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Otros tiempos y otros espacios frente a la velocidad

Ser cuerpo es estar sometido a un cierto mundo, es decir, a un espacio y a un tiempo determinados.

Porque ser cuerpo es ser espacio y ser cuerpo es ser tiempo.

El ser humano, tanto en su constitución como en su existencia, se rige por una estructura espacio-temporal concreta sobre la que convergen las ideas de orden y desorden asumidas por un grupo social en un determinado momento histórico, así como la letanía de valores asignados a ese orden y a ese desorden. El espacio y el tiempo son existenciales humanos, del mismo modo que la existencia humana es espacio-temporal. Espacio y tiempo, tiempo y espacio recuerdan que cada existencia humana nunca propone del mundo más que una posibilidad entre muchas. Y ésta no puede confrontarse con las demás, salvo tiempo y espacio mediante. El ser humano solamente escapa del pensamiento ciego y abstracto descubriéndose como el ser espacio-temporal que sitúan conjuntamente estas dimensiones.

Todas las culturas, desde la egipcia a la maya, pasando por la azteca y la griega, hasta la sumeria y la babilonia, han intentado afinar la medición del tiempo, situándose cada una de ellas en su propio calendario temporal; una cuestión de supervivencia. Precisamente el inicio de la Modernidad no se entiende en toda su profundidad sin la relación entre el tiempo y el espacio, sin la subordinación de ambas dimensiones, sólida-rígida y líquida-flexible, respectivamente, a la mano del hombre. “La Modernidad nació bajo las estrellas de la aceleración y la conquista de la Tierra. (…) Los movimientos acelerados significaban espacios más grandes, y acelerar los movimientos era la única manera de agrandar el espacio. (…) El espacio era el valor; el tiempo, la herramienta. Para maximizar el valor era necesario afilar la herramienta” (Bauman, 121).

Determinado al comienzo por factores naturales repetidos con una cadencia previsible, principalmente la sucesión del sol y la luna, así como el paso de las estaciones, la domesticación del tiempo fue posible a través de una dilatada evolución civilizacional (científica, psicológica, religiosa y económica). El gran salto adelante fue la invención del reloj mecánico en el siglo XIII, que permitió dividir el tiempo en unidades más pequeñas. La medición de los días, los meses y los años fue perfeccionada con la posibilidad de fraccionar cada jornada en horas, minutos y segundos. Como efecto secundario, tal grado de divisibilidad temporal comenzó a jerarquizar los fragmentos temporales, entre los aprovechados y los que supuestamente se malograban o desperdiciaban. La posterior tradición calvinista no tuvo reparos en condenar a estos últimos trozos de tiempo perdidos o dejados al vaivén de la ociosidad. Paulatinamente, los relojes se hicieron corrientes en los campanarios de las plazas.

Y de los espacios públicos, a las fábricas, donde empezaron a desdibujarse las fronteras de quién dominaba a quién, si la gente al tiempo o el tiempo a la gente. Aunque adiestrar a los primeros trabajadores para que bailaran al paso del reloj, haciendo de la puntualidad una cualidad exigible y de la lentitud una falta imperdonable, no resultó sencillo, la precarización del empleo lo hizo posible: los salarios empezaron a ser tan míseros que los obreros se veían obligados a regresar a sus puestos y claudicar ante las cadenas del reloj. Una domesticación universalizada, ante la necesidad expansiva del capitalismo, con la creación de la hora oficial en el siglo XIX: la práctica totalidad del mundo está desde entonces entregada al traqueteo uniforme y estricto de las agujas. “El reloj es el sistema operativo del capitalismo moderno, lo que posibilita todo lo demás” (Honoré, 31).

