Las nueve musas
Raffaele Pinto
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Raffaele Pinto

“ENTIENDO LA POESÍA EXCLUSIVAMENTE COMO DIÁLOGO CON LOS CLÁSICOS”

La primera noticia que tuve de Raffaele Pinto fue a través del libro de Jordi Llovet, Adéu a la Universitat, que lo describe del siguiente modo: “un italiano inteligentísimo que poseía una idea de la universidad muy parecida a la que tienen los generales delante del mapa de operaciones de guerra o unos jugadores de ajedrez ante el tablero correspondiente: todo el mundo juega con el rol de una ficha, blanca o negra, y ahora mueve ficha aquí, ahora la muevo allá, y a ver si gano la batalla o la partida”.

Ahora, este profesor hace las clases que ha de hacer y, al acabar, se va a su casa, con la cabeza más o menos baja, a estudiar a Dante. Es feliz”.[1]

Después, en el cine, vi el documental de ficción La academia de las musas, dirigida por José Luis Guerín y estrenada en 2015. El personaje central era Raffaele Pinto, sus clases en la Universidad de Barcelona y su particular propuesta sobre la mujer como regeneración del mundo actual.

Hasta que un día, a través de esta tela de conexiones extrañas y a menudo misteriosas que es Internet, me llegó su contacto de facebook. Pronto descubrí que Pinto utiliza la red social con una intención muy diferente a la habitual, como era de esperar: no le interesa colgar fotos de su actividad diaria, o de lo que ha hecho el fin de semana. Se dedica exclusivamente a colgar sonetos. No poemas: Raffaele Pinto cuelga exclusivamente sonetos. Muchos, escritos en su italiano nativo (si es que su lengua materna no es, en realidad el napolitano); pero otros los escribe en castellano. Esto atrajo mi atención. Porque puede colgar varios sonetos en una semana. Mi primera impresión fue de extrañeza ¿Quién escribe actualmente sonetos de ese tipo? Después, con su lectura, aumentó mi sorpresa, por varias razones. Primero, por el medio de difusión escogido: la red social. Resulta un tanto paradójico leer un soneto, que asocio al papel, de este siglo o de los anteriores, en la pantalla de un ordenador. Sin embargo, Pinto, como tantos otros, ha escogido este medio para la difusión de sus poemas, que le darán, desde luego, un buen número de lectores.

En segundo lugar me sorprendió su tono, que identifiqué con el petrarquismo. Pongamos un ejemplo:

¡Volveremos a amarnos por las rimas!                                  

En el primer cuarteto te desnudo

sin tocarte la piel, a oscuras, mudo:                                      

mi aliento te acaricia y tú te animas.

 

En el segundo el cuerpo tú me mimas                                  

y de la piel se derrite el escudo:

del amor desatado el duro nudo,                                                           

alcanza mi pasión por ti las cimas.

 

Vibramos a la par en el terceto                                               

hasta que los sentidos, in crescendo,

se funden como en mar olas que chocan.                                           

 

¡Y como entonces otra vez se tocan

las almas, que han estado ahora creyendo                         

que fuera el paraíso y no un soneto!

El soneto se construye con una factura completamente clásica, desde la rima (ABBA:ABBA: CDE:EDC) hasta los acentos rítmicos de los endecasílabos. Además, se sirve de los motivos de la tradición petrarquista para construirlo. En el ejemplo anterior , el conocido motivo del soneto sobre el soneto (es el caso más conocido es el de “Un soneto me manda hacer Violante”, del que ya hablé en otro artículo). Sin embargo, no resulta retórico ni falso, pues no imita a los sonetos clásicos, sino que utiliza sus motivos para lograr su propia voz: utiliza el soneto sonetil para mostrar el proceso de la unión amorosa en el primer terceto, concepto que difícilmente hubiese escrito ningún poeta del siglo XVI o XVII. En el segundo terceto, sin embargo, se retoma un motivo claramente neoplatónico: el goce de la unión amorosa de las almas (y recuerda a otro bien conocido de Francisco de Aldana). El final, en cambio, pone la construcción de la estrofa en el plano metafórico de la propia imaginación que se ha realizado en el plano metaliterario, pues las almas “han estado ahora creyendo / que fuera el paraíso y no un soneto”.

