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El poeta Gilberto Rodríguez no era triste

Sé que a algunos lectores no les agradan ciertos temas tratados en la literatura, sobre todo aquellos que aluden a la tristeza.

No obstante, tal tema no lo inventan los escritores sino que están en la propia vida. El mundo que nos rodea no siempre es hermoso, y aunque algunos creadores prefieren soslayar esa zona de la realidad real, otros en cambio hacen de la misma el leit-motiv de todo su quehacer literario.

Gilberto E. RodríguezSin embargo, no es este el caso de un poeta cubano casi desconocido, Gilberto E. Rodríguez, quien con independencia de las duras circunstancias que le correspondieron vivir en ocasiones, siempre tuvo una sonrisa a flor de labios, una frase optimista, una mirada de confianza hacia lo que vendría. En su poesía, tanto la cultivada en metros rígidos como en versos no sujetos a reglas fijas, derramaba ese optimismo que lo caracterizaba.

Ahora bien, como dice Carlos Tamayo en su prólogo a La hora sin pájaros, dicho poemario lo escribió Gilberto “…en lucha contra el tiempo de vivir muriendo a consecuencia de una neoplasia…”. Por esta razón, cabría esperar que los poemas recogidos en este libro pongan de manifiesto la desesperanza de un sujeto lírico metido en un camino sin lugar de llegada o cuando más, con llegada a un lugar desconocido. Ese sitio del que nadie ha regresado jamás para contarnos.

He buscado en algunos estudios críticos serios que existen sobre la obra de Gilberto, y salvo lo expresado por Tamayo en la introducción al libro, apenas he encontrado referencias a La hora sin pájaros. Accedí por ejemplo al prólogo de Canto redondo, poemario seleccionado por Ramiro Duarte y según éste, consideró mejor atenerse, refiriéndose al poeta antologado,  “…a lo que él publicó, o dejó inédito, desde 25 poemas, hasta, El tiempo y la memoria (1988), obra que, aproximadamente, se acerca al principio y al fin (…)” aunque sin por ello dejar de “(…) incursionar también en sus libros inéditos en busca de aquello que nos parece más significativo, y en sus publicaciones póstumas (…)”.

Si he citado en extenso a Ramiro, es para indagar si tuvo en cuenta al libro que comento a la hora de realizar su selección, pues de ser así es que al menos algunos de sus poemas los habría considerado dentro de sus mejores creaciones, dado que el criterio de selección que siguió fue: la excelencia de la forma, el oficio del poeta, la madurez de su obra y el dominio del soneto y la décima, esencialmente.

Cuando revisamos el índice de Canto redondo, formado por 66 poemas seleccionados; y sus títulos los comparamos uno a uno con los 62 poemas de La hora sin pájaros, encontramos que Ramiro Duarte escoge para su antología 12 de los poemas de Gilberto que aparecen en dicho poemario (18 % del total de 66). Estadísticamente, Ramiro consideró que, al menos, la quinta parte de los poemas de La hora sin pájaros merecían aparecer en su selección que obtuvo del total de poemas escritos por el poeta durante su vida.

Tuve a la mano tres referencias más que evalúan, en general, la calidad de la poesía de Gilberto E. Rodríguez. Maritza Batista en su ensayo La décima escrita en Las Tunas, aunque de manera tangencial lo tiene en cuenta cuando expresa: “Algunos autores en momentos específicos de su creación han utilizado el endecasílabo como un verso que llegó también a la décima con el movimiento modernista”. Sin embargo, Elaine Urgellés en Gilberto E. Rodríguez: también cultivador de la décima es más específica al emitir un juicio de valor acerca de su obra total al expresar que aunque “…no pudo completar las cien décimas como pensó, en cambio prosiguió una historia, superó un orgullo y puso a prueba una vez más su don poético”.

Carlos Tamayo es más rotundo todavía al considerar la calidad literaria de la obra de Gilberto. En su prólogo al libro comentado, expresó: “En los años anteriores a su 80 cumpleaños, aún no se le habían reconocido a plenitud los méritos literarios”, opinión que se complementa con lo expresado por Elaine Urgellés en el ensayo citado, al afirmar que “…obtuvo premios poco reconocidos por contemporáneos suyos”.

De todo lo anterior, y teniendo en cuenta las circunstancias bajo las cuales fueron concebidos por Gilberto los poemas de La hora sin pájaros, me aventuro a afirmar como propuestas para los lectores que:

1º Son estos poemas desgarradores, propios de un alma sensible que comprende que la vida se le agota, que llega a su final inexorable, sin lograr ser admitido entre esa élite a la que, sin hipocresías ni vanidades sea dicho, todo creador se cree con derecho.

