Las nueve musas
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Razones de peso

Hola, Juan Luis:

Te escribo en respuesta a tus mensajes para decirte que definitivamente desaconsejo llevar a cabo tus planes de retomar contacto con Marta (la pobre Marta), y mucho menos aun que le propongas lo que tú llamas “un proyecto común de vida”.

Pero, vamos a ver: ¿tú crees que a estas alturas te puedes presentar ante mi prima y proponerle nada? Ya te puedo anticipar que su respuesta será no. Un no rotundo. Pero no te engañes, esa negativa no se deberá ni a “al vértigo causado por la magnitud del proyecto” que le quieres proponer, ni a la “poquedad pequeño burguesa” que, según tú, “la ha atenazado” todos estos años. Su no rotundo (que, estoy seguro, saldrá de su boca antes de que acabes de explicarle nada) se deberá al simple hecho de que te conoce, a que en tres años, cuatro meses y escasos días la has hecho pasar de la ilusión a la angustia, la desconfianza, el miedo y, finalmente, el desencanto…

Venga, haz memoria y medita: cuando os conocisteis te presentaste como escritor, turbulento y atormentado, con (ya entonces) un proyecto inmenso. ¡Si hubieras visto con qué fascinación hablaba de ti! La pobre Marta aún recuerda todos los detalles: el paseo marítimo, el encuentro accidental, la charla bajo los cocoteros bebiendo a morro de la botella de vino… ¡Si hasta recuerda los matices del sol ese crepúsculo! A los pocos días de vuestro encuentro me llamó para vernos pues “tenía muchas cosas que contarme”. Hablaba de ti como de un héroe, un semidiós: el magno proyecto narrativo (del que no querías dar detalles porque eso “te gafaría”, según me explicó), tu relación con el editor, el sistema de anticipos con que te financiabas… Para ella eras (entonces) jugador de “la gran liga”. ¡Parece ser que incluso le hablaste de tu preocupación por los derechos de traducción al inglés! Ella te consideraba un autor consagrado y me preguntaba ansiosamente si no había leído nada tuyo…

Y luego resultó que esa gran obra a la que, según le habías hecho creer, estabas dando una revisión final, cuya edición ya tenías concertada, con un anticipo pactado, solo consistía en una veintena de folios mal revisados, de un egocentrismo vacuo y (perdóname) pueril. Yo estaba con ella cuando encontró el manuscrito, yo vi la alarma y la sorpresa asaltando simultáneamente su rostro, y la vi empecinarse en la incredulidad para no reconocerse a sí misma que se había quedado colgada de un fantasma de tono y lomo.

Pero claro, cuando ella descubrió el fraude tú ya la tenías liada con “otro proyecto”, ¿te acuerdas? Una noche, después de más de una semana de no saber nada de ti, apareciste, más tormentoso y turbio que nunca, en la puerta de su apartamento (sí, me contó la escena, entre lágrimas, claro). “He visto claro, gracias a ti he visto claro –le dijiste-, tú me has provocado una crisis creativa y me he dado cuenta de que en realidad no sirvo para escribir, no soy escritor.” La dejaste helada, sumida en la angustia más devastadora. Imagínate: una semana atrás estabas culminando una obra que iba a dejar chiquito al Ulises, una obra en la que llevabas años trabajando, y ahora, así de golpe, te das cuenta de que no sirves. ¡Y la culpa era de ella! ¿Cómo se iba a sentir, alma de cántaro? La dejaste jodida, no sé si lo sabes pero la dejaste muy jodida.

Pero en fin, enseguida la “salvaste”, después de ese silencio teatral que a la pobre Marta se le hizo eterno, abalanzándote sobre ella (y encima con un abrazo sobón, eso también me lo contó) y gritando lo de “gracias, gracias por haberme sacado del pozo”. Date cuenta de que esas palabras la impresionaron, por eso las recordó casi literales (y yo también), nadie niega tus dotes para la metáfora, sobre todo cuando te adentras en el terreno del patetismo y tus oyentes no han ido más allá de los dramones televisivos (como es el caso de la pobre Marta).