El resultado, por tanto, son poemas que se inscriben en la tradición literaria del Siglo de Oro (los italianos los emparentaremos con el Quattrocento y el Cinquecento) pero que a la vez presentan una voz personal y muy propia del siglo XXI.

En este sentido, me recuerdan el último libro de poemas que Lope publicó en vida: Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, de 1634, en el que realiza un curiosísimo experimento: aunque sigue la estructura de cancionero, ni su objetivo final, ni su estilo son petrarquistas. Ciertamente, desarrolla una biografía amorosa del yo poético, Tomé de Burguillos, un heterónimo pessoano avant la lettre del propio Lope. Se parte del hecho de que el petrarquismo está superado: el cancionero petrarquista ha sido tantas veces imitado, que ya no resulta expresivo, carece de vida y es artificial. Por ello, opta por la renovación del género a través del humor, y el escepticismo de una voz poética que puede identificarse con la del gracioso de las comedias lopescas. El resultado es que las imágenes burlescas expresan mayor sensación de vida que el academicismo retórico.  Pondré un solo ejemplo, dirigido a la amada, que tiene un nombre tan exquisito como el de Juana y una ocupación tan elevada como la de lavandera.

Juana, mi amor me tiene en tal estado,

que no os puedo mirar, cuando no os veo;

ni escribo ni manduco ni paseo,

entretanto que duermo sin cuidado.

Por no tener dineros no he comprado

(¡oh Amor cruel!) ni manta, ni manteo;

tan vivo me derrienga mi deseo

en la concha de Venus amarrado.

De Garcilaso es este verso Juana:

todos hurtan, paciencia, yo os le ofrezco.

 500 sonetos

A principios de año, Raffaele Pinto anunciaba, de nuevo a través de las redes sociales, que acababa de reunir 500 de sus sonetos y los publicaba en el portal www.academia.edu, donde pueden encontrarse otros trabajos académicos suyos.

La lectura de estos sonetos me confirma esta mezcla entre el Renacimiento y la posmodernidad, y me anima a profundizar en ellos. Así que me pongo en contacto con Raffaele y quedamos una tarde de lluvia en el claustro de la vieja facultad de Filología.

Claustro
Fotografía de Claudia León Mas

A lo largo de una hora vamos hablando sobre él y sobre su poesía. Comentamos sobre el pasado de la facultad, y recordamos enseguida las clases de Martín de Riquer, a quien él conoció desde los primeros tiempos de ser profesor de la facultad, ya en el año 1974, recién laureado en Italia. Su especialidad es la obra de Dante, como demuestra su cargo de presidente de la Sociedad Catalana de Estudios Dantescos, así como la edición de la Vida nueva.

Le pregunto cómo llegó al soneto y, en su respuesta, deduzco que es el resultado de una evolución natural. Después de haber estudiado tan profundamente la obra de Dante y la de Petrarca, el soneto se ha convertido para él en una estrofa muy familiar. “En cierto momento”, añade, “cuando yo todavía estaba en Italia, entré en contacto con un grupo de poetas que se dedicaba a cultivar el soneto. Me apunté inmediatamente”, y de la experiencia nació ese encuentro con una forma poética que le resulta de lo más natural, nada artificiosa. Desde entonces, se ha convertido en una costumbre diaria: no suele pasar un día sin que escriba un soneto. Su dominio técnico le permite escribirlo en poco rato, casi como un apunte diario que nace a partir de algún acontecimiento especial que sirve de chispa para encender su creatividad. Nulla dies sine soneto: “Me gratifica mucho poder manifestar cualquier emoción o idea a través de la forma del soneto”, confiesa.

