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Las nueve musas

Querida Jane

Segura y empática, altruista y sensible, así es Jane Goodall, la laureada y popular primatóloga, ejemplo viviente de una misión de vida construida y desarrollada con perseverancia, temple y pasión.

Recorre el mundo desde hace más de treinta años e, incansable, continuará con su cruzada tras sus 85 años mientras pueda, para impregnar el planeta con su vigoroso mensaje de esperanza, y darle eficaz y poderosa voz a sus amigos, los chimpancés.

Valerie Jane Morris-Goodall (Londres, 1934) nació para vivir con ellos. Desde sus primeros pasos, las señales comenzaron a brindarle pinceladas sobre una vocación que latía apenas escondida en su corazón indomable.

Como pocas chiquillas que disfrutaron de la fabulosa oportunidad de poder seguir su propia senda sin condicionamientos, ella soñaba con aventuras en la selva con Tarzán o entenderse con los animales como el doctor Dolittle, mientras trepaba hasta su rincón favorito sobre aquel árbol del jardín familiar, que le susurraba a través de voces lejanas, desde otro continente.

Ser niña, aun en aquella época, no iba a impedirle hacer cosas de chicos. Con una madre escritora sin la cual sus sueños se hubiesen visto truncados desde el inicio, su aliento favoreció el asombroso anhelo de una jovencita por vivir en los remotos bosques salvajes africanos y relatar sobre ello.

Jane GoodallY, como cuando se deja libre el instinto enardecido el universo se alinea para conducirlo, las circunstancias confabularon a su favor: con 23 años se estrenó el primer fotograma de sus peripecias y, tras ahorrar dinero trabajando como camarera para pagarse el pasaje, pudo viajar al continente africano, su paraíso imaginado.

Allí, desde Nairobi (Kenia), se puso en contacto con el que sería su indispensable anfitrión en aquel nuevo y vetado mundo de hombres científicos, el paleoantropólogo británico Louis S.B. Leakey (1903-1972).

Louis LeakeyFue él quien, tras contratarla como asistente para su trabajo con fósiles de homínidos e impresionado por sus conocimientos y fervor por los animales, vio en ella la pieza esencial para protagonizar su nuevo proyecto de investigación sobre el terreno. Leakey pretendía indagar sobre la relación del chimpancé común (Pan troglodytes), desde su comportamiento, con nuestros antepasados homínidos, en la Reserva de Caza de Gombe —hoy en día Parque Nacional—, a orillas del lago Tanganica, en Tanzania.

El perfil de ella era perfecto, justo lo que buscaba: una persona no contaminada por academicismos ni dogmas científicos —por escasez de medios, su familia no había podido costearle estudios universitarios—, con una mente objetiva y dispuesta a absorber cada suceso que aconteciese ante su curiosa mirada. De hecho, él estaba convencido de que las mujeres eran excelentes observadoras.

Aquellos seis meses de 1960 que duró el trabajo de campo estuvieron plenos de emociones, frustraciones, infinita paciencia y, finalmente, a un mes de la conclusión del proyecto, la culminación con un episodio imprevisto que lo cambió todo. La sólida definición del inteligente ser humano, muy lejos de cualquier otro animal, estaba a punto de tambalearse desde sus cimientos.

Jane, después de incontables intentos de acercarse a una población de chimpancés que llevaba meses observando desde la lejanía de sus prismáticos —huían de ella—, consiguió que finalmente empezaran a admitirla, gracias a su embajador David Greybeard, un apacible chimpancé de barba blanca, amigo de Goliath, el macho alfa o dominante.

David precisamente fue el que le brindó el acontecimiento que trastocaría uno de los pilares de la ciencia, a través de una actividad muy común para ellos: Goodall descubrió con increíble asombro cómo tomaba una ramita y la introducía en uno de los hoyos de un termitero, junto al que estaba en cuclillas, y lo sacaba adherido de pequeñas termitas, que relamía para su gozo.

Es más, comprobó después en otras ocasiones que, antes de introducir el tallo en los termiteros, los limpiaban de hojas y ramas, lo que suponía, no solo la utilización racional de un instrumento, sino los inicios toscos de la fabricación —por modificación— de una herramienta.