Ya la tenías situada en el papel de salvadora y regeneradora, una doña Inés de tus desvaríos. Y ella se volcó en ti, en devolverte la ilusión o en crearte una nueva. Y de alguna algo salió de sus desvelos: al poco me llamó emocionada como una colegiala para decime que ya tenías un objetivo, una meta. Sí, el proyecto editorial, “lo de dar voz a los que tienen algo importante que decir pero tienen bloqueados los cauces oficiales”, eso le encantó también… Te vio como una especie de mesías, que había de guiar a esas nuevas voces que clamaban en el desierto hacia la tribuna que su talento merercía, la que les permitiría llegar, por fin, a las masas. Y ahí te enfrascaste (y la enfrascaste), en tu proyecto, en las “sesiones de trabajo…” Ya me habló de ellas: tú en el sofá (al estilo diván de psicoanalista) pariendo ideas, ella intentando darles forma… Búsquedas en Internet, posibles editores alternativos, lo que tú llamabas “los clásicos ocultos”… Y cuando ya tenía una búsqueda hecha, y toda la información que a ti se te había pasado por la cabeza sistematizada, entonces el señorito cambiaba de rumbo, paría una idea genial que lo tenía dos semanas contemplándose el ombligo y dándose coba, que volvía a absorberle en complejas y profundas elucubraciones, arrastrando a la pobre Marta a un vértigo de proyectos a los que no podía hacer frente.

Ahí fue cuando empezó a llenarse de angustia, cuando sintió el peso de la responsabilidad que sutil pero constantemente volcabas sobre ella:”¡Qué suerte tener tu apoyo!”,”si no fuera por ti, este proyecto se iba a hacer puñetas”, “¡menos mal que estás tú para centrarme!”

Recuerdo un día. Yo la había ido a esperar a la salida de su trabajo para ir a tomar algo y ella me sugirió que antes pasásemos por “la oficina”, como llamabais al sótano asqueroso que alquilaste para “el proyecto”. Cuando llegamos no había nadie, pero Marta se empeñó en entrar. Es difícil imaginar el caos que reinaba: la mesa y la estantería (único mobiliario junto a dos sillas desvencijadas) estaban plagadas de hojas manuscritas e impresas, con carpetas abiertas tiradas por el suelo… Marta, como activada por un resorte, se puso a ordenar y clasificar todo aquello: las hojas manuscritas junto al ordenador, las impresas en montoncitos destinados a carpetas. En esa actividad estaba cuando apareciste tú, eufórico y exaltado como casi siempre. Tras el efusivo saludo te lanzaste al monólogo de lo bien que iba el proyecto, cómo crecía en tu mente, y cómo las ideas se agolpaban informes y había que sistematizarlas. Y lo ejemplificaste señalando el montón de notas sueltas con el que batallaba Marta. A continuación, con el tono del que revela una confidencia graciosa, me confesaste que tú solo no serías capaz de dar cauce a todo ese torrente de ideas, “pero… (Y entonces te volviste hacia Marta y le acariciaste la mano) Sé que está Marta, que puedo contar con ella. Sé que mañana todo ese torrente caótico estará clasificado y ordenado, impecablemente sistematizado”. Y a continuación, tras darle un beso en los labios y mirarla escrutadoramente a los ojos, te despediste, tenías que darle vueltas a “lo que te estaba viniendo” y finalmente, con mirada tierna, mientras cogías la chaqueta para salir disparado, “No te quedes hasta muy tarde.” Lo más triste es que Marta suspiró hondo y ”se arremangó” para poner orden en el caos, y lo hubiera hecho si no se lo hubiese impedido tajantemente, casi secuestrándola para llevármela de aquel manicomio.