Pasamos a comentar la alternancia de lenguas de los sonetos: unos en italiano y otros en castellano. La lectura de los castellanos me recuerda la práctica de los trovadores y los poetas posteriores, que no escribieron en su propia lengua: el provenzal era para ellos una lengua extranjera, y el hecho de escribir en una lengua que no era la propia añadía artificio a su arte. Sin embargo, los modelos de Pinto, Dante, así como Petrarca, fueron los que recuperaron la dignidad de la lengua materna, frente al docto latín que ellos dominaban igualmente. Fueron, además, los que desarrollaron las posibilidades estéticas y expresivas de la estrofa. Y es que Pinto considera “el plurilingüismo como una condición connatural y necesaria para el ser humano.  La lengua como un objeto  identificable y diferente a otras es un espejismo de los lingüistas: en la realidad todos mezclamos sistemáticamente las lenguas o, dentro de una lengua, diferentes registros”. Y es cierto. Sus poemas no solo usan diferentes lenguas, sino también registros, como en el siguiente, de sátira académica (un tema recurrente), en el que no solo usa varios registros, sino que introduce catalanismos de forma explícita:

Ulula como perro enamorado,                                                 

delante de la funeral esquela

al rayo de la luna que riela,

laureado doctor no financiado.

 

Preguntándose va, el desdichado,                                          

quien le hurtó la mísera parcela

de su saber, del cual es centinela:                                          

y a la indecencia ladra de su hado.

 

Hurgando va entre escombros de ‘recerca’                        

y encuentra así una línea no pisada

que a ‘excel·lència’ parece que se acerca:                           

 

¿qué importa si da risa la chorrada?

¡prostituirse al pingüe ministerio                                            

antes del incipiente climaterio!

El soneto prólogo

Como el Conzoniere de Petrarca y, a partir de él, la mayor parte de las colecciones de sonetos del Siglo de Oro, los quinientos de Pinto empiezan con un soneto prólogo. Sin embargo, no es el prólogo característico de los sonetos áureos. Habitualmente, es un poema en el que el yo poético se sitúa tiempo después de haber acabado la historia amorosa que poetiza y reflexiona sobre lo que esta ha supuesto en su vida. Inauguró la serie, como tantas otras cosas, Garcilaso de la Vega, con su conocido soneto I, “Cuando me paro a contemplar mi estado”. Tras él, casi todos los poetas reflexionaron sobre su historia pasada, entendida siempre como, a pesar de lo placentero del amor, un error en su vida. Algunos lo imitaron directamente, como ha estudiado Nadine Ly. De los más originales fue Lope de Vega en su Tomé de Burguillos, quien no se arrepiente, ni mucho menos, de su amor pasado.

Los que en sonoro verso y dulce rima

hacéis conceto de escuchar poeta

versificante en forma de estafeta,

que a toda dirección número imprima,

 

oíd de un caos la materia prima,

no culta como cifras de receta,

que en lengua pura, fácil, limpia y neta,

yo invento, Amor escribe, el tiempo lima.

 

Estas, en fin, reliquias de la llama

dulce que me abrasó, si de provecho

no fueren a la venta, ni a la fama,

 

sea mi dicha tal, que, a su despecho,

me traiga en el cartón quien me desama:

que basta por laurel su hermoso pecho.

Pinto se acoge a la tradición del soneto-prólogo. Sin embargo, la diferencia es tan grande que merece nuestra atención, pues discurre por otro camino:

Europa necesita poesía                                                               

para borrar los crímenes atroces

que han hecho de su historia una sangría                            

de naciones, que son lobos feroces.

 

Para limpiar de cerdos la jauría,                                              

los versos podrían ser los altavoces

que alumbren de virtudes nuestra vía,                                 

en una convirtiendo tantas voces.

 

Propongo la de Dante, que dispara                                        

sin miedo al papa, al rey y al caudillo

llamando a cada uno por su nombre.                                    

