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Puertas con historia

El ocio cultural que se vive en una de las ciudades más abigarradas del mundo es fascinante, la Ciudad de México.

El centro histórico está  , a pensar varias ideas de su paso por los siglos.

Casa de los Condes de Heras y Soto
Casa de los Condes de Heras y Soto

Se mira al que está adentro, viviendo su propio mundo; o el de adentro, mira pasar las historias fugitivas de los transeúntes, unas veces grabados en la pupila, otros por única vez afianzados en la mirada que husmea al exterior.

Las puertas son esa línea que divide las vidas de los caminantes, de los viandantes y de los que pernoctan y viven encapsulados en mundos diversos, que sólo se juntan cuando se abre la puerta. ¿Entra o sale a lo real? Se vive mejor al cerrar o al abrir las mismas. ¿Hasta dónde lo privado y lo público? Cómo la puerta, que encierra pormenores de lo tangible y lo intangible. De lo que se percibe y de lo que es. De lo que se mira desde fuera, lo que de fuera se vive como si fuera el dentro del mismo sino de la vida.

Puerta de Sion, 1865
Puerta de Sion, 1865 (James McDonald)

El uso de la puerta como elemento tangible lo encontramos en el Antiguo Testamento. Allí está la primera referencia a las puertas en la construcción del Templo de Jerusalén en tiempos del Rey David, aunque el tempo no se llegó a construir, se lee en las crónicas:

¨preparó también David hierro en abundancia para la clavazón de las hojas de las puertas y para las grapas, incalculable cantidad de bronce y madera de cedro innumerable, pues los sidonios y los tiros trajeron a David madera de cedro en abundancia¨ (Cr 22 3-5).

Algunas puertas tenían chapa de oro, según ¨Sión que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos dentro de ti…en tanto se lee que el sumo sacerdote Elyasib y sus hermanos sacerdotes se encargaron de construir la puerta de las ovejas (en la muralla de Jerusalén): la armaron, fijaron sus hojas, barras y goznes¨ (Nehemías 3 1-2).

En el Nuevo Testamento (siglo l, d.C) existen referencias a las puertas como objeto y de manera simbólica, es decir como apertura de la tranquilidad, tranquilidad y seguridad. ¨No me molestes, la puerta está ya cerrada y mis hijos y yo acostados¨(Lc 11 5-11), existe una frase muy conocida entre los creyentes: ¨Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas de Hades no prevalecerán contra ella. A ti daré las llaves del reino de los cielos¨ (Mt 16 19).

Catedral Metropolitana Ciudad de México
Catedral Metropolitana Ciudad de México – Puerta principal

El ocio nos lleva a los museos y allí, mirar algunos biombos donde luce la ciudad de los palacios (México) con sus casas y respectivas puertas. No sabemos bien cuál sería la más antigua, pues recordemos que situaciones como inundaciones, terremotos y el paso de los siglos terminaron con objetos que pueden dar cuenta del tiempo y el paso del hombre en esta sociedad. La catedral metropolitana tardó casi tres siglos en su construcción, y es uno de los íconos representativos de la sociedad novohispana, donde Manuel Tolsá puso el punto final a la construcción. Sus puertas hablan por sí solas de la santidad del recinto, de elementos decorativos para presentar la puerta de entrada a la iglesia. Grandes, robustas y sólidas puertas de madera que “hablan por sí mismas”.  Justo ahí está la fascinación de vivir o visitar el corazón de la ciudad, pues se ven las casonas de los siglos novohispanos, cercanas con las decimonónicas, las del siglo pasado y algunas jovenzuelas del siglo XXI.

Entonces, debemos considerar que la puerta como elemento tangible es la seguridad, protección a las casas, la propiedad privada como tal. Donde se conjuga con el cerrojo, la llave y la tranca, en determinado momento. La puerta puede ser de distintos materiales, pero casi siempre, dentro de la tradición cristiana es importante mantener un custodio de las puertas, de la vivienda en particular. De quienes la viven, la habitan y se saben a salvo en las mismas. De manera que tiene dos significados: la puerta como elemento intangible o símbolo es la apertura a lo santo, divino y sagrado. De ahí la apertura celestial, tan marcada en algunas pinturas que dan la bienvenida a la entrada del cielo con las puertas hechas por nubes, querubines o inclusive la propia imagen de la puerta. La puerta terrenal, flanqueada por elementos celestiales, cobra mayor fuerza.

