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Prohibido reírse

En 2003, durante un concierto en Londres del grupo Dixie Chicks, su vocalista, Natalie Maines, proclamó a viva voz entre canción y canción: “Nos avergonzamos de que el presidente Bush sea de Texas”.

El revuelo fue tal que más allá de una brutal campaña contra ellas, incluyendo amenazas de muerte en un lugar donde todos van armados.

¿Decir algo malo del hombre que afirmó, tajante y sin asomo de duda, que la mayoría de las exportaciones del país venían del extranjero? Inaudito. Los patriotas encendieron sus fuegos. Y bien que se cebaron con el grupo.

Diez días después, Estados Unidos invadía Irak.

Aún hoy en día, los muertos se siguen acumulando.

El grupo no sólo no se amilanó. Como respuesta publicaron un disco que contenía el tema con el que respondían a tan abrumadora acusación. Y no era una muestra de arrepentimiento. “Not ready to make nice” pasó a ser un himno lleno de ira contra los que buscan aniquilar la libertad de expresión. Los premios Grammy se hicieron eco de ese grito y la industria al completo cerró filas en torno a ese lema, y no hubo galardón que no se llevaran.

Parece que los humoristas de este país deben empezar a plantearse una respuesta conjunta parecida. Porque lo que es evidente es que existe un empeño muy calculado para descafeinar el humor hasta convertirlo en tila y destronarlo de nuestras vidas.

Narrar lo ya sabido es cansino. Que un presentador de un programa de humor se sonase los mocos con una bandera de España ha causado tal conmoción (una pena que no se dediquen esas pasiones a la exigencia de erradicar necesidades más humanas y urgentes, desigualdades y tonterías de esas) que el desconcierto campa por sus fueros, y sus fueros están cargados de minas. Por no mencionar esa inquietante mutación que se crea cuando lo que se busca evitar termina erigiéndose en el símbolo final de la algarabía. Queriendo defender la bandera, la imagen que quedará tras este entuerto es la de alguien que se suena los mocos con ella (es realmente triste pensar que la cadena que emitió el programa quitase el video, ellos, siempre tan dispuestos a mostrarse como paladines de la información veraz, y ahora haciendo que lo que no se quiere mostrar esté en todas las páginas reaccionarias de la red, toda una lección de periodismo). Un episodio más en esta insensata carrera para poner cuantas más mordazas sean posibles. Tan solos se han visto en ese programa que han tenido que pedir disculpas públicamente. Y aclarar que no había ofensa. Aclarar lo aclarado.

¿Por qué ahora este desorbitado repunte de censura y represión, machacando de paso a un humorista?

Ahora mismo la derecha apuntala con toda artimaña un clima irrespirable, y alzar el espejismo de que vivimos en una agonía permanente, y que la única solución a todos nuestros problemas pasa por cambiar a este gobierno de golpistas en el paupérrimo imaginario del fascismo. Cada pincelada de humor debe ser masacrada antes de que nos devuelvan la sonrisa. Eso sí, si el número dos del PP, el asombroso, el deslumbrante Teodoro García Egea, logra que una bandera española vuele sobre un “dron” por todo un auditorio hasta posarse en su mano, toca ensalzar su patriotismo, o quizás, puesto que fue en Málaga, volver a insistir en el retraso de dos años de la población, capaz de embobarse con un juguetito que flota en el aire sin hilos.

En cualquier caso, se pueden hacer shows con la bandera.

Siempre y cuando no sean humoristas.

Es complicado augurar como terminará esta estrategia de hostigamiento, de hacer que nos sintamos desamparados, que hasta reír nos debe causar vergüenza. Pero cuidado, la trampa puede saltar en cualquier momento. A Alsasua que fue Albert Rivera a pasar el fin de semana (coincidiendo, qué cosas, con el líder de Vox) para soltar alguna de sus farragosas peroratas, y ya de paso disparar los niveles de tensión. Ahora bien, el hecho de que fuera recibido al cántico de “¡Pasa la coca, Rivera, pasa la coca!”, ¿debe ser tomado como una muestra de humor o como una imperdonable ofensa a uno de los padres de la patria?

El humor en España atraviesa por una de sus etapas más fértiles, tras escapar de la yerma inventiva de cuarenta años de humoradas fascistas. Y cuesta pensar en algo más incisivo que el humor para destapar las farsas con las que quieren atraparnos, o para señalar verdades que nadie dice, o para mostrar un prisma fundamental del ser humano: su capacidad para reír y rastrear en la realidad como muy pocos se atreven a hacerlo.

Los humoristas, por muy acostumbrados que estén, vuelven a ocupar el centro de mira.

Pero ya lo dijo el genial Stephen Sondheim: “Laugh at the king or he’ll make you cry”.

Ríete del rey, o él te hará llorar.

Y ya nos van sobrando tantos reyes y tantas lágrimas.

Humor seguirá siendo, le pese a quien le pese, la única palabra que debe escribirse con mayúsculas. El resto no se lo merece.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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