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Retrato del más solitario de los artistas solitarios que fracasó en su intento por encontrar la belleza

Adolfo CouveIn memoriam

Veinte años después que lo encontraran colgando de una soga en su casa de la Villa Lucía, hay quienes afirman haber visto a Adolfo Couve paseando por Cartagena acompañado de su perro Moro. Lo han visto en la Playa Chica, en la caleta San Pedro y en la vieja estación del ferrocarril, a esa hora del albor, cuando el balneario aún duerme. Es el fantasma del enigmático pintor-escritor chileno que se niega a morir, igual que ese lugar que lo acogió, y que como él, vive del recuerdo de un pasado glorioso y señorial.

Sin duda Adolfo Couve sigue vivo, en particular para el autor de este artículo. Un artista al que conocí en la Facultad de Bellas Artes, primero como profesor, y luego como colega y más tarde como amigo. Para mí –como para otros– su imagen y su obra literaria y pictórica siguen vivas. Es más, son un referente, sobre todo hoy, en que se valora más la creatividad desbocada que la belleza, esa cualidad que trasciende las formas, única condición por la que debe juzgarse la creación artística, y por la que Couve se quitó la vida.

Es peligroso hablar de la belleza –reiteraba– porque solo se le aparece a unos pocos. Es como la divinidad. Existe en lo evanescente, en la luz, en un gesto, en una mirada profunda o en ciertas piedras de tintes disparejos.

A veces la belleza es compleja y se ampara en los contrarios. Como en un muro manchado por la humedad o en la inmovilidad de una casa con una palmera que se asoma por detrás, donde se establece un contrapunto armónico. Como en el sonido de una campana, donde podemos escuchar todas las palabras imaginables. ¡La belleza es síntesis!

Al parecer Couve sigue a la letra el consejo de Leonardo. El rol del artista consiste en hacer la síntesis, de una manera o de otra entre el diagrama y la mancha.

Hoy existen estudios que exaltan el talante de Couve escritor, los que en parte han desdibujado su aura de pintor, y que él mismo se encargó de relegar a un segundo plano. Estudios anteriores se refieren a su obra pictórica como meritoria, íntima, evanescente. Pero sobre su labor docente poco se sabe, no existen escritos sobre esta brillante faceta, solo conocida por quienes durante años escuchamos su palabra cargada de sentimiento, sus vastos conocimientos y su particular compromiso con el arte y, a veces, pensamientos íntimos, como su convencimiento de que el artista es un ser solitario que no necesita apoyarse en ideologías ajenas, o su admiración por creadores de obras maravillosas y nada se sabe de sus sombrías vidas.

Repetía frecuentemente, al analizar una obra de arte, se debe captar la poesía que encierra la estructura, el todo que se tiene frente a los ojos. Una obra de arte mala no cuenta. Una pintura mala no es arte. Las manchas no están destinadas a enseñarnos nada, pero bien dispuestas producen agrado, son dignas de contemplarse. Eso es arte.

 A. Couve

Ya tengo mi nueva religión

En estos aciagos momentos que vive la humanidad, en estos tiempos de crisis espiritual y carencia de valores, en esta época crepuscular regida por objetivos materiales que nos impulsan ciegamente, es interesante recordar al Couve catedrático, ya que aquí mostró su verdadera dimensión humana: sus ideas, su estética, su pensamiento filosófico y su manera de enfrentar la vida. Sin duda era un tipo impredecible.

De mirada huidiza, extraviada, irritable, temperamental, melancólico. Hombre comprometido con la verdad artística y profundo buscador de la belleza. Así era Couve. Poeta al fin de cuentas. Deslumbraba con conceptos de una profundidad y misterio abismales. Solía pronunciar frases como: “El artista debe ser solo lo que es”, “La belleza es una verdad dolorosa”, “La vida tiene el color de la desesperanza”. Verdaderas máximas que rigieron su vida y su estética.  

La crítica habla de sus méritos artísticos y literarios, pero la verdad es que su legado fue de orden moral: su sinceridad, la honestidad con que abordó el arte sin recurrir a falsas posturas o efímeras modas; solo siguió los dictados de su voz interior, y la expresó según se sintiera apremiado a hacerlo.

