Las nueve musas
África
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Mujeres sin salvación

Un viaje hacia África occidental, imprescindible para la investigación etnológica del ambiente cultural de los afroamericanos del Caribe, y del crimen social de la ablación del clítoris, que mutila no solo el cuerpo infantil, sino también el alma femenina.

Mujeres sin salvación

  1. El viaje

Un manojo de papeles con mis apuntes de aquel viaje mío a Cuba; un viaje por el mundo de la santería. Apuntes que –más tarde- se convertirían en mi primer libro, titulado: “Ritos mágicos en la América Latina contemporánea” (en griego, 1999). Mi cámara SLR en una mano, un bolígrafo en la otra y una mochila en la espalda; trato de acomodarla en el compartimento de la cabina, para comenzar así un vuelo que me llevará al “otro lado del charco” –como dicen mis amigos latinoamericanos el océano atlántico.

Vuelo hacia África occidental, esta vez, -la pieza del mapa que se encaja con Sudamérica… Es un viaje imprescindible para esta investigación etnológica, dado que la religión de los afroamericanos del Caribe había atravesado los mares, quinientos años atrás, para dar ánimo a los esclavos durante aquellos siglos inhumanos desde el “Renacimiento” europeo y en adelante. Un viaje mío que –como ocurre casi siempre- llegó a su meta tras su desmitificación, y me abrió así nuevos caminos hacia el encuentro de las culturas. Aquel encuentro antiguo que había cometido a la vez el “crimen cultural” del avasallamiento –un término usado por algunos eruditos de nuestra Era. Pero hay también otro crimen, mucho más grave, que sigue vigente hasta hoy en día: el de la ablación del clítoris, que mutila no solo el cuerpo infantil-, sino también el alma femenina. Este es el resultado de las investigaciones antropológicas y de derechos humanos que han llevado a cabo varias organizaciones internacionales. Y puesto que todas las culturas llevan una máscara doble –positiva para la mayoría (de los incultos) quienes miran desde adentro al “Otro”, y negativa para la otra mayoría, (la de los egoístas) quienes observan desde afuera-, es útil, antes de juzgar, primero conocer ese ambiente cultural: los matices, los aromas y las melodías de su gente y de su trayectoria histórica al margen del entorno geográfico y del tiempo sin fin.

Mujeres sin salvación 2Habiendo recibido el “permiso” de Francisca de Siete Sayas” (del espíritu de aquella esclava negra, que disfrutaba de la compasión de su ama española –quien le había regalado siete faldas viejas pero de calidad noble- y ella sin tener sitio alguno para guardarlas dentro del quilombo –donde dormía con los demás esclavos africanos de la hacienda- las llevaba puestas una sobre la otra), me estoy aterrizando en el aeropuerto internacional de Accra, en Ghana. Llevo en la mano el talismán de Orula –la máxima protección de los dioses africanos en América Latina- que me había entregado durante el rito de mi iniciación aquel “babalao” santero en el habanero barrio de la Regla, quien me puso bajo la protección de Yemayá –la diosa del mar- ya que mi familia proviene del mar Egeo (Grecia), desconocido para él, pero no para los Orishas –el panteón afrocaribeño- que le permitieron adivinarlo… Eso me llevaría por caminos desconocidos y emocionantes… ¡África Occidental!       

 

 

  1. De la esclavitud a la vida cotidiana

Aquí, donde en la antigüedad se encontraba el reino dorado de los Ashanti, tienen hoy elecciones políticas, y la gente está bailando por las calles, llevando parasoles, de los cuales cuelgan muchos pañuelos multicolores. Hombres y mujeres –todos- han pintado sus caras con un polvo blanco. Nuestro bus –una reliquia de la década de 1950- está pasando por Kromantse, el lugar de descendencia de Louis Armstrong –el trompetista estadounidense de jazz. Próxima parada: Elmina [= La Mina de la Costa de Oro, fundada en 1482 por el Rey João II de Portugal], para cruzar a pie el “portón sin retorno” del castillo portugués sobre la colina verde, al lado del océano –donde las barcas, largas y delgadas como peces, llevan pintados varios motivos tradicionales y escritas palabras africanas: “aka ewie”.

Mujeres sin salvaciónPor este portón vamos a pasar a “otra dimensión”, a un tiempo cronológico diferente, al mundo psicológico de los africanos que la violencia de los europeos desarraigaba de sus familias; al mundo perverso de los líderes tribales que vendían a su gente a la esclavitud, para obtener a cambio un puesto de títere en el gobierno colonial. Conoceremos el mundo de los hombres que morían enfermos y encadenados en unas celdas oscuras, húmedas y sucias, y de aquellos otros que iban arrastrados por la alta mar de África hacia la alta tierra de las Américas. (Y, sobre todo, hacia Brasil –donde sobrevive el mismo sincretismo religioso que existe en Cuba.) En esas celdas escucharemos los gritos de las mujeres africanas que en camas con techo y cortinas de seda portuguesas fueron violadas –aún en estado de embarazo avanzado… Y veremos los rostros de aquellos niños que se vendían como esclavos dentro de jaulas hechas de bambú, cargadas en los barcos portugueses y españoles, holandeses, británicos y franceses.

