Las nueve musas
concurso relato breve

A María se le cayeron las papilas gustativas por los nervios de los últimos días, de los últimos meses o, tal vez, de los últimos años. También se le está cayendo el pelo. Y si no fuera porque apenas tiene treinta y cinco, hasta se le estarían cayendo los dientes.

Aunque por fuera todo parece estar bien –tiene familia, trabajo y proyectos– la vida de María es un verdadero caos. Para empezar, su marido es bipolar y sus dos hijos son autistas. Además, María da clases de vitrofusión en su propio taller de arte, y las alumnas constituyen uno de sus principales motivos de estrés. Dos de ellas son hermanas con una evidente deficiencia intelectual, y se la pasan discutiendo todo el tiempo por incoherencias. Otras dos son abogadas y amigas, pero cuando una de las dos falta, la otra la difama delante de todos. También está Claudia, que tiene una seria disfunción auditiva, por lo que no participa demasiado de las conversaciones y pasa casi desapercibida. Luego está Rosa, una vecina de avanzada edad cuya libido traspasa la barrera de la lógica científica y hace mella en cada comentario que se le viene a la cabeza, y que vierte públicamente sin el menor pudor. Y, finalmente, Patricia, madre de cuatro hijas, recientemente divorciada y en tratamiento psiquiátrico por una depresión severa. Patricia ha llegado a soltar el llanto en medio de la clase asegurando que la cerda de uno de sus pinceles le recuerda al flequillo de su marido cuando era joven. Como si todo esto fuera poco, ninguna le paga en término, por lo que el bendito taller le genera más angustia que otra cosa. Y precisamente ese no era el objetivo cuando le dijo a su marido que necesitaba trabajar, hacer algo, porque si se quedaba todo el día en su casa cuidando a sus hijos terminaría internada en el neuro.

Otro de sus conflictos es la casa que están construyendo en el campo, porque el banco no les habilita la siguiente cuota del crédito para que puedan proseguir, y el costo de los materiales se disparó. Ya invirtieron sus ahorros, el último sueldo de ambos y un préstamo de su madre, pero no consiguen alcanzar el porcentaje de avance de obra para acceder al resto del crédito. La situación económica del país está complicada, para variar, y teme que se le hayan acabado las alternativas. No pueden recortar más gastos ni pedir más préstamos.

Resulta comprensible que a María se le esté cayendo el pelo. Lo que ni ella misma se explica es lo de las papilas gustativas, así que decide ir a un psicólogo. Lo primero que le dice es que su problema radica, precisamente, en su lengua; que necesita verbalizar lo que le sucede; que tiene que aprender a gritar auxilio, a pedir ayuda, a quejarse de los demás y a decir lo que piensa sin importarle las consecuencias.

–Expresate, María –le sugiere–. Decí que te sentís mal, que no estás bien con tu vida, que a veces te enoja la conducta de tu marido, que la situación de tus hijos te genera angustia y ansiedad. Admití que tus alumnas te caen mal, que algunas son verdaderamente insoportables, que las aguantás sólo por la cuota, pero que si pudieras las mandarías a pasear, por no decir otra cosa. Admití que a veces te dan ganas de vender la casa de campo así como está, o incluso regalarla, o mandarla a demoler, porque venís cortando clavos hace meses y ya no tienen ni para pagar el colegio de los chicos.

María se toma la cabeza y rompe en llanto.

–¿Qué voy a hacer?

–Por ahora llorar, María… por ahora llorar. Pero tenés que empezar a decir lo que pensás en todo momento y lugar. Y ya vas a ver: ¡santo remedio!

María sale del consultorio más aliviada. En el taxi de regreso hasta esboza una sonrisa; el chofer, en cambio, estaba con otro humor.

–Qué día feo, ¿no? –comenta–. Estos días fríos, nublados y lluviosos… no sé, me deprimen.

María no contesta hasta que llegan a destino. Tras pagarle y bajar, se asoma por la ventanilla y le dice:

–¡Qué vida de mierda debés tener si te deprimís sólo porque hace frío o está nublado! –Se da la vuelta y se va.

El taxista se queda mudo. No hacía falta que nadie se lo dijera: él ya lo sabía. Le surge el impulso de llamar a su hija, le dice que va a ir a visitarla, que lleva facturas. Ella le dice que sus nietos se van a poner muy contentos, que lo espera con mates.

