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Shyamalan y la trilogía del cristal

Algunas veces, un director de cine queda encadenado sin remedio a un título de su propia obra, y del que le resulta imposible escapar, pagando muy caro cualquier alejamiento de su exitosa propuesta inicial.

Le ocurrió a Sergio Leone, quien tras dirigir la conocida como “trilogía del dólar” se sintió obligado a poner en pie proyectos cada vez más grandes, más complejos, más osados, logrando, sin que ello le contentara, obras tan extraordinarias como “[amazon_textlink asin=’B0058S0AIG’ text=’Hasta que llegó su hora‘ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’633463d5-59b7-43b8-b916-93767449507a’]” o “[amazon_textlink asin=’B01N4M0DVL’ text=’Érase una vez en América’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’283d2f89-af82-40b3-8505-f815231154a9′]”, las cuales jamás pudieron hacer sombra a esos tres títulos míticos (“[amazon_textlink asin=’B01FJHSTUG’ text=’Por un puñado de dólares’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’a23a0876-014d-49d5-b8f4-cb3868563b77′]”, “[amazon_textlink asin=’B01FJHSTMY’ text=’La muerte tenía un precio’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’110939cd-c5ba-4105-b2b3-6d7949ab6b62′]” y, especialmente, “[amazon_textlink asin=’B016ZLY31O’ text=’El bueno, el feo y el malo’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’bb3b7877-33d1-478c-a2f7-0115e374eea0′]”, película de culto donde las haya) con los que, más allá del éxito alcanzado, había logrado renovar el lenguaje cinematográfico, llevándolo a nuevas cotas expresivas tan influyentes que cambiaron la historia del séptimo arte.

M. Night Shyamalan ha tenido que vivir bajo el yugo implacable del taquillazo que supuso “El sexto sentido”, y de algún modo u otro, ser esclavo de ese esquema una y otra vez hasta hundirse en un abismo de ostracismo y fracasos absolutos del que poco a poco parece resurgir, reasumiendo, que no reinventando, el esquema de ese título tan mitificado. Sin embargo, la obra de Shyamalan oculta un ideario desolador y en no pocas veces extremadamente hermético que se resiste a ser etiquetado.

Analicemos una secuencia de su obra emblemática. Cole (Haley Joel Osment) el pequeño protagonista de “El sexto sentido” podía ver muertos, lo cual había derivado en un comportamiento extraño, huraño, repentinamente hostil o refugiado casi a perpetuidad en una cobardía y un aislamiento sobrecogedores, asfixiándose más y más en ese silencio en el que había quedado atrapado. Sin embargo, es muy consciente del daño que le está infringiendo a su madre (llega incluso a sobornar a otro niño para que finja ser un amigo que viene a recogerla a casa para ir al colegio y así restarle preocupaciones). Ella (impresionante Toni Colette) es incapaz de hacer frente a una situación que no comprende, y su desesperación, chocando contra el apenado mutismo de su hijo, adquiere una progresión difícilmente soportable, sobrecoge su impotencia, lo herida que está por no poder ofrecer ayuda o consuelo alguno. Lógicamente, este conflicto tendrá su desenlace, feliz en apariencia porque hay que contentar, pero con un requiebro de lo más “shyamaliano”, un virtuoso en mostrar lo invisible y ocultar el perverso reverso de sus conclusiones, de asomarse un poco allí donde casi nadie se atreve a mirar. Cole le confiesa a su madre lo que le ocurre, e incluso con una profunda hondura humana (algo inherente a gran parte de los personajes de Shyamalan, excepcional guionista) le ofrece pruebas irrefutables de que no miente, de que es cierto, que puede ver muertos, e incluso hablar con ellos. La secuencia se cierra con el esperado abrazo entre los dos. Pero ni atisbo de bienestar o calma en él. No hay reconciliación, el conflicto ha empeorado hasta lo indecible. Porque la madre ha saltado del desconocimiento total a tener que afrontar ahora un nuevo y más aterrador desierto: reinventar una convivencia ya casi imposible en otro nuevo periplo donde tener que asimilar que su hijo asegura que ve muertos que ella no ve, por muchas historias que el pequeño le cuente (de igual manera que el psiquiatra interpretado por Bruce Willis, una vez encuentre la forma de comunicarse con la mujer que ama, descubrirá que no le sirve de nada, que está muerto, y prácticamente olvidado, o, por otro lado, contentarse sabiendo que ahora el niño supuestamente acabará con su sufrimiento ayudando a fantasmas que le buscan para traerle horrores). Un mecanismo que aparece constantemente en sus películas, y que desplegará de un modo mucho más ambicioso en su siguiente proyecto, la primera parte de la “trilogía del cristal”.