El camino de tierra rojiza nos lleva por entre las aldeas de África occidental, donde se venden ataúdes de varios esquemas: unos como peces rosados de madera, para los pescadores, otros como gallinas multicolores para los ganaderos, algunos con esquema de zapatos atléticos para los futbolistas, y otros como aviones para los pilotos. Le dan prestigio a la muerte en estas tierras…

III. Folclore contemporáneo

Una parada en el camino: estación de guardia fronteriza. Aquí vamos a mudarnos de lengua y pasaremos del inglés al francés “patois”: Bienvenu à Côte d´ Ivoire! El camino rojizo continúa después de Abiyán –el puerto comercial con su alto nivel de criminalidad, y apunta hacia las “lavanderías lacustres” de Fanico, donde centenas de hombres (no mujeres) lavan en las aguas color de barro, entre los manglares y los nenúfares, miles de pantalones y camisas (anteriormente… blancas), conociendo con exactitud a cuál de sus clientes pertenece cada pieza.

Llegamos a la antigua capital, llamada Grand Bassam, con sus edificios barrocos desde el período de la colonia francesa, y nos encaminamos hacia Yamusukro (la capital moderna del país, donde la catedral católica tiene el esquema de un elefante con la trompa erigida; según algunos arquitectos, esta iglesia fue inspirada en las chozas de Biancouma. Nos enfada escuchar que para su construcción se gastó el presupuesto anual de Costa de Marfil

En el lago sagrado de los “peces-alma”, en Silakoro, dos africanas están recogiendo agua con unas jarras que llevan en la cabeza; a su lado, una viejita simpatiquísima, vestida con un traje tradicional –una tela estampada, envuelta alrededor de su cuerpo, que deja sus senos libres, colgando hasta las… rodillas (¡como cuenta el famoso chiste!), está moliendo semillas en un mortero enorme de madera, y nos sonríe mostrando una cavidad desdentada y enorme como su mortero.

Más allá, en la tribu de los senoufo, los miembros del consejo de los ancianos –vestidos a la moda islámica- están reunidos en círculo, sentados en sendos “tronos” pétreos. Continuamos el viaje hacia Niofoin –la región de las chozas color de chocolate con leche, donde los indígenas guardan su sorgo, el alimento “divino” de esta cultura africana.

 

Entre el taller del herrero con sus hachas primitivas, y el templo animista, con la altísima techumbre de paja (donde se dice que si alguien entra sin tener el permiso de los espíritus, se pierde en otra dimensión y nunca vuelve a encontrar la salida), un niño, chupando su dedo, me está mirando como si yo fuera un extraterrestre, y una jovencita con trenzas complicadísimas va hacia la escuela de la aldea, con la pizarra vieja y emblanquecida, donde todavía se distingue el abecedario francés, y al lado, dos estatuillas de barro, simbolizando a la pareja primigenia de seres humanos, con sus órganos genitales desmesurados.

  1. Un pasaporte-talismán…

Llegada de noche a Dan, la región de la tribu de los yacouba. El hotel, un “tugurio” de mala muerte; mi agotamiento se empeora al escuchar que la epidemia de la fiebre hemorrágica –el horrible virus llamado Ébola– se ha expandido hasta aquí… Se disemina de persona a persona por el contacto con la sangre, tejidos, secreciones y los fluidos corporales del sujeto infectado. Los 20 miembros del grupo, que yo tengo la responsabilidad de guiar por esas lejanías africanas, pasamos toda la noche despiertos y reunidos en mi habitación, alrededor de una cama doble con una mancha asquerosa color amarillento y marrón-morado en el medio del colchón hundido. No hay otra solución; Estamos en medio de la nada y las demás habitaciones están en peores condiciones… Madou, mi acompañante-intérprete local, lleva consigo –casi arrastrado- a su hijo menor de edad.

         —No tengo con quién dejarlo”, me dice. “Mi esposa murió después del tercer caso de malaria.”

