Las nueve musas
concurso relato breve

De repente, se vio allí delante de la puerta. Casi no había notado cómo sus pasos la habían llevado hasta ese lugar. El peso del pasado cae sobre sus hombros repartido en pequeñas gotas de lluvia que no son más que diminutas huellas impregnadas por un ayer demasiado difícil de olvidar.

No se trata más que de una fría mañana de noviembre. El cielo se despliega surcado de plomizas nubes que liberan el agua con generosidad. El pueblo parece haberse quedado anclado en el tiempo. Los adoquines del suelo permanecen mudos, como eternos invitados de piedra, de tal forma que Isabel tiene la sensación de que por sus entresijos sigue creciendo el mismo musgo que la vio nacer.

Treinta años es mucho tiempo, pero apenas se nota su transcurso en esa atmósfera húmeda.

Al pensarlo, siente una pequeña punzada en el pecho al volver a respirar sus calles que, en ese instante, están desérticas porque la vida se encuentra en el interior de cada ventana. Es consciente de que si se asomara podría observar un trozo de otras vidas igual que si de auténticas peceras se tratara.

Isabel pasea la mirada hacia ambos lados mientras busca la llave en el interior del bolsillo de su abrigo. Tiene tanto frío que con cada respiración forma un pequeño velo al salir de sus labios.

Cuando por fin coge la llave, la sostiene durante un rato en el interior de su palma. No se trata más que de un trozo de metal del que, incluso a través de la fina piel de su guante, se puede percibir su frialdad. Es una llave redonda y hueca con forma de arco en su punta.

Sus ojos se centran en la puerta. La madera se muestra agrietada prácticamente en su totalidad. Apenas se puede vislumbrar su característico color verde que en otros tiempos brillaba porque una y otra vez se barnizaba con laca de esa tonalidad.

La mirilla no es más que una pequeña ventanita situada justo en su centro y que, con el pasar de los años, parece que se había integrado totalmente en ella como si nunca hubiera podido ser abierta. Una sonrisa se dibuja en sus labios al rememorar su imagen cuando no era más que una niña y tenía que utilizar una banqueta para poder acceder a ella.

Deja caer la maleta suspirando porque sabe lo que representaba abrirla. Es como abrir su Caja de Pandora particular, y no es que Isabel le tema a los demonios. Lo que ocurre es que existen demonios a los que hay que temer. Quizás por eso, para ahuyentarlos, inclina un poco la cabeza hacia atrás. Necesita relajar los músculos del cuello por un instante antes de sostener la llave entre sus dedos para introducirla en la cerradura.

La oscuridad se muestra sin barreras ante sus ojos nada más abrirla. No tiene más remedio que esperar unos segundos para habituarse a ella. Apoya la maleta en la puerta y con pasos inseguros, casi a tientas, camina en la dirección hacia donde ella recuerda que tiene que haber una ventana, por eso en cuanto roza el marco de madera, lo recorre con la yema de los dedos buscando el pequeño pestillo para poderla abrir. Lo levanta y, al separar sus dos alas, ante sus ojos asoma una realidad fantasmagórica: el polvo acumulado por los años reina en el espacio. Todos los muebles están cubiertos por polvorientas telas que dejan entrever la silueta de lo que intentan ocultar.

Entonces, se gira para encaminarse hacia la puerta del patio interior de la casa. Corre la cortina que la cobija y la abre. La fría humedad de la mañana le golpea de nuevo la cara, por eso se detiene justo en el centro. El patio en cuestión es cuadrado y su superficie debe rondar los doscientos metros, porque su abuelo le añadió terreno, llevado por el amor que sentía por su abuela. Ella pasaba un día tras otro las horas muertas allí. No evita una sonrisa cuando observa que el limonero sigue todavía de pie en su esquina y, aunque ahora su aspecto es casi de desvencijado, recuerda con nitidez como brillaban sus hojas y regalaba ufano el perfume de azahar al recorrer cada rincón de la casa.

