Las nueve musas
BARUJ SPINOZA Y SIGMUND FREUD. ENSAYO SOBRE EL ESTADO, LA CULTURA, LA FELICIDAD Y EL PRÓJIMO (II)

El pacto en la escritura

BARUJ SPINOZA Y SIGMUND FREUD. ENSAYO SOBRE EL ESTADO, LA CULTURA, LA FELICIDAD Y EL PRÓJIMO (II)

El escenario, el pretérito incierto y los personajes del drama esencial son conjeturales, un relato que el institutor del complejo de Edipo imaginó para conferirle rasgos de verosimilitud a lo que él suponía el origen de la sociedad humana.

Más acotado en las coordenadas espacio-tiempo, con el mismo sentido de la epopeya, sumado a la exigencia de aceptar la narración a partir de la fe en potencias sobrenaturales, la Escritura nos introduce en la alianza entre el Dios de la Creación y el hombre Abraham. Extranjero en Canaán, exiliado de Ur, ciudad de Caldea, por su rebelión contra la idolatría, acechado por los peligros de lo desconocido, sólo acompañado por un escaso séquito de familiares y esclavos, Abraham escucha la palabra de Adonai que le propone establecer un pacto con él y su descendencia para ser su guía y protector La transacción instaura la recepción de esa tierra  a perpetuidad a cambio de aceptar su soberanía y obedecer sus leyes (Gen. 12, 7-8). Como testimonio y símbolo de este contrato, se ordena el precepto de la circuncisión (brit milá) (Gen. 17, 10-27). De esta manera, Abraham se obliga a sí mismo y a su posteridad a quedar sujeto a la ley positiva de Dios, es decir, estatutos que proceden de Dios y divulgados por  aquellos que han recibido su asentimiento. Abraham fue en este caso el autorizado por Jehová para que los transmitiera a sus descendientes, quienes lo aceptaron no por estar presentes en el momento de la revelación sino por su obediencia a Abraham. De esta manera, por medio de un pacto queda constituida esta comunidad en particular con detalles diferenciados. Por supuesto, no se puede hablar de Estado; apenas se trata de un esbozo de ordenamiento en el cual quedan claramente establecidos los roles de soberano y subordinado.  Una pregunta al margen. ¿Por qué Dios eligió a Israel? “Jehová te ha elegido para ser un pueblo especial, no por ser más que todos los pueblos, sino que ustedes eran el más insignificante de todos los pueblos y Jehová los amó y quiso guardar el juramento que juró a sus padres” (Dt. 7, 6-8).

Este pacto se renueva con Moisés en el monte Sinaí (Ex. 19,5). En la Biblia (Tanaj) (Éx. 6.5), se lee que Jehová, al escuchar los gemidos de los hijos de Israel, a quienes hacían servir los egipcios, recordó el pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob de darles la tierra de Canaán, donde fueron forasteros y en la cual habitaron (Ex. 6.3-4). Entonces, ordenó a Moisés decirles a los israelitas que los sacaría de Egipto y de la servidumbre, los tomaría por su pueblo y sería su Dios (Ex. 6, 6-7). Existe una segunda instancia en donde el pacto es renovado por Jehová en Moab para confirmar a Israel como su pueblo y para que él sea su Dios (Deut. 29-13). Más adelante (Ex. 20,18), se produce una enmienda entre los signatarios del acuerdo con la inclusión del pueblo, que le requiere a Moisés que lo represente ante Jehová por temor a morir dado “el estruendo, el sonido de la bocina y el monte que humeaba”, con que se anunciaba su presencia (Ex. 20,19). Moisés también atendía cuestiones de justicia debiendo resolver los asuntos de toda índole que le llevaban; su suegro Jetro, al ver el tiempo que le insumía esa tarea, le aconseja la designación de “hombres de virtud, temerosos de Dios, que aborrezcan la avaricia, para que juzguen al pueblo” en los litigios menores, mientras que él se reservaba dictaminar sobre los más complejos. Moisés escucha esta sugerencia y de este modo surgen los jueces en el seno de Israel (Ex. 18,13; 18, 21-24). Asimismo, recibió el consejo de enseñar las leyes de Jehová y el camino por donde debían andar y lo que habrían de hacer (Ex. 18.15-20). Así, justicia y educación marcan un camino que hace más estable el linaje israelita en el exilio. Como cuestión final, Moisés recibe una última orden de Dios: “Cuando hayas entrado en la tierra que te di, pondrás un rey que Dios elegirá entre el pueblo. No será extranjero, temerá a Jehová y pondrá  en obras su ley para que su reino se prolongue” (Deut. 17.14-20). Al obligarse el pueblo a obedecer todo lo que Moisés les declaró como ley de Jehová se proclama el reino de Dios sobre Israel. En este esquema, Jehová es el rey y Moisés ejerce como Sumo Sacerdote (Kohen gadol), el soberano civil, que dicta las leyes y regula su conducta por directa inspiración del monarca divino. Se trata de un género particular de Estado que aparece en la historia, cuyas características delinearé en páginas sucesivas.

Pablo Freinkel

Los niños, fragmentos de Dios

 

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