Mis conocimientos de la lengua swahili, que se los debo a mi querida madre griega, quien vivía en África, no me permiten entender los idiomas del occidente africano, pero me dan la facilidad de memorizar bastante información sobre los grupos lingüísticos tan diferentes de Mandé y Kwa. El nombre “Madou” es la versión africana del verbo árabe “hamida”, que significa: “el que reza para agradecer a Alá”, y me recuerda al literario Amadou Hampâte Bâ, nacido en 1900 en Malí y muerto en 1991 en Abiyán (Costa de Marfil): fue escritor y etnólogo, defensor de la tradición oral. Además, fue miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco  de 1962 a 1970, donde lanzó su llamada, «En África, cuando una persona anciana muere, una biblioteca arde», frase que se transformó en proverbio.

Un saludo largo y negociaciones con el jefe de la aldea para que nos acepten. Y mientras los dos africanos están conversando en la lengua local –sin traducirme nada al francés- los ojos del líder tribal están clavados en mi “mano de Orula” –el talismán animista que llevo en mi mano, desde que había recibido en Cuba el bautizo de los Orishas –el panteón de la santería afrocaribeña. Toca mi mano con reverencia y me pregunta dónde lo encontré. Yo le pido a Madou que le explique que por el otro lado del mar lejano hay una isla, llamada Cuba, donde la gente –que hace siglos había sido arrastrada a la esclavitud- cree hoy en la misma religión de África occidental, y canta en la lengua nigeriana de los yorubá. (Ahí fue mi penúltima escala de avión en este viaje por la cultura afrocaribeña.) Mostrando admiración y conocimiento sobre esa cultura hermana -que ha pasado de generación a generación-, el jefe me da permiso para andar por toda la aldea.

  1. Cultura y derechos humanos

Al lado de la choza blanca con los esquemas geométricos dibujados en su pared circular de adobe, las mujeres –vestidas con telas multicolores- han construido un altar de tierra acumulada, y están preparando comida en sus enormes ollas de metal galvanizado. Acercándome, observo que entre la tierra acumulada hay plumas de gallina; miro a mi guía local con ojos interrogativos, y él me explica que se va a hacer una fiesta para el rito de entrada de una niña a la adultez.

—Le van a hacer ablación del clítoris,—me dice de una manera simple y natural, y a mí me da escalofríos.

—Pero, las organizaciones feministas y otros activistas sociales avisan sobre los peligros de infecciones mortales, causadas por la falta de medidas de sanidad en estos lugares, y denuncian este crimen en contra de las mujeres, mientras que los estados europeos han comenzado a incluir la mutilación genital en su derecho penal como una lesión física grave a los órganos que son importantes para el correcto funcionamiento del cuerpo humano”— le contesto expresándole mi fuerte queja. —En Suiza, se imponen penas de trabajo no remunerado, o de seis meses a cinco años de prisión. Por supuesto, los inmigrantes también son víctimas de la diversidad jurídica y cultural que los rodea; un gran dilema: ¿cumplir con la ley no escrita de su cultura, o seguir la ley escrita del país anfitrión? Y, por otro lado, me pregunto, ¿tiene derecho el país de acogida a penalizar las prácticas consuetudinarias de los ciudadanos extranjeros residentes en su territorio, y con qué criterios? En su mayor parte, los africanos, y en general todos los inmigrantes, en vez de “occidentalizarse”, eligen deliberadamente continuar con la tradición de su país.”

Madou –mi guía- ha recibido educación francesa en la Universidad de Abiyán, y puede entender lo que le digo. Pero él, con una expresión –que yo interpreto como indiferente- ignora mis palabras y añade:

—Prohibiendo una práctica cultural, ustedes –los blancos- se comportan como colonizadores y misioneros, esforzando para destruir una cultura que consideran inferior que la suya—“Hace poco tiempo,” sigue diciéndome él, “escuché que un compatriota mío –africano, no importa de qué país- emigrante en el mundo occidental, tuvo que aplicar la ablación del clítoris a su hija, estando sólo en casa, sin ninguna ayuda médica, y utilizando un cuchillo de la cocina. La niña fue internada en un hospital y él terminó en la cárcel. Es una lástima, porque se le podría haber ofrecido la ayuda médica necesaria, para que él llevara a cabo su deber religioso con seguridad. Los padres –emigrantes o no- no tienen la intensión de causar daño a sus hijas; simplemente respetan las costumbres de su tradición, reforzando de esta manera su identidad tribal o religiosa. Se trata, entonces, del derecho consuetudinario, profundamente arraigado en la mentalidad de las personas que la consideran parte integrante de su cultura. Algo similar al bautismo de los cristianos a una edad temprana. Según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud -que pertenece a la ONU- las mujeres sobrevivientes que se han sometido a mutilación genital, ¡llegan a ser 150 millones! Y ¿entonces? ¿Qué pasó con ellas?”, me pregunta él provocativamente.

