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Las nueve musas

Los aportes de Ferdinand de Saussure a la lingüística contemporánea

No resulta exagerado afirmar que la lingüística contemporánea deriva, en gran medida, de los aportes realizados por el lingüista suizo Ferdinand de Saussure.

Su Curso de lingüística general, obra publicada póstumamente por dos de sus discípulos, Charles Bally y Albert Sechehaye, bien podría verse como la suma de esos aportes. En este artículo recordaremos los más significativos.

  1. Lengua y habla, diacronía y sincronía

Es muy probable que Ferdinand de Saussure ignorara que los tres cursos de lingüística general que impartió en la Universidad de Ginebra, durante los períodos de 1906-7, 1908-9 y 1910-11, cambiarían la historia de la lingüística, sobre todo, si tenemos en cuenta que el maestro ginebrino falleció pocos años después del último de ellos.

Curso de lingüística general
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Tras su muerte, dos de sus discípulos, Charles Bally y Albert Sechehaye, junto con la colaboración de Albert Riedlinger, se entregaron a la tarea de ordenar las notas de los estudiantes que asistieron a esos cursos, ya que el hoy célebre lingüista destruía cada año los borradores de sus clases. La reconstrucción de las ideas «saussureanas», pues, se realizó fundamentalmente a partir del tercero de aquellos cursos. El resultado fue el Curso de lingüística general, obra que apareció publicada recién en 1916.[1]

En el Curso, Saussure habla de una futura ciencia destinada a estudiar «la vida de los signos en el seno de la vida social»[2]: la semiología. Esta ciencia (que los anglosajones prefieren llamar semiótica) debería enseñarnos «en qué consisten los signos y cuáles son las leyes que los gobiernan»[3]. La lingüística, entendida como la ciencia del lenguaje articulado, abarcaría apenas un sector de aquella disciplina más general.

Saussure nos advierte también que la lengua no debe confundirse con el lenguaje, pues, como él mismo señala, «la lengua no es más que una determinada parte del lenguaje, aunque esencial. Es a la vez un producto social de la facultad del lenguaje y un conjunto de convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos».[4]

Una vez hecha la distinción entre lengua y lenguaje, Saussure pasa a referirse a la distinción entre lengua y habla.[5] Cada vez que hablamos, empleamos la lengua de un modo particular y único. Estos modos son irrepetibles, pues, aunque quisiéramos repetirlos, habría variantes, por levísimas que estas fueran.[6] A cada acto único de comunicación lingüística lo llamamos habla.

Ferdinand de Saussure
Ferdinand de Saussure

La lengua es un sistema de signos convencionales que una comunidad utiliza para comunicarse; es, por lo tanto, un fenómeno social. El habla, en cambio, es el uso individual, concreto, del sistema cuando el individuo habla o escribe. Es, según Saussure, «un acto individual de voluntad y de inteligencia, en el cual conviene distinguir: 1 º, las combinaciones por las que el sujeto hablante utiliza el código de la lengua con miras a expresar su pensamiento personal; 2 º, el mecanismo psicofísico que le permita exteriorizar esas combinaciones».[7]

Por vía metafórica —y siempre siguiendo a Saussure—, podríamos explicar la oposición lengua/habla apelando al juego del ajedrez. El tablero, las piezas y las reglas que fijan sus posibles movimientos constituirían el sistema, la lengua; cada movimiento de una partida sería un uso concreto del sistema, el habla.

Otro de los hallazgos de Saussure se relaciona con los modos de encauzar el estudio de los fenómenos lingüísticos. Al respecto, el lingüista ginebrino habla de una lingüística sincrónica y de una lingüística diacrónica. ¿Qué diferencia hay entre una y otra? Pues bien, está claro que la ausencia o presencia del factor tiempo. Cuando se pretende estudiar el sistema, enfocamos todas las unidades que coexisten y, por lo tanto, estamos en el eje de la simultaneidad, es decir, en el ámbito de la sincronía. En cambio, si damos entrada al factor tiempo, ya no encaramos el sistema como una totalidad coexistente y simultánea, sino que consideramos la evolución de solo una (a veces, también, de algunas) de sus unidades a través de los años o los siglos, por lo tanto, estaremos en el eje de la sucesión y en el ámbito de la diacronía. Por ejemplo, un estudio como el de Julio Cejador sobre la lengua de Cervantes es a todas luces un estudio sincrónico, ya que analiza el sistema del español en un momento determinado de su historia.[8] Muy por el contrario, si nos propusiéramos realizar un estudio sobre la evolución del vos en el sistema pronominal del español desde el siglo XII hasta nuestros días, naturalmente, el criterio de nuestro análisis sería diacrónico.