En aquel tiempo se desconocía el empleo de piedras, palos o cualquier medio para conseguir alguna finalidad, dentro del reino animal, que no fuese el humano. Este era el único capaz de fabricar herramientas y, para ello, hacer uso de su proyección mental; por eso se distinguía y era superior, gracias a su raciocinio. Pero quizás nuestros primos evolutivos no estuviesen tan lejos de nosotros (más del 98% de nuestro genoma es idéntico al suyo) como nuestro egocentrismo de superioridad nos había hecho creer.

Además, hasta entonces se creía que los chimpancés eran estrictamente vegetarianos y frugívoros. Ella observaría también, por parte de grupos de chimpancés, la captura y muerte de monos colobos, de los que luego se alimentaban.

Así que cambio de paradigmas y oportunidad de ser becada por la National Geographic Society para continuar su labor, lo que posibilitó la profundización en el estudio y poder demostrar con pruebas gráficas lo que muchos escépticos científicos pusieron en duda desde aquel primer momento, cuestionando la veracidad de las observaciones de Goodall.

Jane GoodallAconsejada y recomendada por su mentor Leakey, comenzó a la vez sus estudios de doctorado en Etología (rama de la biología que estudia el comportamiento animal) en la Universidad de Cambridge. Su tesis se titularía Comportamiento del chimpancé en libertad.

El deseo íntimo de Jane Goodall de trabajar el resto de su vida por aquellos primates y su conservación fue alimentado aquel día que, tras seguir unos trechos a David Greybeard, se lo encontró sentado de espaldas, como esperándola; ella se sentó también, cerca de él, y le ofreció una nuez de palma que cogió del suelo, con la mano abierta.

Él volvió la cara y se miraron a los ojos por unos instantes; tomó la nuez de su mano y la tiró. Y apretó los dedos de ella muy suavemente —es la forma que tienen los chimpancés para tranquilizarse.

Era evidente que David no quería la nuez, pero Jane interpretó todo lo sucedido como un gesto de confianza y aceptación plena; aquella extraña simia blanca y rubia podía acercarse más de lo permitido y sin rechazos ni huidas.

Una experiencia impactante que Goodall jamás olvidaría: era el primer humano que, no solo estudiaba en profundidad, sino que mantenía contacto y era integrado en una sociedad de chimpancés salvajes.

A partir de 1962, hubo grabaciones y fotografías de su trabajo y de los chimpancés en sus interacciones —jerarquías sociales, construcción de nidos de hojas en los árboles para dormir, uso de herramientas,…— de la mano del joven fotógrafo y cineasta holandés de National Geographic el barón Hugo van Lawick (1937-2002), el que casi dos años después sería su marido.

En agosto de 1963, un artículo de Jane, acompañado del trabajo fotográfico de Hugo, fue publicado en National Geographic, Mi vida entre los chimpancés salvajes, con una acogida positivamente contundente.

Un mes antes de su boda, al año siguiente, Jane Goodall dio su primera conferencia pública en Estados Unidos sobre sus descubrimientos científicos, en el DAR Constitution Hall de Washington D.C., ilustrada con filmaciones de Hugo. Fue todo un éxito y muestra premonitoria de lo que durante toda su carrera prevalecería: la imperiosa necesidad de proteger a aquellas «fabulosas criaturas casi humanas».

Fue la primera científica que dio nombres, y no números, a individuos de una especie, lo que fue criticado por sus recelosos colegas científicos como aberrante antropomorfismo, aún más por el hecho de que considerara que cada uno de ellos tenía una personalidad diferente y que sentían emociones.

Ella pudo constatar al estudiar sus complejas vidas sociales cómo, aunque no poseen un lenguaje hablado articulado como nosotros, hacen uso de sonidos, posturas y gestos faciales parecidos o incluso idénticos a los humanos: abrazos, besos, se toman de las manos, cosquillas, palmadas en la espalda,…

Vio también que, como en nosotros, el aprendizaje en la larga dependencia de su etapa infantil es fundamental para su vida posterior adulta, y observan con asiduidad el comportamiento de sus mayores para aprenderlos.