Palacio de los Condes de Buenavista
Palacio de los Condes de Buenavista

La puerta es, por tanto, la bienvenida o no a la casa habitación, tienda, bar, vinatería, dulcería, etc. Es el hilo permisible entre lo público y privado. Afecta, de manera particular a la casa, puesto que los otros son establecimientos. Sentirse a gusto en la propia casa, y en una habitación agradable, supone a nuestras comodidades un sentido de confort, tranquilidad y seguridad de estar consigo mismo, la familia, los parientes. El espacio privado es un espacio defendido, prohibido para quien desee husmear sin ser invitado, sin ser parte integral de la familia. La idea de casa se manifiesta en esa seguridad de sentirse protegido, ajeno a las calamidades cotidianas y sin sabores que se ven en la banqueta contigua, en la manzana circunvecina, en ese espacio que marca la puerta hacia el exterior.

Las casas están provistas de esa muralla que permite o no la entrada a lo privado, lo íntimo: son las puertas, sólidas o endebles, de madera o hierro, de cartón o pet. Las más ricas, que son de piedra tienen puertas de madera fina, brillantes y olorosas, contrastando con las de tablas roídas y maltrechas. Algunas son de hierro forjado o del más simple, reforzadas por largueros trasversales, y toda una serie de dispositivos permite que se las cierre herméticamente: barras empotradas perpendicularmente a los batientes, cerrojos, cerraduras, éstas de múltiples tipos, verdaderas obras de arte de la cerrajería. Algunas provistas con trancas, defendidas con barrotes de hierro.

Capilla de la Concepción Cuepopan (La Conchita)
Capilla de la Concepción Cuepopan (La Conchita)

No cabe duda que la mirada a las puertas del centro histórico, particularmente y de algunos barrios de las diferentes zonas de la ciudad, guardan uno de los detalles que igualmente les dan distinción a las puertas; son las llaves que a manera de dispositivo del bloqueo para entrar a los hogares las hacen únicas y son la combinación perfecta con las puertas.

Sabemos que el ser humano no está hecho para vivir solo, salvo que se lo haya propuesto y se haga ermitaño o bandolero por vocación, de manera que el humano participa de fiestas, celebraciones y convites, como grupo vecinal, pero casi siempre al caer la noche o al sentir el hastío de la gente, tiene la posibilidad de ir a su casa, y cerrar con llave o candado el sitio del recreo íntimo, de la familia en soledad secreta. La puerta deja atrás el trajín del día. En el interior, la gente vive, se enoja e inclusive muere y tiende su cuerpo al desgarre interno de la vivienda, y tal vez, sea la puerta lo único que permite fijar una barrera entre lo permisible y lo que sólo a través del ovillo se mira de manera deforme, o bien lo que el oído permite interpretar mientras se pega a las hojas de la puerta.

La vivienda privada es un ámbito social esencial, y el domus, o sea la casa está vinculada con los lujos de los cuartos para servicios y comodidades de acuerdo con el bolsillo, sirve para designar muchas otras realidades limítrofes, comenzando por la familia. La domus, son los muros y sus habitantes, y éstos solo pueden entrar o salir justo a través de la puerta.

Iglesia de Santa Inés
Puerta de la Iglesia de Santa Inés

La sensación de abrir una puerta y encontrarse sorpresas gratas o no, donde se mira la propia forma de ser de quien domina la habitación. Esas ideas las vemos plasmadas en los cuentos, sobresale Alicia en el País de las Maravillas, donde las puertas son justamente el pretexto para ingresar en mundos distintos, con voces, animales, objetos animados y un sinnúmero de situaciones lúdicas para el lector/espectador de la narrativa. De esta manera, la puerta se inscribe en el tiempo, porque dispone de las bases materiales necesarias para su reproducción y segrega la ideología correspondiente; inclusive nos atrevemos a asegurar que las puertas determinan estatus social: las señoriales mandadas hacer con una idea de enseñanza, lo vemos en la iglesia de Santa Inés, en la ciudad de México, donde resalta la vida de la santa en la puerta un tanto olvidada. Puertas con seres mitológicos o demoniacos para alejar las malas personas; puertas de una sola pieza hechas con material endeble y hasta decadente. 

