Las nueve musas
Albert Rivera
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Nueva legislatura: la investidura como cortafuegos

Tenía que ocurrir. Finalmente, el ciudadano Rivera ha tenido que sacrificarse por los muy y muchos españoles.

Después de meses de mostrarse tajante en su negativa a permitir que Rajoy continué en el gobierno, tras sobrevivir a sospechosos apagados del aire acondicionado mientras actuaba en su calidad de monologuista en televisión,  o lograr escabullirse del enjambre de micrófonos que le esperaban en Venezuela hasta encontrar un lugar apartado donde poder hablar de libertad de expresión y soltar una lágrima (queremos suponer que al igual que hacía Nerón, tendrá un vaso dónde guardarlas), después de tanto despertar conciencias heridas bajo el estilete de la desafección, Rivera abandonó sus aires de regenerador capilar para que se acaben los malentendidos sobre si su formación es la “marca blanca” del Partido Popular. Cediendo sus votos, ha permitido que Ana Mato se convierta en la nueva Presidenta del Congreso de los Diputados (tercera en la jerarquía del poder). La candidata propuesta por el partido que según él es, o era, un sumidero de corrupciones. Pero, ojo, no se ha dejado convencer así como así. Hombre de ideas progresistas y compromisos regresivos, impuso las condiciones que han logrado que todos respiremos más relajados gracias a ese aire limpio que aseguraba traer consigo. Tanto arremeter contra el presidente eternamente en funciones, había llegado el momento de demostrar que era un patriota, le pese a quien le pese. Tras lo que uno imagina como agotadoras horas de hercúleas y despiadadas negociaciones, se opuso a que dicha presidencia fuese a parar a María Dolores de Cospedal (lo que a buen seguro nos ha privado de más de un momento antológico en la peculiar agonía de esta sin par oradora en su intento por comprender la utilidad de las palabras), y menos aún en el actual Ministro de Interior, no fuese a ser que todos los diputados tuvieran que persignarse antes de entrar y salir del hemiciclo. Ah, y un detalle menor, un regalo de nada, sólo un par de sillas en la mesa del Congreso, que antes es más que probable que no hubiera logrado tras los pésimos resultados electorales. Pero vaya, en algún lugar hay que sentarse, dirá Rivera. Con semejante acomodo no es de extrañar que ya vaya anunciado que terminará apoyando a quien no se cansó de asegurar que no apoyaría.

Y así, gracias a le enormidad de su abnegación se pudo dar inició a la legislatura.

Como show, distó mucho de ser dinámico. Con Unidos Podemos ya neutralizado (y de paso, cinco millones de personas que les votaron sintiéndose ninguneadas por todos), poco morbo en el hemiciclo. Sánchez, se plantó en su ya sempiterno “no”, y tanto lo alargó que hasta le negó el saludo a un diputado de su partido (lo que ha hecho que la federación socialista andaluza pida que arda Troya y alrededores). Rajoy se ausentó alguna que otra vez (una cosa es ser presidente en funciones, y otra muy distinta no acatar sus deberes laborales). Hubo diez votos favorables a la ex ministra de misteriosa procedencia, adjudicados en principio a partidos nacionalistas (con los que ahora resulta que de pronto se puede negociar sin que eso suponga hacer trizas España provocando que hasta los puestos de nuestras ya legendarias chuches terminen pidiendo la independencia del Estado), aunque al preguntarle a los diputados, la mayoría se reía. Y quien no le viera la gracia a ese asunto, podía entretenerse en imaginar el mensaje de texto que Rivera mandó (supuestamente en primer lugar) a García-Margallo a las cinco de la madrugada, y que él iba mostrando a varios miembros del Partido Popular para compartir su contenido (¿“se fuerte, Mariano, aguanta, ya queda menos”?), que despertaba rancios regocijos entre sus congéneres.

Con este preámbulo no es de extrañar que Rajoy, en esquemática rueda de prensa, hiciese llegar este ruego a nivel interplanetario: “Yo quiero gobernar, y pido (leve pausa dramática para acrecentar el suspense de si iba a pedir el Marca o un vaso de viva el vino) que se me deje gobernar”, así, sin ni tan siquiera un por favor, oiga, mire usted, ni por lo menos la promesa de que tras ayudarnos a asimilar el trauma de descubrir que platos y vasos no son lo mismo, pudiéramos avanzar algo más en tan tranquilizadores apoyos para sobrellevar la crisis, y que nos ayude a distinguir entre el tenedor de carne y el de pescado, aunque tenga que sacar una cartulina con su gráfico. Eso sí, mientras le dejan o no le dejan, le ha dado dos mordiscos a la hucha de pensiones que a este paso los pensionistas van a cobrar la paga de navidad, no en euros, pero sí en pokemons.

Ah, cuentan que en algún momento alguien interrumpió tan solemne acto institucional. Víctor Taibo, miembro de la Plataforma de Víctimas del accidente ferroviario del tren Alvia, quiso protestar por la elección de Ana Pastor, a la que le costaba alejarse de su muy criticada gestión de la tragedia, sobre todo después de que, casualmente, una semana antes, un informe de la Comisión Europea determinase que su actuación es mucho más que cuestionable. Pedía su dimisión y lo expulsaron del hemiciclo. Ya da igual. Es Presidenta del Congreso. Cualquier posible incendio a su alrededor ha quedado atajado.

Rivera le ha proporcionado un espléndido cortafuego.

Menos mal que venía a regenerar la vida política.

Con suerte, en un par de semanas, si aúpa a su archienemigo hasta la reelección, se puede llevar hasta un sofá valorado en el módico precio los de tres millones de votos que se llevaron sus promesas.

Nueva legislatura: la investidura como cortafuegos
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Emilio Calle

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”, su sección más lúdica y tenebrosa.

También estuvo cinco años en el suplemento infantil de “ABC” y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Acaba de editar “El Titanic y el pasajero 2209” (ArtGerust, 2016).

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