Esperada con lógica expectación, con la crítica y el público rendido al talento demostrado con su “sexto sentido”, el estreno de la nueva película de Shyamalan no llegó a suponer un revés (de hecho, el tiempo ha demostrado todo lo que llevaba dentro, y quizás hasta termine siendo su gran obra), pero sí generó cierto desconcierto, una incomodidad que aunque alababa la propuesta, parecía recelar del estilo empleado, de todas esas inesperadas aristas que hacían tan angosta la narración. Sin embargo, “[amazon_textlink asin=’B00O0NGJMQ’ text=’El protegido’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’f14a0e49-0d04-4150-be3c-d4b6b1dfc6c1′]” (estúpido título en español que reemplaza al mucho más necesario, además de ser el original, de “irrompible”) es quizás el ejercicio más poderoso y personal de su director, un trabajo conscientemente esquivo, dilatado, armado sobre zonas de pesar, deslumbrante en su planteamiento visual, sin altos ni bajos, con una fotografía inquietantemente monocromática de Eduardo Serra, y atravesada de principio a fin por una obra maestra de la música en el cine, en lo que era su segundo trabajo con James Newton Howard, con el que llegó a formar un tándem de entendimiento y creatividad tan solo comparable al de Hitchcock y Herrmman o al de Spielberg y Williams.

M. Night Shyamalan
M. Night Shyamalan

La historia, sencilla: David Dunn (Bruce Willis) es el único superviviente de un terrible accidente ferroviario. No sólo ha salido ileso, es que no tiene ni un solo rasguño reseñable. Esto provoca que en su vida aparezca el misterioso Elijah Price (Samuel L. Jackson), quien sufre una enfermedad en los huesos que logra que se hagan trizas con el más leve de los golpes (cabe recordar el espanto narrado al comienzo el film, con el nacimiento del niño en unos probadores y el pasmo de un doctor incapaz entender cómo un niño ha podido sufrido tantas fracturas durante el parto, brazos y piernas rotas, como si lo hubieran machacado). Elijah, además, tiene la teoría de que los cómics de súper héroes son algo más que relatos dibujados, y que usando un lenguaje secreto ya olvidado hablan de personajes que viven en nuestra realidad, frente a nuestros ojos, y que Dunn puede ser uno de ellos, el haber sobrevivido es la prueba. ¿Pero es Dunn un súper héroe? Cierto es que vemos cómo logra proezas que, en fin, todo hay que decirlo, tampoco llegan a hitos: levanta más pesas de las que cree poder, tiene una habilidad para intuir cómo son otras personas, como si les rozara el alma, su intuición muta en visiones, acaba con un brutal asesino, pero lo hace con bastantes más problemas de los que le suponen a un hombre con súper poderes, y hasta tiene su “kryptonita, su punto débil, tan, tan débil que le pasa a cualquier de nosotros: se ahoga en el agua. Por si fuera poco, la maestría de Newton Howard le lleva a componer, para el tema de Dunn, un tema muy oscuro que va creciendo golpe a golpe, como si fuera a eclosionar en un final apoteósico, aunque no, la melodía finalmente se desmorona y nos devuelve al subsuelo de donde nacen las primeras notas. Pero de acuerdo, dejémonos llevar por esa apariencia porque a medida que vayamos conociendo al personaje, Dunn quedará muy lejos de ser alguien “heroico”. En plena crisis matrimonial, su esposa (Robin Wright, increíble, para variar) le pregunta si durante el tiempo que llevan aislados el uno del otro (pese a vivir en la misma casa) él le ha sido infiel. Dunn, sin dudarlo, tajante, le responde que no. Pero al comienzo de la película, mientras está en el tren que se estrellará, ya hemos sido testigos de cómo se quita su anillo de casado, como parte de un ritual ya practicado a menudo, e intenta ligar con una pasajera, que saldrá espantada en cuanto detecte sus intenciones (una mujer que morirá en el accidente, un nuevo caudal de aflicción de los muchos que acumula). El héroe le miente a quien más quiere. Pero además, Dunn ha ido distanciándose de su mujer y de su hijo de un modo excluyente y radical, despreciándoles con un egoísmo muy duro e injusto, porque hay algo que no le permite vivir: la tristeza (el protagonista eligió la palabra, no yo). Una tristeza inconcreta pero que no hay forma de abatir, que amarga el horizonte, que anega sus acciones, que le azota sin tregua. Y será Elijah quién le explique el origen de esa insalvable angustia, la misma que él, en su caso de un modo consciente, ha padecido durante su vida y a la que acaba de poner fin y que le explica a su némesis: nada tan aterrador cómo estar vivo sin saber por qué, sin averiguar cuál es tu lugar en este mundo, sin ser consciente de tu verdadera identidad.

