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Las nueve musas
médicos escritores

Hace más de cuarenta años, en octubre de 1977, el profesor de la Universidad de Siena, Arnaldo Cherubini, pronunció en Madrid, en el marco de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas, una conferencia sobre los médicos escritores españoles.

De ahí surgió el proyecto de recoger en una obra la larga lista de éstos desde el siglo XV hasta el presente, y es así como veinticuatro años más tarde apareció su Medici scrittori di Spagna[1], que se suma a dos volúmenes suyos publicados en el último cuarto del pasado siglo, el primero I medici scrittori del XV al XX secolo (1977) al que siguió Medici scrittori d´Europa e d´America (1990).

Esta extensa relación de galenos literatos demuestra, como bien dice Fernando A. Navarro en el comentario a la primera de las tres obras citadas[2], que es falso el que los médicos no sepan escribir (otra cosa es ¡su caligrafía!). En efecto, tras una mirada superficial en España pueden citarse numerosos escritores que estudiaron medicina, o ejercieron la profesión médica, desde la época moderna hasta la actualidad.

Ahí están, por ejemplo, Juan Huarte de San Juan (1529-1588), alumno en la Universidad de Alcalá, que dio a la imprenta Examen de ingenios para las ciencias; Luis Barahona de Soto que publica en 1586 Las lágrimas de Angélica o Mateo Alemán con su Vida y hechos delpícaro Guzmán de Alfarache que aparece en 1599. En el siglo XVII cabría anotar La pícara Justina de Francisco López de Úbeda, aunque su autoría no esté fuera de duda; en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX Felipe Trigo (1864-1916), un médico rural y militar, escribe Jarrapellejos, una historia que fue llevada al cine en 1988; Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) que publica Reglas y consejos sobre investigación científica: los tónicos de la voluntad, Recuerdos de mi vida, El pesimista corregido, Charlas de café, Mi infancia y juventud, El mundo visto a los ochenta años, Cuentos de vacaciones… Pío Baroja (1872-1956) que abandonará el ejercicio de la medicina para abrazar el mundo de la literatura cultivando la novela, la biografía, el ensayo y, en menor medida, también el teatro. Por esos años el endocrinólogo Gregorio Marañón (1887-1960), además de publicaciones de carácter médico, daría a la imprenta numerosas obras sobre historia y pensamiento. Después, en 1962, ve la luz en la editorial Seix Barral Tiempo de silencio del psiquiatra Luis Martín-Santos (1924-1964), una de las mejores novelas de la narrativa experimental española de la década de los sesenta. En fin, también debe ser citada la obra de Francisco Luis Redondo Álvaro (1938-2018)[3] por ser igualmente merecedora de atención.

El retorno de Pedro
en Las nueve musas ediciones

Si hago este brevísimo exordio es para, pura y simplemente, subrayar que con El retorno de Pedro su autor, el doctor Díaz-Rubio, ilustre patólogo, catedrático emérito de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid y Presidente de Honor de la Real Academia Nacional de Medicina, pertenece a ese plantel de médicos escritores que amplía, con esta nueva obra, su producción bibliográfica adentrándose ahora, muy acertadamente, en el género literario de la novelística; una contribución que viene a unirse a otros títulos suyos, aparecidos en el último quinquenio, en los que trata de aspectos relacionados con la ciencia médica, como son Los síntomas que todos padecemos (Arán Ediciones, S. L., Madrid, 2014), Algunos hitos de la Autoexperimentación en medicina (Real Academia Nacional de Medicina, Madrid, 2017) o Antología Biográfica de Médicos Españoles del siglo XX (Delta Publicaciones Universitarias, Madrid, 2018).

La novela El retorno de Pedro se sitúa temporalmente entre 1869 y el 2 de junio de 1918 día en que llega, de nuevo a La Coruña, a bordo del Reina María Cristina, para morir días después.

Manuel Díaz-RubioA lo largo de veintiún capítulos, se desarrolla la narración en una de las parcelas de la dimensión “social” de la historia de España como ha sido la emigración, un fenómeno que no ha pasado desapercibido para los escritores, porque a día de hoy no ha cesado, que cuenta con una abundante literatura, y que refiriéndonos sólo a épocas, más o menos recientes, tuvo dos momentos de gran intensidad: el primero, fundamentalmente en la segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX, donde ese flujo de miles de asturianos y gallegos se dirigió hacia América (Cuba, Puerto Rico, Méjico, Argentina…), los cuales siempre se esforzaron por poseer en la tierra de acogida el mejor “Centro” así, famosos fueron en La Habana el “Centro Asturiano” sito en un espléndido edifico y el no menos palaciego “Centro Gallego” hoy convertido en el Gran Teatro, los Centros de Buenos Aires, y en ciudad de Méjico…); una emigración en la que, por cierto, se ambientan novelas como las de Susana López Rubio (El encanto), Horacio Vázquez Rial (Frontera sur) o de Viruca Yebra (El fuego de flamboyán);[4] el segundo momento se produjo a comienzos de la segunda mitad de dicha última centuria donde los países de inmigración fueron, aparte de Australia, europeos (Alemania, Bélgica, Francia, Holanda…). Otras opiniones fijan tres etapas migratorias: 1882-1930, 1931-1945 y 1946-1958.[5]

