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Otras tribulaciones del Boro

Me llamo Rodolfo, tengo cuarenta años y por el momento sigo vivo. No son datos tan absolutamente irrelevantes e innecesarios como alguien querría pensar. Lo del nombre quizá tenga poca importancia. Pero alguna tendrá, pues Maite estaba siempre pidiéndome que me pusiera otro distinto. Me decía “¿Por qué no te cambias el nombre Rodolfo, Rodolfo?” Sólo entonces me llamaba por el nombre, como si pretendiera que con esa repetición también a mí empezara a sonarme mal. Otras veces me llamaba cariño, o mi amor. Una vez me llamó tigre. No le gustaba mi nombre de pila. A la hora de sugerir alternativas, en cierta ocasión mencionó una encuesta según la cual los nombres más sensuales eran, por este orden, Manuel y Pablo. Pero no sé yo cómo harían esa encuesta, ni qué era lo que sus artífices querrían vender. Nunca me cambié el nombre, con él sigo. A Maite le perdí la pista hace tiempo.

Mi edad tampoco dirá mucho, excepto que comencé la escuela el año en que murió Franco y pocos meses después del primer día de clase (una eternidad, para un niño de seis años) esa muerte supuso una reconfortante semana entera de vacaciones, cuando aún no sabía yo muy bien a qué venía tanto alboroto.

En cuanto a destacar que estoy vivo, eso sí les parecerá a algunos un dato por completo inútil, que no viene a cuento de nada. Se tiene que estar vivo para contar cualquier cosa, ¿no? Parece una queja sensata. Pero no nos precipitemos. La información no es innecesaria, como lo muestran dos consideraciones relevantes que paso a exponer.

En primer lugar, a veces la gente, en un determinado momento, dice o escribe algo para que llegue a sus destinatarios en circunstancias muy diferentes a ese momento inicial. Incluso para que les llegue después de morirse uno. He visto muchas puertas de despachos con un cartelito en el cual se lee “He ido a desayunar”, o “Estoy en la sección de personal”, o cosas así. Pero mientras ponía el cartel esa persona estaba allí mismo, no en otra parte. Conozco a un tipo que, aburrido de escuchar la misma frase de encabezamiento cuando no encontraba a alguien al otro lado del teléfono, “Ahora mismo no estoy en casa…”, quiso ser original y dejó grabado en su contestador un mensaje iconoclasta diferente: “En estos momentos estoy en casa, grabando este mensaje. Pero cuando tú llames, no estaré. Podrás dejarme, entonces, un mensaje grabado después de oír la señal.” 

Además, el cine, la tele y los libros se hallan repletos de vampiros y otras gentes de mal vivir, que estando muertas, o al menos sin estar vivas del todo, se dedican a hablar, escribir y dar bastante la lata. Pero eso sólo sucede en narraciones de corte fantástico. No es nuestro caso. La breve historia que vengo aquí a contar es perfectamente realista. No ocurren cosas imposibles, o sobrenaturales. Bueno, en un momento dado un personaje desaparece del escenario corriendo con tal velocidad que a muchos espectadores del suceso puede parecerles algo irreal; pero sólo sucede que el tío es muy rápido, eso es todo. Y yo, en particular, soy una persona normal, no un vampiro o un zombi. Vivo estoy mientras escribo esto; vivo espero estar cuando alguien lo lea. En definitiva, este relato no tiene elementos sobrenaturales, ni nada por el estilo. Trata de un tipo perseguido por la policía por un crimen que sí cometió. Me pongo con ello.

El Boro es nuestro protagonista. Ése, por supuesto, era un apodo. No sé por qué le llamaban –le llamábamos– de esa manera, el Boro. Sólo ahora he caído en que nunca lo he sabido; sólo ahora me he parado a pensarlo. Sus padres le habían bautizado como Alfredo.