La lengua de Cervantes. Gramática y diccionario de la lengua castellana en el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
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  1. El concepto de signo lingüístico

 Un signo, en términos generales, es un indicio, una señal de algo. El signo lingüístico, particularmente, es una señal de algo expresado por medios lingüísticos. Contradiciendo las viejas ideas clásicas de la Biblia y de Platón, Saussure concibe el signo lingüístico no ya como la unión entre una cosa y la palabra que la nombra, sino como una entidad «biplánica», es decir, como la asociación de una imagen acústica, que él denomina significante, y una idea, un concepto, que él denomina significado.

Así, en una primera aproximación, el signo lingüístico se nos revela como una serie de sonidos que evoca un determinado concepto.[9] La existencia y esencia del signo residen precisamente en esta asociación de un concepto con una imagen acústica capaz de ser realizada mediante una serie de movimientos articulatorios. Imagen acústica y concepto son dos elementos inseparables, como las dos caras de una moneda, y la presencia de una es impensable sin la existencia del otro. El propio Saussure sostiene que la lengua bien puede compararse con una hoja de papel, hoja cuyo anverso sería el pensamiento y cuyo reverso, el sonido: como es obvio, no se puede cortar uno sin cortar también el otro.

Para explicar la noción de significante, Saussure nos aclara que la imagen acústica, en rigor, «no es el sonido material, cosa puramente física, sino su huella psíquica, la representación que de él nos da el testimonio de nuestros sentidos; esa imagen es sensorial, y si llegamos a llamarla “material” es solamente en este sentido y por oposición al otro término de la asociación, el concepto, generalmente más abstracto».[10]

El significado, por su parte, es el elemento constitutivo del signo que aporta el concepto o idea.

Tanto el significante —imagen acústica— como el significado —idea, concepto— son entidades psíquicas, como lo es también el signo que resulta de la asociación de ambos. Y siéndolo este, también lo es la lengua, en oposición al habla, que, en tanto supone una serie de movimientos articulatorios y una emisión de sonidos, tiene carácter psicofísico.

lingüística contemporáneaAclaremos, mediante un ejemplo, la concepción de signo ya expuesta. Tomemos la palabra casa. El significante es la imagen acústica de la secuencia fónica integrada por la suma de los fonemas /c/ + /a/ + /s/ + /a/ (la imagen, no el sonido). El significado corresponde al concepto de casa, esto es, ‘edificio para habitar’. La relación entre la imagen acústica de la secuencia fónica /casa/ y la idea de casa constituye un signo lingüístico y, como tal, actúa en el sistema lingüístico del idioma español.

Ya dijimos cómo la lingüística clásica unía la cosa a la palabra que la nombra. Así, en el ejemplo anterior, el signo estaría constituido por la relación entre la palabra casa y el objeto «casa». Para Saussure, en cambio, el signo es, ante todo, la asociación de una expresión (significante) con un contenido (significado), que, conjuntamente, evocan determinado objeto ubicado fuera del signo, al que denominaremos referente. Lo que está fuera del signo (el referente) es el objeto, pero no el concepto o idea que nos lo representa.

En toda lengua hay, en consecuencia, dos planos: el de la expresión y el del contenido. En el habla, la expresión se realiza por medios físicos y fisiológicos; el contenido, por su parte, se refiere a los conceptos infinitos de la mente humana.

Saussure, asimismo, nos revela que el signo lingüístico presenta dos rasgos fundamentales: el carácter arbitrario del signo y el carácter lineal del significante.

El carácter arbitrario del signo proviene del hecho de que el significado del signo no está ligado por ninguna clase de relación interior con la secuencia fónica cuya imagen acústica le sirve de significante, de modo que, en rigor, podría estar perfectamente representado por la imagen de cualquier otra secuencia fónica.[11] Con todo, la palabra arbitrario necesita una aclaración: no debe inducir al error de creerse que el significante depende de la libre elección del emisor, ya que, por cierto, no está en manos del individuo cambiar nada en un signo una vez establecido este por una comunidad lingüística.

