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Las nueve musas
Caperucita

Sobre la censura

Para mis compañeros y antiguos profesores de la escuela Táber.

por Jorge León Gustà

Me ha sorprendido, y a la vez entristecido,  una noticia reciente aparecida en El Pais: Vetada ‘La Caperucita Roja’ por sexista.

El subtítulo, como marcan los cánones, aclara y amplía la información: Una escuela de Barcelona retira 200 cuentos infantiles de su biblioteca al considerarlos “tóxicos”.

Índice de libros prohibidosLa causa de esta prohibición es tan clara como bienintencionada: estos libros reproducen patrones sexistas que luego pueden desarrollar los niños (perdón: también las niñas) si los leen.

La noticia me ha entristecido por dos razones. En primer lugar, porque en esa escuela, Taber,  yo estudié durante tres años. Era un centro diferente: hoy en día es una escuela pública; en aquella época era una pequeña cooperativa de profesores que ofrecían una educación alternativa a la escuela pública dominada todavía por el franquismo y su ideología aplastadora. Yo fui alumno del centro durante los años 1975 a 1978, si no recuerdo mal. Mientras amigos míos habían todavía formado, cantado algún himno e izado la bandera cada mañana antes de entrar en el colegio o en el instituto, en las aulas de Táber aprendíamos a cuestionar el tardofranquismo imperante, a esperar con avidez la libertad.

No era difícil en aquella época tener un pensamiento crítico frente a la ideología oficial, si es que puede llamarse ideología a un pensamiento descerebrado. Pero lo cierto es que, con sus aciertos (y lo que no lo eran), intentaron mostrarnos el elemento esencial de toda educación: el pensamiento crítico.

En la actualidad, la escuela parece haber cambiado totalmente. Aunque mantiene el antiguo logotipo, las instalaciones son otras, mucho mejores, por supuesto, e imagino que otros profesores: hace tiempo que se jubilaron los míos. Con algunos, por cierto, aún mantengo relación, tanto personal como vía redes sociales.

Se comprenderá, por tanto,  que lo que más me ha sorprendido es el hecho de la censura de los libros. Parecía que esta práctica estaba ya superada. Pero, por lo visto, parece que no es así: los libros siguen siendo peligrosos. Especialmente Caperucita.

La censura es algo que ya nos viene de antiguo y la prohibición y quema de libros ha venido repitiéndose de forma cíclica a lo largo de los años, porque, según parece, el pensamiento es peligroso. Lo normal es que la ejerza el poder establecido, para controlar el pensamiento de súbditos y ciudadanos. Se encuentran  ejemplos en todos los momentos de la historia, pero destacaré solo dos.

Marcel Bataillon
Marcel Bataillon

El primero es del siglo XVI: el Índice de libros prohibidos que publicó la Inquisición en España de 1551. Era, en un principio, una lista de 700 libros en los que se encontraban restos de pensamiento herético, judaizante o, simplemente, la sombra del pensamiento erasmista que acababa de caer en desgracia, como tan bien expuso Marcel Bataillon en su Erasmo y España. Su objetico era señalar estos libros para evitar su difusión y lectura. Tuvo una larga vida, ya que vio diferentes reediciones a lo largo de varios siglos: siguió reeditándose, con nuevas incorporaciones, en el XVII, XVIII, incluso en el siglo XIX.

Las prohibiciones resultan tan estúpidas como sorprendentes. En ellas se encuentran autores tan sospechosos como Fray Luis de Granada o Santa Teresa de Jesús, lo que da buena cuenta de la obsesión, rayana en la histeria, de estos censores celosos de la pureza ideológica. Junto a ellos, se expurgaron otros libros realmente peligrosos para el poder establecido. Por ejemplo, el Lazarillo de Tormes. Prohibido inicialmente, se permitió su publicación con ciertas supresiones a partir del año 1573. Entre estas supresiones estaba el tratado IV, con la conocida alusión a los “zapatos rotos” del fraile de la Merced:

Hube de buscar el cuarto [amo], y este fue un fraile de la Merced, que las mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas le llamaban pariente. Gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar fuera, amicísimo de negocios seglares y visitar: tanto, que pienso que rompía él más zapatos que todo el convento. Éste me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida; mas no me duraron ocho días, ni yo pude con su trote durar más. Y por esto y por otras cosillas que no digo, salí dél.