Pedro, el protagonista, es un asturiano que vive en la localidad de Berducedo, un pueblo en el oeste del concejo de Allande,[6] cuya población actualmente no llega a ciento cuarenta habitantes, que decide abandonar la tierra de su querido Principado para embarcarse, el 21 de abril de 1869, cuando ya había comenzado la Guerra de los Diez Años,[7] en el vapor correo Pájaro de la Marola de López, Pérez y Compañía, que se haría a la mar, desde el nuevo espigón del Parrote en el puerto de La Coruña, hacia Cuba con la esperanza de espoxigar (así en bable) económicamente, como la que abrigaron tantos otros, o de “hacer las Américas” en expresión también muy popular.[8]

Pedro entra a formar parte de esa auténtica constante histórica y de ese determinante básico en la configuración estructural de la actividad asturiana. En el siglo XVIII ya Jovellanos, en sus Cartas a Ponz, afirmaba que: “Es cierto que de las Asturias y de Galicia tenían que emigrar muchos de sus hijos en busca de mayor fortuna hacia América…”, un fenómeno sobre el que años más tarde llamaría la atención Leopoldo Alas “Clarín” en el prólogo a la obra de Eduardo González Velasco Tipos y Bocetos de la emigración asturiana tomados del natural [9].

Y allá llegó Pedro, tras hacer escala en Puerto Rico, con su amigo Andrés, con quien estrechó lazos durante la travesía, desembarcando en el habanero muelle de la Luz para, tras encontrarse con La Habana y sus calles (San Nicolás, Concordia, Calzada de Galiano…), edificios (como el Palacio de Aldama), la catedral de San Cristóbal…,  dirigirse por ferrocarril, el primero construido en España, Cuba y América Latina, entre 1834 y 1839, a Güines donde les esperaba el trabajo en la zafra. Ahí comienza la nueva vida de Pedro.

El autor se cuida de advertir al comienzo, con la fórmula tradicional de cláusula salvatoria, que todos los personajes,  las circunstancias, la trama y el final de la novela “son imaginarios” por lo que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, pero a buen seguro que si pudiesen leer la novela los que emigraron a Cuba en la época en la que ésta se desarrolla, muchos de ellos verían reflejada en ella su propia vida durante los años que pasaron en la llamada “perla del Caribe”.

En realidad habría que decir que el autor enlaza hechos imaginarios con realidades que hoy forman parte de la historia de Cuba y de España, pues, así por ejemplo, cuando en 1878 se celebra en la catedral habanera el solemne y fastuoso funeral por su esposa Isabel, ciertamente ese hecho es imaginario pero una de las personas que se acerca a expresarle su pésame es real  ya que Arsenio Martínez Campos era en esa fecha el Gobernador general del Cuba.

La función del autor de una noticia, un comentario, o de una crítica literaria a una novela no consiste, a mi parecer, en “contar” resumidamente al potencial lector el argumento íntegro de la obra, lo que en forma de breve apunte ya figura en la contraportada del libro, sino de situarle en el tiempo, ambiente, circunstancias y conclusiones que pueden extraerse del texto o, dicho de otro modo, lo que sustenta las ideas que su autor ha ido concibiendo para generar con ello una trama original y única. Así, a lo largo del medio siglo en la vida ultramarina de Pedro se perciben el interés por el conocimiento, el valor de los compromisos contraídos, la meditación que llevará a la ponderación frente a la ambición, el saber escuchar a los demás…

El autor sitúa la figura del principal protagonista sobre unas bases (amistad, modestia, magnanimidad, etc.) que recuerdan inmediatamente los valores que presiden la Gran Ética aristotélica.

En la vida de Pedro suceden muchas cosas, unas tristes y otras alegres, su grave enfermedad felizmente superada, la visita que hace a los suyos ya como un auténtico “americanu”[10] (llegó a asustarse en un determinado momento del capital que había reunido), el frustrado viaje a Inglaterra minutos antes de zarpar el barco porque el amor puede más, la forma en que su esposa se maravilla cuando entra en un mundo completamente desconocido, por prohibitivo, al atravesar la puerta del Gran Hotel de Santander, el derrumbe personal, ya de vuelta en La Habana, ante la carta de su hijo que le comunica la muerte de Isabel el 23 de febrero de 1878… Hay muchos éxitos personales, ilusiones, emociones, pasiones… en definitiva todas esas “circunstancias” que junto con el “yo” configuran a cada ser humano, como afirmó José Ortega y Gasset.

