Las nueve musas
concurso relato breve

Al principio no se oía nada. Incluso pensé que no había marcado el número de teléfono correctamente y estaba decidido a colgar cuando, desde el otro lado de la línea, me llegó un gruñido animal muy tenue.

En la sala, a mis espaldas, todo eran voces, discusiones, y pitidos del fax vomitando papel; las mamparas de metacrilato que separaban los puestos de los diferentes gestores apenas lograban amortiguar el ruido. El personal rabiaba. Levantaban la voz porque estábamos en la última semana del mes, y pocos llegaban a los objetivos impuestos por la empresa para cobrar los incentivos.

Me tapé el oído izquierdo y arqueé el cuerpo hacia adelante, intentando concentrarme como si el cobro del mes estuviera esperándome al otro lado del auricular. El pitido monocorde certificó el fracaso, habían colgado.

Revisé toda la ficha en la pantalla del ordenador. Nombre, dirección, datos de la deuda y un sucinto resumen de las gestiones realizadas hasta la fecha. Hacía sólo una semana que me lo habían asignado. Aquel día, nada más verlo en el listado de expedientes nuevos, como marca el protocolo de la empresa, había llamado mientras releía todos los datos. Descolgó el teléfono una mujer de edad indescifrable, aunque me pareció que debía andar por los cuarenta, quizás algo más. Por mis anotaciones el tono de la conversación se había desarrollado muy cordialmente, aunque la mujer no firmaba el crédito dijo hacerse ella cargo de la situación porque su marido trabajaba fuera. Recalcó esto último varias veces, incluso advertí un ligero temblor en su voz cuando se refería a “Él”. Anoté, entonces, la promesa de pago para una semana después y pasé a otro expediente.

Volví a marcar el número de teléfono. Había transcurrido la semana que la esposa del titular me solicitó, pero continuaban sin darme una solución a aquello. Saqué por la fotocopiadora una impresión de todos los datos del expediente y lo introduje en la carpeta de “visitas”. La línea continuaba en espera.

Alguien descolgó al cabo de medio minuto. Después, la caída de un cuerpo al suelo y un lamento muy contenido. El móvil del que contestó debió caer del revés sobre una superficie blanda, los ruidos llegaban velados, como desde una lejanía sorda. Aleteo de brazos, y de nuevo el gemido que había escuchado en la primera llamada.

No supe reaccionar. Estaban golpeando a una persona y sólo me preocupaba aguantar la respiración. Ahora reconozco la vergüenza, pero en ese momento supe que cualquier pregunta alertaría a mis compañeros y entonces sí que me vería obligado a intervenir en aquello.

No pude soportarlo más, colgué de nuevo y anoté en “comentarios”:“titular no contesta a las llamadas, expediente preparado para visita”.

Al día siguiente esa ficha era la última en mi carpeta. Conduje guiado por el GPS cruzando ciudades del extrarradio de Barcelona. Las jornadas en este trabajo son muy rutinarias aunque le podría decir los lugares que visité porque lo anoto todo en una agenda. Comí solo en una mesa para dos en el restaurante de un polígono, cerca de Santa Coloma, ensalada y pescado. Siempre elijo los platos más ligeros, pero eso no me evita una incómoda sensación de pesadez en la boca del estómago que se prolonga hasta media tarde.

Llegué a la última ficha de mi carpeta sin pensar en la llamada del día anterior. Recuerdo que el día no había ido mal. No le había mencionado el asunto a mi mujer, a pesar de que las anécdotas de morosos siempre dan juego cuando se hace el silencio entre nosotros. Con ella podía exagerar situaciones, darle un poco de acción al melodrama de mis días en la calle. El señor del maletín, el señor de las fichas, el señor de la morosidad, el señor sin alma.

La dirección del expediente quedó a tres manzanas del lugar donde pude aparcar el coche. Un edificio residencial como un oasis rodeado de otros bloques blancos y más antiguos y más años setenta. Sin piscina ni zonas deportivas, pero con su pequeño jardincillo y bancos oxidados y una fuente de piedra sin agua.

Aproveché la entrada de un vecino para colarme tras él, con naturalidad. Dejé el vistazo a los buzones para la salida, y con optimismo fui subiendo los escalones de dos en dos hasta el rellano donde se encontraba el ascensor. Tercer piso, puerta izquierda. La mirada habitual en el espejo del ascensor, como si fuera otro el que lleva una ficha en la mano derecha y un maletín en la izquierda, y los hombros hacia delante dispuesto al ataque.

La puerta del piso estaba abierta. Pulsé el timbre un par de veces, pero dentro no se oía nada. Uno no es policía, ni investigador privado, ni inspector de nada, ni entra sin permiso en las casa ajenas. Uno se dedica a hacer la visita con su ficha y, si puede, evita entrar a la casa cuando le invitan. No me pregunté, entonces, por qué lo hacía, como me lo pregunto hoy: ¿por qué no había vacilación en ninguno de mis actos aquel día?