Al entrar a su casa María se topa con el espejo del living y se ve distinta. Es otra. Nunca le contestó así a nadie, menos sin razón. Pero le gustó. Toma un café y se va a buscar a su hijo mayor al colegio. Gustavo, su marido, salió en busca del más pequeño, por la guardería.

La condición bipolar de su marido siempre le generó incertidumbre, porque un día llegaba bien y al siguiente mal. Para los días buenos no había razones; para los malos, en cambio, encontraba toda clase de justificaciones: que mucho trabajo, que mucho tráfico, que mucho cansancio, que mucho sacrificio. Y tantos dolores de cabeza como causas puedan imaginarse: sus hijos, su impotencia aleatoria, las deudas, y los favores constantes a su suegra, a los que no podía negarse porque era quien se hacía cargo de los niños cuando nadie más podía.

Hoy es uno de los días malos, y cuando se encuentran en la cocina ni siquiera la saluda. Ella está renovada, diferente, lista para un cambio; él sólo tiene un rostro adusto y sus lacónicas respuestas. Porque a veces ni siquiera le contestaba, apenas emitía sonidos guturales de manera automática, independientemente de lo que se le estuviera comentando o preguntando.

–¿Cuándo vas a dejar de ser tan idiota? ¿Alguna vez? ¡Avisame así me organizo! –dice María, con los ojos en ascuas.

Su marido y los niños se quedan helados. El mayor levanta la mirada hacia su madre, se acerca y la abraza.

–¿Y ahora qué hice? –pregunta Gustavo.

–¡Estoy cansada de soportar tu cara de…! Mirá, no lo digo porque están los chicos, ¡pero vos ya sabés! ¡Vas a tener que hacer un esfuerzo por cambiar, porque esto así no va más! Vamos a la plaza, chicos…

Gustavo toma asiento junto a la mesa de la cocina.

–Es cierto –balbucea–. Estoy hecho un pelotudo. Tengo que hacer algo –Se le brotan los ojos. Sabe que su bipolaridad no es psiquiátrica, que más bien es caprichosa y arbitraria, y que usa la fama que ya tiene según su conveniencia.

Es jueves y es día de taller. A las tres empieza la clase, pero veinte minutos antes llega Rosa, la vecina libidinosa entrada en edad. María nunca le dijo nada. Nunca supo cómo. Pegó carteles de que por favor se respetaran los horarios, pero siempre los ignoró. Hoy, además, es día de pago, y espera que Rosa le salga con alguna excusa: que no cobró, que se olvidó, que se confundió la fecha, etc.

–¡Chuy! ¡Qué frío! –dice Rosa–. ¡Está para meterse a la cama… con un negrote! –Se ríe aparatosamente–. ¿Viste lo que dicen de los negros, no? –Levanta las manos y las pone como si estuviera midiendo un objeto invisible en el aire.

–Me estás debiendo la cuota, Rosa –la interrumpe María.

–¡Ay! ¡No me digas! Me olvidé… ¡sino traía la plata!

–El mes se te venció la semana pasada, Rosa. ¿Cuántos días tiene el mes? No es muy difícil hacer las cuentas.

Rosa la mira fijamente. Esta no es la María a la que estaba acostumbrada, o mejor dicho, malacostumbrada. Por primera vez se sintió desafiada por la joven profesora.

–Disculpame, nena. Mañana mismo te acerco la plata. Tampoco es para saltar como langosta. A cualquiera se le olvida.

–Pero usted se olvida siempre. De lo que no se olvida es de venir, y tan presente lo tiene, que llega primero que nadie y se va después que todas. Así que le voy a pedir que sincronice su memoria con la voluntad de pagar y de cumplir con los horarios, o sino voy a tener que cobrarle horas extra y el interés por el retraso en la cuota.

–¿Qué pasa, nena? ¿Tuviste un mal día? ¿Hace mucho que no te dan una alegría? –dice, frunciendo el entrecejo.

–¡Escuchame una cosa, vieja calentona: por mí podés encamarte con tu caniche o soplar la vela embalsamada de tu marido, pero no te metas en mi vida privada porque nunca te di esa confianza! ¿Estamos?

Rosa se levanta de un salto.

–Mejor me voy, nena. Definitivamente hoy no tenés un buen día.

María abre la puerta y la invita a salir.

–Nunca es un buen día cuando te veo –le contesta, y cierra de un portazo.

A los pocos minutos llega el resto del grupo.