En sus momentos de máximo apogeo, el tiempo se convirtió en oro, dejando así de ser herramienta y pasando a ser un valor propiamente dicho. Hasta hoy, que el tiempo ocupa el lugar de la deidad pretérita, compartiendo sus características definitorias: infinitud, omnipotencia y poder salvífico. Nada puede objetarse al paso del tiempo, pues, se esgrime, su necesario suceder conduce hacia la emancipación del ser humano, tal y como testifican los avances científicos. Tal es así, que incluso la producción de víctimas estaría justificada por el paso del tiempo, que lo disculpa todo. Desgracias y sufrimientos humanos son entendidos como los daños colaterales de la marcha triunfal del tiempo. El tiempo va de atrás hacia delante de forma imparable e implacable, arrasando también con experiencias como la de la ociosidad, ese conjunto de fragmentos temporales acusados de malograrse y que son por ello reconvertidos en trabajo. La diversión y el disfrute postmodernos son hoy trabajos con un excelso número de obligaciones.

Esa ideología del tiempo se expresa en el culto al progreso, en la asunción de que el paso del tiempo es sanadoramente imparable. Ahora bien, esa huida hacia adelante, ¿realmente acarrea innovaciones o es más de lo mismo? Resulta que el tiempo hegemónico occidental, con denuedo proyectado como una linealidad de progresiva mejora infinita, esconde en realidad el eterno retorno de lo mismo y fundamenta la dominación de eso mismo sobre el otro plural, al llevarse a cabo sobre las espaldas de las víctimas: el culto al progreso banaliza el sufrimiento actual justificando las miserias fabricadas en el horizonte de un futuro mejor, mientras multiplica las víctimas a su paso. Este desvelamiento del eterno retorno de lo mismo no implica la negación absoluta de los avances científico-técnicos, pero sí la toma de conciencia de sus costes.

Pero la aceleración en curso no deja tiempo ni espacio para estas reflexiones, y el devenir moderno convertido postreramente en post-Modernidad mantiene la relación espacio/tiempo, privilegiando no los elementos vinculados, el numerador-espacio y el denominador-tiempo por separado, sino su cociente, la velocidad, elevada ésta a su máxima potencia, la instantaneidad, que se convierte en el principal exponente del control y dominación del sistema, en la principal garante de su totalidad y mismidad. La (casi) instantaneidad imperante, cuya paradigma lo representa la virtualidad de internet, devalúa paradójicamente el espacio (cada rincón espacial se desvaloriza al convertirse en una parte alcanzable en cualquier momento) y, de forma paralela, anuncia la muerte del tiempo (esos cualesquiera momentos alcanzables en todo momento perfilan la ausencia del tiempo entendido como duración). La Modernidad da paso a la post-Modernidad, a la era de la velocidad acelerada, en la que la destrucción del tiempo anticipa la caída del espacio.

De ‘el tiempo es oro’ se pasa entonces a ‘el tiempo es prescindible’, no solamente el improductivo o inútil, el ocioso, sino cualquier tipo de tiempo, cualquier duración temporal que no satisfaga la instantaneidad.

El transcurso que va del pasado al futuro pasando por el presente se contrae hasta el extremo de que el tiempo se convierte en innecesario. La contemporaneidad niega la duración: ya no existe el pasado (¿y cómo alcanzar entonces la justicia para los muertos?), mientras el futuro deja de tener sentido (la espera se convierte en un incómodo lugar al que resulta vergonzante recurrir), sustituidos ambos por un presente eterno sin negatividad, sin tiempos ni espacios otros, en el que se promete que entra todo, incluidas la memoria y la liberación de las víctimas, otrora proyectadas en el pretérito y en el porvenir, respectivamente.

El propio cuerpo humano, irremediablemente finito y doliente, se ve modificado por este nuevo presente prolongado. La instantaneidad, al negar el tiempo y el espacio, anula el existencial humano. El trastorno del instante sin duración se cronifica hasta tal extremo que la aceleración de lo real provoca una enfermedad antropológica inhabitable. Y vuelven a aflorar los costes de esta velocidad acelerada. Porque la adicción de la carrera contra el reloj no se extiende sin consecuencias humanas: Es la era del exceso de la información, del bombardeo de mensajes instantáneos, de la sobreexposición pública en redes sociales, de la vorágine de estímulos comerciales, en la que hasta el ocio se convierte en una tarea que hay que experimentar, realizar y consumir. Todo el mundo está muy ocupado a todas horas. Reducido a la mínima expresión, el aburrimiento es mirado con recelo, mientras cualquier espera provoca molestia y perder el tiempo ya no es posible, toda vez que la duración se ha convertido en una suma de instantes consumibles, a cada cual más breve. La vida actual gira tan rápido que las personas flotan en la superficialidad y son incapaces de seguir su exigente ritmo hiperactivo, quedando frustradas y depresivas ante el inalcanzable mundo que les rodea, tan próximo y tan lejano al mismo tiempo.