Las puertas dan cuenta de la vida cotidiana en general, y si uno se asoma a las pinturas de los museos o libros especializados, este elemento parece ser el testigo de avatares cotidianos: llegada del padre trabajador, la visita del médico o el sacerdote para asistir al enfermo; el aguador que deja sobre la mesa el líquido solicitado, el arribo de los infantes; el perro guardián junto a la puerta que es al mismo tiempo su guarida, etc. Hay mosaicos que “hablan” de aspectos cotidianos, en los dormitorios, las casas y las puertas que juegan ese papel tan espacial de lo público y privado dividido por la puerta y el cerrojo que puede vigilar, husmear en el interior de las mismas o enfrentarse a la llave que da al ojo mirón.

Iglesia de la Santa Veracruz
Iglesia de la Santa Veracruz

Existen algunas casas urbanas dotadas de un cierre exterior todavía más cuidadosamente combinado. Viviendas burguesas se cierran mediante puertas formadas por dos batientes, reforzados a su vez por delgadas planchas de madera fijadas con clavos de cabeza ancha sembrados en toda su extensión con puertas muy severas y además muy sólidas. Su cierre y bloqueo están asegurados por una barra interior horizontal y una cerradura que se cierra con llave y que puede completarse con un cerrojo. Todo lo cual mantiene en perfecto funcionamiento. Llama la atención el papel del cerrojo o chapa porque de él se cuenta que es celoso, abierto al antojo, cuenta lo que mira, inventa lo que no ve el ojo.

 La puerta se convierte así en actor, sí, secundario pero actuante finalmente de siglos y siglos de historia. Un testigo, pero también un objeto de esa historia, donde con su estudio podemos explicarnos la evolución de las sociedades y sus usos, costumbres, comercio, economía todo ello susceptible de recibir el hálito artístico, un sujeto de la historia, del arte y de la vida cotidiana.

Iglesia de San Lorenzo
Iglesia de San Lorenzo

La arqueología nos descubre el mobiliario, las paredes, las puertas desde el mundo antiguo hasta lo más reciente; la puerta en consonancia con la morada, refleja el carácter y calidad de su dueño: puertas en las recámaras, en los roperos, las hay en los bargueños, esos muebles de la edad Media donde la gente guardaba sus tesoros y eran en su fachada verdaderas obras de arte que tenían puertas con llave para asegurar papeles, alhajas o dinero.  Se considera la belleza de las puertas por la madera que están hechas, las puertas de cedro o fresno, donde plasmar historias de santos y sus acciones en el momento mismo de su contexto; recreaciones de la biblia, la palabra de Dios y los elementos celestes para dar la bienvenida a los fieles. Puertas de madera flanqueadas por sirenas, ángeles o querubines, rosas y entablerados de diamantes o personajes mágicos de eras remotas.

 Pero en el siglo XIX la exquisitez de las mismas puertas lo marca el hierro forjado, los laberintos de imágenes mandadas hacer por los dueños, o la venta en serie que hicieron los herreros de antaño.  El siglo XX se tiñó de fascinación cuando las niñas tenían sus propias casas de muñecas. De madera, a escala. Con sus balcones, las recámaras y las salitas elaboradas con plumas de aves y finos palitos de madera. Las puertas dividían las habitaciones, casi todas con cortinajes traslúcidos para mirar discretamente el siguiente refugio de los habitantes. Puertas manipuladas al antojo donde recrear pequeñas historias bordadas por los infantes del siglo pasado.

Las puertas son, además, objetos escultóricos. Sus tallas reproducen lo que vemos en la decoración arquitectónica y aparece, también la tarsia (mosaico en madera, en la que las volutas y arabescos y otras escenas, se produce por la incrustación de piezas de madera diferentes colores y sombras) que hace las superficies de la puerta verdadera historia en madera o hierro. Si caminamos desenfadados por la ciudad, imaginamos cómo se vivía en el virreinato, donde a veces las costumbres amables hicieron de las puertas objeto de especial atención, o no. Tal vez quien gozaba de puertas dormía tranquilo, mientras los carentes de las mismas tenían que soportar la visita de animales raterillos como los tlacuaches, refugiar a la mascota junto a su lecho e inclusive que le vieran dormir los caminantes nocturnos. 