–¿Viste que hermosos me salieron los platos? –le dice una de las abogadas a la otra.

–Muy lindos –responde la más joven, sin siquiera mirarlos.

–¡Pero si ni siquiera los viste, guacha! Si me vas a mentir por lo menos miralos.

–Hoy me desperté con el pié izquierdo. Así que ¡ojo!… que estoy con pocas pulgas.

–¡Qué ironía! ¡Con todos los perros que tenés…!

–Y sí, porque una es sensible, no como otras, que no quieren a nadie.

–Yo también soy sensible, pero eso de andar tapada de pelos como vos, ni loca. ¡Mirate la ropa! ¡Si parecés un perro más!

–¡Qué desubicada!

–Por lo menos te lo digo a la cara. ¿Para qué estamos las amigas, o no? –Buscó complicidad en el resto del grupo.

–Bueno… ya era hora de que se digan las cosas a la cara –interfirió María–. Porque cada vez que vienen solas cansan a todo el mundo hablando mal la una de la otra. No sé qué clase de amistad será esa, pero si ustedes no se bancan, por lo menos sean sinceras y enfrenten la situación como gente grande.

Silencio total y cruce de miradas. Ninguna de las dos acusa el golpe y al minuto la atención recae sobre las hermanas con deficiencia intelectual, quienes empiezan a discutir sobre la temperatura a la que se funde el vidrio.

–¿A los cien grados? ¡Vos no sabés nada! ¡Es a nueve mil grados! –dice una.

–Profe, ¿no cierto que el vidrio se funde a los cien grados, como el agua? ¡Esta tarada no tiene idea! –dice la otra.

–Ya te dijo mamá que me tenés que respetar porque soy la mayor: nací un minuto antes que vos.

–Sí, pero yo soy más inteligente: mi papá me dijo.

–Te mintió, porque los hermanos mayores somos más inteligentes. ¿O no, profe?

–¡Qué vas a ser más inteligente vos, si estás todo el tiempo palpando moscas!

–Sí, yo palparé todas las moscas que quieras, pero ¿quién gana siempre al Tatetí?

–¡Porque hacés trampa! Y eso que estás haciendo es horrible. ¿O no, profe, que está horrible? Tenés que aprender a combinar los colores. A mí la profe me enseñó mejor.

María suspira profundo y se toma la frente.

–¡Se van! –exclama–. ¡Se van ya mismo!

–Pero, profe…

–¡Guardan todo y se van! ¡No quiero escuchar una palabra más!

–¿Nosotras también? –pregunta la mayor de las abogadas.

–¡Todas!

María se dirige al baño y se queda encerrada largo rato. El grupo recoge sus cosas y va saliendo en silencio.

La única que se queda es Claudia, que no se ha enterado de nada. Cuando María regresa del baño y la encuentra todavía esmaltando se toma la cabeza y suspira nuevamente. Decide salir a la calle a tomar aire. A las tres cuadras toma asiento en una plaza y durante un buen tiempo se queda inmóvil con la mirada perdida en el césped. Cuando Claudia advierte que ya es hora de partir, se levanta, recoge sus cosas y se va, extrañada de no encontrar a nadie por ningún lado.

Ha pasado una semana y ya es jueves otra vez, pero el timbre suena a las tres en punto. En la puerta esperan Rosa y Claudia. María las hace pasar sin emitir comentario alguno. Poco después, aparece el resto del grupo: las dos hermanas, las abogadas y Patricia. Todas llegan con la cuota del mes y en el taller no vuela una mosca.

–¿Sabían que mañana es mi cumpleaños? –dice Rosa. Algarabía general y comentarios de rigor.

–¡Tengo unas ganas de soplar una vela! –exclama–. ¡Pero de este tamaño! –Y abre los brazos de par en par.

Todas ríen, incluso María, a quien desde hace una semana ya no se le cae el pelo, y cuyas papilas gustativas está recuperando. Claudia levanta la mirada y sonríe, como de costumbre, sin saber de qué están hablando.

Lusoalöf

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

Agregar comentario

lamejordemisvidas
Las nueve musas solidarios

Artes

Ciencias

Viajar en Semana Santa

Humanidades

Boletín semanal

Ocio cultural

Promocionamos tu libro

promocionamos tu libro
Todo son ventajas

Nuestras redes

No seas tímido, ponte en contacto. Nos encanta conocer gente interesante y hacer nuevos amigos.