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Sentimientos refugiados

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El totalitarismo se evita con los libros y el racismo se cura con los viajes…

Verano (de 2017) y regreso de vacaciones en Ténedos y Lesbos.

Los turcos ya han dado permiso para que mi familia –los ex alcaldes de la isla- puedan visitar su tierra natal que ahora ya pertenece a Turquía. En Lesbos –la isla que después de la destrucción de Asia Menor en 1922 había acogido –aunque con mucha frialdad- a la refugiada abuela Déspina, está ahora “sembrada” con los “cadáveres” de la esperanza: cobijitas de niños, juguetes y pedazos de ropa –todo roto sobre las rocas; latas de comida que nunca, nadie tuvo la oportunidad de abrir…

En la escuela pública de mi hija Danai-Eréndira, el Estado griego –siempre… inteligente y amistoso hacia los ciudadanos- ¡ha puesto a los alumnos griegos a traducir las clases de griego antiguo al inglés para los alumnos sirios que hablan… árabe!

En un sitio en el centro decaído de Atenas, esos alumnos refugiados están alojados (junto con los miembros de sus familias que hayan sobrevivido) –y ese movimiento para la ayuda de los refugiados se ha llevado a cabo con el apoyo de voluntarios extranjeros, claro. Voy con mi hija para ofrecerles clases gratuitas de griego, alemán e inglés; un apoyo vital para esa gente, cuyo deseo es una vida pacífica en Alemania. Es que no entienden… Dos ojos grandes y brillantes nos están acercando con mucha dignidad. No mendigan; piden respuestas.

refugiados      -¿Eres de la tribu de los hazaras de Afganistán, la perseguida por los talibanes? le pregunto (utilizando mi pobre vocabulario persa), y ella nos agradece porque después de tantos meses vuelve a escuchar la lengua de su madre.

         -“Mi mamá está en la habitación y no sale nunca”, nos dice…   

A su lado, una señora de Siria –refugiada ella también- nos explica en árabe (una lengua que yo manejo mejor), que la madre de la joven afgana padece de depresión psicológica y tiene síntomas de agorafobia[1], porque había visto a su esposo morir al frente de sus ojos. Lo asesinó su propio hermano, porque el difunto no se dejó avasallar por los talibanes…

La señora de Damasco nos explica que es especialista en psicología, y nos cuenta que ella y su hijo de 18 años se salvaron por milagro, cuando una bomba cayó en su salón-comedor.

-“Apenas pude llevarme las joyas de oro de mi abuela. Vendiéndolas, lucharé para que mi hijo crezca y estudie, hasta que vuelva a brillar el sol de Damasco para nosotros…”, nos dice, pero sin llorar. La dignidad es el valor más precioso que le ha quedado… (Nosotros recordamos a la abuela Déspina –la de la isla de Ténedos- que cuando éramos niños, nos contaba sus historias parecidas de la destrucción de Asia Menor y la quema de Esmirna por los turcos, en 1922.) De repente, aparece Mohammad, el hijo de la psicóloga de Siria, llevando en la mano un móvil con su pantalla reventada. “Palmyra”, nos dice, y nos enseña las fotos del sitio arqueológico que arrasó el ISIS. –“Quiero estudiar física y vivir con mi familia unida en Alemania”. (Su padre logró pasar la frontera y está ahí con su hermano y su nieto.) Yo le contesto que es mejor que este sueño suyo se le realice en Siria, cuando la paz vuelva allá, a ese país de brillante cultura.

refugiadosUna niña de cara muy graciosa nos acerca y va escalando con sus manitas hacia nuestro pecho, en busca de un cariño perdido. A lo mejor es de Pakistán, ya que su nombre parece ser de la lengua Urdú. No le preguntamos dónde está su mamá; algunas preguntas no dejan que las heridas sanen… Le damos a la niña una muñequita para que juegue, pero ella no la acepta. Nos enseña a otra niña por ahí cerca.

-“Dénsela a ella”, nos dice, jugando con las palabras en tres idiomas, urdú, árabe y persa entre sus deditos tan expresivos. Altruismo en una edad tan tierna, que conoció el horror de la guerra religiosa, de los infames intereses de los políticos abominables, y del racismo de algunos homínidos…  Como Malala[2] –la joven que obtuvo el premio Nobel de la Paz-, ella tampoco podía ir a la escuela. El islam mal entendido priva a las mujeres de la educación. La psicóloga de Siria y su hijo nos proponen ofrecernos té (el símbolo de hospitalidad de los pueblos con escritura árabe) –y en mi mente viene el libro “Tres tazas de té” del Dr. Mortenson, quien peligró su vida en Pakistán y fundó una institución para la ayuda de las niñas de Baltistán.

Más gente va reuniéndose  alrededor de nosotros: kurdos y kailash –tataranietos de Alejandro Magno que han llegado perseguidos hasta Atenas, desde las laderas del Himalaya, y nosotros viéndolos bailar algo que nos recuerda las danzas griegas del mar Negro, no podemos ocultar nuestros ojos húmedos.

