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Las nueve musas
¿Luchamos por la vida o cooperamos? 1

¿Luchamos por la vida o cooperamos?

En el grandioso telar de la vida, todos los seres vivos están entramados mediante complejas e infinitas interacciones, que buscan siempre el fin en común de la supervivencia y convivencia.

Para alcanzar ambas, unas veces se preda, otras se colabora, y a veces se trenzan vínculos para toda la vida: es el ensortijado tejido de los seres vivos y sus relaciones.

No es azarosa la concepción actual y generalizada que se tiene sobre el predominio de la agresividad manifiesta en la naturaleza. De hecho, en esto se basa parte de la interpretación determinista de nuestra sociedad y la consecuente fundamentación del comportamiento del hombre en ella.

¿Luchamos por la vida o cooperamos?Homo homini lupus (El hombre es un lobo para el hombre) resume dicha concepción. Cuando el filósofo inglés Thomas Hobbes la tomó prestada del comediógrafo romano Plauto, pretendía remarcar con ello, allá por el siglo XVII y avanzando el materialismo mecanicista, lo egoísta y salvaje de nuestro carácter y que a la naturaleza y sus pautas agresivas debemos.

No deja de resultar inquietante que, para ciertos aspectos —inteligencia racional, lenguaje— nos consideremos tan ajenos y superiores al resto de especies vivas planetarias, y sin embargo para otros —guerras, violencia—, nos sintamos tan profunda e irremediablemente encadenados.

telarPara un sistema social y económico cada vez más conducido hacia un capitalismo despiadado y una creciente y licenciosa productividad, tuvo que ser conveniente en su momento justificar tal modelo de desarrollo de alguna forma, y la mejor fue verse respaldado por un paradigma establecido por la ciencia.

Charles Darwin, sin lugar a dudas el estudioso de la naturaleza más universal y menos cuestionado en sus premisas básicas, como cualquier científico, no pudo esquivar las influencias culturales e ideológicas de la época que le tocó vivir.

Su teoría sobre la selección natural —con su marginación de los individuos no capacitados— como consecuencia de la pugna por la supervivencia, se convirtió en el caldo ideal y sustancioso en el que guisar un liberalismo económico que necesitaba ser argumentado.

La exitosa adaptación debido a esta selección natural llevaba al más apto a recibir, por parte de la vida, la mayor recompensa: vivir y perpetuarse a través de su descendencia.

seres vivos
Ardilla (Familia Sciuridae) sobre un girasol (Helianthus annuus)

De esta suerte, llegamos hoy en día a una sociedad en la que el que no progresa en la vida es, como una extinguible especie más, porque no es apto, no está capacitado para ello, por ley natural.

Pero en esta lucha social competitiva liderada por el más fuerte se nos olvidan nuestros auténticos orígenes, unas raíces que se hunden en un espíritu menos conocido de la naturaleza.

Ya que partimos de una teoría decimonónica como la darwiniana, aceptada de forma casi unánime hasta hace poco —siempre tuvo opositores, pero últimos avances científicos sobre el conocimiento del complicado proceso de la evolución comienzan a tambalearla de forma alarmante—, compartamos también la visión de otros que no fueron suficientemente escuchados desde los modelos preponderantes ortodoxos.

El apoyo mutuo: un factor en la evolución
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El ruso Piotr Kropotkin (1842-1921), además de importante filósofo y propulsor del anarcocomunismo, fue un geógrafo, historiador y naturalista incansablemente observador y experimentador, que admiraba a Darwin y su teoría de la evolución de las especies.

Un artículo, La lucha por la vida: un programa, publicado en 1888 en la revista The Nineteenth Century y escrito por el naturalista, médico y filósofo británico Thomas Henry Huxley (1825-1895), colega de Darwin y su más acérrimo defensor, sirvió como pedernal que acabó prendiendo al completo la mecha de sus primeras hipótesis sobre el papel de la cooperación en la naturaleza.

Houxley había construido un vivo alegato del darwinismo social, llevando a su terreno los planteamientos de su amigo y estableciendo la lucha por la supervivencia como el eterno campo de batalla del mundo natural, cuyos efluvios nos atravesaban de parte a parte a la hora de organizar nuestra competitiva sociedad. En ella, ya no había que correr más que el león, pero sí más que el otro, en nuestra conquista de una vida triunfante según los dictados del orden social dominante.