Procedía originalmente de otro barrio. Se instaló en el nuestro hacia 1980, trayendo consigo su familia –padre, madre y abuelo paterno–, el apodo, una incipiente barba, la sonrisa y diecisiete años de vida. Era mayor que los chicos de la pandilla en la que se integró, mi pandilla. Según recuerdo, nosotros tendríamos entonces entre doce –ésa era mi edad– y catorce años. Nos dedicábamos a muchas cosas. Casi todo el tiempo libre lo pasábamos jugando en la calle; en el cruce de las dos calles donde vivíamos la mayoría de nosotros, o en un parque cercano. Los juegos callejeros eran nuestra principal actividad conjunta, aunque no la única. A veces, unos cuantos íbamos en grupo al cine. Nunca fuimos a una sala de cine toda la pandilla, que seríamos siete u ocho; o quizá díez o doce, según cómo se nos contara. Como he leído por algún sitio, sólo en la ficción (en las novelas, en las películas) son nítidos los límites entre las pandillas y el resto de la gente. En la vida real, y por tanto también en nuestro grupo, siempre hay algún elemento algo descolocado; que no se sabe bien si pertenece o no al colectivo. Ése no era el caso de Alfredo, el Boro, el Boro Alfredo. Muy pronto, tras conocernos y comenzar su relación con nosotros, se adherió y encajó bien en el grupo. 

Al cine íbamos con frecuencia en comandita, pero también de forma individual, cada uno por su cuenta. Ése era mi caso, al menos. Hay otra actividad que también podíamos emprender tanto a solas como acompañados de más gente del resto de la pandilla: los pequeños hurtos. Mirando las cosas en retrospectiva, nunca he considerado que en aquella época fuera yo alguien remotamente semejante a un delincuente juvenil. Sin embargo, algunos comercios nos ponían tan fáciles las cosas que casi hubiera sido descortés ignorarlos por completo y no llevarse jamás los productos de bajo coste que parecían ofrecernos a cambio de nada más que nuestro mero interés. Antes del Boro, robábamos sobre todo pastelitos envasados de bollería industrial (las marcas conocidas de entonces: Bonys, Tigretones, Panteras Rosas), fruta y –los que teníamos afición– tebeos de Marvel. Éramos poco aguerridos. Estoy hablando de hurtos cuyo nivel de riesgo era ridículo. Todos esos productos, tigretones, ciruelas, tebeos de Estela Plateada, estaban en plena calle, apeteciblemente colocados en cajas o colgando de plataformas que usaban las tiendas para exponer sus chucherías, o sujetos apenas con una pinzas en las puertas abiertas de algún kiosco.

La operación, en su versión óptima, no requería correr. Si nuestra acción no era detectada in flagranti, desaparecíamos con discreción; sin pausa, pero sin prisa. El resto de casos comportaba poner pies en polvorosa, escuchando maldiciones diversas lanzadas por el tendero de turno. Cuando se nos incorporó el Boro, eso fue modificándose. Al inicio, él nos acompañaba en algunas de esas pequeñas incursiones, con las cuales por lo general obteníamos el botín sin escándalo alguno, en silencio. Pero el cambio de objetivos principales acarreó desenlaces más tumultuosos. Pronto, inducidos por el Boro, empezamos a ambicionar ofertas de mayor cuantía brindadas por un bazar. Eran relojes, aparatos de radio y cajas que contenían una docena de yoyós. Aunque seguíamos concentrándonos en piezas situadas a la salida del local, que podían tocarse desde la calle, estos robos nunca pasaban desapercibidos; no podíamos llevarnos uno de esos bienes sin que algún cajero nos viera y tratara de agarrarnos. (Los vigilantes jurados todavía no se habían inventado, al menos en nuestro barrio.) Por consiguiente, en cuanto teníamos bien cogido el botín, salíamos pitando tan rápidos como fuera posible.

Todos nos quedamos impresionados la primera vez que vimos actuar al Boro en ese bazar. Estábamos situados en la acera de enfrente, expectantes. Antes de cruzar, de camino al local, el Boro intercambió algunas palabras con nosotros. Quizá fuera ese día (o tal vez al año siguiente, poco antes de la última carrera que le vi acometer) cuando me dijo:

—Mira el mundo, Rodolfo, y aprende.

