Las nueve musas
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Ni papagayos ni bufandas

Estoy pensando en Confianzas de Gélman que inicia así: «Se sienta a la mesa y escribe / “con este poema no tomarás el poder” / “con estos versos no harás la Revolución” dice / “ni con miles de versos harás la Revolución” dice / y más: esos versos no han de servirle para / que peones maestros hacheros vivan mejor / coman mejor o él mismo coma viva mejor / ni para enamorar a una le servirán / no ganará plata con ellos / no le darán ropa por ellos / no conseguirá tabaco o vino por ellos / ni papagayos ni bufandas ni barcos / ni toros ni paraguas conseguirá por ellos / si por ellos fuera la lluvia lo mojará / no alcanzará perdón o gracia por ellos», y culmina exactamente de la misma manera: «se sienta a la mesa y escribe».

Todo lo contenido entre esos dos versos iniciales y finales explica el sentido de la escritura. Quiero decir, a pesar de todo, escribe, aunque ponga de manifiesto la imposibilidad de la forma por ascender hacia la realidad. De alguna manera, la lengua practica el plagio cuando representa el esplendor de una mañana soleada o el abatimiento de Hamlet ante la muerte de su padre, sin embargo, se escribe.

Pues bien, con mucho gusto incurriré en una perogrullada al afirmar que escribir es un acto exclusivamente humano. Algo tan obvio puede resultar, en principio, la clave para pensarse a sí mismo como escritor. Todos precisamos de las palabras, el hombre sin la palabra no es nada, no está completo. Octavio Paz decía que la palabra recrea el objeto aludido, pero que «Al cabo de los siglos los hombres advirtieron que entre las cosas y sus nombres se abría un abismo». Es probable que se escriba para sortear cada vez ese abismo.

La lengua no solo es una instancia de comunicación cotidiana, sino que ante todo nos acerca a nuestra realidad más profunda, nos explica como sujetos y nos permite construir las ideas y valores que sostendrán nuestra vida. El lenguaje relata la experiencia humana, habilitándonos por sobre todas las cosas a un pensamiento personal, a una lectura de nosotros y del mundo. Escribir es un acto por el cual evitamos caer en la inconciencia del vacío.

Una escena de la infancia: mis padres que siempre han dedicado en la casa un espacio destinado a la construcción de una biblioteca mantenían una fluida conversación entre ellos, yo tendría nueve años, quizá menos, el tema de discusión era la prohibición de acceder a la popa (estaban leyendo Los premios de Cortázar), y la posibilidad de no encontrarse con nada en ella,  uno de los dos habló de una alteración de los sentidos, no recuerdo tan siquiera con exactitud la conclusión a la que arribaron o si en ese momento acordaron alguna; solo sé que escucharlos conversar acerca de sus impresiones y en especial del tema de la novela, me produjo una exagerada exaltación, una emoción que conocía bien porque ya me la habían deparado otros textos, pero que se mezclaba en esta oportunidad con una incómoda impotencia por tener que esperar vaya a saber cuántos años para leer tan enigmático libro. El relato acerca del relato fue lo que definitivamente impactó en mi atención.

 Creo que en esa discusión de mis padres encontré, como tantas otras veces, una visión del mundo y un contacto directo con la lectura que, a mi criterio, no representa una operación inversa a la escritura. Pienso también que así como no puedo evitar leer tampoco puedo evitar escribir. Me sucede, además, que no concibo disociar la forma del contenido, en lo que leo y en lo que escribo, porque tanto la forma como la sustancia están más que estrechamente vinculadas entre sí, integran una sola materia.

Para razonar mejor esto, transcribo la primera parte del soneto Octubre de Juan Ramón Jiménez: «Estaba echado yo en la tierra, enfrente / del infinito campo de Castilla, / que el otoño envolvía en la amarilla / dulzura de su claro sol poniente. / Lento, el arado, paralelamente / abría el haza oscura, y la sencilla / mano abierta dejaba la semilla / en su entraña partida honradamente».

Pienso, ¿cómo separar las palabras de una manera de decir, la forma del contenido y su sustancia? Y esto bien podría valer para cualquier poema, incluso para la prosa, pero sobre todo en la poesía. Me detengo en la poesía. El autor podría haber referido una escena de labranza de un modo menos lírico, más raso, para explicar la agricultura y las sensaciones que en el observador esta despierta, convirtiendo el enunciado en mero hecho comunicativo, sin embargo, elige la poesía, o mejor dicho, la poesía lo elige a él. La naturaleza misma de la poesía se le impone, el ritmo y el tono se hacen presentes mediante una determinada disposición espacial que involucra en una misma unidad de sentidola forma y su sustancia. Es decir, una singular manera de mirar y de traducir la experiencia del quehacer humano aleja, aunque sea por un instante, el abismo del que Octavio Paz hablaba.

Traigo este ejemplo para decir que alguna forma de belleza ocurre en la literatura, y que esa búsqueda de un modo más transparente de decir algo sobre el mundo es lo que nos incita de vez en cuando a garabatear algunas líneas, al menos para combatir, parafraseando a Rimbaud, a la áspera realidad.

Desde el sur del Sur escribe Adriana Greco.

El álgebra de la necesidad

Adriana Greco

Adriana Greco

Adriana Greco nació en Buenos Aires,

Es docente, correctora literaria y bibliotecaria.

Tiene publicados en colaboración tres libros: Poetas y Narradores Contemporáneos (Argentina: Editorial de Los Cuatro Vientos, 2004) donde recibió medalla de plata y el tercer premio de poesía de un jurado seleccionado por la editorial; participó de la antología Poesía y Narrativa Actual (Argentina: Nuevo Ser, 2006), y colaboró con cuentos, poesías, y en la redacción de contratapa para La Tinta y el Blanco (Argentina: Ediciones Mallea, 2010).

En 2011 crea el blog Correctores en la Red.

Durante el 2012 y 2013 participó con columnas literarias en el programa Paranormales de Radio Zoe.

En 2015 obtiene con Mala entraña el tercer premio en el II Certamen “palabra sobre palabra” de Relato Breve (España).

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