Y es sobre ese concepto, la identidad, sobre el cual orbitará la trilogía.

Como es obligado, casi un compromiso, Shyamalan ofrece un nuevo final sorpresa. Elijah, durante años, ha ido provocando masacre tras masacre (incluyendo el accidente ferroviario) buscando que hubiera un único superviviente, alguien situado en las antípodas de su fragilidad, convirtiendo esa cruzada en la razón de su existencia, lo que una vez logrado le hace ganarse una condena a perpetuidad en un manicomio. Y ahora que Dunn se siente libre (como él mismo confiesa con efímero alivio) de esa tristeza, tiene que vivir sabiendo que para conocer su propia identidad, cientos y cientos de personas han sido brutalmente asesinadas.

Un alto precio por conocer tu identidad.

¿Merece la pena pagarlo?

Durante algún tiempo se habló de una secuela. Era como si le película terminase justo cuando comenzaba. Pero era demasiado personal, nada condescendiente con el espectador aunque lo pareciera. Pese a contener toda la impronta de Shyamalan (guión sólido, una fantástica dirección de actores, un soberbio creador de atmósferas, un malabarista con el humor que hacía su aparición en los momentos más inesperados, y hasta final sorpresa), “El protegido” terminó siendo más un naufragio que un arribar a un mejor puerto.

Hubo que esperar 16 años para que se estrenase “[amazon_textlink asin=’B06VX3M31S’ text=’Múltiple’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’07dee981-1bfe-46fa-8344-5002778eab97′]”. Y aquí la palabra identidad ya es la única protagonista. Kevin (James McAvoy) tiene 23 personalidades diferentes, autónomas, incluso incompatibles, puede ser mujer, gay, heterosexual, niño, hombre… Y por si fueran pocas, todas ellas esperan con reverencioso temor la llegada de la número 24, que será la que ponga fin a semejante desbarajuste. Ayudado por una psiquiatra, Kevin, la identidad más apacible y tratable, busca remedios, y hasta parece encontrarlos, para encauzar de algún modo su posibilidad de integrarse en sí mismo y en la sociedad, aunque siempre evitando en todo momento pronunciar el verdadero nombre enterrado bajo esa inclemente esquizofrenia. Pero con tanta identidad desbocada a su antojo, los apetitos se desatan, algunas imponen su voluntad y una de ellas secuestra a tres adolescentes para encerrarlas en una celda. Son el regalo a sacrificar cuando aparezca la misteriosa identidad que sigue acercándose.

Un breve inciso: como tan acertadamente señalan algunas páginas especialistas en súper héroes ya sea en cómics o en cine (como the excelsior project), “Múltiple” es la obra que impide incluir la trilogía al completo en el género de un modo taxativo. Su conexión con “El protegido” tiene lugar mucho después de que acabe la película, y en ningún momento Kevin es señalado como un “villano” propio de cómic, y menos aún en los términos que quedó definida esa figura en la primera parte.

James McAvoy
James McAvoy

La obra, de por sí muy interesante, muy fiel al mejor Shyamalan, ya pasa a deslumbrar gracias a la interpretación de James McAvoy. Hacerse con 24 papeles parece una tarea apabullante. Pero es que el director encima le somete a verdaderos torbellinos de cambios en menos de un segundo, intercalando identidades una tras otra de un modo vertiginoso (y ya en “Glass” lo hará trizas provocando esos cambios de un modo artificial, llegando a torturarle realmente con ello), aunque pese a las dificultades logra que no se tarde mucho en reconocerlos a todos ellos tan solo con la mirada, o con los gestos, o con su forma de caminar, no se sujeta al recurso fácil de cambiar de atuendo, de peinado (de hecho, es calvo, no le deja resquicio alguno para el disfraz de un mal peluquín). Y en esa lucha consigo mismo, nada puede impedir que finalmente surja la personalidad 24, una aberración, un monstruo sanguinario, que pese a no tener piedad ni reparo en saborear sus atrocidades se muestra, de pronto, incapaz de asesinar a una de las rehenes. El único objetivo de las 24 personalidades es ocultar en lo más profundo de su mente su verdadera identidad, no mostrarla bajo ningún concepto, protegerla a toda costa, sin importar el precio, propio o ajeno. Pero la joven sufrió graves abusos siendo niña, su cuerpo está cubierto de cicatrices y estigmas. Cuando contempla todo ese dolor, Kevin se reconoce tanto en ella, es tan consciente del mecanismo que ambos han usado para esconder lo que queda de su auténtico ser, que la deja con vida y huye.