Esta compresión/aniquilación hostil del tiempo también afecta al paisaje, el espacio estético en el que se desenvuelve lo humano, que se mueve más que nunca, fluctúa a través de las reconstrucciones hipostasiadas que ofrecen los medios de transporte. Un desplazamiento que podría conducir al naufragio, a la muerte definitiva del paisaje. Al menos por ahora, los espacios no han desaparecido, pero sí han recibido el impacto de la movilidad del observador hasta límites insospechados. Preguntarse por el espacio significa plantearse la transformación del mundo, interrogarse sobre cómo el paisaje, modo de sentir y percibir las relaciones humanas con la tierra, se ha transformado en cosa, en objeto, en un dispositivo que anticipa incluso la muerte del sujeto. Y es que, ¿cuál es actualmente la posición de ese sujeto, ahogado por la reproducción y multiplicación de imágenes ofrecidas por los medios de transporte?

Especialmente en este ambiente apresurado e impaciente que rodea al ser humano del siglo XXI, ninguna experiencia tiene la oportunidad de completarse, pues con demasiada rapidez se presenta alguna otra experiencia o distracción que lo impide. Lo que hoy se llaman ‘experiencias’ es algo tan disperso, instantáneo y distraído que apenas merece ese nombre, quedando mejor definidas como ‘vivencias’. La sobreabundancia de vivencias corta la maduración de la experiencia y lo que se aprecia entonces es el mero suceder de instantes, sin importar la percepción completa de su significado.

La dictadura de la visión es la que afronta el colapso de la cadena de significantes postmodernos, la locura de imágenes que revolotean, aparentemente libres, en las geografías reticulares de la información global y mediática. El cambio no es baladí. Cuando la contemplación estática se ve desplazada por la percepción dinámica, se produce el advenimiento de una percepción distraída del espacio que se impone a medida que la movilidad de los cuerpos humanos es acelerada por la velocidad. La mirada sufre trascendentales consecuencias con el movimiento del sujeto. La velocidad distorsiona la relación sujeto-espacio, hasta el extremo de que la desfiguración afecta igualmente a la forma de pensar.

El tiempo y el espacio se han licuado, provocando un impacto desorientador en las prácticas políticas y económicas, así como en las relaciones sociales y culturales. La dimensión espacio-temporal es, aparentemente, más relativa que nunca: sitúa los paisajes, a priori, en una similar posición de salida, esto es, cada vez más lugares pueden aspirar a convertirse en candidatos a desarrollar muchas y muy diversas actividades, como ocurre por ejemplo con la construcción de los centros comerciales a las afueras de cualquier ciudad o con las paradas panorámicas que ofrecen algunas carreteras. Donde antes había un paisaje se levanta hoy ¿otro paisaje?

La des-temporización (el no-tiempo) y la des-localización (el no-lugar) se convierten en el nuevo modo de mirar y de sentir. Son los paisajes postmodernos. El espacio-tiempo paisajístico vaga difuminado entre los no-lugares y los no-tiempos que saturan la mirada. La marea de sensaciones y expectativas explica en parte el ansia por fotografiar que invade al sujeto postmoderno ante un paisaje, como si tuviera la necesidad instintiva de paralizarlo, de fijarlo, de congelarse ante esa visión, en un momento y en un lugar que otrora existieron quietos.

El sujeto ‘transportado’ está herido de muerte: la construcción postmoderna del paisaje trata al sujeto como cosa.

