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Problemas frecuentes en la adaptación de extranjerismos

Los extranjerismos son préstamos o calcos de palabras que provienen de una lengua extranjera.

Si no son gramaticalmente asimilados por el idioma que decide adoptarlos, estos fenómenos lingüísticos corren el riesgo de ser tomados por simples barbarismos. Veremos enseguida algunos problemas que suelen presentarse durante su proceso natural de adaptación.

 El español siempre ha aceptado los muchos y variados aportes de otras lenguas. Ahora bien, esto no significa que cualquier voz, giro o fraseología foránea deba incorporarse a nuestro idioma sin restricción alguna. Así como no tiene ningún sentido oponerse a la entrada de voces útiles cuando nuestra lengua no es capaz de generarlas, tampoco parecería ser sensato admitirlas si éstas no se ajustan previamente a la morfosintaxis española.

Tal como se insinuaba en la introducción de este artículo, la adaptación de extranjerismos suele realizarse mediante dos procedimientos: el préstamo y el calco. La palabra inglesa football bien puede dar cuenta de ambas operaciones: la grafía de su pronunciación, fútbol, sería un préstamo; la de su traducción, balompié, un calco.[1] Por lo general, los préstamos tienden a suprimir consonantes iniciales o finales que no son habituales en nuestro idioma, a añadir otras y a simplificar las letras duplicadas. Esto es lo que sucede en los siguientes ejemplos: scientiam/ciencia, ptisana/tisana, scanner/escáner, restaurant/restaurante, etc.

A veces, la RAE admite formas ortográficas que no están precisamente en congruencia con el término extranjero, pero sí con otras voces de la misma familia que ya existían en español. Un caso paradigmático es el de la palabra arribista, que viene del francés arriviste; este vocablo bien podría haberse escrito con su v etimológica, no obstante, la RAE, al incorporarlo a nuestro léxico, atinó a escribirlo con la b de arribar.   

Lo cierto es que no siempre la RAE actúa con coherencia. La realidad, mucho más persuasiva que cualquier argumento erudito, indica que no en todos los casos se puede ser fiel a unos principios que, con frecuencia, son superados por el uso. Por ejemplo, algunos académicos han querido admitir la forma elite porque en francés, idioma del que proviene este vocablo, se pronuncia con acento en la i, y pese a que en español ya se había impuesto la forma esdrújula élite, tanto en lo fonético como en lo gráfico. Aunque el razonamiento de estos académicos pueda ser en muchos aspectos aceptable, no es conveniente ir en contra de un uso por demás establecido. De lo contrario, habría que pedirles que rectificaran el considerable número de grafías que aceptaron a lo largo de la historia por haber interpretado de manera equívoca los orígenes de algunas voces. Ahí tenemos la palabra trovador, que por derivarse del latín tropus (‘melodía’) debería haber adoptado la forma trobador en español, tal como lupus adoptó la forma lobo.[2] 

Otro inconveniente consiste en que, muchas veces, la RAE tarda años en legitimar una forma española para una palabra extranjera, aun cuando aquélla haya sido aceptada ya en la praxis. Eso fue lo que sucedió con la hoy bien naturalizada contenedor, calco del inglés container. A fines de la década del 60 del pasado siglo se debatió en la prensa española sobre la forma de adaptar esa palabra a nuestra lengua y, desde entonces, la forma contenedor parecía ser la más calificada. Pues bien, la RAE aceptó la voz sugerida recién en 1984, casi veinticuatro años después.

Otras veces, la RAE opta por formas arbitrarias de españolización; por ejemplo, cuando quiso adaptar la palabra francesa cassette a cajita, que era su traducción literal. Por fortuna, la RAE terminó adoptando la forma casete, que a todas luces resulta más exacta. Con otras palabras se dio un fenómeno parecido; tal es el caso de misil, que durante algún tiempo quiso entrar en nuestra lengua con su variante fonética mísil, probablemente tomada de la voz norteamericana missile. La RAE, como se sabe, terminó por aceptar la variante de acentuación aguda.

El estimable deseo de conceder forma española a ciertos extranjerismos se topa en ocasiones con algunos problemas vinculados al buen gusto. Por ejemplo, la RAE españolizó la voz whisky en la forma güisqui, que fue enseguida rechazada por tratadistas y escritores. Vale aclarar que el procedimiento de adaptación utilizado en este caso es totalmente admisible —de hecho, es similar al que se aplicó en estándar, vocablo que proviene del inglés standard—, sólo que a la forma güisqui se le achaca defectos gráficos y fonéticos que tienen que ver más con la subjetividad de los críticos que con el método de adaptación empleado.[3]

Con todo, existen varias voces extranjeras que no han sido adaptadas aún al español. Así, es normal encontrar en las páginas de diarios y revistas un sinfín de palabras extrañas provenientes casi siempre del ámbito del deporte, la economía y las nuevas tecnologías, palabras que casi nunca son necesarias y que, de hecho, en la mayoría de los casos, son incluso fácilmente sustituibles. Lo que nos lleva a una de las ideas centrales de este artículo: siempre que sea posible, debe sustituirse la terminología extraña por un vocablo o sintagma en español.[4]

Por último, resta decir que nuestro idioma se resguarda de la invasión de extranjerismos escribiéndolos con letra cursiva o distinguiéndolos de cualquier otra manera. Sin embargo, advirtamos que lo que se distingue son las palabras o frases extranjeras que no han sido asimiladas por el sistema de la lengua que las usa —en nuestro caso, el español—, pero no así las voces o frases que forman parte del sistema como términos asimilados. Por consiguiente, se debe escribir en cursiva la palabra football, que es inglesa, pero no fútbol o balompié,[5] que son formas españolas. 


[1] Véase Medina López, J. El anglicismo en el español actual, Madrid, Arco libros, 1996.

[2] Véase Gómez Torrego, L. El léxico en el español actual: uso y norma, Madrid, Arco Libros, 1995.

[3] Con respecto a esto, quizá corresponda recordar que, en la Ortografía de la lengua española de 2010, la RAE aconseja adaptar plenamente a nuestra ortografía las palabras provenientes de otras lenguas que ya estén incorporadas al léxico español. Así pues, aconseja cuórum en vez de quórum, pero Iraq en vez de Irak; cáterin en vez de catering, Serguéi en vez de Sergei, etc. 

[4] Cabe destacar el encomiable trabajo que está llevando adelante la Fundéu BBVA (Fundación del Español Urgente) para evitar la innecesaria proliferación de extranjerismos.

[5] Salvo que, como sucede en este caso, estén cumpliendo una función metalingüística.


Normativa y teoría del lenguaje

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
“Por todo sol, la sed”, Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000)
“La gratuidad de la amenaza”, Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001)
“Íngrimo e insular”, Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005)
“La ciudad con Laura”, Sediento Editores (México, 2012).

Su primer ensayo, “Leer al surrealismo”, fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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