Saco una hoja de papel y escribo en griego y en árabe la primera palabra de nuestra primera clase: “¡GRACIAS!” Gracias por las clases, no las de la lengua, que os damos nosotros, sino por las de la dignidad que nos dais vosotros.    

¡LES ENSEÑÉ TAN SOLO UNA PALABRA, Y ELLOS ME HAN OFRECIDO SU CULTURA ENTERA!…

Estatuas de BudaUna de mis estudiantes, miembro de la tribu de los hazara y refugiada en Atenas, que ha llegado desde Bamiyan, me explica que en 2001, los talibanes destruyeron las gigantescas estatuas de Buda –un monumento del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con los rostros helenísticos del período de Gandara. Lo hicieron, no tanto por razones religiosas, sino para humillar a los hazaras –esa bella tribu afgana de ojos impresionantes, quienes las esculpieron en la Ruta de la Seda en el siglo V de nuestra Era. Esa estudiante mía me pregunta cómo se dicen en griego las palabras “nunca, jamás”, y terminando la clase alza la mano y las repite en voz alta…

-¿Qué noticias tienes de tu padre, en Alemania? ¿Qué le parece el frío allí?”, le pregunto a mi estudiante de Siria, el hijo de la psicóloga, que ha venido a nuestra casa para que no se sienta la soledad del exilio en la Nochebuena.

-“Muy bien está”, me contesta él. “El frío no lo sentirá, el día que nuestra familia volverá a vivir unida…”

Nos sentamos a la mesa navideña, conmovidos, con el nuevo miembro de nuestra familia: Mohammad –mi estudiante palestino, dos veces refugiado: una en Siria, y una en Grecia, que espera su tercer exilio a Alemania.

m’sákhanEl “m’sákhan” árabe está listo:

1 quilo de pechuga de pollo, 2 quilos de cebolla, 2-3 cucharadas soperas de condimento “sumaq”, aceite de oliva, sal y 1 cucharadita de pimienta negra.

Cortamos el pollo en cubitos y lo dejamos hervir en una olla con agua salada, junto con 1 cebolla en rebanadas. En una sartén, sofreímos las demás cebollas en bastante aceite. Cuando estén doraditas, añadimos el sumaq y la pimienta. Mezclamos todos los ingredientes y servimos con pan de pita árabe. Cortando este pan en trozos de tamaño mediano, cogemos con la mano el pollo cocido con las cebollas y comemos así, sin tenedores, ni cuchillos.

Comimos, pues, así, todos juntos, teniendo en mente a unas personas queridas y unas memorias de tristalegría…

P.S.: Os recomiendo que leáis el libro “Daha: Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto”, de Hakan Gunday, sobre el tema de los refugiados. Es excelente su análisis psicológico de la situación, tanto de los refugiados, como también de los turcos que los “comercializan” y de los griegos, que los reciben.


[1] La agorafobia es un trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a las situaciones cuya evitación es difícil o embarazosa, o donde no se puede recibir ayuda en caso de sufrir una crisis de pánico.

[2] Malala Yousafzai (n. 1997) es una activista, bloguera y estudiante universitaria pakistaní residente en Inglaterra desde el atentado sufrido el 9 de octubre de 2012, con 15 años de edad. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 2014 a los 17 años, convirtiéndose en la persona más joven en acceder a ese galardón en cualquiera de las categorías que se otorga.

Ilias Tampourakis

Ilias Tampourakis

Nació en Atenas (Grecia) y creció en el seno de una familia griega con raíces internacionales.

Ha enseñado español y portugués en la Facultad de Idiomas de la Universidad Nacional I. Kapodistrias de Atenas y en los seminarios culturales de la Unesco en Grecia.

Traductor en el Cuerpo Diplomático de América Latina en Atenas y escritor de artículos y libros con temas culturales.

Representa al comité de arte de la Alianza Sociocultural Latinoamericana y Española en Grecia y era durante varios años columnista del boletín social africano en Atenas.

Ha dedicado un largo período al estudio de las civilizaciones de Asia, la filosofía y la naturaleza de este continente.

Además, ha estudiado el análisis morfosintáctico de 12 idiomas, investigando la mentalidad cultural que ellos revelan.

Certificado de los seminarios de paleografía española y oriental de las Universidades de Harvard (EE.UU.) y Complutense (Madrid); depositó (el año 2014, en colaboración con la Universidad de Colorado, EE.UU) su obra pertinente en los archivos estatales de Plasencia (España).

Ha estado viajando durante 30 años por 76 países del mundo, fotografiando y coleccionando piezas musicales y otras curiosidades

Ha vivido trabajando con su familia en Costa Rica (América Latina).

Considera que el conocimiento es substancial solo cuando se combina con la experiencia, y se niega a conformarse con cualquier tipo de opresión.

Cree que el hibridismo cultural proyecta varios elementos interesantes pero que, a la vez, corre en sus venas el dolor.

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