El sujeto aparece convertido en un mero consumidor de paisajes-objeto, en un turista que se relaciona de manera pasiva con el tiempo y el espacio. La velocidad ha convertido el mundo en un nuevo discurso difuso y volátil. Las prisas distorsionan la experiencia (no hay experiencias sino consumo de vivencias), distorsionan los detalles en primer plano del paisaje (solo interesa llegar lo antes posible, no lo que deparen los transcursos) y distorsionan la mirada (aunque eso no lo contabilicen las estadísticas). Lo postmoderno ha entrado en ese juego de miradas, generando una particular concepción del espacio y del tiempo como forma ideológica de dominar el territorio y a sus habitantes.

Pero la compresión/aniquilación del espacio y del tiempo es, se apuntaba anteriormente, relativa: afecta principalmente a las vidas sobrantes. El lugar y la duración son detalles prescindibles solo para quienes tienen acceso a la velocidad, a los atajos, para quienes pueden prescindir de toda espera y para quienes pueden atravesar cualquier frontera. Lo mismo sucede con la destreza para prescindir del espacio que separa diferentes lugares. Solo los privilegiados ostentan el poder de moverse con la velocidad suficiente para abrazar el instante, sin ataduras de tiempo ni limitaciones de espacio. Quienes efectivamente pueden prescindir del tiempo y del espacio, la promesa postmoderna que apenas unos pocos alcanzan, son quienes ejercen el dominio contemporáneo. El presente eterno es una distopía para las minorías que lo disfrutan y una pesadilla para las mayorías que lo sufren.

La transformación espacio-temporal pendiente discurre por la recuperación del tiempo y del espacio, por la generación de tiempos y espacios otros. Otros mundos son posibles porque otros tiempos y otros espacios son posibles. La liberación de la humanidad pasa por cambiar de tiempo y de espacio. Esta transformación viene de la mano de las víctimas y ahonda en un tiempo y un espacio finitos, en los que el presente deja de ser el eterno desván al que van a parar todas las promesas, una vez olvidadas las memorias y justificados los sufrimientos.

El rescate del tiempo y del espacio trae consigo la recuperación de prácticas y elementos como la pereza, el ocio creador y convivencial, la lentitud, la espera y lo inútil. Es el arte de perder el tiempo, de interrumpir la vorágine que nos rodea y volver a disfrutar de los entretiempos, de abrir espacio a todos esos saberes que, precisamente por su naturaleza desinteresada a los vínculos productivistas y utilitarios, también juegan un rol fundamental en el devenir humano de la humanidad, como demuestra la Filosofía junto con otras disciplinas humanistas o artísticas. Todo ello, sin demonizar los adelantos científico-técnicos, incluidas las ventajas que ofrecen los medios de transporte y la virtualidad de internet, pero enfrentándose a la ideología de la aceleración eterna.

Hay que dar tiempo al tiempo y, sobre todo, hay que dar tiempo al Otro plural: rememorar a las víctimas, escuchar las otras voces a través de un giro sensitivo en el que la dictadura de la visión deje lugar a otras formas de sentir y sea factible responsabilizarse por los Otros. Y hay que dar espacio al espacio, resignificar los lugares allende las coordenadas cartesianas de la física abstracta que impuso el colonialismo y mantiene la post-Modernidad. Hasta que los paisajes dejen de ser simples enclaves expuestos en un museo al aire libre y los lugares sean algo más que rincones conquistados o por conquistar, pedazos de tierra esquilmados o poseídos, hasta recuperar su integridad simbólica y vital, pues son los que posibilitan la propia vida humana.

Hay que volver a aprender a mirar y hay que aprender a moverse, reaprender a pensar y reaprender a vivir en otros espacios y en otros tiempos. Transformar y liberar el tiempo y el espacio. No será sencillo.

Jairo Marcos


BIBLIOGRAFÍA

BAUMAN, Zygmunt: Modernidad líquida. Trad. Mirta Rosenberg. México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 2015 [Edición original: 2000].

HONORÉ, Carl: Elogio de la lentitud: un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad. Trad. Jordi Fibla. Barcelona: RBA, 2005 [Edición original: 2004].

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