Siendo secretario de Geografía Física de la Sociedad Imperial y tras seis años de riguroso trabajo científico en una expedición en Siberia, el naturalista ruso publicó una serie de artículos de contestación en la misma revista, que con posterioridad, en 1907, fueron ampliamente completados en su libro El apoyo mutuo: un factor en la evolución.

interacciones
Grupo de elefantes africanos (Loxodonta africana)

En este ensayo, apoya la visión darwiniana, pero recalca y amplía con mayor solidez lo que el mismo Darwin constató pero no llegó a interpretar. El naturalista inglés, además de ser reticente a la hora de utilizar de forma literal su propio término lucha por la existencia, veía que las asociaciones beneficiosas que se daban entre los seres vivos no acababan de cuadrar en su encorsetada teoría evolutiva sobre la idea de conflicto, aunque en sus últimos años concedió mayor importancia a la cooperación.

Kropotkin lo que mostró en su extenso estudio fue que estas circunstancias se daban mucho más a menudo de lo que Darwin había supuesto y en todos los niveles de la escala zoológica. La infinidad de datos en sus observaciones le llevaron a concluir que, en el sistema de funcionamiento de la evolución, la lucha por sobrevivir no era el único protagonista, y quizás tampoco el principal.

Observó cómo las colaboraciones incluso entre especies (interespecífica) y dentro de los grupos de una misma especie (intraespecífica) suponían un relevante mecanismo de supervivencia y, por tanto, un motor de avance en la evolución.

supervivencia
Grupo de macacos (Macaca sp.)

Ya no era solo el más apto el que marcaba la pauta evolutiva, sino con la misma importancia o más, el que mejor cooperaba e incluso se sacrificaba por el otro o por la comunidad. Esto podía advertirse con suma transparencia en casos de ambientes rigurosos o de inclemencias climáticas, que inducían a la cooperación.

El trabajo de Korotkin y de otros científicos que lo han respaldado fundamenta que la relación pacífica y controlada en los grupos o sociedades es primordial para la vida y descendencia del conjunto, llegando a ejercer papeles solidarios por el bien común.

Científicos actuales, como el biólogo español Máximo Sandín o el chileno Humberto Maturana, abren nuevos enfoques de investigación y presentan concepciones menos dogmáticas y más amables del universo natural —sin excluir al ser humano—, que seguramente supondrán una transición de antiguos paradigmas hacia una nueva visión de la vida.

Sin duda, los animales carnívoros —y en última instancia los herbívoros respecto a las plantas— no benefician a aquellas presas que caen en sus garras para su sustento alimentario, a pesar de que este es considerado un factor biológico importante para regular y evitar la superpoblación de las especies depredadas en el ecosistema correspondiente.

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Puma (Puma concolor)

En la naturaleza, al haber vida, hay muerte, y esta forma parte de los procesos de supervivencia. Hay igualmente territorialidad, elección de la pareja para la propia descendencia y recursos disponibles, lo que puede conllevar lucha por salir lo más airoso posible frente a estas necesidades vitales.

Pero es la corta y conveniente visión sesgada antropomórfica la que históricamente ha devaluado, en el paradigma actual, un comportamiento natural tan prolífico en los reinos vivos como las asociaciones, que posibilitan sobrevivir con más probabilidad y de manera más fácil y sosegada.

Existen unas tres formas básicas de relación ventajosa interespecífica: el mutualismo, en el que las dos especies salen beneficiadas, el comensalismo, en el que una de ellas se beneficia mientras la otra no lo hace pero tampoco se perjudica y la simbiosis —que algunos autores incluyen en el mutualismo—, en la que existe una dependencia absoluta para la supervivencia de ambas especies.

Garcilla
Garcilla bueyera (Bubulcus ibis) sobre un caballo doméstico (Equus ferus caballus)

Cualquier pequeña especie que desparasite a otra mayor es un claro ejemplo de mutualismo doblemente beneficioso: la garcilla bueyera o espurgabuey se alimenta con garrapatas y moscas sobre el lomo de grandes rumiantes, caballos y ganados, que agradecen aliviados la pulcritud de su amiga.

