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Libertad de (ex)presión

Ya lo proclamó en su momento el grupo Golpes Bajos: malos tiempos para la lírica (da igual cuando lo cantaran, siempre lo son, para la lírica y para el humor).

Y en estos días, resulta de lo más inquietante contemplar esa brutal mutación sufrida por la libertad de expresión (ahora casi sustituida por la libertad de presión) que ha logrado que hasta asociaciones como Jueces para la democracia hablen ya sin tapujos de alarma y de atentado deliberadamente grave contra ese derecho, mal llamado, como los otros, fundamental.

La palabra, el lenguaje, la escritura, la opinión, la crítica, la sátira, todo eso ya es considerado materia de insumisión e insulto. Desorbitadas peticiones de prisión y dinero para raperos (en estos días, Pablo Hasél ya en el banquilllo) que montan sus proclamas en versos reivindicando o denunciando lo que crean oportuno (y ya uno decide si es oportuno seguir escuchando o no), o la inquietante condena, pese a lo hilarante, a un joven de 24 años por “suplantar” al Cristo de la Amargura en una foto que se hizo para compartirla en Instagram, se suman a la escalada de zancadillas con las que uno puede darse de bruces si es que su intención es expresarse sin temor a que te caiga una lluvia de fiscales. Escribir un tuit ha terminado por convertirse en un deporte de riesgo extremo. Un puñado de caracteres pueden ser los pasos que te separen de la celda donde podrás reflexionar durante algunos meses después de haber compartido lo que piensas en el precario amparo de ese simulacro de libertad que nos debería cobijar.

¿Qué se puede hacer?

Extremar las precauciones, supongo. Si, por poner un ejemplo, uno pretende reclamar a los cielos (aquí, en la tierra, nadie oye) por la impunidad de los pederastas que protege la iglesia, habrá que referirse a los desmanes que comenten “esos señores con falda y tocados de fantasía”, aclarando de inmediato que no hay referencia a los escoceses no vayamos a terminar provocando algún altercado diplomático, y que no abusan, sólo se esmeran, y se debe recordar que algún alto mandatario del clero ya aclaró que los niños van provocando, cualquiera puede comprobarlo si sale a la calle, así que pobres, encima de que Dios los tienta y ellos se juntan, no cabe quejarse encima (ni debajo, que es más de sus gustos) de sus comportamientos. Que se quiere reivindicar que se cumpla alguna ley (ni nombrarlas se puede), pues uno en vez de referirse a ella, optar por hablar de símbolos en desuso, como los vaqueros acampanados o mandar monos al espacio, y cierto dictador que bien pudo nacer aquí (no lo afirmo, es una hipótesis de trabajo) pues no era ni bajito ni rechoncho, sino alto, esbelto y de una retórica portentosa. El presunto es ya un título que los delincuentes y los genocidas se han ganado a perpetuidad, como un premio a los Derechos Humanos. ¿Hitler? Un presunto aniquilador de masas, cuyo único dato inequívoco es que sabía pintar sin mancharse el babero. ¿Muertos ajusticiados en las cunetas? Presuntos muertos, cuidado, presuntos, no vayamos a despistar al personal. ¿Estafadores que no se sacian ni cuando comprueban el daño que hacen? De eso nada. Presuntos, muy, muy presuntos estafadores, que todo puede ser que en el fondo de su alma tan sólo sean filántropos de moral desorientada. Que hablan de los bastardos reales, uno no bufa y sí debe aplaudir el esfuerzo de seguir aportando familias numerosas a la renqueante tasa de natalidad. ¿Sanidad? No hay otra comparable en el mundo, aquí le dan piruletas a todo el mundo, sin distinción de credo, edad, sexo, o especie animal, así de generoso es su presupuesto (que luego te la quitan a la primera chupada para dársela a otro, es política ya de cada centro de salud). Debe redoblarse toda insistencia en señalar que nuestro sistema educativo no tiene parangón. Ni parangón, ni dinero, ni aulas decentes, ni profesores cobrando un sueldo digno, ni calefacción. No hay motivos para la queja. Es el sistema perfecto, justo el que se busca, y siempre debe aplaudirse el trabajo bien hecho. ¿Pensiones? ¿Quién ha tenido el valor de nombrar las pensiones? ¿De verdad hay que aclarar ya que las pensiones son esos lugares donde por una modesta cantidad de dinero uno puede pasar la noche en una cama? Es protestar por protestar, cuando todos sabemos ya que hay cientos de aplicaciones para móvil que te indican la posición exacta de las mejores en cualquier ciudad a la que vayas. Ya es hora de que entremos en el siglo XXI. ¿Polución? Un mito de los verdes. ¿Inmigrantes ahogados? Un mito de los rojos. ¿Violaciones? Propaganda feminista. ¿Cambios en la Constitución? Desde luego, a partir de ahora los números de los artículos serán sustituidos por emoticonos y contendrá además un recopilatorio de bachata para compensar la posible aridez del texto. Y si quieres hacer exégesis del Festival de Cine de San Sebastián, bajo tu responsabilidad, que lo mismo la palabra enaltecimiento puede llevarte a orillas descabelladas de culpa e insulto a las que no esperabas arribar cuando hablabas de tu amor por las películas.

Así ya todo cuadra. Y cuando vuelva a suceder que el presidente nos regale otra muestra de su prodigiosa oratoria, y suelte que le importe un comino la disparidad (por citar una de cientos en el mismo campo) entre los sueldos de las mujeres y los hombres, eso debe congratularnos y hay que celebrar sin recato que es un hombre sincero, que no tiene por qué mostrar un interés del que carece, y alzarse así como la prueba irrefutable de que en este país existe el derecho a expresar lo que se quiera, aunque para ello se necesite algún aforamiento si no quieres acabar en un juzgado.

Al parecer, el único derecho que nos queda es el de permanecer callados hasta que se demuestre nuestra culpabilidad.

Y se les olvida que nada grita más que los silencios.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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