La primatóloga afirma que, al contrario del pensamiento antropocéntrico tan extendido, la línea que separa al hombre del resto del reino animal es muy difusa, y se hace más borrosa cuanto más se descubre sobre estos primates, desde vivas señales de compasión y primitivo altruismo, hasta alta agresividad territorial, emociones como la envidia o actitudes depresivas tras la muerte de un hijo o una madre.

El incipiente ascenso de la entonces baronesa como figura pública se afianzaba —circunstancia que nunca le agradó pero que utilizó con el único fin de preservar la vida y hábitat del chimpancé, en peligro de extinción—, viéndose multiplicado por el primer documental de la National en 1965 sobre su trabajo, La Srta. Goodall y los chimpancés salvajes, narrado por el célebre actor Orson Welles (1915-1985) y emitido por la CBS, con una triunfante respuesta de veinticinco millones de espectadores.

Jane Goodall

En ese mismo año, Jane creó el Centro de Investigación de Gombe, con fondos de la National Geographic. Pero Hugo fue sacado del proyecto de improviso y tuvieron que trasladarse a las planicies del Parque Nacional Serengueti, mientras la investigación continuaba en Gombe, a través de estudiantes y doctorandos, que estaban en contacto casi diario por radioteléfono con la doctora Goodall.

Una de las ocasiones en las que visitó Gombe fue debido a una tragedia inesperada: una epidemia de polio estaba provocando gran sufrimiento y sesgando la vida de muchos de aquellos simios. Esta es una de las enfermedades del hombre que, por nuestra semejanza con nuestros primos homínidos, podemos transmitirles; el brote había surgido al sur del campamento en comunidades humanas, extendiéndose hasta allí.

La aplicación tardía de las vacunas pudo salvar algunas vidas, sacrificando otras para evitar un insoportable final. Goodall hoy se mantiene firme en aquella decisión del pasado, expresando su compasión ante el sufrimiento de un animal, al que ayudaría siempre, como lo haría con cualquier ser humano.

Tras este triste suceso, fue prohibido el contacto directo con los chimpancés, lo que constreñía en Jane una necesidad innata de conexión que tuvo que reprimir.

Otro incidente posterior fue también decisivo para ellos: algunos grupos de estos chimpancés emigraron al sur, lo que provocó que empezasen a no ser reconocidos como miembros de su propia comunidad; esta situación desembocó en una auténtica guerra de clanes, acabando brutalmente con la vida de antiguos compañeros.

Este comportamiento afectó en lo más hondo a Jane, que hasta entonces había deducido por sus observaciones que estos monos eran parecidos a nosotros, pero algo más amables. Ahora se preguntaba si la crueldad humana podría tener un pasado común, en sus parientes ancestrales.

Hay primatólogos que explican este incidente relacionándolo con un suceso anterior, provocado inocentemente por Goodall, y basándose en la existencia de estudios ulteriores de otras comunidades en África, como en Congo y Costa de Marfil, donde jamás se vio tal grado de violencia.

Fue al descubrir el robo de unos plátanos sobrantes y pillar al confiado ladrón cuando apareció al día siguiente, con su perilla gris plateada. Esto la animó a abastecerlos de plátanos para atraerlos a su campamento y estudiarlos más de cerca, pero derivó en graduales enfrentamientos agresivos entre algunos de ellos por el alimento.

Sin embargo, la interactuación humano-chimpancé en ese tiempo sería mayor que nunca: la etóloga pudo observar con todo detalle el desarrollo de Flint, la quinta cría de Flo, la hembra dominante del grupo, paciente y amorosa madre. En las sociedades de este gran simio, los machos dominan sobre las hembras pero, a su vez, entre las hembras existen también rangos, llegando a veces a matar a alguna para mantenerlos.

Años después del nacimiento de su único hijo, Jane y Hugo fueron distanciándose y terminaron divorciándose. En 1975, Jane se casó con Dereck Bryceson (1922-1980), miembro del Gobierno de Tanzania y director de sus Parques Nacionales.