—Esto es un crimen masivo, cometido en contra de la autodeterminación de las mujeres a nivel mundial, y eso, con la connivencia o la simulación del Islam, de los regímenes totalitarios e incluso de algunas organizaciones no gubernamentales y de algunos científicos—,  le respondo yo fuertemente, y me parece que él está molesto por mi estilo.

Con una cara de “sabelotodo”, Madou confirma que “la ablación del clítoris no es un problema; es simplemente una costumbre social, una tradición cultural, y las mujeres no se privan de su vida sexual…”

Me pregunto por qué no se da cuenta de la frialdad sexual y la depresión de su propia esposa, pero no me atrevo a preguntarle. Sus palabras inmediatas me dejan pasmado: “Y nosotros, los hombres, que estamos circuncidados”, dice, “gozamos de mayor placer en el sexo.” Pues, esto me es suficiente para confirmar la falta de libido en estas comunidades y recordar que un blog de Internet se refería al orgasmo excesivo de una mujer, razón por la cual su esposo le pidió divorcio. Humor negro…

  1. Feminismo, “hominismo” y humanismo

Está científicamente comprobado que la circuncisión del pene priva al hombre de miles de nervios sensoriales. Lo mismo ocurre en los tres tipos de mutilación genital femenina: el más suave es decir, la “sunnah” – que es el corte de una parte superficial o de todo el clítoris con una navaja, el segundo tipo –y más aplicado-, que requiere la mutilación total del clítoris y con él, la de los labios internos de la vulva, y –como último y peor- la infibulación, que en Sudán se llama “ablación faraónica”, y en Egipto “sudaní”, es decir, la ablación de todo el clítoris y de los labios exteriores e interiores, y luego, la costura de la entrada, previamente raspada en su interior, para que se quede unida con la cicatrización de las heridas. Entonces, lo que queda es un pequeño orificio, desde el cual pasa la orina y la sangre de la menstruación. En la primera noche de la boda, el hombre se ve obligado a abrir con un cuchillo la entrada del órgano genital de su esposa. Por supuesto, él lo disfruta, pero la mujer…

VII. Comienza la fiesta de la integración social

De repente, un grupo de bailarines vestidos con trajes tradicionales que imitan la piel del tigre y llevando máscaras decoradas con conchas marinas, vienen para honrar a la futura adulta, tocando sus coras–los instrumentos de cuerda, hechos de enormes calabazas. Su ritmo me recuerda la cumbia colombiana. Además, de aquí es que proviene esa música latinoamericana. Observo que una de las coras está manchada con sangre y tiene algunas plumas pegadas; se ha hecho un sacrificio de gallina, para apaciguar a los espíritus. Mi acompañante africano me explica que este instrumento musical es el medio de comunicación con los dioses.

A pesar de que esos ritos se mantienen vivos, la gente en este pueblo viste de manera común y corriente, como los pobres en el mundo occidental: pantalones vaqueros y chancletas. Entre ellos, un jovencito lleva una camiseta roja ¡con la cara de Osama Bin Laden!

El ritmo repetitivo de la música me hace sumergir en mis pensamientos: “a finales del siglo 20, en la era de la globalización y de la realidad virtual, todavía hay tradiciones que nos llevan hacia atrás, hacia el oscurantismo de la humanidad pasada… Sociedades en las que el concepto de los derechos humanos es inexistente, donde la libertad individual ha sido anulada por la colectividad, donde la pertenencia al grupo es la principal preocupación de los miembros de la tribu, y la integración en la tribu corresponde al “nacimiento social”, mientras que la secesión de esta significa la “muerte social”; eventos individuales que coexisten con el nacimiento y la muerte biológica…”

Mis pensamientos se interrumpen, cuando Madou –mi acompañante cultural por esas regiones-, me dice: “el paso del ser humano de un estado a otro se realiza mediante el dolor físico, que encarna la maduración emocional y psicológica. La fuerza psíquica se pone en una prueba muy dura, hasta que se le permita a la muchacha entrar en el núcleo del grupo, formado por las mujeres adultas y las ancianas de la tribu… En esas pruebas de iniciación, el individuo –hombre o mujer- en algunas tribus es marcado con tatuajes, en otras se expone al aislamiento y a los peligros de la selva, en ciertas sociedades tribales se autocastiga; en el mundo “occidental” los jóvenes juran fe en sus ejércitos –que provocan guerras en nuestros países. ¿No es peor eso? O –todavía más horrible- vosotros, los blancos mandáis a sus hijos a la guerra, en una edad en la que todavía no tienen la suficiente madurez para juzgar si deben o si quieren hacerlo; ahí, ellos no tienen la oportunidad para escapar del lavado de cabeza que les imponen los militares de rango superior. Eso, ¿no es hipocresía? Durante la iniciación, pues, el individuo paga su tributo con su propio cuerpo –que es el único medio tangible de expresión. Así se lleva a cabo la represión del individuo por el grupo social: la mujer al evitar la satisfacción sexual, y el hombre al asegurar su control sobre los sentimientos de la mujer. El dolor corporal se convierte en el medio del avasallamiento de la persona bajo la fuerza brutal de la tribu. La iniciación simboliza la muerte del “ego” viejo y el nacimiento de un nuevo miembro, más experimentado.