A propósito de la arbitrariedad del signo, Saussure trae a colación la palabra símbolo, vocablo que muchas veces se ha empleado para designar al signo lingüístico o, incluso, al significante. Saussure sostiene que este empleo es erróneo, pues atenta en contra del mismísimo principio de arbitrariedad. Así lo explica: «El símbolo tiene por carácter no ser nunca completamente arbitrario; no está vacío: hay un rudimento de vínculo natural entre el significante y el significado. El símbolo de la justicia, la balanza, no podría reemplazarse por otro objeto cualquiera, un carro, por ejemplo».[12]

Es evidente que entre la secuencia fónica /p/ + /a/ + /r/ + /e/ + /d/ y el concepto correspondiente a pared no hay relación natural alguna. Pero ¿qué ocurre con las palabras «fonosimbólicas», en particular, con las onomatopeyas puras y con los vocablos que tienen parcialmente, en su significante, elementos onomatopéyicos? Es evidente que, entre el significante tictac o aullar y los significados a los que remiten, la relación no es arbitraria: en el caso de tictac, el significante intenta reproducir con fonemas del lenguaje articulado el sonido emitido por el reloj; en el caso de aullar, solo los dos primeros fonemas sugieren el grito del lobo. De cualquier manera, esto no invalida la teoría de la arbitrariedad. El propio Saussure, que vio el problema, destaca que las onomatopeyas no son elementos orgánicos de un sistema lingüístico y que su número es bastante reducido.

Igualmente, se ha pretendido limitar la tesis de la arbitrariedad sobre la base de las exclamaciones, en las cuales ha querido advertirse expresiones espontáneas de la realidad, de base natural o instintiva. También Saussure rechaza esta objeción en tanto piensa que, en la mayoría de las exclamaciones, puede negarse la existencia de un vínculo necesario entre significante y significado.

En definitiva, tanto para las onomatopeyas como para las exclamaciones, el lingüista suizo señala que su origen simbólico es, en el mejor de los casos, dudoso.

El carácter lineal del significante proviene del hecho de que, por ser de naturaleza auditiva, se desenvuelve únicamente en el tiempo, motivo por el cual adopta los rasgos de aquel, es decir, representa una extensión, y esa extensión es mensurable en una sola dimensión, en una línea. Todo el mecanismo de la lengua depende de ese hecho, como lo demuestra, sin ir más lejos, la escritura.

Saussure
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  1. El concepto de sistema

 En lingüística, el concepto de sistema puede remontarse hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Ya en esa época, existían definiciones como ‘conjunto de cosas que depende unas de otras’ o ‘un todo compuesto de partes ligadas entre sí’. Thurot, en el «Discurso preliminar» a su traducción de la obra de James Harris, Hermes or a philosophical inquiry concerning universal grammar, dice que el lenguaje es «un sistema en el que todo está ligado»[13], «en el que todas las partes se prestan apoyo mutuo»[14]. Con Bopp, en su Conjugationssystem,[15] el vocablo se convierte en palabra clave de la lingüística naciente, aunque la usa con un sentido menos funcional que con el que aparece en la obra de Harris.

Saussure, por lo tanto, no introduce ni una palabra ni un concepto nuevo. El aporte del maestro ginebrino (no del todo comprendido por la lingüística posterior hasta su uso por el Círculo de Praga en la construcción de los sistemas fonológicos) consistió en haber superado la instancia descriptiva con que lo habían concebido los lingüistas anteriores hasta convertirlo en un concepto operativo, con privilegiada posición en su teoría del lenguaje.[16]

Para explicar su concepto de sistema, Saussure nos dice que «la lengua es un sistema que no conoce más que su orden propio y peculiar»[17] para luego apelar a su ya famosa metáfora del juego de ajedrez, sobre todo, para diferenciar los fenómenos internos de los externos. Así, nos dice que «el que [el ajedrez] haya pasado de Persia a Europa es de orden externo; interno, en cambio, todo cuanto concierne al sistema y sus reglas»[18]. Enseguida, aclara lo siguiente: «Si reemplazo unas piezas de madera por otras de marfil, el cambio es indiferente para el sistema; pero si disminuyo o aumento el número de piezas, tal cambio afecta profundamente a la “gramática” del juego»[19].

Al referirse a las entidades concretas de la lengua, Saussure recurre una vez más a la imagen del ajedrez: «Pero así como el juego de ajedrez está todo entero en la combinación de las diferentes piezas, así también la lengua tiene el carácter de un sistema basado completamente en la oposición de sus unidades concretas».[20]

El valor de los signos lingüísticos (como el de las piezas de ajedrez) no depende de su sustancia, sino de las relaciones que mantienen entre sí. La forma de la pieza de ajedrez (como la de los signos) es menos fundamental que lo que hoy denominaríamos su función. Así, la torre, con su sustancia y forma particulares, en realidad, solo representa las relaciones que mantiene con las otras piezas. Es indiferente que la torre sea de madera o de marfil, y hasta sería posible sustituirla por un objeto que no tuviese la forma de una torre, lo que no podríamos reemplazar es la posición de la torre en el tablero, su forma de desplazarse y su relación con las otras piezas. Del mismo modo, la sustancia fónica de una o será necesariamente diferente si la pronuncia un niño, una mujer o un anciano de voz grave; sin embargo, siempre será una o, en tanto que no se confunda con una e, con una a, con una i o con una u, las otras cuatro vocales que integran, con la o, el subsistema vocálico del español.