Abandonó la pintura, de la que era un eximio maestro, para dedicarse a la literatura, porque –según él– le faltaba dibujo, tenía deficiencias en la construcción. Declaraba que era un pintor de la mancha espontánea, pero incapaz de armar y de llegar a la forma perfecta, que anhelaba y admiraba a los renacentistas italianos: Uccello, Bellini, Mantegna, Rafael, Botticelli, en fin, una pléyade inmaculada.

Según él, no se aproximaba de manera satisfactoria a esa compleja ecuación del equilibrio entre la forma y el contenido, entre la figura y el fondo. Algo que sí podía lograr con la palabra. Al respecto expresó: “Cuando me di cuenta que era capaz de armar un párrafo que estaba bien, que tenía el sinónimo correcto, que poseía la sintaxis perfecta, eso me dio una gran alegría, me pude apoyar en eso y me dije: ya tengo mi nueva religión…”. Luego de aquel hallazgo su nuevo camino expresivo ya estaba cimentado… era cuestión de caminar.

Balneario

Cuando las cosas buscan la belleza se juntan solas

Couve pintaba elementos muy simples, se trataba de elementos o paisajes con los que había tenido una relación de pertenencia. No intentaba crear mundos imaginarios. Los mundos que pintaba estaban ahí, sentidos y vívidos. Y los recreaba bajo un concepto muy propio, que se basaba en la belleza del instante, de lo evanescente, donde intentaba detener la poesía de los pequeños gestos cotidianos, lo efímero, lo insignificante. Su tema era la naturaleza. Una naturaleza muy poética.

“La naturaleza –decía– no necesita de los hombres. Se basta a sí misma, no tiene defectos; si los tuviera no sería la naturaleza. Ella tiene todos los tiempos y todos los colores. Es perfecta, en ella hay belleza, gracia, está la luz evanescente y el instante fugaz”.

Insistía que la pintura era un rectángulo de inmovilidad con vida. Un cuadro antes de que ser una mujer desnuda, un caballo de batalla o una marina, es esencialmente una superficie plana cubierta de manchas con un determinado orden espacial. Las célebres frutas de Cézanne –por ejemplo– no son meros colores, sino manchas bien dispuestas y contrapuestas, manchas de colores bien elegidos. Eso se llama pintura pura. Y no se debe olvidar que nadie, nunca llegará a la perfección de la ola, pues esta dura un solo instante, pero se debe intentar llegar lo más próximo a esa síntesis.

Es más, uno nunca es original. A lo más que se puede llegar es a traducir lo que uno ve o siente. Por eso no hay nada más maravilloso que describir con el lenguaje apropiado y en buena forma, es una oración.

Le gustaban los objetos modestos, un tintero o un jarro. En ellos intentó encontrar la poesía, la virtud que esconden los pequeños objetos y en las escenas mínimas. La misión del artista es sacar todo lo que no es y dejar lo esencial. “Si se agrega algo de más a una composición, el tema se vuelve barroco, obsceno, y si le quitas más de lo debido, se desarma, pierde la consistencia”. ¿Entienden? ¡Eliminen todo lo anecdótico! ¡Lo superfluo!

Componía juntando cosas como en un collage.Voy creando como se compone la música o la poesía, por pura inspiración. Pero cuando las cosas buscan la belleza, cuando son, se juntan solas”. “Mi propia experiencia es mi única guía. Pero hay que ser honesto. Si la obra no responde a una necesidad interior profunda, entonces el artista no es otra cosa que un plagiario de la nada. Yo trato de expresar las relaciones profundas de la realidad y el hombre”. Hablaba de un mimetismo de la conciencia. Y producir una obra era llevar a cabo un acto puro que, como una oración, lo ponía en relación con lo más indistinto y total, el absoluto.