-“Pero, ¿es necesario que sobrevivan esos ritos inútiles? ¿Es obligatorio que la ley surja de los tabúes de lo sacro? En fin, la religión y las costumbres locales ¿nos ayudan a desenvolvernos?”, le contesto yo enfadadísimo. “Las religiones son –en la realidad- unas organizaciones de opresión psicológica. Una barbaridad que infringe los derechos humanos. Si eso es aceptable, entonces, ¿porqué no considerar legal la violencia física o el canibalismo –ya que este último es aceptado por los chamanes de algunas tribus. Es una obsesión enfermiza la de torturar a unas chicas inocentes, solo porque algunos líderes religiosos –islamistas o animistas- no son capaces de liberarse de sus costumbres imbéciles. Los orígenes de la mutilación genital se pierden entre las tinieblas de la tradición egipcia y semítica. Heródoto –el historiador de la antigua Grecia- refiere que en el siglo V a.n.E., los etíopes aplicaban la ablación del clítoris. Además, en el Corán no existe ninguna referencia de mutilación genital de las mujeres”, trato de responderle.    

Madou, poniendo una cara despectiva por mi dudosa capacidad de explicar su cultura de sincretismo islámico y animista, permanece mudo y me tira por el codo, empujando entre la multitud que se ha reunido para el rito. Y yo, me pregunto de dónde han salido todas esas personas. (La aldea parece pequeña.) Un fuerte olor –hedor, diría a lo mejor- a pescado, huevo, carne añeja y sudor me va sobrecogiendo negativamente, como una pesadilla, en la cual yo me siento ahogándome en un charco espeso. Me siento mareado por el ruido y las múltiples expresiones: rostros de miedo, hambre, odio, enfermedad, piedad, desesperación, amistad falsa y explotación… (Inmediatamente después de mi partida del país, se hizo un golpe de estado.)

Una mujer gorda, con un impresionante pañuelo complicadamente amarrado alrededor de su cabeza –como un lazo doble- y con labios muy gruesos, lleva una gallina que va aleteando muy agitada, en un vano esfuerzo para liberarse. Con sus fuertes manos, esta mujer africana arroja la pobre gallina hacia los cuatro puntos cardinales –sin dejarla que escape por entre sus dedos- y grita en voz alta unos exorcismos. Al caer en éxtasis, empieza a serrar con un cuchillo dentado el cuello de la gallina hasta la mitad, y lanza la sangre sobre el cúmulo de tierra, fuera de la choza. Plumas van volando y cayéndose sobre el barro ensangrentado.

La gallina encuentra la muerte en manos de la sacerdotisa, mientras que el ritmo de 2/4 de la cora –el instrumento de cuerda- (que me recuerda la cumbia latinoamericana) retumba en mi pecho. Del pico de la gallina va goteando su sangre oscura sobre el cuchillo brillante –que refleja la verde selva tropical. En un recipiente grande y cóncavo, hecho de arcilla negra y brillante, la africana echa algunas de las plumas, y un poco de sangre; otras, las deja pegadas sobre la guitarra de calabaza, haciendo de esa manera una libación mágico-religiosa, dedicada a los espíritus de la pureza. El “autosacrificio” comienza; una fiesta de sangre. Un tabú que surge de las profundidades negras del alma humana y de los órganos genitales femeninos.

VIII. Sexo y tabúes

Madou, mi amigo africano que me acompaña por esos puntos cardinales tan remotos del globo terrestre y del alma humana, me confía uno de sus mayores miedos:

-“En la África islámica, tenemos la creencia de que el clítoris es una reminiscencia peligrosa del pene en el cuerpo de la mujer, y por eso se tiene que sacar: es una suciedad, y el hombre que vendrá en contacto con la mujer se tiene que proteger de esa contaminación… Creemos que si no lo extraemos, el clítoris seguirá creciendo y amenazará la integridad del hombre… Así, pues, al cortar ese elemento “masculino”, la jovencita se convierte en una mujer completa y lista para el matrimonio.” “Algunos hombres” –dijo Madou, insinuando a sí mismo- “creen que si hacen el amor con una mujer sin ablación del clítoris, entonces su pene se atrapará ahí adentro, y no podrá salir; algo parecido a lo que ocurre en el templo de la aldea, donde –como dijimos- si entra alguien sin el permiso de los espíritus, nunca encontrará la salida y su alma se perderá en una dimensión desconocida.” “Además, consideramos que –aparte del hombre- el clítoris puede contaminar también al feto, en el momento del parto. Entonces, la ablación es algo sanitario. Y, cosiendo la vagina, el hombre puede estar seguro de la virginidad de la mujer.”

