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Las nueve musas
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Sobre la evolución sintáctica del español

De todas las ramas de la gramática española, la sintaxis es una de las que se ha mantenido más estable a lo largo de los siglos. Las razones de esta estabilidad son varias, pero también lo son las causas de su lenta evolución.

En este artículo reflexionaremos brevemente sobre el tema.

  1. Las profundidades del lenguaje colectivo

Todo acto de habla experimenta un doble proceso: el de análisis y el de síntesis. En principio, las representaciones, los estados afectivos y los juicios surgen en nuestra mente sintéticamente, sin que sus elementos puedan diferenciarse por completo. Expresar esos elementos supone analizarlos y distinguirlos entre sí, de lo que se deduce que hablar es también analizar. Ahora bien, una vez diferenciados, es necesario elegir los elementos que sean más beneficiosos para nuestro propósito expresivo. En una descripción, por ejemplo, no expresamos todas las imágenes que aparecen a un tiempo en nuestra mente, sino solo aquellas que se ajustan al fin que nos proponemos. De mismo modo, en un relato no nos valemos de una confusa e indiscriminada sucesión de hechos, sino solo de aquellos que queremos destacar. Esta delicada selección, hecha con fines específicos, posee asimismo un carácter sintético. También es sintética la relación que establecemos entre unas palabras y otras por medio de las partículas[1] y las desinencias[2].

Samuel Gili Gaya
Samuel Gili Gaya

Así pues, la estructura general de cada locución que pronunciamos se amolda a patrones ideales, a esquemas expresivos, a fórmulas de organización que hemos aprendido desde muy temprana edad y que inercialmente aplicamos a las frases, oraciones y períodos que empleamos día a día. El uso y la costumbre —es decir, nuestra interacción con la comunidad lingüística a la cual pertenecemos— se encargan de fijar esos esquemas en nuestra mente; la tradición cultural, con todas sus variantes, se ocupa de pulir esa tarea. El maestro Gili Gaya explica que el único capaz de superar esta atávica esquematización y, por lo tanto, de propiciar cambios significativos en nuestra sintaxis, es el artista de la palabra, ya que «al poner en tensión todos los recursos de que es capaz su idioma, consigue crear nuevas formas de lenguaje que pueden ser admitidas o eliminadas por su grupo social, o por algunos de sus sectores»[3].

Si bien es cierto lo que dice el célebre académico, habría que agregar que la acción innovadora de ciertos espíritus creativos no incide demasiado en los cambios de la sintaxis española. Después de todo, este tipo de influencia es tan discontinua y variable como poco frecuente la aparición del genio al que se la atribuyen. Es en las profundidades del lenguaje colectivo donde en realidad se encuentran las causas psicológicas e históricas que ocasionan la mayoría de las transformaciones sintácticas de nuestra lengua.

  1. La larga gestación y propagación de los fenómenos sintácticos

A diferencia de lo que ocurre con la pronunciación y con el vocabulario, los cambios sintácticos se propagan lentamente. Es probable que esto se deba a la escasa percepción que los hablantes tienen de los fenómenos sintácticos. Cualquier usuario de la lengua, sin importar el período histórico en el que le haya tocado vivir, puede darse cuenta enseguida de si una palabra no es pronunciada de manera habitual; asimismo, puede advertir las diferencias léxicas que presenta su generación con respecto a la anterior; incluso, aunque con mayor dificultad, puede notar los cambios en la articulación de los sonidos, sobre todo, en épocas en las que estos se producen en cantidades importantes, tal como sucedió en España entre mediados del siglo VI y fines del XVI, que es cuando empieza a fijarse el sistema fonológico moderno.[4] Sin embargo, los cambios en la estructura de la oración (con excepción del cultismo literario y de los modismos) recién se perciben después de mucho tiempo, y solo se propagan luego de un largo enfrentamiento con los esquemas tradicionales. Aparecen, además, en orden sucesivo, y con virtual independencia unos de otros. Solo parece superarlas, en lentitud, la evolución de las curvas de entonación y el soporte rítmico del idioma.[5]

El uso de la preposición a con objetos directos de persona nos ofrece un ejemplo perfecto de esta lentísima transformación. Comienza en la época preliteraria por confusión con el dativo, pues consideraba a la persona como interesada en la acción; se encuentra con frecuencia en textos primitivos como el Cid (Veré a la mugier), sin ser aún obligatorio; avanza cada vez más hasta generalizarse en la lengua moderna, pero con vacilaciones motivadas por la mayor o menor determinación de la persona (busco al asistente frente a busco un asistente), o al grado de personificación que se le atribuye al objeto directo (temes la muerte frente a temes a la Muerte). La preposición ayuda a diferenciar el sujeto del objeto, aunque se altere el orden lógico de la oración (Lucía vio a mi hermano equivale A mi hermano vio Lucía), es por eso por lo que también empieza a usarse con objetos directos de cosa siempre que pudieran confundirse con el sujeto de la oración (El arrebato venció la dificultad o El arrebato venció a la dificultad). Todavía en la actualidad es común encontrar objetos directos de cosa precedidos por la preposición a cuando no recogen toda la actividad del verbo, sino una parte. En un libro argentino de reciente publicación, sin ir más lejos, puede leerse lo siguiente: Nuestros cañones derribaron dos aviones enemigos y averiaron a otros tres.[6] El autor divide la idea general del acto descrito en «aviones derribados» y «aviones averiados» apelando a un doble complemento inexistente. Al complemento más afectado por la acción (los derribados) lo piensa como acusativo y por eso lo escribe sin la preposición a; al menos afectado (los averiados) lo piensa como dativo y por eso lo escribe con la preposición a. Podemos relacionar el error de este autor con el leísmo sin temor a equivocarnos.