 Couve

El día que dejé de pintar

Un día se dijo, basta de empastes, de veladuras, de formas abiertas y cerradas. Cambiaré los colores por las palabras. Mutaré de la frigidez del empaste por la calidez seminal del verbo. Y como en la pintura, ligaré lenguaje y contenido hasta alcanzar la armonía. ¡Y dejó de pintar!

Una noche soñó que lo visitaba el Príncipe del Averno, que le quitaba los pinceles y quemaba sus telas y sus dibujos. Clamó entonces: “¡Oh! Dios de la belleza, de la luz y de las artes. A ti te invoco. Inspírame. Sé que soy un pintor que busca afanosamente la belleza y no la encuentra. No me hagas sufrir. Descorre las sombras de mis ojos”.

Cuando miró el cielo de nuevo se avergonzó de su obra pictórica. “No puedo engañar mi conciencia. El camino de las letras se me ha revelado. Y debo seguirlo… Nunca llegaré a traducir los matices de una flor ni la perfección de una ola, jamás. La naturaleza me humilla en su desorden, en su belleza, en su fealdad. ¡Debo abandonar la pintura!”.

Sin duda la lucha entre lo pictórico y lo literario no cesaban, se intensificaban hasta que Belcebú lo convenció de que tenía mucho que decir con la palabra escrita. Con la pintura ya había dicho todo lo que tenía que decir.  

Obviamente son mundos distintos. Pero el arte es uno solo. Lo que cambia es la técnica. Y su conciencia se calmó. “Me he dado cuenta que es maravilloso construir paisajes interiores valiéndome tan solo de un lápiz de grafito. No es lo mismo que con el óleo. Ahora para mí el verbo es sagrado. Los evangelios no están pintados, están escritos”.

 Pera y plato con frutas - 1984

La vida tiene el color de la desesperanza

El crítico Ignacio Valente, refiriéndose a la prosa de Couve, dijo que esta era una de las mejores que se habían escrito en Chile durante las últimas décadas. “Una prosa de la escuela de Flaubert, muy pura, muy castigada, muy esencial”. Actitud muy consecuente con su filosofía, con su angustiosa búsqueda de la perfección basada en una asombrosa economía de medios, con la esencia, con la síntesis.  

Una vez me dijo: “La forma y el contenido van unidos cuando el estilo es sinceramente profundo y el asunto tratado es verdaderamente sentido. Lo externo se pliega a la forma esencial del pensamiento”. De allí su estilo, de escultórica belleza formal. Cada palabra, cada frase no desentonan de la armonía del conjunto; cual un diestro compositor da siempre con la nota exacta, sabe atrapar instintivamente las concordancias entre el sentido y la forma captada por su desvelada intuición de poeta.

Los contenidos líricos de su obra son como las luces que alumbran las oscuras profundidades de su ser. Su vida, obviamente, fue una constante lucha por encontrase a sí mismo. Y como amante de la perfección, del equilibrio sereno, de la armonía suprema, su norte fue esbozar, develar, ese tipo de belleza. Esa que el ser solo percibe efímeros destellos que se entrelazan con las tinieblas. “Esos instantes fugaces, tan breves hasta ser casi sin tiempo”, según Berenson. La angustia que provocó en su alma la inasible belleza, y que siempre estuvo presente en su ánimo, tiñó su vida con el color de la desesperanza.

Couve escribe como pinta, fragmentaria, esencialmente; fundamental en él es la economía y la pureza del lenguaje. Escribe, en fin, porque reconoce la insatisfacción de la pintura frente a la omnipresencia del narrador total que pasea su ojo por todo el universo.

Sin título

La palabra tiene todas las posibilidades de la expresión

Para Couve los tiempos de la literatura son tiempos de cataclismo, porque escribir una novela es en realidad vivir dos veces. Solo cuando lo vivido y lo escrito tienen la misma intensidad se produce la verdadera literatura, y eso desata una lucha entre el tiempo real y la urgencia del dictado que está atropellándose por salir. Ese tiempo es el del meollo: ahí está la obra. Después se pasa en limpio y se corrige. Esa es la fase del enlucido, pero es la otra parte, la del temporal, la verdaderamente importante y ahí uno está solo.

