Las nueve musas
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Las penetrantes Señales

El heterogéneo e intenso universo poético de E. G. Bolaños

El poeta onubense Enrique García Bolaños, ingeniero de formación, intenso trovador de vocación y comunicador nato de indubitable talento, ya irrumpió con una fulgurante fuerza el pasado año merced al poemario Peluquería canina (editorial Versátiles[1]), en realidad su segundo libro, aunque, por azarosas circunstancias, viera la luz antes que el que constituye su primera obra, Señales, a cuyo alumbramiento hemos podido asistir en 2017, libro salido bajo los auspicios de la célebre editorial de la capital hispalense La isla de Siltolá.

SeñalesEste hombre de Ciencia comprometido como pocos con el mundo de las Letras viene desarrollando un universo poético muy personal, de inmensa y exuberante riqueza y heterogéneo eclecticismo, en que laten las virtudes del ser de excepcional integridad que siente la necesidad de expresarse, con sutil frescura y prodigiosa sensibilidad, describiendo el mundo que observa en derredor suyo -con espíritu crítico e innegable compromiso-, escrutando la vida y la condición humana o plasmando lo que nace emotivamente con fuerza colosal de sus entrañas, de ahí que nos hallemos ante una poesía de enorme hondura y profunda intensidad pese a la aparente sencillez, propia, evidentemente, de quien sabe conjugar lo más trascendental –no exento a veces de la lógica crudeza convulsa que nos subyuga- con la cotidianeidad de la propia vida y, al modo orteguiano, con sus circunstancias inherentes.

Las “señales” que irradia su obra homónima, con su inconfundible y cautivador sello personal, permiten hablar de un lenguaje poético propio y, hasta ahora, de enorme coherencia estructural a pesar de la enriquecedora heterogeneidad que cobijan sus variados poemas. Acercarse a la obra poética de un autor siempre se antoja una tarea compleja por cuanto conlleva realizar la mejor exégesis de que uno sea capaz, más allá de las posibles elucubraciones que, inexorablemente, surgen de las sensaciones (conceptos, imágenes, afectos, emociones) que nos suscita, en este caso muy intensamente, el lirismo creador y vibrantemente evocador de García Bolaños.

Su libro Señales se abre con unos versos –a modo de citas- iniciales procedentes, por un lado, de la celebérrima santa mística abulense y, por otro, de Dámaso Alonso, en concreto, de uno de sus poemas más electrizantemente dolientes, y es que la impronta damasiana es abrumadoramente trascendental en el universo Bolaños, para quien la lectura de Hijos de la ira[2], probablemente, supusiera un punto de inflexión, marcando un antes y un después. En la primera parte de Señales Soledad y Eucaristía (que aúna y preludia la temática y lo une a esa ‘acción de gracias’ en busca de la comunión con el lector)- aparecen, a su vez, los versos de la mexicana Rosario Castellanos y el rayo elegíacamente centelleante del indómito Alberti con un verso incardinado en el tópico del tempus fugit, extraído de Cita triste de Charlot, poema eminentemente visual y de sinfonía abigarrada[3], clara combinación de lo trágico y lo cómico, lo trascendental y lo absurdo, esas dos visiones únicas del espectáculo cinematográfico. Pero, sobre todo, acentuando el transcurrir inexorable del tiempo que será nota dominante en el libro que abordamos.

Ya el primer poema del libro se ve sutilmente impregnado de ese hastío urbano tan a lo Manuel Vilas, con reminiscencias de Gil de Biedma en cuanto a las dimensiones del teatro (los actores secundarios de la trama); se trata, en definitiva, de un poema entrañablemente romántico, de un intimismo muy especial, original y nada dulzón, en que se entreteje la visión del poeta, observador nato cual si de una cámara cinematográfica se tratara, hasta llegar al momento culminante, y con la expresión del sentimiento muy depurada, con dos anáforas y algunas elipsis muy interesantes y exquisitamente expuestas, entre la cotidianeidad de la propia vida y la captura de los momentos que el trovador es capaz de hacer sublimes reparando en detalles aparentemente nimios que, sin embargo, se hacen sustancia poética de forma magistral. El tiempo, de acuerdo con la temática, se hace muy presente, de forma constante a lo largo del poema –y, en realidad, a lo largo de todo el libro-. Asimismo, el poema bajo el título Moby Dick impresiona como una lanza metafórica o rayo lírico y breve que alumbra cual refulgente destello aderezado de una deliciosa prosopopeya en que la incertidumbre se expresa dando animacidad a esas dudas que embisten, en fin, brota, en su brevedad, un lirismo alegórico exquisito. No obstante, hay poemas que destacan sobremanera, es el caso de Boetticher y Navarro, con un final apoteósico, redondo en su genialidad, diana perfecta, ese no pasar nada en los ascensores sino la vida –que no es poco- pero no de arriba-abajo ni de abajo-arriba, sino de largo, que incide en la temática de la fugacidad del trayecto vital –lógico y recurrente tema poético en el hombre, único animal consciente de la finitud de su ciclo vital- pero que a la vez aúna la experiencia íntima y personal del amor dando cabida, desde la cotidianeidad del ascensor, a la más profunda y honda sentimentalidad líricamente pertrechada en esas descripciones versificadas con un ritmo fascinante, con esa técnica morosa que avanza con segura parsimonia tocando la fibra del lector. Veámoslo:

BOETTICHER Y NAVARRO

 

Nunca pasa nada en los ascensores.

 

Recuerdo uno, muy pequeño.

Las puertas se plegaban hacia adentro.

Me llevaría a la fiesta donde te conocí.

 

El tuyo lo recuerdo bien.

Al fondo, a la derecha, detrás de las escaleras,

escondido.

Por dentro era amplio. Oscuro.

Le solía fallar una bombilla.

Tenía un gran espejo –enorme–

atravesado por un pasamanos de metal cromado.

Elegantemente decadente.

Quizás los ascensores se parezcan a sus dueños.

 

La primera noche que subimos juntos,

Pepa, la viuda del quinto,

lo interceptó con su pekinés

pero no impidió que nos comiéramos allí dentro

con los ojos.

 

Recuerdo bien tu ascensor:

el orden amargo de los botones;

las vetas de la madera  

esa madera tan cara 

y tan mal ensamblada;

la luz tenue; el aire aséptico.

Lo recuerdo muy bien.

Me miré muchas veces al subir

dándome ánimos;

solía bajar dándome la espalda.

 

Nunca pasa nada en los ascensores

salvo la vida, que lo hace

no de arriba abajo

no de abajo arriba

sino de largo.

Enrique García Bolaños
Enrique García Bolaños en el acto de presentación de Señales

El autor también se muestra cómodo en el ejercicio eutrapélico y jocoso, sirva de muestra su divertido poema Autodefinido donde establece un virtuoso juego para enfocarse desde la otra perspectiva, juego que ya empieza en el mismo título y que se hilvana en la referencia al abordar al crucigrama visto como uno mismo y que se entreteje con un final de elegíaca metáfora ante la elección del otro. No faltan, desde luego, las referencias culturalistas, que son otro punto fuerte de su poética, incluso a veces en el propio juego del título (Einstein, Heisenberg, Schrödinger…); de hecho, ese poema, de gran depuración formal, con una disposición tipográfica muy medida que se abre con cuatro adjetivos en ese afán de desentrañar la realidad del mundo y donde la constante de la propia contingencia del ser en un espacio y tiempo determinados que juegan en nuestra contra –sobre todo el segundo- posee una vigorosa precisión que, en su sobriedad, pocas veces ha estado mejor expuesta, al menos desde un lirismo expresivo, sin olvidar –esencial en su completud- el último verso que redondea el poema doblemente, como en giros concéntricos, pues la metáfora de la estación del año al mismo tiempo resulta un guiño cómplice a elementos culturales de hogaño (Game of Thrones: Winter is coming).  El culturalismo –casi de didáctica sencillez por cuanto estimula la curiosidad, pero no es para nada un culturalismo pedante o pretencioso- abarca, obviamente, la vertiente científica con guiños muy especiales (Navier-Stokes), fruto, sin duda, de las muchas lecturas y el profundo dominio del autor en muy diversos campos que, sin embargo, por fortuna, en ningún caso oscurecen su lenguaje ni lo envuelven en una opacidad de excesiva complejidad. Sin duda alguna, uno de los más excelsos es Control de gálibo, no en vano ya ha sido incluido este poema en diversas antologías y resume, en gran medida, el carácter poético que nutre la obra de Bolaños. Es más, en su concreción estructural como sistema agudamente pulido y en su afán comunicativo de aparente sencillez que pretende ejercer la función transmisora, cabría hablar, extrapolando de la ciencia lingüística al ámbito literario los términos correspondientes, de estructural-funcionalismo como pilares fundamentales del bolañismo, al menos hasta la actualidad. He ahí la coherencia estructural del sistema, como el de la lengua, pero referido en este caso a su poética, y su funcionalismo, pues sin perder el principio de inmanencia, el fin último es el deseo de comunicarse, quizá tanto con lectores como consigo mismo pues ya decía Valente que el destinatario último de un poema era siempre el propio autor ante su propia obra cuando esta se halla finalmente conclusa y acabada.