Cruzada la calle, se colocó muy cerca de un montón de cajas de yoyós. Sonreía. Empezó a tocar una caja con suavidad. Se diría que estaba acariciándola. En algún momento decidió que la situación era propicia, agarró con fuerza la caja y sucedió lo nunca visto: salió disparado, con una velocidad asombrosa. El empleado vio que faltaba una caja, pero al dirigir su mirada calle abajo sólo vislumbraría una figura lejana, desaparecida de su vista en muy pocos segundos. Los demás trotamos en la misma dirección, procurando que no se notara nuestro vínculo con ese sujeto. Nos reencontramos con él unos minutos después. El Boro abrió la caja y repartió los yoyós, como si repartiera manzanas.

En otras ocasiones fueron relojes, o radios; luego, nuevamente cajas repletas de yoyós. Regalábamos yoyós a amigos externos; quiero decir, ajenos a la pandilla. O se los vendíamos, si eran muy ajenos. Por supuesto, nadie corría como el Boro y para nosotros, los miembros jóvenes del grupo, aunque –en la medida de lo posible– imitábamos su método, la operación conllevaba mayor tensión. Pero tampoco lograron alcanzarnos nunca cuando nos veían correr llevándonos algo y salían a perseguirnos.

Regresábamos al bazar –con vistas al siguiente golpe– con aprensión, pues existía la posibilidad de ser reconocidos. Con el Boro era diferente. Sus movimientos acelerados, además de situarlo instantáneamente lejos del lugar del hurto dificultaban mucho su identificación en ocasiones posteriores, porque los empleados sólo se percataban del hecho cuando él estaba ya lejos. El Boro no permitía que la percepción del acto delictivo y la visión de su cara coincidieran en el tiempo ante los otros. Si alguien lo miraba de forma casual durante su deambular por el bazar, no tenía base alguna para suponer que era quien, un momento después, birlaría algo de la tienda.

Había pasado casi un año desde la incorporación del Boro al grupo cuando llegó el día fatídico. Estaba procediendo del modo habitual. Sonrisas, caricias, y el espasmo de una gran corrida. Calle abajo, a cien metros de distancia, una anciana disfrutaba de sus últimos minutos de vida caminando lenta y despreocupadamente, ajena a vicisitudes juveniles, fueran delictivas o amatorias, que –en principio– ya no habrían de concernirle. Abandonar corriendo el bazar y atropellar a la vieja fue todo uno. El choque desestabilizó unos instantes al Boro y le arrancó de las manos la caja de yoyós. Enseguida se recuperó, recogió del suelo la caja y reemprendió la huida. Menos afortunada, la pobre mujer dio con su cuerpo en tierra, en la carretera, donde fue arrollada por un autobús. Trasladada a un hospital, pronto se constató que nada podía hacerse por ella.

Siempre ha sido un misterio para nosotros, la pandilla, qué pistas llevaron a la policía hasta Alfredo Lupiáñez Carretero, el Boro. Imagino que también él descartaba que pudieran identificarlo, y por eso dormía tranquilo la mañana en que fueron a detenerlo. De todas maneras, sólo era un sospechoso. Ni los interrogatorios ni las declaraciones inciertas de los empleados del bazar permitían avanzar hacia la verdad.