-“En nuestra sociedad”, le digo yo, “no preferimos a las vírgenes. Si una pareja no pasa un período conviviendo, ¿cómo podrá mantener un futuro matrimonio?

Él no me contesta, y en su cara se distingue el rechazo de las memorias que tenía de su estadía en Abiyán, lejos de las costumbres de su tribu. Creo que no hay palabras lo suficiente fuertes para expresar la crueldad y la estupidez del ser humano… Madou me hace un gesto para que lo siga hasta la choza. Me doy cuenta de que el talismán que llevo en la mano desde mi iniciación en la santería afrocubana, me está abriendo nuevos caminos hacia las culturas del mundo. Aún en su expresión más escalofriante. En Costa de Marfil, el porcentaje de la ablación del clítoris llega al 75% en las provincias, mientras que en los centros urbanos cae al 54%. Eso indica que el nivel educativo y la mutilación genital son dos tamaños contrarios: solo el 23% de las mujeres que han culminado la secundaria aceptan hacer ablación. Las diferencias religiosas constituyen también un factor decisivo; el fenómeno ese de la mutilación llega al 16% en las poblaciones cristianas, al 80% entre los musulmanes y al 39% entre los animistas africanos.

  1. La… “caja negra”

En el interior de la choza, oscuro y sin ventanas –para que no entren las moscas- la sacerdotisa-curandera, una persona “intocable” y respetada por la sociedad local, vestida con una tela estampada con motivos geométricos en amarillo, verde y rojo, está sentada en la tierra pisada. En su rostro oscuro brilla un tatuaje blanco: círculos alrededor de los ojos, y tres líneas verticales en su frente, que convergen sobre la nariz.

Desde los palos de madera que atraviesan la techumbre de paja, cuelga una mazorca de maíz, simbolizando el hogar del espíritu que brinda su fuerza a la sacerdotisa. Yo levanto mi cámara SLR, y la mujer se agita. Le pido a Madou –mi intérprete- que le explique que como los adivinos africanos tiran las conchas sacras para prever el futuro, así también en mi tierra miramos por dentro de esta caja negra, y así sabemos cómo viven las personas en las lejanías de la Tierra. La sacerdotisa se queda sin hablar. Su mirada está clavada en mi talismán afrocubano que llevo en la mano, y –como si algo la hubiera pinchado- agita su cabeza en señal de afirmación.

Por entre las cañas que forman la pared, aparece un rostro extrañamente blanco. Es Alima, la niña que va a sufrir ablación del clítoris. Su nombre es musulmán, y significa: “La Sabia”. Lleva una tela en rojo que deja libre sus senos. Su cuerpo está también pintado de blanco. Su mirada demuestra miedo por lo desconocido. Desde que ella tenía cuatro años, le han metido en su cabeza la idea de que deberá cumplir con esta obligación social. Así, sana y pura, estará lista para dedicarse al hombre que su tribu le va a designar –sin el consentimiento de ella. También deberá dedicarse a los incontables hijos que le va a ofrecer a su esposo –para que así África tenga más hambre… Claro que no le han explicado que nunca sentirá la necesidad sexual, ni que siempre le dolerá cuando su marido se le acercará con ganas de tener sexo.

  1. El rito llega a su climax

Ya ha anochecido. Otras cinco mujeres han entrado en la choza, y con sus chillidos van espantando a las niñas que andan por ahí, para que no sientan pánico al ver y escuchar todo ese rito horrible que las estará esperando en el futuro próximo. Las miradas de esas cinco mujeres demuestran enemistad hacia mí –un hombre blanco en medio de un rito africano y puramente femenino. Sé que mi presencia aquí es aceptada a duras penas, y eso gracias al talismán que me había ofrecido mi santero –el “babalao” cubano. Me retiro discretamente a un lado (en las chozas redondas no hay rincones…) y me limito en no hacer más fotos. Es un momento conmovedor que va a marcar fuertemente mi memoria. Soy –quizás- el único viajero, hombre y blanco que habrá visto este momento sociocultural tan íntimo del África negra. (Al regresar a Grecia –mi país- el presidente de la Asociación Africana de Atenas –mi amigo N. Kinywa, de Kenia- me pedirá que escriba este artículo para el boletín de la comunidad; es un tabú y ninguna mujer africana acepta hablar de eso. Además, son pocas las que saben escribir…)