Otro ejemplo de depuración formal, casi poéticamente guilleniano –el más redondo del 27, según el maestro Alarcos[4]-, sería su poema Interestelar, de claras resonancias muy suavemente evocadoras, y, si bien no es heteróclito, sí que destaca por su genuino carácter. Mucho más narrativo, casi prosa poética a modo de bellísimo relato es el de Vado permanente, de marcado ritmo sintagmático, donde la recreación de momentos que impregna la ‘historia’ no es eclipsada precisamente por el aire nostálgico a que se alude en el propio poema (no sin matices, que excederían los límites y pretensiones de este humilde artículo). Ya que mencionamos la nostalgia, conviene señalar que precisamente la poesía nostálgica y elegíaca es muy característica del autor que aparece –por su cita- en la segunda parte del libro, Mark Strand, amén de la uruguaya Idea Vilariño, otra autora de poesía muy muy intensa. Y es que la intensidad de la propia poética de Enrique García Bolaños queda reflejada incluso en aquellos poemas de aparente cotidianeidad (en la que, de algún modo, hunde siempre sus raíces el universo poético de nuestro autor). Sin embargo, a pesar de posibles temas elegíacos (soledad, tiempo, derrota o infortunio –véase ese morfema cero ante el título ‘fortuna’ en el poema correspondiente-, muerte…) el espíritu vitalista permanece cobijado o, si se quiere, transpuesto por el hondo sentimiento, el compromiso que emana de las entrañas y se funde con el propio mundo y la propia vida, también con el recuerdo, de igual manera que lo hace la coherencia con los propios valores del poeta que jalonan, no siempre de forma explícita –he ahí la magia poética ante la aislabilidad inherente al poema como muy bien remarcara Alarcos-, los poemas. Especialmente emotivo resulta el alusivo al abuelo. No podemos olvidarnos del compromiso que también se hace patente, y que, desde una visión netamente progresista y de justicia social, subyace en algunos poemas, he ahí la crítica social o político-social, inclusiva e inherente al propio autor que reflexiona, no desde la arrogancia visceral, sino desde el compromiso de la coherencia personal y de los propios valores y principios que lo conforman (y que, en realidad, constituyen la esencia última del poeta, como hombre).

Además del tiempo, la soledad, el amor, etc., la propia condición humana queda escrutada, incluso en la comparación histórica desde el principio de la humanidad, ese devenir desde los primeros hombres. Respecto de esta crítica que se erige majestuosa en algunas de sus composiciones, hay que decir que en ningún caso constituye una efectista o artificiosa argucia panfletariamente contestataria, si acaso un desahogo honesto del poeta que cala hondamente por su virtuoso lirismo. Además, dicha crítica muchas veces aparece aderezada por un sentido del humor entrañable (repárese en poemas como Plus Ultra) que no supone merma alguna del agudo pensamiento o reflexión profunda –e incluso acerba, ácida- del poeta, pero que, encuadrado desde su propia circunstancia y con la justa perspectiva que da una mirada cabal, sosegada e incluso socarrona, catapulta todavía más la sustancia poética, conformada por unos versos potentes y diáfanos que fluyen como secuencias de agua clara sin perder la intencionalidad con que fueron concebidos.

Por otra parte, no ha de extrañarnos la cita de Philip Roth, habida cuenta del indisimulado apego o querencia que por dicho escritor ha confesado Bolaños en reiteradas ocasiones. Se acompaña de otra mucho menos atractiva de Ernestina de Champourcín, pues sin negarle méritos a la que fuera esposa del secretario de Azaña, una mujer independiente y precursora en sus inicios, el giro hacia una religiosidad exacerbada de estomagante misticismo que comenzaría a tener demasiado peso –así como su pertenencia a cierta prelatura de carácter fanáticamente reaccionario- genera lógicas reticencias quedando en cierta forma empañada su actitud otrora mucho más abierta En cualquier caso, cabe interpretar esa alusión –ninguna selección es baladí- como una muy loable vindicación femenina pues pareciera que el 27 se limita a la nómina de los diez autores varones por todos conocidos (u 8 cuando se excluye de la misma a Emilio Prados y Manuel Altolaguirre) y 11 si sumamos al epígono (como consideraba Dámaso a Miguel Hernández). Bien es cierto que, stricto sensu, suele quedar reducida a Guillén, Salinas, Cernuda, Alberti, Lorca, Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego[5].

