Las nueve musas
Plaza de España, Benalmádena

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En algún momento de la tarde se mezclan los niños con las niñas y es justo el que aprovecha la tórtola Lucinda, matriarca del clan, para hacerse la coja –que las agachaditas no saben volar— y provocar a los tiernos infantes. Deja que se aproximen a ella, les da unos cuantos regates, hace un gesto de no poder mover las alas y cuando las criaturas están más confiadas se da media vuelta, se enfrenta a ellos y comienza a correr…Se produce una estampida, los niños chillan, los padres se asustan y las palomitas de maíz, gusanitos, patatas chip, donuts a medio devorar y bocadillos de pan de molde vuelan por los aires. Comienza la operación merendola, puesto que en medio del alboroto llegan todas las tórtolas del entorno, alguna paloma enajenada y los diminutos gorriones que son los que en el fondo sacan mejor tajada: agarran los trozos más grandes con sus fornidos picos y emprenden veloz retirada hacia un agujero seguro.

Mi plaza tiene música propia, cuando llegan las bandas de tambores y cornetas, sean de la hermandad que sean, da lo mismo, la gente sigue concentrada en lo que estuviesen haciendo, los niños con sus juegos, los padres con sus charlas, los jóvenes con su hip-hop y las señoras con las chucherías, pero en cuanto hace su aparición el joven del violín, se produce un revuelo que tiemblan hasta los cimientos de la última reforma. Alto, delgado, con una ropa más negra que mi propio atuendo y luciendo una coleta rubia y lacia que le llega hasta media cintura, desenvaina su instrumento, coloca el atril y una tras otra va desgranando todo un repertorio de notas clásicas, incluyendo a Bach y Brahms que son los favoritos del público. La plaza se transforma, se hace un silencio respetado hasta por la familia de Lucinda y las notas pasan de plátano en plátano, se confunden con el azahar y terminan enredándose en el badajo de la campana de la espadaña más próxima. También se forma de cuando en vez un pequeño corro con alguien tocando la guitarra y otros jaleando y batiendo palmas, pero los turistas no le prestan demasiada atención a pesar de ir ataviados con sombrero de ala ancha ellos y una hermosa flor en el pelo, ellas. Tengo más que comprobado que por mucho que alboroten los del flamenqueo, todos prefieren a un tenor de pequeña estatura que con su poderoso torrente de voz interpreta los boleros como nadie. Sólo viene un día a la semana porque acude tanto público que la funda de la guitarra se le ha quedado pequeña para el aluvión de monedas que le echan y además nunca toca el mismo día de la semana porque a veces ni la policía local puede contener la avalancha que se forma. Ya digo, música propia.

Las losas de mi plaza están acostumbradas al pavoneo cotidiano de ellas y ellos, poseen una textura idónea para que los tacones resuenen y exceptuando a los niños que siguen con sus muñecas y sus partidos de fútbol, el resto de la gente vuelve la vista hacia el lugar por donde hace su aparición tan característico sonido. Entre las parejas ya consolidadas e incluso las que están en ciernes hay un pacto no escrito para que en esos momentos nadie piense mal de nadie y cada cual dependiendo de quien sea el portador o portadora del zapato, pueda mirar a su antojo y recrear sus instintos, altos y bajos, en el contoneo acompasado de muslos, caderas y tobillos. Los jóvenes se suben en lo alto de los bancos, colocan su culo en el lugar destinado a la espalda y las zapatillas deportivas en el lugar destinado a las nalgas. Si es una mujer la que se contorsiona, ellas la miran con envidia y esperan de ellos alguna expresión jocosa. Si es un hombre el que paraliza la actividad de la plaza, surge la expresión jocosa sin necesidad de que ellas digan nada. Los padres pierden de vista a sus hijos y las miradas se entrecruzan de unos sexos a otros, al tiempo que cada cual protagoniza su propia película. Son instantes delicados, el compás del reloj lo marcan los tacones, cualquier palabra o gesto mal interpretado puede dar lugar a bronca conyugal, a pesar del pacto. Las personas mayores siguen con sus pipas pendientes del qué pasará. Y de repente, al filo de la última loseta donde incide el tacón, se produce un destaponamiento de oídos, como al bajar de un puerto montañoso, y se reanuda la actividad  normal de la plaza. Lucía levanta los brazos celebrando el hattrick que acaba de conseguir y se deja abrazar por el resto de compañeras que la levantan en hombros. Su padre le lanza un beso en la distancia.

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Un paseo por Guilin

José Rodríguez Infante

José Rodríguez Infante

Nace en Paymogo (Huelva) el 12/08/1951.

Eescritor por afición, bloguero y autor de numerosas obras tanto en narrativa como en poesía. Colaborador de revistas y prensa diaria, donde tiene publicado algunos escritos.

Profesor E.G.B. Oposita a la Diputación de Sevilla y trabaja como administrativo en el Hospital de San Lázaro de Sevilla.

En literatura, tiene una extensa obra inédita (novela, poesía, cuento), fraguada a lo largo de toda una vida, puesto que siempre le gustó escribir.

Tiene publicada las novelas “Trece días” en Publicatuslibros.com, y “Cuando los bosques mueren” en la editorial Amarante.

De igual manera ha publicado los libros de relatos “A la sombra de la Encina Gorda” en la Sociedad Pagos de la Sierra y “Una parada obligatoria” en la editorial Círculo Rojo.

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