 

En su humana palabra cualquier hombre

se ve, y gozoso canta el estribillo                                            

“Libertà vo cercando ch’è sì cara”.

Aquí el soneto tiene un sentido completamente diferente, porque todo su poemario, como veremos, posee un sentido muy distinto a los cancioneros petrarquistas. No hay una reflexión sobre el amor entendido como error, ni el yo poético se sitúa pasado un tiempo, acabada ya la historia amorosa. La reflexión es de otra índole, muy característica de nuestro tiempo: el desprestigio de las humanidades.

“Europa vive una crisis antrópica, del hombre”, me comenta Pinto. “La humanidad camina hacia el desastre, hacia un abismo y aparecen algunos instintos suicidas, como ciertos animales que cuando se les acaban sus fuentes de subsistencia, deciden suicidarse. Así, Europa, que parece que viendo que se le acaba su alimento espiritual (las humanidades), quiere autodestruirse, morir”.

La alternativa que propone el poeta son las humanidades, especialmente la poesía, la obra de Dante en el centro (era obligado) y, sobre todo, la reivindicación de  la libertad: “Libertà vo cercando ch’è sì cara”, “la libertad voy buscando, que es tan preciada.” 

“Yo entiendo –concluye Pinto- que la poesía es la vida del ser humano. La vida del ser humano no es una cuestión exclusivamente biológica. El ser humano es otra cosa, aparte de su cuerpo y sus necesidades fisiológicas. Y esa otra cosa es la vida espiritual (moral,  intelectual), que se resume en la poesía.”

Además, para Pinto, la tradición resulta imprescindible: no es solo cuestión de un legado histórico de las generaciones anteriores, sino lo que constituye la identidad de las personas. Olvidar la tradición, y con ella la poesía, lleva al suicidio de la sociedad. “Actualmente, la poesía se ha muerto, lo que significa que la humanidad quiere ir hacia el suicidio. Por eso, si la humanidad quiere sobrevivir a este presente, necesita reconstruirse poéticamente, mediante la recuperación el diálogo con la tradición poética, que para mí se resume en Dante, ejemplo y resumen de una tradición poética que ha mantenido viva a la humanidad. Por eso, entiendo la poesía exclusivamente como un diálogo con los clásicos.”

¿Cuál es la importancia de Dante?, le pregunto. Para Pinto, la respuesta es clarísima: “es final y principio. Por un lado, recoge la tradición medieval, la tradición amorosa trovadoresca, y, por otra, inicia la poesía moderna que se lanzará hacia el Renacimiento. Petrarca recoge lo mejor de Dante y lo imita. Todo lo bueno que hace Petrarca, viene de Dante. En esta línea sucesoria”, concluye con autoironía, scherzando, “el eslabón más degradado soy yo.”

Raffaele Pinto en su despacho de la universidad
Fotografía: Claudia León Mas

Una visión positiva del amor

Los poemas amorosos son los más abundantes, y los que recogen los motivos tradicionales de la poesía dantesca y petrarquesca. Así, desde el principio, se presenta a la amada como un ser  superior. Su sola presencia sirve para dar sentido a la vida del yo poético:

Cuando baja la noche en nuestra calle

y se enciende la luz de tu ventana

te siente mi deseo tan cercana                                                

que se vuelve este mundo oscuro valle.

 

Le digo al corazón que pare y calle                                         

y deje de latir con tanta gana,

mas hambriento de ti con sobrehumana                                            

ansia te busca y ve en cualquier detalle.

 

Y si tras el cristal iluminado                                                       

aparece tu sombra, de repente,

y del rostro el perfil, y si tu pecho                                          

 

vislumbro, no respiro y al acecho

me quedo, por si un gesto finalmente                                  

delate que de mi te has acordado.