La mala hierba prolifera por cada rincón, casi le llega a la altura de las rodillas. No puede contar la cantidad de macetas que ahora estaban vacías, pero que en su momento se mostraban pletóricas de color. La hiedra sigue creciendo por la pared desde el suelo en dirección al cielo como queriendo escapar de sus propias raíces.

Resignada, encoge los hombros. Hay mucho que hacer en ese lugar, pero necesita hacerlo.

 Regresa sobre sus pasos para empezar a recorrer las estancias de la casa, y de paso abre todas las ventanas que encuentra. La vida parece despertar de su letargo mientras que retira todas las telas y las lleva al centro del jardín. 

Isabel recorre con minuciosidad cada rincón buscando fotografías y selecciona, sin dudar, algunas en concreto.

Arrastra como puede un barreño grande que encuentra casi oculto entre las hierbas y lo coloca justo en el centro donde no pueda rozar nada antes de introducir las telas.

Se toma su tiempo para poder mirar bien esas fotografías. Una tras otra desfilan ante sus ojos. No quiere dejar constancia de que alguna vez esa persona hubiera formado parte de su vida. Necesita intentar borrarla. El simple hecho de que su imagen atrapada en papel pueda devolverle la sonrisa, le produce arcadas.

Hasta ahora nunca había sido muy buena encendiendo fuego, pero milagrosamente esta vez muerde el oxigeno con verdadera rabia, haciendo crecer las llamas con rapidez.

Isabel camina unos pasos atrás y se queda quieta observándola como hipnotizada.

—Sigues hermosa. —El sonido de esa voz la devuelve a la realidad.

Cuando se gira, comprueba que se trata de un hombre muy conocido para ella y que no esperaba volver a ver. Lo que una vez fueron cabellos oscuros como la noche, hoy asoman entre mechones blancos de luna. Su mirada se detiene en sus ojos. Aquellos ojos la transportan a unos recuerdos que ella guarda como un tesoro.

—Hola, no sabía que estabas ahí. ¡Cuánto tiempo sin verte! —Al contestar, intenta que su voz parezca normal a pesar de que su corazón late más de prisa por momentos.

—Creo que pierdes el tiempo. El fuego no borra pesadillas.

—Tienes razón. No, no las borra. Pero es reconfortante reducirlas a cenizas. —Las palabras salen atropelladas por su boca y, en un intento de disimular su nerviosismo, se gira  de nuevo para poder observar a unas  llamas que parecen crecer sin trabas.

—Me alegra volver a verte, de verdad. ¿Te piensas quedar? 

—A mí también.  —Sonríe con timidez—. Sí, me quedo. Siento que no tengo que estar en otro lugar, que este es mi sitio.

 

Carlos camina lentamente hasta detenerse a su lado. Isabel comprueba que todavía sigue manteniendo la misma altura. Ella casi le llega a los hombros. Permanece quieto y callado observando el fuego mientras una pequeña columna de humo gris se levanta hacia el cielo.  Las pequeñas llamas insisten en liberar los segundos de vida atrapados en las fotografías, queriéndolas dejar a merced del viento mientras las pequeñas partículas de ceniza danzan una sinfonía inexistente.

—Todos estos años sin tener noticia tuyas. Nada —prosigue hablando todavía sin mirarla—. ¿Has sido feliz?

—Sí, no puedo quejarme. Me casé con un hombre que me amó hasta que murió. No he tenido hijos. No es algo que me apene, simplemente resultó de esa manera. Luché muchísimo por encontrar mi camino. —Puntualiza sin mirarlo—.  ¿Y tú? —Y ahora sí, al preguntar le busca directamente los ojos.

—¿Yo?… no.  No, me casé.  Si es eso lo que quieres saber. Pero he amado… sí, alguna vez he amado. —Carlos centra su atención de nuevo en la pequeña hoguera—. He retenido tu imagen debajo de aquel paraguas todos estos años. —Su voz suena ronca por la emoción antes de girarse para sujetarla por los hombros—. Todavía no entiendo por qué no quisiste que me marchara contigo. —Su mirada recorre los rasgos de Isabel como queriendo obtener de ellos la respuesta—. Aquella mañana te llevaste contigo mucho de mí al subir a ese autobús. No he podido secarme la sensación de humedad que me dejó esa fina lluvia. Es muy duro decir adiós.