Convento de San Francisco
Convento de San Francisco

Los ornamentistas se encargaban de dar a los diseñadores de las puertas, una plétora de artesanos, que hoy se desdibujan entre los oficios menos solicitados, así para la construcción de la puerta era menester contar con: carpinteros, broncistas, ebanistas, entre otros, quienes con su oficio convirtieron en realidad un trozo de madera o la fusión de hierro forjado para llegar a expresar la decoración con detalles perfectos. Esa ciudad de los palacios, ha mantenido por más que se deteriora con los siglos, puertas viejas, testigos del paso humano, donde quizá los nudillos de miles de hombres y mujeres llamaron para interactuar entre sí.

Con una actitud disidente, las puertas del pasado que ven a los transeúntes andar con paso apresurado, atropellado y sin detenerse a recrear la pupila gratuitamente, pero si la persona detiene el paso y mira con cuidado, encontrará la puerta como auténtico objeto viajero en el tiempo, codo a codo con los siglos novohispanos, los del XIX y del XX, dando la bienvenida a las puertas del siglo en ciernes. Al margen de la edad cronológica, esa con la que nos encontramos en los calendarios, las puertas fueron y siguen siendo una incógnita joven, incapaz de ocultar sus pulsiones más íntimas, a veces inclusive desgarbada como suelen ser los portones ufanos, despreocupados; fanáticamente fieles a lo que de verdad sucede en el mundo, en su mundo interno, dispuesta a no dejarse engañar y capaz de examinar con la implacable mirada de la ficción de los más diversos extractos de la realidad.

Iglesia Nuestra Señora de Lourdes
Iglesia Nuestra Señora de Lourdes

Variedad de perspectivas, estilos y temáticas ofrecen las puertas de la ciudad de México. Todo depende de la mirada de quien las vive, a veces el dueño ni enterado está de lo que tiene, ya se hizo hábito mirar lo propio. Pero quien camina de a ratos por las callejuelas de su vecindario, por las avenidas amplias de la ciudad, quien visita de a ratos las iglesias, los museos, las casonas que aún revisten la historia de México, puede realizar el interrogatorio a las mismas. Quién hizo la puerta, dónde viviría el diseñador, el carpintero, herrero, cuáles son los significados que brotan por sus entablerados, por lo liso de su fisonomía, la sobriedad o sencillez.

 Un tono común está dado por un extendido sentimiento de quien manda diseñar la puerta, de quien participa del agasajo al tirar el árbol, fundir el hierro, plasmar figuras, imágenes humanas, celestiales y bestiales para ahuyentar al enemigo. Colores llamativos, grises u olvidados. Puertas altas y esbeltas, rudas y anchas hasta la saciedad de las contiguas; resquebrajadas por el tiempo de olvido, de abandono y desatino de los propietarios o los muertos.

La verdad es traída hasta nosotros rompiendo la falsa totalidad, transformándola en un fragmento, que, en cuanto tal, es el símbolo, es la forma de nuestra realidad: donde nuestro ser en el mundo y del ser del mundo para nosotros. Para llegar a esto es necesario romper la ilusión de poder cerrar esta obra, la idea de que el objeto es parte de las historias, y estas de la Historia mayor, de la vida cotidiana que finalmente es la de hombres y mujeres por su paso en la vida. El enigma es también la presencia, de un grupo de puertas de la casa, roperos, libreros, alacenas, cajas fuertes, que no tienen comparación en ninguna otra forma, más que en abrirlas y saber qué hay tras ellas.

Una prisión en la casa, atrás de la puerta: vivir un tiempo en el que el pasado ha sido borrado y el futuro es impensable, vivir por lo tanto en un espacio que no tiene horizonte. Pero es precisamente en este espacio en que se ama la espera y el sueño; la espera será ciertamente larga, pero soñar consigo mismo no ha terminado y tal vez un día se podrá ser todavía una vez más aliviado, tal vez salvado, justamente por el ala de la inquietud, de saber qué hay de las puertas y su ornato, detrás de ellas y la sorpresa por arañar el pasado. Puertas y más puertas, hay quien las revive cada vez que abre y descubre lo que falta o sobra, lo que se fue con su niñez o con el oficio del ser.