Ahora bien, muchas veces, la confluencia de dos o más fenómenos sintácticos nacidos con fines expresivos diferentes sirve para fortalecer una evolución determinada. Por ejemplo, cuando intentamos explicarnos el rechazo del español al uso de la construcción pasiva, encontramos que una de sus causas es la competencia con la pasiva refleja, fortalecida con el carácter perfectivo o imperfectivo de los verbos con que pudiera emplearse la pasiva por medio de la perífrasis ser + participio. Efectivamente, nadie emplea la pasiva con el presente imperfecto de verbos perfectivos (La escopeta es disparada por mí o El portón era abierto por el portero), pues esta es una construcción que ya no se usa en la lengua moderna. En cambio, puede usarse la voz pasiva en los mismos tiempos cuando se trata de verbos imperfectivos, es decir, de larga duración (Pedro es querido por todos o La noticia era conocida en el pueblo). El carácter imperfecto de uno y otro tiempo entra en contradicción con la acción momentánea de los verbos perfectivos, es por eso por lo que se prefiere la voz activa en estos casos. Por lo demás, la diferenciación progresiva de los verbos ser y estar, imperfectivo el primero y perfectivo el segundo, hace que el sentido durativo del verbo ser sea incompatible con la acción momentánea expresada por los participios de verbos perfectivos (es disparada la escopeta, era abierto el portón), lo cual hace que sea inviable la voz pasiva en muchísimas construcciones. Para que la lengua llegara a estos resultados, tuvieron que confluir tres fenómenos sintácticos provenientes de distintas zonas del idioma: la formación de la pasiva refleja, el reconocimiento de la acción perfectiva e imperfectiva y el valor atributivo de los verbos ser y estar.

  1. La analogía y la diferenciación, dos elementos decisivos

Buena parte de los cambios sintácticos de nuestra lengua son propiciados por la analogía[7], aunque su influencia está ligada a una tendencia opuesta que los lingüistas designan con el nombre de diferenciación. El hablante necesita frecuentemente distinguir matices de significación para los cuales el idioma no ha dispuesto todavía estructuras específicas. Así es como debe extraer esos matices de algunas de las fórmulas existentes, a riesgo de que esta variación de sentido acarree diferencias gramaticales. Así, por ejemplo, el español primitivo formó, del significado de obligación presente (cantar he), el nuevo futuro (cantaré); pero como la expresión perifrástica seguía siendo necesaria, se tuvo que crear la fórmula diferenciadora he de cantar.

Un proceso diferenciador parecido es el que se observa en las locuciones adversativas sin embargo y no obstante, que surgen tardíamente como un recurso de la lengua literaria moderna para oponer entre sí cláusulas u oraciones extensas, tal como la lengua coloquial emplea la conjunción pero para oponer cláusulas u oraciones breves. No se trata aquí de otorgarle mayor elegancia a la expresión, sino más bien de encontrar un criterio diferenciador entre la oposición adversativa simple y la que comprende elementos más complejos.

La analogía y la diferenciación han intervenido en las distintas fases de la evolución sintáctica del español, incluso en la presente, de la cual podemos decir, valiéndonos de las palabras del ya citado Gili Gaya, que representa «un conjunto de elaboraciones tradicionales y de gérmenes de transformaciones futuras»[8]. Aun así, esta fase (la fase en la que nos encontramos actualmente) constituye un sistema expresivo válido en sí mismo, lo que significa que puede ser analizado —y, de hecho, es como los estudios sincrónicos lo hacen— a partir de sus concretas y vigentes producciones.

 

[1] Hasta más o menos mediados del siglo XX, los tratados de Gramática llamaban partículas a las partes invariables de la oración que carecen de significado léxico preciso, pero que ayudan a atribuir categorías gramaticales o a establecer conexiones entre palabras. De acuerdo con esta definición, serían partículas las conjunciones y las preposiciones, pero también los prefijos, sobre todo, cuando estos no están soldados a la palabra a la que se anteponen.

[2] Llamo aquí desinencias no solo a las terminaciones verbales, sino también a los morfemas de género y número.

[3] Samuel Gili Gaya. Curso superior de sintaxis española, Barcelona, Bibliograf, 1980.

[4] Véase Emilio Alarcos Llorach. Fonología española, Madrid, Gredos, 1991.

[5] Véase Tomás Navarro Tomás. Manual de entonación del español, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1974.

[6] El libro en cuestión es uno que me tocó en suerte corregir. El compromiso de confidencialidad que asumí, y que naturalmente pretendo respetar, me impide mencionar el título y el nombre del autor.

[7] Llamamos analogía a la tendencia histórica mediante la cual se asimilan fenómenos lingüísticos diferentes en busca de una superior unidad, a riesgo incluso de infringir los propios principios fonéticos y ocasionar cambios etimológicos. Por ejemplo, si el latín venis dio vienes (con diptongación de e en ie), el latín vestis debió haber dado viestes; sin embargo, por la analogía o semejanza con las formas vistamos y vistáis terminó dando vistes.

[8] Samuel Gili Gaya. Óp. cit.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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