Las nueve musas
Letizia en el país de las tesinas
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Letizia en el país de las tesinas

Se acabó el mito de que “las cosas en palacio van despacio”.

El reciente comportamiento de prácticamente toda la familia real parece indicar justo lo contrario, y ahora todo son prisas y malos modos.

Como prácticamente no hay periódico o revista que no señale que el incidente no debe enmarcarse en el mundo de las noticias rosas, sino en el de la crónica política, juntemos cuanto sentido común podamos convocar y analicemos lo ocurrido tras la celebración de una (más simbólica a la larga de lo previsto) misa funeraria bajo los acordes de esa llamada de atención a que no confundamos lo sucedido con un nuevo desencuentro entre Belén Esteban y la silicona: al parecer, la reina emérita había ideado un astuto y muy secreto plan para robar un posado de ella con sus dos nietas, una de ellas, por cierto, heredera a la Corona, y bastante consciente de ello a juzgar por su posterior comportamiento. Con osado ingenio y helénica alevosía, tenía pactada dicha foto con un cómplice (también a cuenta del erario público) al que un sencillo “ahora, ahora, ahora” de la emérita le bastó para que ella agarrase a las nietas, apretándolas contra su real costado, y torcer el gesto hasta más o menos moldear lo que pudo pasar por sonrisa de no mediar tanta prisa. Pero mostrando una agilidad felina, la reina madre (porque también es madre y madre de reina) se interpuso entre el fotógrafo y esa instantánea que, a la espera de aclaraciones al respecto, al parecer resulta imposible tomar en un lugar menos concurrido, como por ejemplo la infinidad de viviendas que les pagamos para que puedan resolver este tipo de cosas. Viendo que la muy emérita persistía en su empeño, Doña Letizia también hizo trizas los rigores del protocolo, se plantó frente a Doña Sofía, y armada de concisión, mientras la pequeña heredera no lograba zafarse del abrazo por mucho que lo intentaba, hizo que las alarmas se dispararan. Medió el Rey y ambas contendientes se fueron a sus respectivas esquinas. El monarca emérito, fiel a su tesón y su entrega por el pueblo, llegó a tiempo de no enterarse de nada, con el oso ya muerto. Una vez salieron del sagrado recinto, con las hostilidades tan fertilizadas, hubo tensión para todos, y luego, cada cual a su casa.

Para ese momento, el mundo de la información ardía.

Lo peor fue corroborar en la prensa y en la televisión la ingente legión de almas heridas que apesadumbrados, balbuceantes y ojos por enjugar, no paraban de señalar que ese no es el comportamiento que se le debe a una abuela, aunque lo que sí parece una pena es que no se detectase el mismo escándalo ni el mismo dedo acusatorio cuando las que se manifestaban eran abuelas pensionistas a los que la subida de sus pensiones, lo que se les debe como sociedad, es probable que ya no le dé ni para tener nietos.

Doña Letizia ha pasado a ser la villana. La cosa ha llegado a extremos tan inquietantes que en su siguiente acto público, a la salida del mismo, fue recibida con gritos de “floja” y “antipática” (sic), ya veremos qué decide la fiscalía al respecto de semejantes insultos, cuántas querellas criminales van a repartirse. Pero a sus recién nacidos detractores se les olvida que fue precisamente ella la gran protagonista de aquella inolvidable escena en la que se nos mostró la humildad de la vida palaciega, su espartana comida, su lóbrega porcelana, y es presumible que ese recordatorio haya sido uno de los impulsos para que se incluya una subida en la partida presupuestaria para la casa real, a ver si así por lo menos pueden darle vidilla a la mesa y poner, cuanto menos, unas aceitunillas por si se presenta el Papa de repente o algún mandatario importante, o incluso la abuela emerita, que lo mismo tiene que agradecer que a ella le suban su pensión bastante más que a la de las abuelas de toda la vida.

Hay que dejar las cosas claras, para evitar malentendidos. Como Cristina Cifuentes, quien, tras una afonía de catorce días, se plantó frente a la Asamblea de Madrid, y posteriormente frente a la  prensa, para asegurar sin el menor recato ético que efectivamente, todo el sistema universitario se había plegado y desplegado para que ella pudiera estudiar su máster a medida, tal y como ella lo requería teniendo en cuenta su alto cargo, y que si existe alguna irregularidad, menudencias como falsificación documental o favores chapuceros, debe culparse exclusivamente a la universidad, pues es más que conocido el nulo papel que juegan los alumnos en sus propios estudios. No importa que sepa que su carrera política está ya más que finiquitada. Da igual que su insalvable dimisión se demore como una pésima digestión. Caerá, no tiene más salida. Pero ella seguirá afirmando, mucho después de perdida la batalla, que esto una persecución política, que el chavismo está detrás de algunas insinuaciones, que su honradez está fuera de toda duda (y de toda órbita) o que la culpa fue del chachachá (aunque, y hay que celebrarlo, esta vez ha sido la prensa quien ha logrado denunciar y conseguir además que esa denuncia no haya caído en el cada vez más abarrotado saco de la impunidad).

La sinceridad está de moda.

Las reinas se tiran de las coronas en público.

Una de las abanderas de la regeneración democrática tiene que abandonar su liderazgo en materia de honestidad porque ni siquiera es capaz de encargar buenas falsificaciones como si lo es de pedir buenas calificaciones.

Y a bordo de todo este dislate, el que se supone será el ganador de las próximas elecciones, Albert Rivera, quien, también en esta temporada de veda de verdades, ya incumple pactos que ha firmado para que todos sepamos que en él tenemos a un candidato que no defraudará.

¿No es presidente todavía y ya rompe promesas?

Digno de Lewis Carroll.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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