Empujé la puerta y entré en el piso. Había un largo pasillo con habitaciones sólo a la izquierda. Tres puertas cerradas que no intenté abrir, la cuarta era la puerta de la cocina, entreabierta; se veían cacharros sucios en el fregadero y platos con restos de comida. Después, también a la izquierda, un pequeño aseo. Al fondo una puerta con cristal esmerilado franqueaba el paso a la última estancia del piso.

Ella estaba sentada en una silla en el centro del comedor. No había nadie más allí. Las manos atadas al respaldo y en la boca dos tiras de esparadrapo cruzadas en forma de aspa, como en una broma de mal gusto. Le habían rasgado parte de la ropa y quedaba al descubierto un pecho lleno, blanco y caído. Y yo era la persona que venía a salvarla, con una cartera y la ficha del préstamo impagado de su marido.

Se estremeció cuando me coloqué detrás de la silla y comencé a desanudar el cable que la sujetaba.

-Debe irse- me dijo, en cuanto logré arrancarle el esparadrapo de los labios, como si ya lo tuviera pensado desde que imaginó mi visita. Evidentemente debía irme, desaparecer de todo aquello, dar por cerrado el expediente y continuar con mi vida. Pero ella también se daba cuenta que daba pasos adelante; hacia ella, que no se cubría el pecho y que permitió que le cogiera los hombros y que la atrajera hacía mí. Intentó zafarse, pero casi sin fuerza.

-No se meta en esto. Le va a hacer daño-. Pero yo había ido a aquel piso a recobrar una deuda, y aún no se había hablado nada de eso. En mi oreja, palabras líquidas rozándome el lóbulo, un olor maternal, cercano, libre de perfume. La vergüenza en forma de calor muy intenso en todo el cuerpo. Susurró:”váyase” como quien dice insista.

Huí. Se quedaron sus brazos suspendidos en el aire de la habitación mientras marchaba decidido por el pasillo. Entonces choqué con alguien que me estaba esperando, un cuerpo robusto que venía a por mí, pero calculó mal el golpe y sólo me rozó, desestabilizándose y cayendo a un lado de rodillas. No pude verle el rostro.

Corrí escaleras abajo con un miedo infantil en el cogote, doloroso; un miedo más grande que el daño que aquel hombre pudiera hacerme. Alcancé la calle y no paré hasta dos manzanas más allá del piso, cerca ya del coche.

Entonces me miré las manos vacías, había dejado el maletín con las fichas del día en una silla mientras la desanudaba. El calor y la intensidad del instante se tornaron frío y desolación. La calle era un lugar hostil, donde los pequeños detalles se le agarraban a uno a la boca del estómago. Recuerdo que estuve unos minutos cerca del coche, pensando en el maletín olvidado. Volví al piso caminando lentamente, porque era lo inevitable. Porque aquellos papeles perdidos me podrían hacer perder el trabajo, si no algo más.

Tercer piso, puerta izquierda. No contestó nadie. El móvil de ella permanecía apagado. El espejo del ascensor devolvía esta vez un rostro desencajado, asediado por manías que giraban en torno a las fichas que contenía ese maletín. Me di media vuelta y volví a salir del edificio sin haber podido recuperar el maletín.

Di por concluida la jornada. Me dirigí directamente a la comisaría de los Mossos de Esquadra a poner la denuncia. Había perdido una cartera con papeles que contenían información confidencial. Ley de Protección de Datos y todo eso. Avisé a mi jefe. No podía hacer mucho más. Confiar en que el maletín hubiera acabado en la basura. Confiar en que delante de mi mujer pudiera detener los pensamientos concéntricos que me torturaban. Confiar en que todo ese asunto no se me estuviera yendo de las manos.

Al día siguiente mi mujer, Ana, no trabajaba y se quedó en la cama con los ojos velados por el sueño. Retozando indolente ajena a toda la violencia del mundo, confiada de mí, casi inocente con su camisón anacrónico de niña buena. Antes de salir hacia la oficina, me asomé a nuestra habitación, y me invadieron unas ganas repentinas de llorar por ella y, un poco, también por mí.

Pero, al parecer, no había tenido suficiente. Después de explicarle al gerente lo del hurto de la cartera y entregarle copia de la denuncia; introduje en el sistema informático las gestiones del día anterior que logré recordar, y volví a llamar a aquella mujer. No contestaba nadie al teléfono. Teléfono apagado o fuera de cobertura.

Repetí las llamadas durante tres días seguidos, a primera hora de la mañana, al mediodía y cuando salía de la oficina sobre las siete de la tarde. Nada. Al cuarto día se hizo algo de luz en mi abotagado cerebro y dejé de llamar. Pasé todas las gestiones y cerré el expediente. Lo dejé preparado para su traspaso al siguiente departamento. “Con un poco de suerte, me olvidaré pronto de su nombre” recuerdo que pensé.

Sin embargo, una semana después del último contacto, me pasaron desde la centralita una llamada con recado: “puede recuperar sus documentos”.