 

Incluso la dama abre un nuevo mundo al amante:

 

Cuando de par en par de tu deseo                                         

me abres el hermoso territorio,

con su valle florido y el promontorio                                     

que asoma a los abismos del recreo,

de la existencia el goce allí yo leo                                           

y en medio de la furia y del jolgorio,

que ni puede engañar ni es ilusorio,                                      

por su solar, dichoso, me paseo.

Evidentemente, como mandan los cánones, también encontramos la sacralización de la amada:

 

En tu cuerpo, leyendo, escribiría                                                             

las palabras que, hablando, no me salen,

para decir qué son y lo que valen                                           

los pliegues de tu piel, amiga mía.

Como un texto sagrado lo hojearía                                        

del cual purpureas letras sobresalen

para que en ellas mis ojos resbalen                                       

y castigada sea su osadía.

Y miniaría con tinta de deseo                                                   

el dulce pergamino de caderas

que son del mundo ocultos astrolabios;                               

y copiaría de los libros más sabios

las religiosas glosas verdaderas                                               

para alabar aquello en lo que creo.

Como en muchos cancioneros, la vida del yo poético transita alrededor dela amada, mirándola desde lejos, cruzándose con ella en la cotidianeidad (como veremos más adelante), con temor a confesar su amor y hacerlo explícito.

Susurrarte al oído alguna cosa                                                 

sólo para rozarte la mejilla,

y para que tú, luego, con sencilla                                            

y amigable actitud, mas sigilosa,

 

susurrando a mi oído cualquier cosa                                      

te inclines hacia mi desde tu silla

y presionando leve mi costilla                                                   

me acaricies con voz de mariposa!

 

Si tú sentir pudieras cuán clavado                                           

en la profundidad de las entrañas

llevo este gesto tierno y delicado                                                           

 

con el que a todas horas me acompañas,

tal vez te apenaría mi sufrimiento,                                         

que un beso aliviaría en un momento.

Como consecuencia, el amante vive su pasión silenciada de forma atormentada:

Deslumbra así en la noche tu sonrisa                                    

como hace el arco iris en el día,

y como quien el cielo atento espía                                         

porque de paz va hablando esa cornisa,

 

así me fijo en ella, que me avisa                                              

que me vuelves a ser farola y guía:

se llena pues la mente de alegría                                            

y el corazón no cabe en la camisa.

 

Mas si contar con palabras quisiera                                       

todos los años, los días, las horas

que me han roído por dentro, el martirio                            

 

de ese tic-tac de obsesión y delirio,

tu risa apagarían las demoras                                                   

que me consumirán hasta que muera.

Esta obsesión patológica característica del amor cortés de los trovadores, el servicio silencioso a la amada, al belle dame sans merci, deriva de Petrarca. En él, la figura del amante se convierte en un ser atormentado por sentimientos contrarios: primero, llevado por el deseo, sabe que su amor es adúltero; después, vive dominado por el recuerdo de la amada, pero su amor resulta irrealizable, pues ella ha muerto. Sin embargo, en Dante, la concepción del amor carece de esta idea enfermiza. Según Pinto, “Dante, a través del mito de Beatriz, transforma la idea patológica y negativa del amor de los trovadores en una idea no solo positiva, sino necesaria para la salud del ser humano.” Se enlaza, de este modo, con la visión redentora que posee la mujer en La academia de las musas.

Esto convierte a Dante en un ejemplo completamente actual y lo acerca al mundo contemporáneo, hijo del 68 y de la revolución sexual: el amor es algo positivo. “La gente se encuentra bien si ama y es amada. Los efectos fisiológicos positivos de la experiencia amorosa ya están en Dante: el amor es algo necesario para el bienestar del ser humano.”

Así, el amante confiesa en una primera cita sus sentimientos a la mujer, y esta no lo rechaza de forma airada:

Cosas que se quedaron sin decir…                                          

Fue damasiado rápido el contacto,

intenso y dulce, inesperado impacto                                     

de algo regalado, sin pedir.

 

Te veo de vez en cuando aún reír                                            

y echo de menos la promesa o el pacto

que se quedó en las bocas en el acto                                     

de dejarnos, callados, al salir.