La crítica no se pone de acuerdo en el verdadero sentido de este pasaje. Parece claro que encierra una alusión sexual, y la prohibición del Índice así lo avala. Sin embargo, no se está de acuerdo en si se trata de una alusión a una práctica pederasta del fraile con el narrador o no. Los especialistas se han afanado en buscar citas y citas de registros lingüísticos y literarios de la época que demuestren que la expresión “romper zapatos” esconde una alusión erótica. Vistas las últimas noticias que nos llegan del estamento eclesiástico no puede descartarse esta interpretación. La censura supone, entonces, un modo de acallar una práctica extendida y silenciada por la Iglesia a lo largo de los siglos.  Es decir, un modo de mantener el pensamiento establecido en el poder.

El Índice realizado en España se universalizó: la Inquisición de Roma, lo que hoy se conoce como la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó otro índice de obras prohibidas, no ceñidas a la literatura española, sino de carácter universal. Iniciado en 1571, fue ampliándose en sucesivas ediciones con las más perversas novedades, hasta la última edición, que fue en 1948, ahí es nada, y con unos 4 000 títulos censurados. Contenía no solo obras de pensamiento devastador para la formación moral de los jóvenes lectores, sino quizá parte de lo más granado del pensamiento moderno: Copérnico, Galileo (eppur si muove), Descartes, Montesquieu, Hume, Kant. Pero también lo que hoy en día se consideran los clásicos de la novela moderna: Víctor Hugo y sus Miserables, Balzac, Zola, André Gide y, por supuesto, Jean Paul Sartre. Estas prohibiciones solo pueden hacer sonrojar a sus responsables, puesto que el tiempo les ha quitado toda posible razón. Observemos esta dualidad: si bien los novelistas fueron prohibidos por sus ideas, en cambio, seguimos leyéndolos por sus logros literarios. Son dos conceptos diferentes, en los que entraremos más adelante.

El estreno reciente de la película alemana La sombra del pasado de Florian Henckel von Donnersmarck nos permite repasar un segundo ejemplo de censura: las dos más importantes del siglo XX: las del nazismo (y fascismo) y la del comunismo.

La película empieza con la visita guiada que hace el protagonista (un niño pequeño de fuertes inclinaciones artísticas) a un museo en el que se exponen obras de lo que los nazis consideraban arte degenerado (Entartete Kunst), es decir, el arte de vanguardia que ha acabado imponiéndose como clásicos del siglo XX y fundamento del arte moderno: dadaístas, futuristas, expresionistas, cubistas… Los nombres de los artistas son en la actualidad piezas claves del canon artístico: desde Edvard Munch (y su Grito, convertido en icono turístico de Oslo) hasta Max Beckman, Marc Chagall, Paul Klee o Wassily Kandinsky. Al principio, el objetivo de los nazis fue desprestigiar a estos autores para potenciar otro tipo de arte, de carácter tradicional, próximo a la estética clasicista. Después, pasaron a medidas mucho más expeditivas.

Junto al arte, la literatura también entró en esta categoría. Bertold Brecht huyó a Estados Unidos. De allí, también tuvo que escaparse, víctima de las purgas derivadas de la obsesión purista del maccarthismo.

Siguiendo los pasos de Hitler, en España se vivió también una importantísima purga de escritores y artistas, que se vieron obligados a huir y buscar otros lugares de residencia. En poco tiempo, Méjico se convirtió en uno de sus más importantes refugios. La censura que impuso el franquismo tenía las características que la del nazismo. Puntualiza Ana Martínez Rus: “Del mismo modo que los militares golpistas distinguían entre buenos y malos españoles, también había buenos y malos libros. Si los malos españoles tenían que pagar sus delitos con la vida o la falta de libertad, los libros culpables debían ser destruidos o arrinconados en los infiernos de las bibliotecas.” No solo se escondieron: los libros heréticos también fueron quemados, a imitación de la quema de libros que realizaron los nazis el  10 de mayo de 1933 para garantizar la pureza de la literatura alemana y la exclusión del espíritu antialemán. En este suceso hay varios puntos de contacto con lo ocurrido en la escuela Táber: primero, se promueve desde el ámbito académico y sucede en él. Segundo, se quieren hacer desaparecer unas obras que resultan peligrosas para la formación ética y social del alumnado; tercero: se quiere cambiar la tradición reciente para regenerar el presente que se considera pervertido y alcanzar, así, la pureza, en el caso nazi, del auténtico espíritu alemán. Volveré sobre ello de nuevo.