La lengua es un sistema porque las unidades que la constituyen son diferentes, pero solo en la medida en que tales diferencias señalen valores distintos. En español, p se opone a f en tanto que su carácter oclusivo se opone al fricativo de manera suficiente para distinguir, por ejemplo, paja de faja.

La noción de sistema integra la noción de valor, pues la lengua es un sistema de valores. En los diferentes niveles de la lengua (Saussure lo explica en el nivel de la significación y en el nivel fónico), cada entidad tiene su propia identidad, pero, además, tiene un valor que depende de su relación con las otras entidades del sistema. Un ejemplo de Saussure —que luego han repetido otros lingüistas— se refiere a la relación carnero/mouton/sheep. Los tres vocablos tienen la misma significación, pero no el mismo valor, porque, al hablar de una porción de comida ya cocinada y servida a la mesa, el inglés no dice sheep, sino mutton. «La diferencia de valor entre sheep y mouton o carnero consiste en que sheep tiene junto a sí un segundo término lo cual no sucede con la palabra francesa ni con la española»[21].

En conclusión, cuando decimos que los signos forman en la lengua un sistema, estamos diciendo que todo en ella está relacionado. Un sistema se encuentra constituido por una serie de unidades, organizadas de modo tal que las unas dependan de las otras. Estas unidades, que son solidarias entre sí, no representan nada aisladamente, sino en el sistema del cual forman parte.


[1] En vista de la influencia que tuvo el Curso y de las discusiones que suscitó su interpretación, Robert Godel se propuso dar a conocer las fuentes —esto es, la totalidad de las notas— para permitir la confrontación con la versión de Bally y Sechehaye. Véase Robert Godel. Les sources manuscrites du Tours de Linguistique Générale, París, L. Droz, 1957.

[2] Ferdinand de Saussure. Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 1965.

[3] Saussure. Óp. cit.

[4] Saussure. Óp. cit.

[5] Traducción que Amado Alonso propuso para los vocablos franceses langue y parole, respectivamente.

[6] Piénsese, sin ir más lejos, en la pronunciación.

[7] Saussure. Óp. cit.

[8] Véase Julio Cejador y Frauca.  La lengua de Cervantes. Gramática y diccionario de la lengua castellana en el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Jaime Ratés, 1905.

[9] Para que el signo exista, son necesarios los dos elementos, pues una serie de sonidos que no evoque un determinado concepto no constituye un signo; tampoco es signo un determinado concepto que no se exprese a través de una serie de sonidos.

[10] Saussure. Óp. cit.

[11] Una prueba concluyente del carácter arbitrario del signo lo constituye el hecho de que, para una misma realidad significada, diferentes idiomas proponen diferentes significantes. Así, el objeto ÁRBOL se denomina árbol, en castellano; arbre, en francés; tree, en inglés; arbor, en latín, etc.

[12] Saussure. Óp. cit.

[13] Citado por Georges Mounin en Saussure. Presentación y textos, Barcelona, Anagrama, 1969.

[14] Ibíd.

[15] Para tener una idea más acabada de esta obra, véase mi artículo «El descubrimiento de las lenguas indoeuropeas y el nacimiento de la lingüística moderna», publicado en esta misma revista.

[16] En el Curso de lingüística general, la palabra sistema aparece nada menos que 138 veces; Saussure, en cambio, no usa la palabra estructura en ese sentido, pero sí mecanismo (3 veces) y organismo (11 veces). Pese a esta curiosa omisión, no podemos negar que la importancia de Saussure para el desarrollo de la lingüística estructural es evidente. Ha sugerido problemas esenciales de modo tan certero que sus planteos han vivificado directamente el pensamiento de muchos lingüistas europeos, sobre todo, los de la escuela de Ginebra (Bally, Sechehaye, Frei, Godel y otros), los de la escuela de Praga y los de la glosemática. Pero también ha influido de manera indirecta en muchos estudiosos norteamericanos.

[17] Saussure. Óp. cit.

[18] Ibíd.

[19] Ibíd.

[20] Ibíd.

[21] Saussure. Óp. cit.


 

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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