Enrique García Bolaño
El ingeniero y poeta Enrique García Bolaños. Fotografía: Nieves Trijueque.

La orografía de las costas anónimas -otro capítulo del libro- ya revela la trascendencia del espacio circundante del poeta, se abre con el poema de Los flamencos –muy simbolista, aunque sin llegar a cotas rubendarinianas– y vuelven de nuevo el tiempo, la soledad, pero cobrando especial interés ahora los elementos más naturales, con buscadas reiteraciones (los flamencos, un año más, la marisma) aderezadas con metáfora y metonimia hacia la estrofa final y con toques sugerentemente cautivadores. A pesar de su triste tono elegíaco, especialmente brillante es el poema En memoria del jersey gris olvidado en el fondo del armario de mi casa de la playa. De nuevo el espacio geográfico se torna vital junto a un precioso –que no preciosista- romanticismo, pese a la frustración por la pérdida y esos intentos de búsqueda en otros labios. Particularmente bella –y atinada- es esa alusión a un objeto como una prenda a partir de la cual va generándose el contenido evocador que pretende transmitir, y lo logra con sublime eficacia; es entrañablemente estimulante y muy intensa esa expresión del sentir el abrazo suave con la cuasi sinestesia de la caricia sonora, así como la metáfora de la propina, el desgarro interior en lisérgica explosión, esa pulsión interna ante la actitud cruel (de la amada) y el simbolismo de otro objeto como el espejo (o los espejos) como remate colosalmente excelso de un poema, francamente, extraordinario. Intimista, sí, pero con una intensidad original que no es mero cliché de melancólica nostalgia empalagosa ni tampoco un irascible aullido de despechado, sino la emotiva recreación afectiva de un poeta con letra impresa en el corazón que emerge en la expresión con una musicalidad en que los versos, lejos de ser hachazos punzantes, se tornan destellos de una voz intensa con un talento prodigioso para dejar esculpido en el lector un alud emocional que casi (se) vive como propio. Conseguir eso demuestra los brotes de lírica genialidad del autor.

EN MEMORIA DE TU JERSEY GRIS OLVIDADO EN EL FONDO DEL ARMARIO DE MI CASA DE LA PLAYA

 

Siento la electricidad estática crepitar

abrazándome suavemente;

una caricia sonora que me recuerda

cómo iba a buscarte cada vez,

cada noche,

en otros labios

 

en otros ojos

que me daban, por lo menos,

la propina.

 

Nadie fue tan cruel como tú.

 

Sólo me dejaste los espejos.

Nada quizá es el aparentemente más sencillo, pero en su concisión condensa la enorme orfandad, en este caso sentimental, ante las idas y venidas del ser a quien recrimina los tremendos vacíos que deja y que, en su enormidad (me da miedo la enormidad, como diría nuestro inolvidado Antonio Vega[6]) solo cabe equiparar al infinito, término manido pero inevitable ante lo inabarcable. Y, en consecuencia, necesario:

NADA

 

El infinito es

incapaz de albergar

el tremendo vacío

que dejas cada vez

que vuelves.