Se trata de toda una vida que, de pronto, descubre Álvaro a través de documentos existentes en el archivo de la familia de su amigo Santiago que está ordenando  en el castillo de Hilverdam, sito cerca de Utrecht, allí donde el notario leerá el documento con las voluntades de Pedro, su hijo Victorio y su nieto Santiago, con lo que concluye la novela, por cuyas páginas desfilan también otros personajes como sus otros hijos Fernando y Manuel, o María y Covadonga, los doctores Vicente Romero y José Bermejo, y entidades como la Compañía de Transportes de Cartas y Paquetes o la Fundación Asturias por las Ciencias… Todo conducente a un final que creo sólo tiene derecho a descubrir el lector.

El autor introduce en la nota introductoria una recomendación para quien la tenga en sus manos: escuchar determinadas obras musicales al leer los capítulos II, III, XI, XIV, XV y XIX, unas de música ligera como, por ejemplo, entre otras, Quizás Quizás Quizás, la conocida canción de Andrea Bocelli, y otras de música clásica, por ejemplo, de Johann  Sebastian Bach la Toccata y fuga en re menor; la hermosa página Apiádate de mí, Dios mío el Aria número 39 de la Pasión según San Mateo (Erbarme Dich, Mein Gott); de Tomaso Albinoni su famoso Adagio; de Alessandro Marcello el Adagio en re menor…, algunas interpretadas imaginariamente en el funeral de Isabel, y la sugerencia, en dos ocasiones, del Nocturno en do sostenido menor, opus póstuma, de Federico Chopin, uno de los nocturnos más bellos, si no el que más, de los escritos por el genial polaco, con el que, por cierto, finaliza la película El pianista cuando el protagonista, libre ya de los peligros que vivió y le acecharon en su Varsovia ocupada, lo interpreta en los estudios de la radio polaca; una breve obra (tres páginas) que, inevitablemente, toco siempre que me siento al piano.[11]

La obra, bien editada con tapa blanda, está escrita con gran agilidad, elegante prosa y atrapa al lector desde sus primeras páginas. En mi opinión nos encontramos ante una novela que, sin hipérbole alguna, hace honor a la indudable capacidad literaria de su autor quien, por ello, es acreedor de toda clase de parabienes.

Al concluir su lectura el jurista siente la tentación de plantear los “casos prácticos” que en el plano del Derecho interno e internacional sugiere la trama y el tiempo de la novela: en efecto, la ley aplicable a la forma de los testamentos y a su contenido, en función del lugar de otorgamiento y de la nacionalidad y domicilio de los testadores; el propio testamento de Pedro, otorgado en 1876 cuando Cuba era territorio español y sólo existían proyectos de Código Civil (1821, 1836, 1851, 1869), pero no éste,  es decir, cuando la legislación vigente era aún la contenida en la Novísima Recopilación de las Leyes de España; los efectos derivados del Tratado de París, de 10 de diciembre de 1898, con el que finalizó la guerra hispano-estadounidense, por cierto iniciada el 24 de febrero de 1895 con la explosión nunca aclarada del acorazado Maine, y con lo que quedaba definitivamente liquidado el vasto imperio español en el que, durante siglos, nunca se puso el sol; la cuestión de la nacionalidad de los habitantes de Cuba, que se convierte en República independiente el 20 de mayo de 1902, y demás territorios perdidos, a lo que se refiere el Real Decreto de 11 de mayo de 1901, etc.

Tras todo lo dicho solamente resta animar al profesor Díaz-Rubio a seguir el camino que, tan afortunadamente, ha emprendido para que su actividad literaria contribuya a aumentar el esplendor, no sólo de la literatura nacida de la pluma de médicos sino, en general, de la literatura española contemporánea.

Madrid, 15 de octubre de 2019.

Festividad de la Doctora de la Iglesia Santa Teresa de Jesús

Patrona de la Real Academia de Doctores de España.

José Antonio TOMÁS ORTIZ DE LA TORRE

José Antonio TOMÁS ORTIZ DE LA TORRE, nació en Infiesto (Asturias) en 1940. Doctor en Derecho cum laude por la Universidad Complutense de Madrid y premio “Blasco Ramírez” del doctorado. Académico de número y Presidente de la Sección 3ª (Derecho) de la Real Academia de Doctores de España. Académico de número de la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia. Académico correspondiente de la Real Academia Nacional de Jurisprudencia y Legislación y representante de la misma ante la Conferencia de Ministros de Justicia de los Países Iberoamericanos. Profesor supernumerario de Derecho internacional público y privado de la Faculta de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid y exSecretario General de dicha Universidad. Miembro supernumerario del Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional. ExSecretario General de la International Law Association (rama española). Miembro del equipo jurídico español ante el Tribunal Internacional de Justicia en el caso Barcelona Traction Light and Power Company Limited (Bélgica c. España).


