Las nueve musas
Plaza de España, Benalmádena

Mi plaza tiene un reloj en forma de luna llena que cada quince minutos les recuerda a los presentes lo efímero de la vida. A las horas en punto, además, lo pregona dos veces, una de ella acompañándose de una musiquilla que entusiasma a los turistas, pero que a mí, luego de cuarenta años escuchándola, se me hace de un pesado subido de tono. En ella juegan los niños con sus muñecas, tirados en el suelo, mientras que las niñas corretean detrás de un balón de fútbol luciendo algunas, camisetas a rayas verdes y blancas y otras blancas con adornos en rojo. Sus papás vigilan recelosos para que nadie vaya a perturbar el único momento del día en que los niños se creen libres.

Mi plaza tiene palmeras y en ellas canturrean hasta la extenuación una docena de tórtolas que de vez en cuando despliegan el abanico de su cola y vienen a buscar una ramita a los setos de lantanas  que conforman el parterre. Son muy desconfiadas y miran a todos los viandantes como si tuviesen un mazo escondido en la espalda para atizarles un mamporro. En el siglo pasado era práctica habitual, cosa del hambre, decían los mayores, pero aquel tiempo pasó y hoy día se pavonean con ese tuu-tutú, tuu-tutú que en cuanto nos descuidamos lo tenemos instalado en nuestra mente. Una señora mayor que viene todos los días a la plaza luciendo un pañuelo celeste, dice que son espías de otra galaxia, que nos vigilan, nos intimidan con su canto, ¡agáchate y vuélvete a agachar!, y tienen en alerta a otros seres más avanzados que nosotros por si algún día decidimos voltear el sistema capitalista en el que vivimos. Como en este mundo tiene que haber gente para todos los gustos, la dejamos que se explaye, al fin y al cabo las tórtolas van a sufrir poco con sus tesis y a nosotros, nos distrae. Si somos capaces de aguantar el reloj ¿por qué no vamos a aguantar a esa señora? De vez en cuando llega hasta nosotros el balón de reglamento y antes de que nos demos cuenta se nos queda marcado el cuero como si nos hubieran dado con un tampón de caucho. Callamos. ¡Poste!, dicen las niñas de franjas verdes y blancas, ¡ha sido gol!, chilla Lucía –la más dicharachera de todas ellas—, lo que tú digas, ha sido poste que yo lo he visto, protesta otra. Al final intervienen los papás y la trifurca queda reducida a un bote neutral que un señor de bigote y barba se encarga de ejecutar.

En mi plaza tenemos una estatua ecuestre a la que han castigado con unas finas agujas clavadas en lugares estratégicos. Unos dicen que es un invento del chino de la esquina para evitar que el caballo se deforme –como se mueve tan poco-, pero hay quien sostiene que desde que los obreros municipales llevaron a cabo la cirugía, las palomas no se han vuelto a cagar en la estatua. Los más adictos a la conservación del patrimonio nacional piensan que es un triunfo de las tórtolas que le han arrebatado el sitio a las palomas y éstas han tenido que llevarse sus plumas a otra plaza. Un motivo más para que la señora del tocado celeste tenga entre ojos a esos pajarracos de collarín negro.

En mi plaza también hay perros y entre todos uno muy especial, que trae siempre en brazos la señora del abanico, con su lanita blanca muy bien peinada, su lazo rosa en lo alto de la cabeza y esa cara de no haber meado a nadie. Yo puedo dar fe, porque esas cosas se notan, que el muy ladrón aprovecha los descuidos de su amita para deslizarse por detrás del banco, husmear en el parterre y terminar poniéndome los bajos con una peste que de buena gana lo colgaba por el pito como a un chorizo de Jabugo. A continuación va, da su saltito y se coloca en el costado de la señora que sigue y sigue con su charla como si tal cosa. Y lo que más siento es que luego vienen los niños con sus muñecas, se colocan a mis pies y tienen que poner sus tiernos deditos encima del orín del dichoso perro. Y de eso no se dan cuenta los padres, ellos vigilan a bulto, pero no caen en las menudencias que a la larga es lo importante.

Mi plaza es muy animada porque de vez en cuando se arman unos líos a base de pancartas y tiendas de campaña que parece esto un bazar pero a lo basto. La gente se trae las sillitas playeras, las radios y las colchonetas inflables, tan sólo falta ya que de vez en cuando viniese una ola. La policía anda por allí, vigila, pero no echa mano de la porra más que en casos excepcionales, porque siempre  hay algún concejal exaltado que se asoma al balcón y se pone a lanzar huevos y tomates contra los humildes obreros de camisetas serigrafiadas y otro que, megáfono en mano, se dedica a insultarlos y a llamarlos hijos de tal e hijos de cual y claro, con la plaza llena de niños no está bien esa compostura. Los del campamento guardan silencio, se refugian en las tiendas y charlan con la policía. En alguna ocasión han tenido que intervenir los del casco y la porra, poner una escalera en la fachada y enfrentarse con la manguera ante esos exaltados. Los de arriba chillan, los de abajo callan, se cogen de las manos y forman una cadena como tratando de servir de escudo contra los improperios que llegan como dardos envenenados. Así pueden pasar varios días, hasta que el más inesperado y aprovechando la oscuridad de la noche, los de las tiendas de campaña se ponen manos a la obra, arriman un par de furgonetas y con la colaboración desinteresada de los antidisturbios –algunos de ellos de paisano-, meten en ella todos sus trastos, recogen la basura y dejan la plaza que a la mañana siguiente no hay quien la conozca. Yo me lo paso bien porque en el fondo esto es lo que le da vidilla, de lo contrario sería muy aburrido, no parecería que estuviésemos en una ciudad moderna.

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Tres poemas en prosa

José Rodríguez Infante

José Rodríguez Infante

Nace en Paymogo (Huelva) el 12/08/1951.

Eescritor por afición, bloguero y autor de numerosas obras tanto en narrativa como en poesía. Colaborador de revistas y prensa diaria, donde tiene publicado algunos escritos.

Profesor E.G.B. Oposita a la Diputación de Sevilla y trabaja como administrativo en el Hospital de San Lázaro de Sevilla.

En literatura, tiene una extensa obra inédita (novela, poesía, cuento), fraguada a lo largo de toda una vida, puesto que siempre le gustó escribir.

Tiene publicada las novelas “Trece días” en Publicatuslibros.com, y “Cuando los bosques mueren” en la editorial Amarante.

De igual manera ha publicado los libros de relatos “A la sombra de la Encina Gorda” en la Sociedad Pagos de la Sierra y “Una parada obligatoria” en la editorial Círculo Rojo.

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