—Yo… —Isabel agacha la cabeza avergonzada—. Carlos no podías venir. No te podía amar si antes no me amaba a mí misma. Era necesario que me marchara, aunque eso significase dejarte atrás. Te aseguro que no habría salido bien por las condiciones en las que me encontraba.

Carlos le sujeta la barbilla para levantarla con suavidad y clava sus ojos en los de ella buscando su propio reflejo. Los ojos de Isabel son oscuros, profundos trozos de noche atrapados en el interior de sus córneas. Parpadea indecisa porque percibe la forma en que una nebulosa de excitación los va rodeando, y no despierta de esa ensoñación hasta que él le sostiene la cara entre las manos unos segundos antes de rozar sus labios con los suyos. Isabel se deja arrastrar por el penetrante olor de su piel y el sabor de su aliento. No opone resistencia al contacto de un cuerpo por el que ha sentido verdadero dolor físico ante su ausencia, y cierra los ojos mientras su lengua busca con avidez la calidez de la suya.

El corazón martillea fuertemente en el interior de su pecho, porque su cuerpo parece despertar al producirle pequeños calambres que le recorren hasta la punta de los dedos de los pies. Su piel ha reconocido las huellas dactilares que la recorren y una marea de deseo ardiente parece ahogarle las entrañas.

Carlos la acerca más hacia su pecho al besarla intensamente, y Rachel recorre su espalda con la mano que ha introducido en el interior de su camisa.

Se aprietan con necesidad el uno al otro, con una especial vehemencia.

—¿Por qué has vuelto? —Le pregunta con una voz tan ronca que emite pequeños ecos en el interior del pequeño patio y Carlos, sorprendido, la suelta para centrar su atención de nuevo en la pequeña hoguera.

—No tengo otro sitio mejor al que ir…

—¿Qué te pasa? —Su tono de voz cambia al hacerle la pregunta.

—Nada en especial. Imagino que intento encontrar mi lugar de nuevo.

 

Carlos escucha sus palabras y la vuelva a atraer hacia él para abrazarla, antes de meter la cara entre sus cabellos y de respirar su aroma. No puede evitar estremecerse al sentir que le trasportaba al mismo cielo, como si fuera capaz de oler el vuelo de un pájaro.

—He pasado la vida amando a un recuerdo. No tienes idea de lo que he llegado a sentir bajo mi piel. No tienes ni idea. —Insiste susurrándole al oído mientras Isabel apoya la cara en su hombro. No quiere llorar, pero la emoción la embarga.

—No entiendo cómo puedes quererme. Ni siquiera soy la misma persona —susurra con los ojos cerrados.

—El corazón no entiende de razones, por eso ni me molesto en buscar una explicación —contesta Carlos apretándola un poco más a su pecho mientras permanecen abrazados y la pequeña hoguera empieza a agonizar reduciéndose prácticamente a cenizas.

 

El cielo se vuelve si cabe un poco más oscuro. Entonces, en mitad del silencio, empiezan a caer los primeros copos de nieve.

—¿Vamos? —le pregunta Carlos, mientras la suelta para mostrarle su mano abierta y extendida ante ella. Isabel mira la mano y le sonríe. Siente que por fin el miedo ha desaparecido de su vida, a la vez que un fuerte latido le recorre el pecho.

«¡Dios! ¡Cómo lo deseo!».

 

Le Pettit Mort

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades “Las nueve musas”.

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana “palabra sobre palabra”.

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog “Ángel González – poeta”, homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de “MEMORIA 2012” (Editorial Círculo Rojo), “El viaje” (2013) Editorial círculo Rojo, “La gramática de las cigarras” (2014) Editorial Círculo Rojo. “En este banco” (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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