Y aquí también, como cuando la novela, de repente va y desapareces…  ¿Cuánto?, ¿una semana, diez días? Y, cómo no, reapareces “en crisis”, habiéndole dado la vuelta a todo: estabas harto, “harto hasta los huevos”, del mundillo cultureta y de los guetos de amiguismos. Nadie te comprendía, y tú, desairado como un Quijote, renuncias al mundo… No, no sabes lo que harás (faltaría más) pero tienes que buscar, conocerte mejor a ti mismo… Y una vez más, “¡Marta, no me dejes!, sin ti no soy nada, tú me centras, ayúdame en esta búsqueda…” Pero, claro, ni siquiera la pobre Marta puede morder dos veces el mismo anzuelo, y menos aun un anzuelo sujeto “con pinzas” (no sé si me explico). Y tu llamada de auxilio fue recibida (recuerda que tú mismo me lo comentaste meses después, un tanto extrañado) con un retintín de escepticismo y un distanciamiento algo frío. Recuerda: no te seguía la corriente en tus divagaciones, no se entusiasmaba ante tus arrebatos iluminados y ya no te arropaba maternal por la noche, por mucho que tú lo buscaras.

Pero bueno, Dios protege a los locos y a los borrachos, o sea que a ti te toca doble protección. Y cuando saliste con el nuevo proyecto, el del bar, pensó que eso podría ser más factible, que era un proyecto más realista. La pobre Marta vislumbró un futuro de rutinas que os proporcionase un cómodo sustento (tú se lo planteabas así, no me digas que no) y has de reconocer que eso es lo que necesitaba, después de los acelerones literario-editoriales vacuos que le impusiste, pobrecita. Pero el optimismo se le empezó a deteriorar a medida que ahondabas en el proyecto. Claro, tú no te podías conformar con un bar que abriese por la mañana, sirviese cafés, refrescos, copas hasta la noche y luego a dormir… ¡Cómo iba a ser de otra manera! Y entonces surgió lo de algo diferente, lo de “romper con las rutinas burguesas y la imposición rígida del espacio” (sí, ya ves que tus delirios cuajaban en la pobre Marta, y que ella me los transmitió a mí).  Y la deriva te fue llevando sucesivamente hacia los conceptos “bar-biblioteca”, “espacio de cultura enológico-literaria”, “punto de conjunción espacial atemporal”…  En fin, qué te voy a contar, tú pariste esos conceptos, tú sabrás de qué van…

Y entonces iniciasteis lo que podíamos llamar la fase del choque. Marta ya no se entusiasmaba (ya no era tan “la pobre Marta”). Ya fruncía el ceño cuando no le ponías puertas a tus alucinaciones, ya empezaba a virar hacia lo que tú llamaste (con indignación) “el sesgo pragmático que le está dando a nuestra relación”. Intenta, por una vez, comprender a los que tanto han intentado comprenderte: estaba agotada, la habías dejado jadeante de tensión, culpa y angustia. Y claro, hizo su aparición el miedo, el miedo atroz a que te lanzaras por la pendiente del delirio sin encontrar manera de reconducirte hacia la realidad. Fue una especie de ten con ten permanente. Os imagino como dos tripulantes que se aferran al timón de un velero, cada uno quiere virar en un determinado sentido, y luchan por imponer su rumbo, pero ninguno de los dos quiere forzar al otro a soltar el timón, no sea que decida abandonar el barco. Resultado de ese forcejeo fue el viaje a los castillos del Loira, “a la caza de vinos y ambientes”, como dijiste en su momento, pletórico de esa energía metafórica que tanto mal ha hecho a tu alrededor.

Sé que el viaje fue una tortura, al menos para la pobre Marta. Tú, alucinado, entusiasmándote ante todo lo raro, anómalo, retorcido, improvisando proyectos, entrevistándote con vinateros y casi cerrando tratos con proveedores. Marta ya le había visto las orejas al lobo. Sé que te dejaba hacer, hasta que empezabas a alucinar… Entonces te cortaba el rollo con aspectos prácticos: “otro día…, vámonos al hotel, que estoy cansada”, o “espera a ver otras opciones antes de decidirte, ¿no?”, o “¿no te convendría hacer números primero?” Sabía que proponerte una espera o una tarea que exigiese constancia era el mejor modo de garantizar el olvido de la idea. Igual no lo notaste (me extraña, dado lo poco sutil que es nuestra pobre Marta), pero en cuanto le pilló el truquillo aplicó esa medida constantemente. Total, ¿cómo volvisteis del viaje? Pues con la previsible crisis, la que tú te montabas de repertorio y la que ella inició, como por territorio virgen, en el páramo del desencanto.