[1] Ed. Ciso Toscano, Siena, 2001, 163 pp.

[2] Vid. Panace (arroba)-Revista de Medicina y Traducción Tremédica, vol. 3, núm. 8, junio 2002, pp. 45-46.

[3] Dos relatos para amigos, El secuestro del sabio, Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, etc.

[4] La bibliografía sobre la emigración española, en general, con anterioridad al siglo XIX, y en esta centuria, no se limita a Asturias y Galicia, con ser ésta muy significativa, sino que se extiende a otras zonas de España pudiendo citarse, a título de ejemplo, entre otras, las obras de Hernández Suárez, Manuel et al. (La esclavitud blanca Contribución a la historia del inmigrante canario en América); Gurría García, Pedro A. et al. (Tener un tío en América. La emigración riojana a Ultramar 1880-1936); Pérez Murillo, María Dolores (Cartas de emigrantes escritas desde Cuba. Estudio de las mentalidades y valores del siglo XIX); Sonesson, Birgit (Vascos en la diáspora: La emigración de la Guaira a Puerto Rico 1799-1830); Sánchez Suárez, José Antonio (Emigración por reclutamientos. Canarios en Luisiana); Barrientos Márquez, María del Mar (Gaditanos en las Antillas. Un acercamiento a su realidad socioeconómica a través de los expedientes de bienes de difuntos durante el siglo XVII), etc.

[5] Otras opiniones fijan tres etapas migratorias: 1882-1930, 1931-1945 y 1946-1958. Entre 1925 y 1960 (sin datos entre 1934-1945) el número de asturianos que emigraron superó los 60.000.

[6] Acierta el autor en la elección del lugar, pues un siglo después de la partida de Pedro hacia Cuba el Ayuntamiento de Allande inauguró, el 8 de septiembre de 1970, en la plazuela de Hermanos Cadierno de la capital del concejo, un monumento al “Emigrante Allandés”, como “alegoría de las virtudes de los hombres que se van lejos de su patria, precisamente por hacer Patria y fortuna”.

[7] También Guerra del 68 y Guerra Grande que se inició el 10 de octubre de 1868 y finalizó, favorable a España, en 1878 con el Pacto de Zanjón. En ella participaría Santiago Ramón y Cajal como capitán médico.

[8] También, según Aurelio del Llano en su Bellezas de Asturias de Oriente a Occidente (Oviedo, 1928), en el puerto de Ribadesella se “embarcaban antaño para América los jóvenes de la comarca, en el famoso bergantín “Habana”, de 5.000 quintales. Con viento favorable llegaba a Cuba en treinta y dos días; de lo contrario, tardaba setenta y cinco o más; hizo su último viaje a las Antillas en 1872”. E igualmente en Galicia en el siglo XIX donde existió un servicio entre Ribadeo y Argentina en el que fueron célebres los bergantines-goletas Villa de Luarca y Flora Paquita, el cual,por cierto, tras tres meses de navegación hubo de regresar a puerto sin haber podido llegar a Buenos Aires.

[9] Imprenta de la Revista de Legislación, Madrid, 1880. La bibliografía sobre la emigración asturiana es abundante y de ello se ocuparon Aureliano Escotet, L. Martín Granizo, Fermín Canella Secades, Benito Castrillo Sagredo, A. Buylla y Alegre,  Francisco Arderius, Valentín Andrés Álvarez, Tomás Navarro Tomás, etc.

[10] El “americanu” volvía generalmente con un automóvil grande y ostentoso (el “haiga”), de grandes marcas norteamericanas como Ford, Cadillac, Chevrolet, Buick… Para los que regresaban con cierta presunción pero con escasa base económica nació una vieja canción que dice: Americanu del pote ¿cuándo vinisti? ¿cuándo llegasti?, la cadena y el reló ya lo vendisti, ya lo empeñasti…

[11] Este nocturno se publicó primeramente en 1875 como un Adagio, a iniciativa de M. A. Szulc, por Leitgeber en Poznan. En 1894 el “Echo Muzyczne i Teatralne” de Varsovia publicó un facsímil del manuscrito titulado Reminiscence como un  “hasta ahora desconocido e inédito nocturno de Fed. Chopin”. En 1899 el citado “Echo” publicó la obra ya como Nocturno en do sostenido menor, dentro de los manuscritos del compositor de Zelazowa Wola, aldea famosa no solamente por Chopin sino porque allí nació también el gran violinista Henryk Szeryng, vid. Paderewski, I. J. et al.: Chopin. Complete Works, XVIII, Minor Works, Instytut Frideryka Chopina. Polskie Wydawnictwo Muzyczne, Cracow, 1997, p. 60; la partitura en pp. 43-45.

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