2º No por haber sido escritos con la premura del tiempo en desventaja, cual reloj al que se le agota toda la cuerda, se permitió Gilberto hacer concesiones a la falsa poesía, esa que carece de vuelo literario por apoyarse en el lenguaje directo y no en el lenguaje tropológico.

A manera de ejemplo, al evaluar Huyo de Job dedicado a su musa Ana Cristina, está latente esa nostalgia que se desprende del dolor de la ausencia de la amada: “Si el tiempo es más pequeño  / cuando no me acompaña tu presencia piadosa, / un dolor de cuchillos me hiere las entrañas”.

En Esta canción, que dedica a Víctor Marrero, la tristeza se disuelve en el pensamiento de la plenitud de la vida cuando asegura: “Siempre estaré / donde la primavera diga su palabra florida”, como un aviso de que todavía tiene esperanzas de salir a flote de sus males. Pero sobre todo, quizás como una advertencia contra aquellos que lo juzgaron y luego se disolvieron en el polvo de la mediocridad, asegura que siempre estará “Allí donde la patria sea un alero / abierto para el nido de la paloma popular. / Donde no exista la mentira / y el hombre sea dueño de su propio destino”.

Quizás estos últimos versos, consideren algunos, que son demasiado directos y con olor a panfleto, sobre todo el último de los versos citados. Pero aquí acudo al análisis biográfico del autor: sé que llegó a considerársele por algunos mal intencionados algo bien cercano a un enemigo de la Patria. En mi opinión, con este poema además del balance general que pasaba a su vida, ejerció el derecho de réplica poética que jamás se permitió  en voz alta cuando estuvo en el esplendor de la vida, como una muestra de su valentía para sufrir el agravio de los mediocres, de aquellos que critican al poeta sin ser tener el don siquiera de escribir un mal verso.

Juventud es el claro recuerdo del pasado, de aquel pasado cuando podía corretear lleno de fuerzas. La imagen de la tristeza por el tiempo que ya no volverá. “Volver contigo de nuevo / sería como hallar, / (…) / la sonrisa de aquel niño / que acaba de matar / ―de una pedrada― / a la pobre luna / dormida en una charca”. Aquí sólo tengo que objetar la debilidad del adjetivo “pobre” asociado a la luna en comparación con la imagen de ese niño que lanza una piedra tan lejos, pero recordemos que como expresa Carlos Tamayo: “Quizás al escucharme le dolía la cojera de un verso… y nada hizo por él”.

Si tomamos como referente Nadie en el espejo, desde el verso inicial (“Estoy sin verte donde florecen los recuerdos.”) se advierte de nuevo el aire de nostalgia del sujeto lírico (pues para mí, jamás quien escribe es la mano del escritor, sino el alma de una persona o entelequia que se inventa con el propósito de sentirse libre para decir cualquier irreverencia). A lo que se une una negación rotunda que deja un vacío espantoso de todo testigo: “Nadie está en el espejo para ver cómo mira / la sombra de aquel tiempo nuestras huellas”.) Poema ya no sólo de la nostalgia sino también de la desesperanza (“Para verte estaré donde se caen los frutos / y el hambre nos resume los secretos más íntimos”.); que de manera magistral expresa la añoranza por el pasado, que es la forma más absoluta de llenarse de tristeza: “―Anda, ven, recógeme / y llévame al regalo de aquel beso / que anida todavía entre tus labios / anímico y beodo”.), versos en los cuales, para mi gusto personal, advierto, hubiera pensado en sustituir el adjetivo “beodo” por borracho o quizás por ebrio.

Antes de cerrar mi valoración con el poema que da título al poemario, quisiera sugerirle al lector ir hacia los restantes poemas antologados por Ramiro Duarte, lo que a mí no me resulta posible porque se saldría de los límites que me impuesto para este artículo, o más propiamente reseña del libro de Gilberto E. Rodríguez. Es decir, que recomiendo a los interesados detenerse en No sé a qué abismo, El duende y yo, La mancha luminosa, Como un temblor cansado, Después de la tormenta, Naufragio y Yo no sabía.

En cuanto a La hora sin pájaros, aunque no es el poema final del libro, en mi consideración resume la intención suprema del poeta al dejarnos este legado para la buena lectura antes de irse definitivamente de entre nosotros. Dividido en cuatro estrofas, cada una de ellas va marcándonos pautas acerca de lo que pensaba Gilberto, ya convertido por completo en sujeto lírico, cuando sabía su final cercano.

Comienza queriéndose dar ánimos a sí mismo por la muerte inminente, más que condolerse de los que quedarán sin él. La muerte como hora de fingimientos, sin el recuerdo siquiera de los pájaros que alguna vez contempló a la distancia. Negando la tristeza, la absolutiza:

          “En esta hora de máscaras y absurdos,

           sin pájaros al sur de la memoria,

           refuto la tristeza de la estancia vacía,

           el eco de la palabra desterrada

           y la pobre costumbre de estas solo”.