Por eso no le extrañó no saber nada de ti en los días siguientes al regreso del viaje, sabía que “estabas en crisis” y que, lamentablemente, aparecerías por sorpresa una noche, descompuesto y desencajado, con los ojos febriles, espasmódico hasta la compulsión, para revelarle que habías abierto los ojos, saltado a otra etapa de tu vida o descubierto la verdad más intrínseca e inimaginable. Te extrañabas de que no te dejara pasar, que te escuchara impasible, con gesto mohíno, sujetando la puerta a punto de cerrarla… Te extrañabas de que te interrumpiera con la excusa del trabajo. “¡Y sin dejarte explicar tu nuevo proyecto!” Creo que era la primera vez que relegaba tus intereses ante los suyos, y te lo tuviste que comer, claro. Lo que le extrañó (y a mí también) es que la esperases al día siguiente a la salida del trabajo para explicarle con calma cuál era ese proyecto. Si te acompañó hasta la cafetería fue porque reconoció (o creyó reconocer), en esa constancia tuya recién estrenada, un signo de la maduración personal que llevaba tres años soñando de una u otra manera.

Pero claro, vanas son las esperanzas del que espera sin fundamento, y cuando empezaste a pedirle que vendiera su piso para montar un resort  para turistas en la selva amazónica, conseguiste, en una sola frase de “introito”, que le volviera de golpe, la angustia, la culpa, el miedo y la decepción… Sabiendo lo que sé sobre cómo ha vivido la pobre Marta vuestra relación, considero que enviarte a la mierda es lo menos que podía hacer. Te quejas de que su postura fue muy negativa, de que no te hiciera una crítica constructiva. Bueno, aquí tienes una crítica constructiva: la gente que paga por unas vacaciones lo que tú quieres pedirles no va a dormir en una estera de paja bajo un chamizo en la selva, menos en temporada de lluvias, tampoco querrá pasar todo el tiempo cultivando la tierra para reunir provisiones para los visitantes futuros. Recuerda que la mayoría de la gente dispone de un mes de vacaciones: si tardan quince días en llegar y quince días en volver, se acaban. No te molestes en replicar que eso son prejuicios de “la poquedad pequeño burguesa” o cosa parecida: la vida, ahora, es así, y tú no vas a convencer a nadie para que cambie su concepto de vacaciones.

Y es por todo esto que mi respuesta a tu pregunta es no, definitivamente no. Te lo puedo detallar para que no me salgas con interpretaciones ambiguas:

  • No te presentes en su casa de noche, y menos aun vestido con la túnica, con el pelo empiojado. No te verá como “alguien que ha traspasado dimensiones” sino como un sucio pirao que puede contagiarle a saber qué.
  • No le expliques que has visto ninguna luz ni ese asunto de la depuración del alma, la pobre Marta fue de niña a las monjas y ellas ya le metieron todo el pseudo misticismo que es capaz de procesar.
  • No le sugieras vender el piso para montar la comuna del amor de la que me hablas.
  • No pretendas seguir con ese ritual a medio camino entre el vudú y el tarot mediático que has montado en su portería. Créeme, no conseguirá atraer a Marta, solo a la policía.

En fin, no me queda nada más que decirte sobre la pregunta que me hacías en tu carta. Ah, sí, una cosa más: ya no soy tu psicólogo; de hecho nunca lo he sido porque nunca has pagado las facturas. Pero ahora te lo pongo por escrito para que no haya malentendidos. Así que no me escribas, no me llames ni me envíes mensajes, no te acerques a mi puerta y no me sigas por la calle con esa pinta de chalao que tienes entre la túnica, las sandalias y los piojos.

Hasta nunca

El que, gracias a Dios, no llegó a ser tu cuñado.

José León Gustá

Esta obra ha resultado Finalista en el concurso II PREMIO LAS NUEVE MUSAS DE RELATO BREVE

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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