Ante ese estado de cosas, un comisario de policía, Bermúdez, tuvo una ocurrencia estrafalaria. Bermúdez sabía que, si le era factible, el Boro intentaría escapar. Entre los agentes de su sección habia un joven atlético: Ortega, alias Piernas. Sí, éste tenía un apodo más transparente. Había participado en competiciones deportivas, decía Bermúdez. No era campeón olímpico; pero parecía muy improbable que un vulgar delincuente juvenil pudiera aventajarle corriendo. Excepto quizá si ese delincuente poseía el rasgo mejor conocido del chorizo atropella-viejas que todos estaban buscando: su impresionante velocidad. El plan de Bermúdez era simple. Se simularía un traslado a pie del Boro, que iría flanqueado sólo por Ortega y otro agente. Estos dos le quitarían al Boro las esposas, y entonces fingirían haber bajado la guardia. Tratarían de hacerle creer que tenía una magnífica oportunidad para marcharse sin despedirse, arrancando a correr. Había coches patrulla apostados a unas manzanas. Según la teoría de Bermúdez, si una vez lanzados a la carrera, el Piernas conseguía alcanzar al Boro, éste seguiría siendo sospechoso, pero habría dudas razonables sobre su culpabilidad; dudas inversamente proporcionales al tiempo que tardara Ortega en llegar hasta él. Si el Boro corría más que el Piernas, entonces fijo que era culpable, era su hombre, el ladrón de yoyós. Los coches de policía situados, con disimulo, a cierta distancia impedirían que el Boro pudiera escapar si se daba esa otra circunstancia.

La zona en que tuvo lugar la farsa no era especialmente sinuosa, todo lo contrario. Pero sus escasos recovecos fueron suficientes para que el Boro, una vez había dejado muy atrás a su perseguidor, pudiera adentrarse por alguna callejuela secundaria y quedara también fuera del alcance de los coches encargados de atraparlo.

Los hechos seguros sobre el Boro los he narrado ya. El resto, son todo especulaciones. He oído dos versiones de lo sucedido luego ese día, y habrá otras versiones que no me han llegado. Según la primera, el Boro desaparece por completo y nunca más se sabe de él por el barrio. Ni siquiera intenta contactar con sus padres (con los cuales no se llevaba bien; yo le había visto amenazar a su padre; pero ésa sería otra historia). En la segunda versión, burlar a los coches patrulla no resultó tan sencillo. Se le complicó la carrera, y en esta ocasión fue Alfredo Lupiáñez Carretero quien cayó atropellado, víctima de la impericia y el apresuramiento de un motociclista. A la hora de morirse, el Boro no supo darse tanta prisa. Agonizó mucho más rato que aquella vieja con la que había topado semanas atrás.

En ambas versiones, y pese al supuesto prestigio deportivo de Ortega, la mayor parte de los agentes de policía encargados del caso siguieron buscando al homicida de aquella anciana, porque desconfiaban de la destreza que Bermúdez atribuía a Ortega (este Piernas sería muy rápido en su pueblo, o a criterio de parientes, novias y demás íntimos; para mí que el apodo tendría otro origen). El Boro todavía era, o había sido, un mero sospechoso; pero esos agentes discrepaban de Bermúdez y no estaban muy convencidos de su autoría.

Transcurrido todo este tiempo, mi visión sobre aquellos jóvenes, el Boro y nosotros, mi pandilla, no ha permanecido invariable. Al pensar en ello, por ejemplo, se me hace difícil aceptar que a un muchacho con la agilidad y rapidez del Boro le resultara tan difícil esquivar a una pobre vieja en mitad de la calle. Tal vez sea muy difícil, en efecto, según cuáles sean los bienes que te propones preservar. Si le doy muchas vueltas, acabo siempre considerando que crece en mí el rencor. No sólo contra Alfredo, sino contra mí mismo, contra mi yo de entonces, que miraba y admiraba a una mala bestia. Cuando hayan pasado otros treinta o cuarenta años, quizá mi juicio vuelva a cambiar y el Boro me despierte, de nuevo, una suerte de simpatía. ¿Quién sabe? Aunque ahora quisiera, no puedo descartarlo. Pues, como dice una canción italiana, gira el mundo. Ese mismo mundo que, en cierta ocasión, el Boro me mandó mirar.   

No querría acabar sin añadir otro dato; acaso el menos relevante de todos. El tipo ése que mencioné al principio, el que tenía puesto un mensaje algo peculiar en el contestador de su teléfono; sí, era yo. Antes me daba un poco de corte decirlo. Pero ahora que vamos teniendo más confianza, ya no me importa reconocerlo abiertamente.

Manuel Pérez Otero

Relato finalista en el I Premio las nueve musas de Relato Breve.

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José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor del semanario de artes y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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