Iglesia de San Judas Tadeo
Iglesia de San Judas Tadeo

Las costumbres pueden ser crueles, incluso mortales pero de todos modos necesarias, el viejo busca encontrar otras costumbres, otras puertas, mira cómo ha cambiado la fisonomía de la ciudad, ya no es posible recuperar antiguas costumbres y él, ella, los hombres han ido demasiado lejos de costumbres, tradiciones y el cuidado de objetos, de puertas, Ellas en su soledad están listas para poder reconstruirlas de nuevo y, por ello, cuando el tiempo  muere, pasa que tampoco podrán vivir las puertas, pero sí el testimonio y recuerdo de quienes las aprehenden, estudian y miran en el presente.

Las puertas son un fragmento de la historia, el testigo no es solo aquel que asiste al suceder, sino que es, de algún modo, cómplice de este suceder.  Las puertas han sido testigo del paso del hombre, de alegría, agonía y muerte. Entre las sombras mudas que surcan y excavan franjas misteriosas sobre las paredes que todavía nos encierran en pasado por reconstruir, donde sí se acerca bien el ojo se pueden leer letras de enamorados anónimos, números de cuentas por pagar, rayones hechos al azar. Se hurga en el interior de las puertas, en la manera de tocar a través de la campanita, la mano u otro objeto compañero de la puerta, un evento que signa la historia en un antes y un después.

Teatro de la Ciudad

Hacer historia es tal vez construir una trama de historias. Algunas de estas son pronunciadas en modo tan débil que rozan la afasia. Y justamente de estas es necesario tener más cuidado, para que su voz pueda desplegarse de nuevo, sostenida en otras voces, otras puertas. Las varias y múltiples historias que cuentan el mundo, las historias que se depositan en los documentos y en los monumentos, en los testimonios, en las formas y en las figuras en algo que el hombre se ha entregado a la memoria. Parte de este testimonio son las puertas, que ayudaron a ciertos jóvenes para ingresar a las casas y no ser víctimas de asesinos a sueldo; puertas para hundirse en el llanto del abandono, que dieron cobijo a niños abandonados, aquellas que sirvieron de dominio en el amor y los arrumacos nocturnos. La puerta como guardián custodio de ciertas historias que protegen aquello que testimonian en sus intersticios, el espacio de un rumor que contiene miles de voces, y entre estas voces también la voz del silencio.

Casa de los Azulejos
Casa de los Azulejos

Tal vez lo externo represente la inseguridad y el peligro, y la puerta de cabida al espacio interior que tiene un centro, el hogar que da calor, ilumina y aviva el recinto, mientras que afuera de la puerta todo es frio y tenebroso. Apenas el sobresalto de la inseguridad social, es el atisbo de lo que significa el espacio público. La cerradura, la llave son algo semejante a la confianza, se entregan las llaves de casa a la persona amable, honrada, así como las llaves de la ciudad a los visitantes. Algunas puertas, sin embargo, se desploman ante el tiempo, la inclemencia del abandono, la llegada de otras modas, unas puertas de madera se desploman ante la mirada del paseante, como ocurre en la plaza de la Santa Veracruz, algunas astillas se esparcen rápidamente y van sin destino fijo, así mueren las puertas, sin ninguna violencia o con ellas se hacen trizas lentamente y se transforman en cadáveres de madera.

Las puertas de la ciudad, se convierten en colección de las mismas, sin necesidad de ponerlas en vitrinas, y, a la manera del coleccionista, no deberíamos de evadirnos del tedio de ver, analizar, mirar por todas partes y de a ratos, o frecuentemente objetos que se alinean callados en abstractas vitrinas o en inalcanzables estantes. El tedio es costumbre, incluso la costumbre de mirar lo extraño y lo diferente cerrados y esterilizados en el interior de una colección. Y las puertas están al paso de lo cotidiano, lo rutinario que puede convertirse en sorpresivo, si se mira con ojos de indagador, de husmear por el cerrojo, sin pasarse de la raya que marca la puerta.

Nidia Angélica Curiel Zárate

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