Continúa con el dolor de la partida no por los que quedan sin él, sino por la tristeza de quedar en la más íngrima soledad (y es intencional la tautología), lo cual traería como consecuencia perder la posibilidad del disfrute de todo futuro representado por las albas azules de los sueños:

          “Busco la luz de la entrañable vía

           que deja en cada curva la fiebre del seguir,

           el amor de las albas azules de los sueños

           y el inmenso y extraño placer de ser así”.

La tercera estrofa ya va desnudando el dolor de la partida, por medio de los pájaros cantores con color de eternidad aludiendo a su pasado, aunque sin  perder todavía la esperanza de que exista un futuro, declarado por mediación del verbo amanecer en función sustantiva:

          “Así, como era antaño, con la mente repleta

           de pájaros cantores color de eternidad.

           allanar el silencio para que todo tenga

           la música y la lumbre de cada amanecer”.

En la cuarta estrofa ya está declarado el final absoluto, la tristeza suprema:

          “Esta hora sin pájaros

           tiene la permanencia

           de la estación que deja la muerte tras de sí”.

Si yo pudiese obviar toda conclusión por inútil luego de la trascripción por partes de este magnífico poema de despedida, que yo llamaría auto-elegía, aquí cerraría mi texto. Sin embargo, me veo forzado a exponer algunas inferencias de la lectura analítica que hice de La hora sin pájaros, que podrían ser polémicas, pero que son las mías.

  • No creo que nadie pueda negar que, al menos con la muestra que he presentado, se advierte la mano maestra de un poeta que ni aun con el aleteo de la muerte tras sus espaldas, hizo concesiones al facilismo ni se permitió ripios.
  • Empleando un sujeto lírico que en apariencias no era el mismo poeta pero tras del que no pudo continuar ocultándose Gilberto, logró un excelente poemario con el tema de la tristeza por el final de su propia vida.
  • Considero que otros críticos deberían acercarse con más dedicación a la obra que nos legara el que fuera declarado el poeta tunero del siglo XX.

BIBLIOGRAFÍA

 Batista Batista, Maritza: “La décima escrita en Las Tunas” en Ensayos de la casa, Editorial Sanlope, Las Tunas. 2009.

Duarte Espinosa, Ramiro: “Prólogo” en Canto redondo (antología por el centenario del poeta), Editorial Sanlope, Las Tunas. 2008.

González Urgellés, Elaine: “Gilberto E. Rodríguez también cultivador de la décima” en Ensayos de la casa, Editorial Sanlope, Las Tunas. 2009.

Martínez, Mayda Anias: Ensayos de la casa, Editorial Sanlope, Las Tunas. 2009.

Rodríguez, Gilberto E.: La hora sin pájaros, Editorial Sanlope, Las Tunas. 1997.

__________________: Canto redondo (antología por el centenario del poeta), Editorial Sanlope, Las Tunas. 2008.

Tamayo Rodríguez, Carlos: “Al lector” en  La hora sin pájaros, Editorial Sanlope, Las Tunas. 1997.


Sobre el poeta Gilberto E. Rodríguez (Las Tunas, Cuba, 1908-1989). Poeta y periodista. Fue miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) hasta su fallecimiento. Considerado el escritor más importante del siglo XX en Las Tunas. Publicó en diferentes revistas y periódicos del país así como una veintena de libros de poesía. Dejó una extensa obra inédita.

Andrés Casanova

Andrés Casanova

Andrés Casanova (Las Tunas, 1949) es narrador, poeta y autor de guiones radiales dramatizados. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

Fue seleccionado al premio artístico-literario Catania Duomo 1995 auspiciado por la Academia Ferdinandea de Ciencias, Letras y Artes con sede en Italia.

Textos suyos han sido publicados en revistas literarias de varios países y poemas y cuentos suyos aparecen en varias antologías.

Ha publicado sus libros en editoriales de Cuba, México, España y Portugal. Los libros publicados comprenden: las novelas Hoy es lunes; Tormenta tropical de verano; Las trágicas pasiones de Cándida Moreno; La jaula de los goces; La fiebre del atún; Las nubes de algodón; No somos aquellos niños; Atrapados por el vicio; Fiesta con Havana Club; Canción desde la huída; y Onán en busca de la mujer perfecta. Además, los libros de cuentos El reloj, ese asesino; Pequeñas historias memorables; Ángel el desalmado y otras historias; y Ficciones de la Cuba Mía.

Reside en Las Tunas, Cuba.

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