El Centro de Investigación de Gombe hacía pocos años que se había desvinculado de National Geographic, y a la par que se continuaba con las investigaciones in situ, la primatóloga fundó el Instituto Jane Goodall en 1977, hoy en más de treinta países para, a través de sus programas, promover la conservación de esta especie y sus hábitats, y la apreciación de la fauna salvaje y la biodiversidad del planeta, educando en valores medioambientales.

Hugo Van Lawick y Jane Goodall
Hugo Van Lawick y Jane Goodall

Por ejemplo, en República de Congo existe un Centro de Rehabilitación de Chimpancés, integrado por crías huérfanas rescatadas, víctimas de la caza furtiva para el comercio ilegal de carne de sus madres u otros adultos, o separadas de aquellas para su uso como mascotas, en laboratorios, zoológicos o para la industria del espectáculo. En Senegal, Guinea y Uganda se llevan a cabo proyectos de investigación, conservación, regeneración de hábitats, y educación y sensibilización.

También creó el Programa Roots & Shoots (Raíces y Brotes) en 1991 para la juventud, con unos 150.000 miembros en más de cien países, donde multitud de niños y jóvenes llevan a cabo proyectos que desarrollan su potencial de respeto y admiración por la naturaleza, mientras se crean los cimientos de un futuro más sostenible y armónico.

Desde que en 1967 escribiese su primer libro, Mis amigos los chimpancés —con fotos de Hugo van Lawick—, la doctora Goodall ha escrito decenas de libros más e innumerables artículos, y desde 1986 viaja por todo el mundo trescientos días al año impartiendo conferencias, concienciando a gobernantes, realizando infinidad de entrevistas y asistiendo a eventos desde los que contagiar su filosofía de vida.

Concibe el mundo y al ser humano en él de una forma tan integradora, que entiende que la conservación del hábitat de este primate y su bienestar pasan por la preservación y respeto de las poblaciones humanas que conviven con él.

Es por eso que ideó también el proyecto TACARE o Take Care (Cuídate) en 1994, conversando —como sabia mediadora que tiene en cuenta todas las partes implicadas en un conflicto— con las comunidades rurales locales que, en su dura lucha por la supervivencia, estaban destruyendo su propio hábitat; ellos eran los actores principales para restaurarlo y preservarlo.

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Gracias a los programas de actuación de este modelo de proyecto en docenas de aldeas (agricultura sostenible, microcréditos, viveros, comercio justo, becas escolares, reforestación,…), parte del cinturón de bosque ecuatorial africano ha vuelto a reverdecer, posibilitando la recuperación del hábitat del chimpancé.

Jane Goodall ha recibido más de cien premios y reconocimientos internacionales, como la Medalla de oro UNESCO o el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. Es Doctora “honoraris causa por más de cuarenta y cinco universidades de todo el mundo y Mensajera de la Paz de la ONU.

Desde su generosidad y envolvente calidad humana, basa su tenaz esperanza en tres sólidos pilares: la inteligencia humana, que resuelve los problemas medioambientales; la impactante fuerza de recuperación de la naturaleza, que reconstruye cada pedazo herido en su seno; y los jóvenes, que desde sus proyectos de apoyo a las personas, los animales y el medio ambiente, sin duda están cambiando el mundo.

Querida Jane:

¿Sabes lo que es apostarse sobre una vigorosa rama en plena oscuridad sin luna en la noche, y no creer que haya un mañana para nosotros, nuestra comunidad?

¿Buscar desde nuestras camas de hojas frescas en la copa de un árbol el clareo del cielo cargado de azabache, como antaño cada día, y no encontrarlo?

¿No dar con el paradero de ese rayo primigenio que todo lo ilumina y maravilla, aquí en el verde umbrío de la selva?

¿Esperar el sonido juguetón de las aves abriendo el nuevo día y su luz de vida, y que nunca llegue?

Sí, mi Jane, tú sabes de esta ensordecedora oscuridad y más, mucho más.

Tú penetraste nuestra alma durante el clamor pacífico del bosque, te uniste a él, retornaste a tu hogar, ese del que tu otra gran familia insensata nunca debió partir.