“Con ´La comedia del arte´ me metí ya no con el tema universal, que es lo que define el intento del realismo, sino con el arquetipo que colinda con la poesía. Esto me obligó a seguir adelante. No puedo volver al realismo. Tengo que ir a una cosa nueva, contra los años, y es por eso que estoy tan asustado: porque voy camino a la poesía”.

Además, descubrió que debía escribir sobre la gente común y corriente, de lo cotidiano, sobre los hombres que no son triunfadores, que no aspiran a nada, que pasan desapercibidos. Como en su pintura, un tintero, una ventana, una mirada distante. También intuyo que la palabra tenía las mismas posibilidades de expresión que la pintura. Había palabras redondas, rectas, oscuras, melódicas, desvaídas… Con ellas podía dibujar como un mosaiquista con las piedrecillas. Pero sabía que si el corazón no se desbordaba de pasión o de cólera, nada de valor se lograba en el mundo de las artes. ¡Nada!

¡Absolutamente nada!

Couve

Lecciones de pintura. Las Meninas: el tiempo sin tiempo

Era una mañana fría de invierno. En la sala de clases solo habíamos seis alumnos y discutíamos sobre los valores estéticos que conjugaba Las Meninas. Todos sabíamos que pocos pintores han poseído tan elevado ideal artístico persiguiendo la perfección como Velázquez. Y que sus cuadros fueron cuidadosamente pensados y elaborados, y que él, en el transcurso de su vida introdujo –siempre insatisfecho– no pocas enmiendas.

“Esta pintura –comenzó diciendo Couve frente a la proyección de esta obra– temáticamente es un retrato colectivo, pero expresado en acción: lejos de tener las figuras en fila, estas se distribuyen bajo un concepto dinámico de escena teatral. Es la monarquía española en un aposento del Alcázar convertido en taller: la infanta Margarita con sus mozas, que la sirven; doña María Agustina Sarmiento, arrodillada, le ofrece un búcaro que la joven rehúsa con leve indiferencia; detrás, se inclina doña Isabel Velasco, la otra menina, con gesto contenido. Delante de todos, el perro que descansa galano, ha cerrado estoicamente los ojos, soportando el pie del pequeño Nicolasito, que le pisa suavemente el lomo. Una bufona y dos servidores del séquito completan los restantes planos del cuadro. La puerta abierta en el fondo, en la que aparece un hidalgo, procura un efecto de luz que realza la asombrosa perspectiva. Artificio para aumentar las dimensiones reales del cuadro, ya que por ella y la ventana lateral entra la luz necesaria que llega hasta el plano donde se supone están los reyes y ahora nosotros mismos, como espectadores.

Dentro del palacio de monacal sencillez, en el muro posterior, un espejo esboza las imágenes del rey y la reina Mariana de Austria, que han entrado y contemplan la escena. Ellos en “pose”, exigen un lugar, y el pintor, verdadero protagonista del cuadro, preside la escena de pie ante su gran lienzo. Vestido de negro, pincel en mano, ojos fijos y expresión suave, Velázquez nos lega así el más bello de sus autorretratos en la corte española”.

Desde el punto de vista de la técnica –observó Couve– esta obra es una de las más acabadas y perfectas que conoce la historia del arte. Bonnat dice: “Los procedimientos de Velázquez son de una sencillez asombrosa. Pintaba de primera intención, las sombras simplificadas no están más que restregadas, mientras que las partes luminosas están hechas con gruesos de color; y el conjunto, con sus tonalidades finas, amplias y justamente ejecutadas, es de valores tan exactos que la ilusión es completa”. Aquí Velázquez aborda el problema del espacio, pero no lo hace de una manera abstracta, apoyado en pura perspectiva, sino recreando una atmósfera pictórica, un ámbito aéreo donde las figuras quedan insertas, contenidas, suspendidas.

El pintor da verdaderamente al espectador la noción de las dimensiones: primero, por medio de los seres animados, los objetos, las escalas, los bastidores, los techos arqueados y las paredes y, en segundo término, por la manera armoniosa con que dispone las luces y las sombras, lo que obliga al ojo a captar toda la escena y a comprender la distancia que existe entre los términos plásticos.