Se asocia la censura con el pensamiento conservador y reaccionario. Sin embargo, los sistemas comunistas (hoy sabemos que fueron tan conservadores y reaccionarios como cualquier otro, pues su tendencia fue la de perpetuarse en el poder en contra de los deseos de los ciudadanos a los que estaban gobernando) no se quedaron a la zaga. Como en el caso nazi (y franquista) se quería preservar la pureza del nuevo hombre. En este caso, el hombre socialista. Es la segunda censura que retrata Florian Henckel von Donnersmarck en La sombra del pasado: tras la posguerra, el protagonista, que había asistido a la visita guiada del arte degenerado, se convierte en un destacado pintor del régimen. Su instrucción en la academia de arte se basa en un principio estético fundamental para el arte socialista: el artista debe suprimir la subjetividad pequeñoburguesa y pintar para el pueblo y al servicio de la revolución. El resultado es que, en contra de lo que a él le gusta, se convierte en un pintor de grandes frescos de tono épico que cantan el espíritu de la revolución del pueblo.

Poner el arte al servicio del pueblo y evitar todo tipo de excesos formalistas fue un principio ético y estético promovido desde los estamentos oficiales de la Unión Soviética de Stalin. El músico Dimitri Shostakovich  sufrió la ira del dictador porque consideró que su ópera, Lady Macbeth del distrito de Mtsensk, resultaba demasiado vanguardista y no respetaba los principios de la creación socialista: el arte militante debía ser comprendido por la gran mayoría del pueblo y, además, tener un fin práctico: adoctrinarlo. Fue por ello represaliado. Queda, al menos, la compensación que ofreció el músico al partido comunista: su quinta sinfonía, una de las cumbres de la música del siglo XX, pero cuyo título nos muestra cómo el poder interfiere en la obra creadora: La respuesta de un artista soviético a una merecida crítica. Lo mismo podría decirse del director de cine, Serguei Einsenstein, cuya trayectoria va desde la aclamada Acorazado Potemkin a la caída en desgracia cuando concluyó la trilogía dedicada a Iván el Terrible.

De lo visto hasta ahora, se deduce que lo que ha sucedido en la escala Táber solo presenta una diferencia con los tipos tradicionales de censura. El pensamiento feminista, o la ideología de género, no está instalado en el poder y, por tanto, con su actuación no busca perpetuarse en él. Pero coincide totalmente con los otros aspectos, con las cinco características fundamentales de toda censura que nos han ido saliendo al paso.