 

Mas la imaginación, con avidez,                                              

vuelve a representar cada momento

de aquella hora breve e infinita…                                            

 

Si por algún milagro aquella cita

se repitiera, mudos, sin aliento,                                              

las almas fundiríamos otra vez.

La relación con la amada dignifica  el mundo y cambia la vida del yo, que lo transforma y eleva más allá de la simple vida terrenal.

Como huracán me arrastra tu energía                                  

que me agarra y levanta de la tierra

y de la telaraña que me encierra                                                            

en un vivir que es muerte, sin  poesía.

 

Dejo aquí abajo la melancolía                                                   

que en negro tedio mente y alma entierra

y vuelo junto a ti a la linda sierra                                             

en que el mundo se tiñe de alegría.

 

Ruego a tu Dios que nunca jamás dejen                               

de fulgurar de tu deseo las lumbres,

brújulas a mi vida, y guía y norte,                                           

 

en toda enfermedad cura y soporte,

uniendo nuestros cuerpos en sus cumbres                         

cual rimas que besando  se emparejen.

De este modo, la experiencia del amor se vive de forma gozosa, incluso en la cotidianeidad. Por ejemplo, rozar a la amada en medio de una reunión familiar, que alcanza un elevado nivel de decibelios en el placer ocultado a los demás:

Rozarte con un gesto distraído,                                                               

como si no advirtiera tu contacto

y no me diera cuenta del impacto                                           

con la carne y la piel, bajo el vestido.

 

Presionar luego el muslo bien fornido                                   

y así sentir la sangre que, en el acto,

agita el pulso, pero sigue intacto                                             

el rostro y disimula su latido.

 

Conversa la familia entre chillidos                                          

de niños y ruidos de la mesa

que se levanta y, mientras, la cocina                                      

 

arde de esta pasión que, clandestina,

enciende cuerpo y alma: ¡no le pesa                                     

la hogareña paz de los sentidos!

La sensualidad en una cena donde el simple acto de comer se convierte en un acto lleno de voluptuosidad, con reminiscencia del gozoso motivo da mi basia mille de Catulo:

¡Cené contigo, sabes, esta noche!                                          

Antes de hincar el diente me he quedado

mirándote, y así te he contemplado,                                     

extasiado, hasta la medianoche.

 

Por fin con parsimonia el gran derroche                                              

de tu hermosura he saboreado,

para que el paladar bien confitado                                         

de ella quedase y de su oculto broche.

 

Y finalmente con todos los dientes,                                       

y con la lengua y los labios sedientos,

y con el alma que de ti está hambrienta,                                             

 

y sin tenerte a ti no está contenta,

te fui comiendo a besos: ¡más de cientos                                            

que en tus carnes sonaban, relucientes!

No es de extrañar, por tanto, que Pinto desarrolle el tema del sueño erótico, ya iniciado por Boscán y que culmina en Quevedo:

Esta noche contigo, amiga mía,                                                

soñé, y tan real me has parecido

como nunca, despierto, lo habías sido:                                 

desde lóbrega cueva, en alegría,

 

nos vamos a la cama, en pleno día;                                        

allí acostados, sin ropa o vestido,

de tu deseo, al amor rendido,                                                  

dulcemente le enseño al mío la vía.

 

Pero, vencida toda resistencia,                                                

desde una puerta asoma la cabeza

de mi querida madre, en paz descanse;                               

 

con el gesto me dice que me amanse

y deje de sitiar tu fortaleza,                                                      

ya que te envidia el cielo tu inocencia.

 Los poemas no amorosos

Aparte de la temática amorosa, encontramos otros poemas que siguen los modelos clásicos. En primer lugar, poemas laudatorios, dedicados a diferentes personas. Normalmente, en la poesía petrarquista este tipo de sonetos se dirigían a diferentes personjes y servían para alabarlos, a la vez que el yo poético los confesaba su pasión amorosa. Aquí, sin embargo, tienen una vida completamente autónoma, como el soneto dedicado a Gabriel Oliver, profesor de Románicas de la Universidad de Barcelona, colega y amigo del poeta.

