Universidad de Colorado, EE.UU) su obra pertinente en los archivos estatales de Plasencia (España).

Ha estado viajando durante 30 años por 76 países del mundo, fotografiando y coleccionando piezas musicales y otras curiosidades

Ha vivido trabajando con su familia en Costa Rica (América Latina).

Considera que el conocimiento es substancial solo cuando se combina con la experiencia, y se niega a conformarse con cualquier tipo de opresión.

Cree que el hibridismo cultural proyecta varios elementos interesantes pero que, a la vez, corre en sus venas el dolor.

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