 Anya Taylor-Joy y James McAvoy
Anya Taylor-Joy y James McAvoy

Pero faltaba el final sorpresa, el condimento Shyamalan. Y es entonces cuando vemos a Bruce Willis, o siendo precisos, a un Dunn ya envejecido, sentado en un bar, oyendo las noticias, más atento como cazador que como curioso, y la última palabra que se oye en la película es… glass.

“El protegido” y “Múltiple” se conectaban y quedaban encadenadas. En la primera se hablaba de esa tristeza por no conocer tu verdadera identidad, y el alto costo que puede tener el llegar a descubrirlo. En la segunda, se describía la aberrante deformidad psicológica y física que puede terminar generándose para tratar de ocultar quién y qué es uno realmente.

Quedaba una cuestión por resolver.

“[amazon_textlink asin=’B07MVWL3NR’ text=’Glass’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’24e87373-e3d3-4104-9653-45275c15c34e’]”, quizás la menos sólida de la trilogía (aunque habrá que despejarse de toda la expectación absurdamente creada y de cuanto se está diciendo sobre ella para mal o para bien), arranca con fuerza, pero la historia tropieza una y otra vez con una doble necesidad: primero, conectar narrativamente esta película con la anterior (el título no necesitaba mayor relación con la primera; y segunda, caer un error poco justificable porque lastra la obra durante la primera mitad del metraje, y que no es otro que el de proporcionar información puntual sobre lo ocurrido en las otras dos películas a todo aquel que no las hubiese visto, pero que le sobraban al que las conocía. Pero desde el momento en el que James McAvoy, Bruce Willis y Samuel L. Jackson, encerrados e inmovilizados en un psiquiátrico, se las tienen que ver con la doctora Ellie Staple (Sarah Paulson), la cual tiene la tarea de convencerles de que no son quienes creen ser, es cuando Shyamalan demuestra que sigue siendo uno de los narradores más singulares de nuestro tiempo. Cómo va germinando en el interior de ese aséptico lugar el duelo venidero es, de nuevo, prueba de su dominio visual de su osada inventiva, como también lo es, una vez todos se han escapado, esa batalla final en la que los tres protagonistas se enfrentaran de un modo definitivo.

Aunque esta vez el desenlace sorpresa se clava en la amargura.

GlassLos tres son cobarde y salvajemente asesinados por la doctora y sus secuaces, que pertenecen a una especie de culto o de secta dedicada a exterminar a todos aquellos que, como los protagonistas, se creen posesión de poderes fuera del alcance del resto. Muchos, en su tiempo, se jactaron de que, aun antes de ver “El sexto sentido”, ya sabían que Bruce Willis estaba muerto. Eso se acabó. Pocas producciones se atreven a acabar de tan mala manera con los tres protagonistas.

Pero todavía queda una pequeña sorpresa más. Míster Glass, incluso muerto, se ha encargado de dejar que la partida siga en marcha, y ha elaborado un plan con el que hace pública la existencia de esa organización (y se debe aplaudir la insólita habilidad de Shyamalan para generar tanto desasosiego usando tan solo la imagen del exterior de un rascacielos), en lo que parece un efecto dominó. No hay piedad para las piezas. Para ninguna.

De ahí las terribles defensas que podemos llegar a erigir para proteger nuestra verdadera identidad.

Porque una vez descubierta,  se revela mucho más frágil que el cristal

Y esa fragilidad hará que todos se abalancen sobre ella para destruirla.

Una trilogía de lo más singular que nos deja con la esperanza de que quizás Shyamalan pueda seguir creciendo como cineasta e incluso, por qué no, alcanzar un séptimo sentido para robarnos nuevos escalofríos.

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Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemento infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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