Las nueve musas
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Mar del Plata

Me apasiona y me atemoriza la cuestión del tiempo. Tal vez, me dijo un amigo poeta uruguayo que vive en Barcelona, el tiempo sea el único tema.

Lejos de poder dar una respuesta —a lo sumo puedo dar una opinión pero me la reservo—, sólo atino a decirles que son más de cuatro décadas de escribir, buscando lo que muchos antes buscaron, el Poema, con mayúsculas, para obtener cada vez un poema, con minúsculas, remedo, mera aproximación.

Hoy, esta tarde en la que, por primera vez, me toca estar en Mar del Plata, en carácter de no turista, pienso en los años transcurridos desde aquel primer poema que escribí, en mi adolescencia, y que, yo todavía no conocía el mar, hablaba del mar. Lo extravié poco después. Y, también, pienso —sobre todo pienso en ello— en lo que, desde los más diversos lugares y de los más diversos modos, me hicieron poeta —o al menos eso creo ser—. Tómese lo que les diré a continuación como un inventario, un arqueo de caja poética.

Cierro los ojos y regreso a mi niñez. El lugar, la calle Zeballos, en Pergamino, donde nací. Una vieja casa en la que pasé mi niñez y mi preadolescencia. En una notable cantidad de mis poemas aparece el agua, en sus múltiples manifestaciones, sobre todo en forma de lluvia. Revelo el secreto, a la manera de un mago decidido a perder su trabajo: las periódicas inundaciones en la ciudad y las tormentas que mi cabeza de niño potenciaba al extremo –de todos modos, se los confieso, la casa resistía como podía el embate del viento y la lluvia-. Me colocaron en una balsa improvisada –me dijo un tío- y navegué empujado por mi padre. Tal vez este relato fue el que hizo que, desde muy temprano, lector del Génesis, de los pasajes que hablan del Diluvio y que, años más tarde, buscara todo lo relacionado con las leyendas diluviales –que se encuentran en casi todas las culturas- y las anotara en un cuaderno… que, por supuesto, extravié. Las tormentas se daban siempre de noche. En realidad, lluvia, vientos y rayos atemorizan más de noche, de día pasan más desapercibidos. Una de esas noches cayó una centella cerca de nuestra casa y un hilo de fuego bajó por el cable de la araña –la misma que, en un mediodía, comenzó a oscilar, con motivo del terrible terremoto en Valdivia, Chile, en 1960-.

Una mañana fui testigo de un eclipse total de sol. Hubo un momento que no dudo en calificar de mágico, todo se volvió extraño, sobre todo las sombras. Por alguna razón, desde antes de ese hecho, me atrae la astronomía –además de, como les conté, la meteorología- y, cuando mis padres me asociaron a una biblioteca, mis lecturas fueron sobre los astros, la exploración del espacio y, luego, la ciencia ficción. En cuanto a este género, mis favoritos eran unos libros de bolsillo, escritos por españoles con seudónimos en inglés; uno de ellos, Clark Carrados, es el autor de un libro que habla de una puerta que lleva a universos paralelos. Me es muy difícil explicar lo que sentí al leerlo, siendo yo pequeño, tendría siete u ocho años. Fue en esos mismos días en los que una amiga de la familia me obsequió Alicia en el País de las Maravillas, un ejemplar de la colección Robin Hood. Estas lecturas fueron decisivas en mi vida. Fueron preparando sin que yo fuera consciente de ello durante años, en lo más profundo de mí, los materiales, digamos, perdón por el hurto señor Rimbaud, la alquimia del verbo.

Carlos Barbarito

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