Parejas de eficiente colaboración son también los monos babuinos y los impalas africanos, que aúnan la afilada vista de los primeros con el exquisito olfato de los segundos, o las cebras y las avestruces, con su fino oído y una vista implacable, respectivamente; en ambos casos, alertarse mutuamente de sus predadores para evitarlos los hace ser buenos camaradas.

Orquídea
Orquídea abeja (Ophrys speculum)

Pero probablemente la relación mutualista más extendida sea la de las angiospermas (plantas con flores) con sus colegas polinizadores, en buena parte insectos. Esta relación cooperativa, no siempre mutua —en ocasiones el visitante es engañado y no puede copular con el espejismo floral que creyó ver de una hembra en celo—, ha sido trascendental en el curso de la evolución, adaptando con especializaciones asombrosas las flores a sus huéspedes, y estos a su vez a la rica biodiversidad vegetal.

Rémoras
Rémoras (Familia Echeneidae) sobre un tiburón (Superorden Selachimorpha)

El pez rémora o pez ventosa hace de comensal al ser transportado por los tiburones —se adhiere a ellos mediante un disco adhesivo situado en su cabeza—, a los que no les molesta hacer de transporte público gratuito, a la vez que aquel va alimentándose de los restos de comida que dejan escapar sus generosos anfitriones.

Otro ejemplo de hospedaje es el de las plantas epífitas, que viven como inquilinos sobre otros árboles, pero sin perjudicarlos.

Helecho
Helecho (Pleopeltis polypodioides) sobre la rama de un árbol

La asociación simbiótica y recíproca de ciertos hongos entre las raíces de los árboles de un bosque provee de minerales y agua a estos, y de carbohidratos y vitaminas a aquellos, llamados micorrizas: inteligente trueque vital.

Entre los casos menos aparentes de simbiosis están los líquenes, que pueden parecer organismos independientes, pero en realidad son una estrecha unión de un hongo y un alga. El hongo ofrece fijación al sustrato y humedad para evitar la desecación, y el alga otorga los generosos beneficios alimenticios de la fotosíntesis; sin los aportes del otro, en medios hostiles no podrían desarrollarse por sí solos.

Líquenes
Líquenes

La especie humana no se libra, y hasta un 10% de su peso en seco alberga comunidades de microorganismos simbiontes, así como genes procedentes de bacterias.

Respecto a los vínculos dentro de una misma especie, son de todos conocidas las reuniones asociativas con el objetivo de facilitar la caza para el sustento, en especies sociales como los lobos, las hienas o los leones. Entre estos últimos, a menudo las leonas amamantan y protegen los cachorros de otras hembras.

Leona
Leona (Panthera leo) con cachorros

Las hacendosas hormigas, también sociales por naturaleza, llegan a ayudar a sus congéneres agotados o heridos hasta llegar al hogar de su hormiguero.

En algunos casos, las interacciones entre individuos fortalecen los lazos sociales dentro de un grupo, como en los chimpancés —tan próximos a nosotros—, en sus juegos o en sus tareas de aseo o desparasitación. Pero se ha observado también que, en su estructura social, existe una marcada jerarquía en la que, debido a la escasez de recursos y la competencia de otros primates más fuertes, como el gorila, se hace necesaria la presencia de un macho alfa intimidante y violento.

Si los comparamos con sus parientes del otro lado del río Congo, los bonobos —igual de emparentados con nosotros—, con los que tienen un antepasado común, en estos sus comunidades son mayores y presentan menor estructura jerárquica, en la que prevalece la dominación de las hembras. Los problemas son resueltos de forma pacífica, comparten la comida y las crías son cuidadas por todo el grupo, pero esto podría deberse a que no han de competir ni por el alimento, que es abundante, ni por la presencia de otros simios.

Bonobos
Bonobos (Pan paniscus)

Es decir, parece que la competencia por un recurso —sea comida, territorio para vivir o anidar, pareja—, cuando este es limitado, es lo que provoca enfrentamiento y competencia por conseguirlo, máxime si va la vida en ello —el instinto por la vida que hace luchar por evitar la muerte es universal e intrínseco de cualquier ser vivo, incluidos nosotros.

Pero en la medida en que uno pueda encontrar un amigo que te haga la vida más fácil, o si uno tiene techo, comida y progenie, las disputas decrecen, no hay instinto de guerra per se.