 Las cinco mujeres han acostado a la joven Alima en la tierra pisada y mezclada con boñiga, y la sostienen firmemente: dos de ellas por los pies para que se queden abiertos, y otras dos por las manos; la quinta mujer le da un pedazo de madera entre los dientes, para que el dolor no le haga morderse la lengua. En su vagina le colocan la yema de un huevo, que funcionará como un medio de anestesia. No me extraña el hecho de que eso no disminuye los chillidos de la pobre niña. La quinta mujer está sentada sobre el pecho de la jovencita, para limitar su respiración, y entonces, la curandera coge la parte quebrada de una tijera herrumbrada y manchada con sangre seca -de otra mutilación- la pone sobre la brasa para desinfectarla, y trata de hacer la primera incisión. Pero, en vano, ya que está desafilada. A pesar de eso, bastante sangre está corriendo por entre las piernas de Alima, quien está temblando y tiene convulsiones. Inmediatamente, la sacerdotisa –como una partera experimentada- cambia de “bisturí”, y continúa con la “operación” utilizando un pedazo de vidrio quebrado, que tenía a su lado, sobre la tierra pisada con boñiga. Lo desinfecta con orina de vaca que tiene guardada en un recipiente de cerámica. Con la segunda incisión, Alima queda desmayada y la mujer que estaba sentada sobre su pecho empieza a darle unas palizas y le  coloca una hierba sobre la nariz, para reanimarla. Los animistas, siguiendo algunas de las tradiciones del Islam –en el marco del sincretismo africano- creen que las mujeres deben recordar durante toda su vida el dolor de la ablación del clítoris, para que así no anhelen el sexo; eso deben ofrecerlo a sus esposos como una muestra de autosacrificio.

A continuación, la sacerdotisa frota los labios vaginales con un trozo de corteza de árbol –que le sirve como papel de lija- y termina cosiendo la herida con una aguja de tamaño impresionante. Con esos mismos “instrumentos” hará muchas más mutilaciones genitales, transmitiendo así enfermedades venéreas. En el caso de una muerte por infección o tras un choque postoperatorio –que ocurre al 30% de las niñas mutiladas- eso se atribuye a los padres o a la propia jovencita, con la justificación de que no había mostrado el debido respeto a los espíritus; otra explicación primitiva es la de la brujería negra. Y lo peor es que las madres de esas niñas son mujeres que han sufrido ablación del clítoris y han perdido por esa razón a varias hermanas u otras hijas, y a pesar de eso, insisten apoyando ese rito de vergüenza.

La operación ha terminado y la sacerdotisa hace una venda de algodón (medio sucio, eso también), y la coloca entre los labios cortados de la vagina. Después, aconseja a Alima que se aleje del pueblo durante algunos días –porque las recién mutiladas se consideran sucias- y le dice que tiene que lavarse todos los días y colocar sobre su vagina un polvo hecho de insectos triturados. Le explica que su menstruación vendrá con mucha dificultad, le saldrá poco a poco –gota por gota- y que eso durará 10 días. Algunas veces deberá colocar una hierba anestésica, para aguantar el dolor. Pero Alima no entiende qué significa “menstruación”. Entonces, la sacerdotisa, se dirige a la madre de la niña, proponiéndole que le abra un poco la vagina –que ahora ya tiene el tamaño de una cerilla- para que corra más fácilmente la sangre, pero la madre se niega, “porque” –como dice- “su esposo no estaría de acuerdo con eso”…

  1. ¿Respeto a la tradición, o vida civilizada?

El rito operatorio ha terminado; no sé cuántos minutos o siglos duró… Mis pies están temblando. No me encuentro bien; siento que me voy a desmayar. Encogido a un lado de la choza, siento más espasmos que Alima… Salgo tambaleando y me caigo debajo de un árbol, con la sensación falsa de un “hormiguero” caminando por todo mi cuerpo… No tengo mi consciencia completa y dentro de esa atonía –algo entre estupor y aletargamiento- creo estar viendo una escena de mi película preferida, “el cielo protector” de B. Bertolucci- donde el protagonista está en una situación parecida por su alta fiebre y siente que unos marroquíes están tocando con sus instrumentos de viento una música extática a su alrededor…

Una vez en el vehículo que me va a trasladar a mi hotel, cobro fuerza en mi ansiedad por hacer algo para salvar a las niñas del mundo de ese rito inhumano, y le digo a Madou –mi guía local por esas remotas regiones del occidente africano:

-“Aceptando la mutilación genital de las niñas indefensas, nos convertimos en unos simples testigos de un rito, o en observadores de un crimen abominable”, le dije. “Cada régimen tiene la obligación de proteger la vida y la libertad de sus ciudadanos.”

