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Se vende democracia
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Se vende democracia

Hace ya bastantes años, a las afueras de la ciudad, el viajero ocasional quedaba inevitablemente hechizado por un pequeño letrero que se alzaba junto a la autopista. En dicho cartel, con torpes letras pintadas a mano, se podía leer: “Se vende Mi Paraíso”.

Imposible resistirse a fantasear con la oferta: comprarte tu propio paraíso, saber por qué lo vendía, descubrir qué misterio parecía esconderse en tan inesperada propuesta. En realidad, la historia no podía ser más sencilla.

Tan sólo era un pequeño terreno, cuyo dueño había utilizado para levantar un escaso huerto, y una casa forrada de modestia, aunque eso le bastase para haber llamado al lugar “Mi Paraíso”. Eso sí, no pasó mucho tiempo sin que (como ya alertase Joni Mitchel, con preclara poética, sobre el futuro de semejantes vergeles) tal paraíso fuese finalmente pavimentado para construir sobre él un huerto donde únicamente se sembraban ladrillos.

Pero hay palabras por las que es muy complicado no dejarse arrastrar. Como si tuvieran vida propia, como si nos llamaran, como si de algún modo extraño nos pertenecieran de un modo inescrutablemente íntimo.

Democracia solía ser una de ellas. Ahora parece de segunda mano, como si fuera mejor venderla antes de que se deprecie demasiado.

Para los que sobrevivieron al franquismo viendo como también salían de él viejas caras con las carteras llenas (las propias y las ministeriales, casi vitalicias), o para los que vivieron la transición ya con edad suficiente como para sentir los deliciosos escalofríos de la libertad, el hecho de saber que atrás quedaba la sanguinaria rutina del tirano para sustituirla por un sistema donde “el poder político sería ejercido por los ciudadanos” (me remito a la definición que ofrece la R.A.E., para que no se alcen insinuaciones de enaltecimiento de la república) fue fuente de hermosos logros. Y hasta, como ocurrió con el paraíso bíblico, hubo un tiempo en que la ilusión se mantuvo en pie. Pero en los últimos años, la palabra democracia va adquiriendo unos tintes que rozan de nuevo lo siniestro, dejando entrever en esas estrategias lo que parecía ya fuera del juego. Porque pertenecer a este sistema aparentemente democrático se ha reducido a un único acto: votar en las elecciones. Y hasta eso lo estamos haciendo mal. Ya fue trago de muy mal gusto comprobar que tanto el Partido Socialista como sus nuevos e inseparables socios del Partido Popular cambiaban la constitución casi a hurtadillas, sin consultarlo siquiera con la almohada. Y llegó la complicada reelección de Mariano Rajoy, que nos costó tres votaciones hasta que, más por el arte de birlibirloque que por contar con políticos a la altura del reto, los resultados fueron del agrado de casi todos (la mayoría alegando que las posibilidades de que se siguieran convocando cuantas elecciones hiciera falta). Tras el conflicto catalán, se alzaron las voces que pretendía que todo el país votase sobre el tema (lo cual, por aplicar una suerte de regla de tres, significa que si, como ha insinuado Puigdemont, Cataluña quizás monte un referéndum para abandona Europa, ¿deberán Malta, Letonia, Chipre o Alemania, entre otros, convocar a su vez unas elecciones para decidir si los catalanes deben salir o no de la comunidad?). En este momento, un gobierno democráticamente elegido por las urnas con todas las garantías constitucionales está o bien en la cárcel, o bien en el exilio. Y están en prisión por delitos, cuanto menos, dudosos para los expertos en leyes, como rebeldía o sedición (porque es insultante mantener en la cárcel a gente por presunta malversación, cuando incluso los que se sabe que han malversado están disfrutando de todas sus libertades, incluyendo la de gastarse el dinero robado). Y regresamos al bucle. Si el próximo 21 de diciembre los resultados de unas elecciones convocadas al amparo de un infame artículo de la constitución no permiten formar un gobierno (o no se aceptan los resultados por quienes buscan sacar partido de este desastre), tendrán que repetirlas. Y si vuelven a votar mal, más elecciones. Y en el centro de todo ese enjambre de despropósitos demasiado arriesgados, la amenaza de que las elecciones generales no están muy lejos porque este gobierno está muy debilitado, y el esquema se repetirá. ¿Cuántas elecciones necesitará ahora Rajoy para acrecentar su leyenda? O ya por hurgar en la herida: si el PP, después de la humillación a Sánchez al negarse a cambiar la Constitución tal y como habían pactado, se decidiese a transformar la Carta Maga, ¿alguien, aparte de Podemos, tiene la intención de que podamos votar si estamos de acuerdo con los cambios propuestos, o incluso proponer el sacarle más partido a temas como sanidad, trabajo o dignidad?

No podemos hacer nada más. Votar y votar y votar, además ya convencidos de que nuestro voto no sirve para nada. Y es que como le espetaban a un personaje de John le Carré, quien trataba de negarse a ser un traidor a su alma: no tenemos elección; vivimos en una sociedad libre.

Nos arrojaron del paraíso y ahí seguimos, vagando lejos de él.

Ahora nos quieren expulsar también de la democracia.

Otra palabra de la que debemos olvidarnos cuanto antes.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

1 comentario

  • ¿Un gobierno en el exilio democráticamente elegido desde las urnas? Mientras sigamos en los mundos de Yupi de la demagogia, imaginarios, atolondrados y falsos, se podrá fabular en la ficción y aterrizar cada día en el mundo real del engaño catalanista.

    Si luego por extensión se arremete contra la democracia en busca del populismo, eficiente en países tan tolerantes como Venezuela, sumaremos a la estulticia la defensa por las libertades que proclama la corrupta falsedad podemita.

    Y con el victimismo, la crítica en el balance porque solo vale la ensoñación ebria del radicalismo que esconde una disertación apabullantemente aranera y manipuladora del sentido de la democracia. Todo en orden con lo emergido en este siglo XXI donde la verdad es el sentido común menos reconocido.

    En España no se vende la democracia; ya lo quisieran los que la aborrecen esperando parasitar a imagen y semejanza de una república bananera. Tal cual la catalanista que ni es ni se la espera para el 21 de diciembre.

lamejordemisvidas
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