Lo que vieron los ojos de Diego Velázquez, lo que vieron los ojos de Adolfo Couve y los nuestros más de tres siglos y medio después, constituye un testimonio de incalculable valor histórico-artístico. Aquí está la monarquía española del siglo XVII; los príncipes con sus favoritos, los idiotas bufones; las cloróticas infantas vestidas con henchidos tonillos y, presidiendo las mustias pompas mayestáticas, la efigie de un soberano decadente, penúltimo de los Austria; la dramática estirpe que pronto habría de extinguirse del trono hispano.  

¡Cuánta filosofía en torno del monarca, los bufones y el pintor! Genio, decadencia y poder. Trinidad magnífica y grotesca que parece sintetizar a la humanidad toda. Pero en ese mundo de simulado esplendor, de grandeza con que el rey procura exaltar su realeza, el pintor cual un filósofo, encarna la verdadera realidad espiritual de esa corte. Con su pincel escudriña hasta el fondo de esas almas, y retrata en sí, las sombras psíquicas, la miseria y la penumbra que lo rodea, y nos lega con absoluto verismo y extrema exactitud, una visión patética de su tiempo y realidad.

Velázquez, como gran maestro, concedió gran interés a la caracterización psicológica de sus personajes, y en Las Meninas nos revela su honradez artística de pintor cortesano, quien, como Goya más tarde –en el mismo puesto– detendría en tiempo en una tela.

Obviamente, tras escuchar esta lección de pintura, yo pensaba: ¡Cuánto conocimiento!, ¡cuánta capacidad de análisis!, ¡cuánto manejo de la técnica pictórica! se necesitaba para traducir, cuán un filósofo o un poeta, la dimensión estética de esa obra y, escudriñar paralelamente el mundo espiritual de esa corte y develar las sombras psíquicas de esos personajes.

Lo importante –reiteró finalmente Couve–, es juzgar la obra por lo que los ojos ven. Por los valores plásticos que encierra. Pero, sin duda, eso no basta, se requiere, además, una sensibilidad refinada para intuir y desentrañar la belleza o la gracia donde toda forma se pierde.

Adolfo Couve en Villa Lucia

La experiencia del autorretrato en Rembrandt

Otra lección que retengo en mi memoria con meridiana claridad –y que trataré de reconstituir– es una que dice relación con Rembrandt, otro de sus pintores favoritos. En esa oportunidad analizó el autorretrato del holandés que se encuentra en la Galería Nacional de Washington.  

Según Couve, en este retrato Rembrandt, como en la mayoría de sus autorretratos, recurre e invoca a la luz y a la sombra, y las hace dialogar maravillosamente. Aquí Rembrandt asocia la luz y la sombra con la lucha entre el bien y el mal. Dios y Lucifer. Claridad y tinieblas. Un problema estético que él transforma en un problema ético. La luz modifica las formas. En esto Rembrandt era un maestro. Igual que los pintores de la Escuela Veneciana –acotó Couve.

En este autorretrato el pintor se retrata como encarnando lo más profundo de sí; y en ese proceso deja a la vista, en un solo haz, los aspectos esenciales de su interioridad. Rembrandt vuelve aquí sus ojos hacia el yo con una pasión arrolladora y manifiesta su actitud trágica de la vida.

Couve afirma que en este cuadro Rembrandt se entrega a una indagación que ignora limitaciones dogmáticas. No dirige su mirada dentro de sí prefigurada por categorías morales que anticipen lo que busca. Pero sin duda el hecho de autorretratarse constituye un modo posible de conocimiento, por cuanto la imagen reproducida, aunque encarna momentaneidad, responde a una autoobservación y conserva la continuidad entre el pasado y la expectación del futuro a través del ahora.

En este casos Rembrandt se acerca cada vez más, no a la muerte, sino a la vida. A la eternidad. Y allí se queda. Esta obra, no obstante su factura técnica y su temática esencial, modesta y mínima, poseen una belleza magra, pero poesía al fin de cuentas.  