-“De igual modo, los extranjeros tienen que respetar las leyes del país que los hospeda”, me respondió él apresurado, pero como si se hubiera dado cuenta de lo que acababa de decir, añadió: “Se necesita una gran campaña informativa, para que los pueblos empiecen a cambiar de mentalidad”; parecía que él también había empezado poco a poco a cambiar de opinión sobre las costumbres de sus compatriotas.

El autor >Ilías Temporakis durante su viaje
El autor Ilías Temporakis durante su viaje

-“Eso debe ser la mayor preocupación de todos los gobiernos y de todos los sistemas educativos”, le contesté yo, consintiéndole sus primeros pasos hacia el cambio. “Sin embargo, las prácticas anacrónicas consuetudinarias no se eliminan con medidas penales, porque entonces resulta exactamente lo contrario. Alternativas, como la mutilación simbólica -aplicada en Guinea- podrían ser la vía media. Allí, sin cortar el clítoris, dejan que corra un poco de sangre y de esta manera mantienen la costumbre sin mutilar a la niña. La ventaja es que de esta forma no se elimina el poder de las sacerdotisas-curanderas que van heredando su “medicina sagrada” durante siglos. Así, continúan siendo miembros prominentes de su sociedad, y se distinguen por su conocimiento y el trabajo que llevan a cabo. En este sentido, por supuesto que ayudan también algunos gobiernos, como los de Costa de Marfil, Ghana, Kenia y Senegal, donde este rito tan antiguo que sigue vivo hoy en día es ilegal y penalizado; a pesar de eso, en las aldeas remotas de Costa de Marfil, los indígenas escapan de la ley. Sin embargo, la enseñanza sistemática, tanto sobre la higiene del cuerpo como también sobre la autodeterminación del individuo, junto a la enseñanza general, son esenciales, ya que a menudo las niñas, después de esa ceremonia alternativa, se consideran sexualmente maduras y el resultado es un embarazo no deseado a una edad temprana. Esta solución es aún mejor que la que se puso a prueba en Italia, donde la ablación del clítoris se hace en los hospitales y con anestesia completa. Pero esta es una medida incompleta que, con la excusa de un “marco de seguridad”, reduce el riesgo de la vida de las niñas, pero no resuelve el problema de causar insuficiencia –mejor dicho fracaso- sexual permanente. Sin embargo, en Egipto, después de la muerte de una jovencita de 12 años, en 1997 –debido a una anestesia incorrecta-, se ha prohibido la mutilación genital. Sin embargo, continúa aplicándose, a pesar de los esfuerzos por informar a la población de parte de diversas organizaciones de derechos humanos.

∞∞∞

En el avión que nos llevaría de vuelta a Grecia, ya no me interesa todo aquel papeleo con mis notas de las ceremonias mágico-religiosas entre los africanos en América Latina. Lo entregaré a mi editor, para publicar mi primer libro, sobre los “Ritos mágicos en la América Latina contemporánea” (en griego, 1999). El amuleto de los afroamericanos ha sido para mí un precioso regalo: me llevó a rincones obscuros de la cultura. No estimo las tradiciones religiosas. En absoluto. Ahora estoy seguro de que ellas son nocivas para la salud (mental) de nuestro planeta…

(fotos: Ilías Tampourakis)

 

Ilias Tampourakis

Ilias Tampourakis

Nació en Atenas (Grecia) y creció en el seno de una familia griega con raíces internacionales.

Ha enseñado español y portugués en la Facultad de Idiomas de la Universidad Nacional I. Kapodistrias de Atenas y en los seminarios culturales de la Unesco en Grecia.

Traductor en el Cuerpo Diplomático de América Latina en Atenas y escritor de artículos y libros con temas culturales.

Representa al comité de arte de la Alianza Sociocultural Latinoamericana y Española en Grecia y era durante varios años columnista del boletín social africano en Atenas.

Ha dedicado un largo período al estudio de las civilizaciones de Asia, la filosofía y la naturaleza de este continente.

Además, ha estudiado el análisis morfosintáctico de 12 idiomas, investigando la mentalidad cultural que ellos revelan.

Certificado de los seminarios de paleografía española y oriental de las Universidades de Harvard (EE.UU.) y Complutense (Madrid); depositó (el año 2014, en colaboración con la Universidad de Colorado, EE.UU) su obra pertinente en los archivos estatales de Plasencia (España).

Ha estado viajando durante 30 años por 76 países del mundo, fotografiando y coleccionando piezas musicales y otras curiosidades

Ha vivido trabajando con su familia en Costa Rica (América Latina).

Considera que el conocimiento es substancial solo cuando se combina con la experiencia, y se niega a conformarse con cualquier tipo de opresión.

Cree que el hibridismo cultural proyecta varios elementos interesantes pero que, a la vez, corre en sus venas el dolor.

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