Me repitió su nombre, como si desde la primera modulación de la voz no la hubiera reconocido. Y volvió a interesarse por la deuda. “¿Y cómo se podría pagar eso?”. Me dejó desorientado, ya no sabía qué pensar, si me estaba tomando el pelo o si verdaderamente ella creyó estar hablando con otra persona. No le mencioné el asunto del recado. La denuncia estaba puesta. Había salvado la cara ante mis jefes. Era de los que más recobraban en la oficina, entonces asunto resulto. No había asunto, más bien.

-Parece usted nervioso…lo de los documentos iba en serio.- No estaba pensando en los documentos precisamente. No estaba gestionando correctamente esa deuda. Y, en verdad, estaba nervioso. Pero no el nerviosismo del tipo: podría cobrar una gran comisión y se me va a escapar; sino otro nerviosismo, indefinible supongo.

-Entonces, ¿vendrá usted a verme otra vez? – La secretaria que me había pasado la llamada me miraba fijamente desde el otro lado de la mampara que separaba la zona de administración de los recobradores. Vi como se levantaba de su silla y se dirigía hacia el despacho del gerente. -¿No quiere recuperar las fichas? –continuó la voz maternal-, hay muchos datos. Nombres, teléfonos, anotaciones de usted…-

Supongo que me podría haber negado. Siempre hay alternativas cuando a uno le presionan, pero opté por volver a verla; aunque le recalqué que debería ser en un lugar diferente al de la última vez, un lugar público y sólo para hablar del pago de la deuda.

Fue al día siguiente, como si no hubiera tiempo que perder. La última visita del día. Había esperado la llamada del gerente tras las miradas de la secretaria y su visita al despacho. Sin embargo, cuando me crucé con él en la entrada de la oficina a la mañana siguiente, dejó caer su mano sobre mi hombro y me saludó con un amistoso “buenos días Segarra. Ánimo, ¿todo va bien?”. Demasiado optimista. Los golpes duros llegan de improviso, cuando uno mira a otro lado y no imagina que una señora cincuentona de busto generoso y tobillos anchos, pueda hablar como un personaje de novela policiaca barata.

La última visita del día. Primero habló de una cafetería, y diez minutos después volvió a llamar; que lo había pensado mejor y que nos veríamos en el parque situado justo enfrente de la cafetería. No me dio tiempo a reaccionar, colgó apresurada. Y fui al parque.

Ella me estaba esperando sentada en un banco de hierro forjado, de espaldas a la cafetería. No se levantó cuando llegué. Me suplicó: “siéntese, por favor”, como si llevara horas repitiendo “siéntese, por favor” con una bola de pelo de gato en la boca. Y a continuación había memorizado: “mi marido no quiere dar la cara, estoy sola en esto”. Aquella mujer parecía impedida para la mentira. O, al menos, eso creía yo entonces. También añadió, que su marido tampoco deseaba visitas de nadie; mientras yo me preguntaba qué estaba haciendo allí.

“Esto también es idea de él” continuó, y yo creí que, de un momento a otro, rompería a llorar. Hizo un aspaviento y se subió torpemente la falda dejando al descubierto los muslos. Le pedí que me devolviera los documentos que olvidé en su piso, y no le miré a los muslos, sino a los ojos pero también a los muslos. “Usted no sabe cómo es él”, continuaba. En el interior de los muslos su piel era traslúcida, con serpenteantes hileras de venitas azules.

-Dígale a su marido que esto no le servirá de nada. Que esa deuda existe, no me deben el dinero a mí, sino a la entidad a la que represento. Y esto no tiene ningún sentido- creo que fueron mis palabras exactas. Entonces contemplé, horrorizado, una foto recortada que había sacado del bolso; y era mi mujer la que me miraba distraída desde una estampa veraniega con mi brazo alrededor de su cuello.

Cuando pude volver  a respirar con calma, ya no estaba esa foto delante de mí, ya no estaba yo mismo en ese parque. Caminé hasta mi piso. Primero distraído, mirando en todos los escaparates el reflejo de una persona que parecía bastante mayor que los treinta y cinco años que me correspondían; después raudo, cuando hube comprendido que estaba deseando llegar a casa y que mi mujer me contara cómo le había ido el día sentada a mi lado en el sofá, tras la ducha, tras el sordo rumor del día.

Como usted ya sabrá aún vi a esa mujer otra vez, pero esta vez no fue en directo. Unos días después de la cita en el parque cenábamos mi esposa y yo en la cocina. La televisión estaba en sordina, no quise darle más volumen porque pensé que la tensión me podría delatar. Por suerte ella estaba concentrada contándome algo que le había sucedido en la empres en la que trabaja. Creo que ni veía la tele. En cuanto apareció cambié distraídamente de canal. Presté aún más atención a lo que me estaba contando mi mujer. Puede que no se lo crea, pero aunque hubiera podido buscar información sobre la noticia no lo hice. Siguieron sucediéndose las escenas de una película española de los años sesenta mientras yo escuchaba atentamente lo que me contaba mi esposa. Ella se lo podría confirmar.  

No me va a creer si le digo que, durante la cena, tuve claro que no sería la última ocasión en que supiera de esa mujer. Lo que no imaginaba es que tendría que contarle a nadie esta historia desde el principio.

 

PAUL NASCHY

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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