Sin duda, luego de escuchar este análisis, uno comprende que las obras Rembrandt contienen miles de sugerencias expresivas. No son obvias. Son obras misteriosas donde la luz, que representa el bien, lucha contra la sombra, que es el mal. Imagínense que este gran conflicto se trata con los valores del claroscuro, que son tres, sombra, luz y mediatinta. Estos en manos de Rembrandt guardan relación con la Divina Comedia de Dante. La sombra es el infierno, la mediatinta el purgatorio, y la luz, el paraíso. Obviamente cuesta traducir la esencia de esas cosas.

 

Camino sin retorno

Adolfo Couve La noche es espléndida, la luna que brilla en el cielo me recuerda que el alma humana es infinita en su misterio. Esto me lleva a pensar que Adolfo Couve se volvió sobre sí mismo y se sumergió en su propio misterio. Sintió la angustia de deambular sobre el mundo de las cosas cotidianas sin poder unirlas a su ritmo interior. Caminó a tientas sobre la penumbra de las cosas sensibles mientras la imaginación aliada del sentimiento le sirvió de caja de resonancia. Supo develar en sus obras pictóricas y literarias su estado interior y fue capaz de expresarlo convenientemente. Descubrió la unidad de esa gama de sentimientos que sobrecogen, ese impulso ascendente que se convierte en canto… y, a veces, en llanto.

La alta noche… el mar… la soledad… la incomprensión… todo va juntándose hacia un fin definitivo que llegó el 11 de marzo de 1998. Ese día, su atormentada y refinada sensibilidad lo impulsó a tomar una decisión trágica. Su espíritu, en lugar de imponerse a su tormentoso cauce, se abandonó a las aguas de un suicidio implacable. Una despedida triste e inevitable, propia de un hombre que vivió a destiempo, y que como auténtico artista, vivió su verdad, ya fuese comprendido por su medio, o no lo fuera sino en parte e incluso no lo fuera en absoluto.

Algunos creen que cuando cerró los círculos de su obra, decidió despojarse de lo único que le iba quedando. Quién sabe si aquello fue lo último que pensó antes de saltar al vacío. Yo pienso que fue la belleza la que traicionó sus ojos. E imagino que antes de tan extrema decisión, se dijo:

He fracasado en mi intento de encontrar la belleza. Señor, bajo el peso del sufrimiento mi razón se extravía. Se apodera de mí la desesperanza. Siento que el ángel de la muerte viene por mí.

¿Por qué temer a la muerte, si el alma es inmortal y el arte es eterno? Mis cuadros y libros hablarán por mí.  

Quisiera terminar este texto con la última escena del guion cinematográfico que escribí en honor al maestro Adolfo Couve, ya que me parece atingente para ilustrar como imaginé su muerte.

Interior. Hall segundo piso. Noche cerrada.

Luz azulenca-violácea, misteriosa. Silencio absoluto.

Adolfo sentado al borde de la escalera en el segundo piso, junto a la baranda de madera. A su lado una soga semienrollada. En un extremo, un nudo corredizo de horca. Tiene un cuaderno sobre sus piernas y escribe algunos pensamientos (redacta en voz alta y apunta):

–A Mozart se le apareció un enmascarado en Viena cuando componía un réquiem para nadie, y le aviso su muerte.

A mí se me apareció en Cartagena. Arenas donde encallé mi barca y donde he respirado el silencio y la soledad. Mi premio: lograr morir sin miedo.

Se escucha el réquiem de Mozart, que irá in crescendo y no cesará hasta el final.

Adolfo cierra el cuaderno y lo deja a un lado, luego toma la soga, la extiende, pasa un extremo de esta entre los maderos de la baranda y hace un fuerte nudo. El otro extremo lo arroja al vacío y lentamente baja la escalera. Sus ojos están libres de toda expresión.  

Corría el miércoles 11 de marzo de 1998. A las 8:05 A.M. lo encontraron. La música de Mozart aún se oía majestuosa y llenaba toda la casa.

 

Antonio Landauro

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