Respecto al hombre, aunque se nos haga creer que fue una agresiva competencia congénita la que nos hizo progresar como especie, cada vez más antropólogos refuerzan la idea de la cooperación conjunta, la solidaridad y la búsqueda del bien colectivo como factores de avances y como agentes de cohesión en las sociedades humanas primitivas.

Desde el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania), el psicólogo evolutivo y antropólogo norteamericano Michael Tomasello, codirector de dicha institución, realiza investigaciones en el campo de la cognición social y el desarrollo infantil, lo que le ha llevado a constatar que niños de corta edad presentan de forma espontánea un comportamiento empático, altruista y cooperativo.

Luchamos por la vidaPor su parte, la filósofa y psicóloga estadounidense Alison Gopnik, de la Universidad de Berkeley (California), experta en el aprendizaje de los infantes, afirma desde sus investigaciones que niños incluso de dos años perciben el sufrimiento del otro y procuran mitigarlo.

En cualquier caso, aún queda muy largo trecho hasta que el humano pueda comprender con mayor claridad el imbricado funcionamiento de la naturaleza y sus porqués, queda mucha observación e información por obtener de los millones de especies vegetales y animales que pueblan la Tierra, y mucho esfuerzo por parte de los científicos para desterrar el engranaje social y cultural que pesa sobre todos.

Pero ha de desperezarse cuanto antes esa añoranza humana por la generosidad y concordia que remanecen desde su misma esencia, y llegar hasta esa luz que emana desde cada rincón del universo, impregnando nuestro planeta de una bella sinfonía de vida, armonía y suma inteligencia.

CooperamosEs el ojo del ser humano el que tiñe desde su oscura frustración su entorno de un velo confuso de codicia, luchas y crueldad. Si Plauto resumió esta problemática humana, el filósofo romano Séneca lo hizo sobre su realidad más trascendente: Homo sacra res homini (El hombre es cosa sagrada para el hombre).

La naturaleza —léase todos los seres vivos sobre la Tierra— puja siempre por salir adelante —independientemente de visiones antrópicas—, con vida y muerte, pero valiéndose también de una urdimbre ecológica de seres fluyendo unos con otros, para favorecer una segura supervivencia y evolución, dentro de una convivencia pacífica y ayuda mutua solidaria, a través de los abrazos de la cooperación.

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Mar Deneb

Mar Deneb

Mar Deneb nació en Sevilla. Es bióloga, escritora y música.

Como bióloga, fue supervisora en el Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Generación y Captura de Datos de los Subsistemas de Relieve y Uso del Programa Sistema de Información Ambiental de Andalucía (SINAMBA)”.

Fue Directora Técnica del Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Plan Rector de Uso y Gestión (P.R.U.G.)” del Parque Natural Bahía de Cádiz y Coordinadora en el del Parque Natural Barbate.

Trabajó como Técnica de Medio Ambiente y Educadora Ambiental en el Ayuntamiento de Sevilla.

Como escritora, publicó las novelas “Zenia y las Siete Puertas del Bosque” (2016), de fantasía épica, y “Ardo por ti, Candela” (2016), de género erótico.

Formó parte de las Antologías de Relatos “Cross my Heart. 20 Relatos de amor, cóncavos y con besos” (2017) y “Ups, ¡yo no he sido!” (2017), junto a otros escritores.

Fue redactora de la sección de Ciencias en la Revista Cultural “Athalía y Cía. Magazine”.

Colaboró en el Programa Cultural de Radio “Tras la Puerta”, con alguno de sus relatos.

Formó parte del jurado del I Certamen de Relatos Navideños del grupo literario “Ladrona de sonrisas”.

Como música, fue Jefa de Seminario y Profesora de Música de Enseñanza Secundaria y Bachillerato.

Fue Socia y Coordinadora de Producción en varias empresas de Producción Musical.

Formó parte como instrumentista de diversas agrupaciones musicales.

En la actualidad, imparte talleres sobre la inteligencia de las plantas y sus elementales.

Lleva la sección “Más que plantas” en su canal de YouTube.

Trabaja en sus dos próximas novelas, en diversos relatos y escribiendo artículos para su propio blog.

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