  1. No se hace solo sobre las obras, sino que lo realiza el ámbito académico, como sucedió en Alemania en 1933, cuando fueron los propios universitarios quienes decidieron purificar sus bibliotecas parea purificar el nuevo pensamiento alemán. No creo que exista nada más triste que la autocensura o la autolimitación del conocimiento realizado desde la Universidad o las instancias educativas, que deberían velar por la pluralidad del pensamiento.
  2. El objetivo de la quema de libros fue purificar la formación ética de los alumnos, Así lo confirma Anna Tutzó, que ha vigilado por la pureza de los libros de la biblioteca: “En la primera infancia los niños son esponjas y absorben todo lo que hay a su alrededor, así que pueden naturalizar los patrones sexistas.” Nada mejor para evitarlo que suprimir estos patrones como ejemplo. En ningún momento parecen haberse planteado educar a los alumnos en el espíritu crítico. Es cierto que este lo dejan para los mayores. “En cambio, en primaria los estudiantes ya tienen más capacidad crítica y los libros pueden ser una oportunidad para aprender, para que ellos mismos se den cuenta de los elementos sexistas”. La pregunta es obvia: ¿el espíritu crítico aparece con la edad, como el cambio de voz en los adolescentes, o bien se trabaja y se enseña en el aula?
  3. Los títulos sacrificados de la biblioteca muestran su peligrosidad: La leyenda de san Jorge, Caperucita roja y La bella durmiente. De los dos últimos solo quiero destacar su carácter legendario. Todo el mundo sabe que son dos de tantos cuentos de los hermanos Grimm. Sin embargo, lo que no sabe mucha gente es que tales hermanos fueron sendos catedráticos de Universidad que dedicaron sus investigaciones al estudio de la lengua y de sus orígenes. Su objetivo era encontrar la conexión que había entre las diferentes lenguas que se hablaban Europa, más allá de las lenguas romances. Su trabajo los llevó a emparentar estas lenguas con las germánicas, así como con algunas habladas en la India. Nacía así la idea del indoeuropeo, la lengua originaria de la que derivan latín, griego y germánico, que son, a su vez, el origen de las lenguas habladas en Europa en la actualidad. Pues bien: no se limitaron al árbol genealógico de las lenguas, sino que también se sorprendieron al descubrir que una buena cantidad de los cuentos tradicionales de transmisión oral (La cenicienta y La bella durmiente entre ellas), eran leyendas que podían encontrarse, vivas, en las culturas que habían evolucionado del pueblo indoeuropeo y que, en diferentes manifestaciones, todavía a principios del siglo XIX podía rastrearse su presencia en esos pueblos. Por lo que parece, en la escuela Táber la tradición parece importarles bien poco y prefieren cargársela de un plumazo. No sé qué pensarán del arte griego clásico, en el que solo se desnuda a los hombres, mientras la mayoría de mujeres aparecen vestidas. Quizá organizan una escapada a Atenas y nos arreglan el arte antiguo. Y de paso, pueden también hacer desaparecer el homoerotismo pederasta de muchas de las representaciones, sin olvidare algún diálogo socrático. En cuanto a la leyenda de san Jorge, me parece mucho mejor la parodia de género que aparecen últimamente sobre Georginas, que no es otra cosa que reinterpretar la tradición con espíritu crítico adaptado a los tiempos actuales y sentido del humor. Las tradiciones están para cambiarlas, no para desconocerlas. Por otro lado, ya que la escuela Táber está en Barcelona, ¿qué hicieron el día de San Jorge? ¿Regalaron rosas a los hombres y suprimieron los libros? ¿Suprimieron el regalo de rosas, una de las tradiciones más machistas que existen, y por fin reconocieron que las mujeres también pueden leer libros y les regalarán novelas y poemarios?
  4. La experiencia muestra que el tiempo acaba quitándole la razón a la censura. El caso de Galileo es el más obvio. Lo que ayer era dogma de fe hoy no lo es.
  5. Se censuran las obras por sus ideas. En lo que se refiere a las ideas, existen dos tipos de libros. Por un lado, los ensayos, es decir, aquellos cuyo objetivo es desarrollar ideas y comunicarlas. Poseen, por tanto, una finalidad mínimamente práctica. Estos son los potencialmente peligrosos. Sin embargo, podemos rebajar su peligrosidad, a tenor de los índices de venta. Cuanto más desarrolladas sean estas ideas, de mayor profundidad y enjundia, su difusión es infinitamente menor que la propaganda de ideas a través de otros medios de mayor alcance: radio, televisión, redes sociales. Sin embargo, existen otros libros, los de literatura de ficción. La mayor parte de ellos no se leen por sus ideas, sino por la emoción estética que producen. Por ejemplo: Fuenteovejuna, de Lope de Vega. El “mensaje” de la obra resulta anticuado: aunque haya pequeños tiranos, como el comendador, el Rey es siempre garantía de justicia. Pero esto ya nadie se lo cree. Sin embargo, la entrada en escena de Laurencia en la jornada tercera tras haber sido violada sigue conmoviendo al lector o al público:

¿Qué dagas no vi en mi pecho?

¿Qué desatinos enormes,

qué palabras, qué amenazas,

y qué delitos atroces,

por rendir mi castidad

a sus apetitos torpes?

Mis cabellos ¿no lo dicen?

¿No se ven aquí los golpes

de la sangre y las señales?

¿Vosotros sois hombres nobles?

¿Vosotros padres y deudos?

¿Vosotros, que no se os rompen

las entrañas de dolor,

de verme en tantos dolores?

Ovejas sois, bien lo dice

de Fuenteovejuna el nombre.

LIBROS PROHIBIDOSEn general, los libros de creación no transmiten ideas. Como en este caso, producen emoción, pero no esculpen ningún pensamiento. Quizá lo peligroso es que muestran  la realidad tal como es (pero entonces, lo más efectivo es cambiar la realidad). Mientras los ensayos, las obras de ideas, se dirigen al lector colectivo, la literatura de creación vive en el lector individual: el libro (la novela, el poema) se dirige al lector (y no a los lectores) para que experimente las sensaciones que le expresa el texto. Por eso, la obra literaria carece de un fin práctico: no enseña nada. Solo sirve para que el lector ocupe un espacio de ocio, como el objetivo práctico de un cuadro es tapar una pared.

Creer que las historias pueden cambiar la forma de vida de los lectores es no haber entendido que la literatura no tiene una finalidad funcional, sino artística, estética. Su objetivo es conmover, no convencer. Y lo más triste de todo es que se ha hecho desde la escuela, que no solo desconfía de su propia capacidad de infundir espíritu crítico a sus alumnos, sino que prefiere anularles la posibilidad de desarrollar su fantasía y su gusto estético con algunas narraciones peligrosas y de carácter tóxico.  Quizá sea esto lo que explica el descrédito en el que han caído las disciplinas artísticas y literarias en la educación actual.

Jorge León Gustá

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo

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