Diciéndole a San Pedro te imagino

“¿Tomamos un café?” y luego, en la barra,

dándole, como siempre, la tabarra                                         

te veo sobre lo humano y lo divino.

 

Allí también irás de clandestino                                               

y con tu labia dulce de cigarra

les vas a reformar la santa farra:                                                             

¡ya es hora que enderecen su camino!

 

Mira, además, si con algún agüero                                         

también a la academia la enderezas,

que andamos aquí abajo muy torcidos:                                

 

llaman ‘conocimiento’ feos ruídos

y piden obediencia, no destrezas…                                        

¡sigamos en contacto, compañero!

Pero, sin duda, los que más abundan son los que poseen un tono satírico. No tienen desperdidcio los dedicados al propio mundo académico, que tan bien conoce su autor.

Cual perro que vigile su meado                                               

ladrando al que le invade el territorio,

así en el laureado consistorio                                                   

chilló pataleando el titulado.

 

Le tiene su doctrina muy amargado                                       

por el saber que gasta, mortuorio:

lo escupe, sin embargo, al auditorio,                                     

de estercolero siendo abanderado.

 

Llega casi a correrse entre las piernas                                   

si puede por la cara o por camorra

poner su pica en cierta asignatura                                          

 

que él convertirá en docta basura:

y ríe, como rufián o como zorra,                                                             

de las aulas haciendo unas casernas.

Él mismo es objeto de su propia burla. En el siguiente, en italiano, retrata un congreso de profesores especialistas en Dante en el que imparte una conferencia sobre la teoría amorosa de Dante. En un extremo de la sala, la Bice, diminutivo de Beatriz, descaalifica frontalmente al especialista, en el que se reconoce el propio Pinto:

Era un simposio di professoroni,

dantisti insigni di mondiale gloria

che citano di getto ed a memoria                                           

il verso con le sue varie lezioni.

 

Uno di questi chiari cervelloni

spiegava del Poeta l’amatoria

teoria, con gran requisitoria                                                      

di fonti e filosofiche ragioni.

 

Ascoltavo il dottor con attenzione

prendendo appunti sul mio quadernino,

ed invidiando il suo saper, ch’è tanto,                                   

 

quando la Bice, che sedeva accanto

e di critica mastica pochino,                                                      

mi dice: “Ma chi è questo coglione?”.

 

 Puede traducirse así al castellano, en versión de Ian Leon Mas:

Era un congreso de grandes profesores,

dantistas ilustres de fama mundial

que citan de carrerilla y de memoria 

poemas y sus distintas lecciones.

 

Uno de estos claros cerebritos

explicaba del Poeta la amorosa

teoría con gran alegato

de fuentes y filosóficas razones.

 

Escuchaba al doctor con atención

tomando apuntes en mi cuadernillo

y envidiando su saber, que es mucho,

 

cuando la Bice, sentada junto a mí

y que de crítica domina poco,

me dice: “¿Quién es este capullo?”

Finalmente, le pregunto a Pinto si no ha pensado en publicar en papel estos poemas. “No”, me dice, ”va contra mi forma de hacer: para mí el soneto es un apunte diario, un pasatiempo, una forma de acabar bien el día; no creo que sea una obra de arte, sino un desahogo personal.” Quizá por esto, no hay un plan precocebido en los poemas: ciertamente, desarrollan motivos poéticos, pero no explican una historia amorosa estructurada en principio, desarrollo y final. Constituyen una especie de diario poético que nace siguiendo el devenir de los días. “En realidad”, me anuncia, “no he acabado: cuando tenga otros quinientos sonetos los publicaré en la red.”


[1] J. Llovet, , Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011, p. 105. Traduzco directamente del catalán.


 

Jorge León Gustá

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo

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