Y fuiste valiente, muy valiente para luego adentrarte entre aquellas fieras, allá en tu otro mundo.

Nos miran como si creyesen dominarnos, a nosotros y al hogar en el que vivimos, como si un día, hace apenas siete amaneceres, hubiesen llegado desde otra galaxia y nos hubiesen conquistado.

Porque no nos miran a los ojos, como tú; tienen miedo. Verían un espejo demasiado parecido en el que observarse y descubrirse.

Y por eso miran a otro lado y nos detestan, arrasando las tierras que habitamos y desmembrando nuestras familias.

¿Por qué, Jane? Dime, ¿por qué?

Tú llegaste y te observamos; sabía que podía tomar de tu mano lo que me ofrecieses, aunque no lo necesitase. Te acogimos, te integramos.

¿Por qué, entonces por qué tú no eres como ellos?

Tu mirada era clara, desnuda. Nos veíamos en tu espejo.

Tocábamos tu mano y se nos despertaba un vínculo profundo, dormido desde nuestros ancestros de otros tiempos.

Y es que tú avivas almas dormidas, allá por donde vas.

Y como hace mucho que llevas tatuado nuestros corazones en el tuyo, nuestra espera de ese día luminoso se hace menos agridulce.

Apaciguas la promesa de ese nuevo amanecer a través de tantos ojos inocentes que te escuchan y que vuelven su mirada hacia nosotros, desperezándose de la pesadilla de la separación.

No nos importa, Jane, que acabasen con nuestros hermanos y nuestros bosques, porque tú, por nosotros, resucitas con tu llamada sus mentes confusas, y todo volverá a ser como antes.

Antes… ¿Recuerdas? Jugando contigo, acicalándonos, riendo con cosquillas, abrazándonos… ¿Será de nuevo así?

Creemos en ti. Tu amor nos inunda desde cada rincón del planeta en el que te reinventas para ampararnos.

Tu voz es nuestra voz. Tu esperanza es nuestra esperanza.

Sí. Tú eres nuestro amanecer de vida, y ese primer destello de claridad del nuevo día que ya alborea es la luz de tu ser.

Por todo ello, hermana, gracias.

Siempre en ti,

David Greybeard

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Mar Deneb

Mar Deneb

Mar Deneb nació en Sevilla. Es bióloga, escritora y música.

Como bióloga, fue supervisora en el Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Generación y Captura de Datos de los Subsistemas de Relieve y Uso del Programa Sistema de Información Ambiental de Andalucía (SINAMBA)”.

Fue Directora Técnica del Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Plan Rector de Uso y Gestión (P.R.U.G.)” del Parque Natural Bahía de Cádiz y Coordinadora en el del Parque Natural Barbate.

Trabajó como Técnica de Medio Ambiente y Educadora Ambiental en el Ayuntamiento de Sevilla.

Como escritora, publicó las novelas “Zenia y las Siete Puertas del Bosque” (2016), de fantasía épica, y “Ardo por ti, Candela” (2016), de género erótico.

Formó parte de las Antologías de Relatos “Cross my Heart. 20 Relatos de amor, cóncavos y con besos” (2017) y “Ups, ¡yo no he sido!” (2017), junto a otros escritores.

Fue redactora de la sección de Ciencias en la Revista Cultural “Athalía y Cía. Magazine”.

Colaboró en el Programa Cultural de Radio “Tras la Puerta”, con alguno de sus relatos.

Formó parte del jurado del I Certamen de Relatos Navideños del grupo literario “Ladrona de sonrisas”.

Como música, fue Jefa de Seminario y Profesora de Música de Enseñanza Secundaria y Bachillerato.

Fue Socia y Coordinadora de Producción en varias empresas de Producción Musical.

Formó parte como instrumentista de diversas agrupaciones musicales.

En la actualidad, imparte talleres sobre la inteligencia de las plantas y sus elementales.

Lleva la sección “Más que plantas” en su canal de YouTube.

Trabaja en sus dos próximas novelas, en diversos relatos y escribiendo artículos para su propio blog.

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