El marcado simbolismo que preside Alien vs Predator hace de este poema uno de los de mejor factura de todo el acervo épico e inspirado que nos ofrece el autor. Dejando aparte la alusión cinematográfica del título, las estructuras atributivas a modo de comparación reiterada funcionan precisamente como mantras (ella es la cama, yo soy el sillón), término que aparece en el propio poema (término muy harrisoniano[7], dicho sea de paso) e incluso un parónimo suyo previo, el de mantas, al versar sobre la maraña de sábanas –de ‘recuerdos’, también siempre muy presentes, por algo decía Raymond Radiguet que ‘solo en el recuerdo se nos muestra lo maravilloso’-. En ese poema podemos reconocer además la querencia, gusto y apego del poeta por esos esqueletos metálicos que pueblan techos, tejados y azoteas, una especie de fetichismo por las antenas, de marcado carácter simbólico y visual (y que trascienden de alguna forma el afán comunicativo inserto en la esencia misma de nuestro autor). Van surgiendo delicadamente ricas esas metáforas de espigas muertas, de esquelas marinas para llegar, seguidamente, al nivel máximo de abstracción que refieren ‘las ausencias’; otro tanto cabe decir de una estrofa final (ladrillos, costillas, antenas, pestañas) en esa negación reiteradamente rítmica que acompasa el poema tras esa casi greguería del asfalto rojo de la azotea como sangre negra. Por su parte, Todo para todos engloba en el espacio-tiempo, como coordenadas siempre muy presentes (hoy, hoy, reiterado, posteriormente genial estructura anafórica con en la oscuridad del dormitorio, en el silencio del edredón, en los pliegues del tiempo, rematando así esas cicatrices del espacio), la más bella declaración de sentimiento en un hic et nunc que basta al poeta para reafirmarse en su seguro sentir, quizá sea de los poemas más vitalistas, optimistas, epicúreo a su modo, sin caer en un romanticismo banal trillado, sino que afronta la adversidad, la soledad, la oscuridad del dormitorio, incluso estando apenas entero, con un sereno estoicismo, seguro del sentimiento que se alberga y se declara, con independencia de la multiplicidad exegética que se pueda atribuir al poema. Especialmente duro, potente, brutal es la Historia del tiempo, con la calculada disposición tipográfica y los ojos que se apuntalan helando el tuétano, de nuevo en rítmica catarata anafórica que, en estructura negativa copulativa, se sigue al final del poema, y con un contenido que se condensa como voz y viento del pueblo, de aquel que clama con un espíritu desgarrador de gran carga emotiva. Después del poema Bacon contra Velázquez, impresiona e impacta Graceland, pero es uno de esos poemas que requerirían su propio monográfico, es una conjunción grandiosa de la reflexión sobre el propio ser humano y la razón de todas las cosas y de nosotros mismos en el mundo que se nos escapa a la vez que el lirismo se empapa de una sensualidad voluptuosa espléndida, alejada de cualquier eufemismo pero que en ningún caso se desliza por los grotescos caminos ordinarios tan habituales entre nuevos poetas, todo lo contrario, pero, sin renunciar, eso sí, a la mención explícita y a la vez sensitiva, sensible, carnal, que se entreteje de una forma exquisitamente deliciosa y arrebatadora. Un poema, sin duda, que da para mucho. Portus Maris es, probablemente, el más marcado por el entorno geográfico y toda una declaración que vehicula el evidente vínculo con su espacio y que posee una riqueza en figuras muy notable. Otro muy emocionalmente intenso es Nosferatu, una recreación casi en prosa poética, un relato al que es fácil sentirse unido si se comparte un código donde ciertas vivencias pueden percibirse incluso como próximas, aunque un riguroso análisis sería muy largo de desarrollar y exigiría lógica exhaustividad.

En fin, un libro completo y redondo que revela toda la hondura de una voz genuina con un talento poco frecuente; aún quedaría toda la parte final (Peluquería canina), con la cita de otro de los escritores selectamente escogidos por García Bolaños, Don DeLillo, y, por otro lado, recurre a Gloria Fuertes, autenticidad pura, aun cuando ahora precisamente se cuestiona mucho su calidad en una de esas habituales polémicas que surgen cada cierto tiempo. He de reconocer que a mí me gusta, así que no soy objetivo. Y tampoco vamos a mentir, se la conoce siendo niño con sus poesías infantiles, pero si uno se molesta en indagar, luego puede encontrar su literatura para adultos, enormemente enriquecedora y, sobre todo, no debemos perder de vista que siempre encarnó unos valores dignos de toda loa. He ahí Todo asusta y su hago versos, señores del que toma los versos nuestro autor para la última parte de Señales. Siempre me gustó la efectividad expresiva de Gloria Fuertes, ese buscado desaliño, como me gustaba la sintaxis suelta de Umbral o el también anárquico desaliño, en este caso narrativo, de Baroja –que, curiosamente, Umbral no soportaba-. Además, Gloria Fuertes siempre tuvo esa inclinación natural a la ironía, el humor, los juegos de palabras, y a pesar de ripios infantiles –conste que ya el mero hecho de acercar la poesía a niños es meritorio-, la sencillez al tratar temas universales, de la soledad al amor, de la guerra a la paz, de la mujer a la muerte o su protesta contra la injusticias, como digo, esa sencillez, sin embargo, revelaba una profundidad mucho mayor sin necesidad de enredarse de forma gongorinamente culterana, desagradabilísimo vicio en que tantos, desgraciadamente, incurren, y es que el peligro mayor consiste en evitar la llaneza, por juzgarla vulgar, y enzarzarse en los laberintos de un estilo más elevado sin conocer a fondo sus secretos, ella –como García Bolaños– los conocían y conocen y eso siempre se acaba notando (para bien en los buenos autores, claro; y en los ilusos que van de torrenciales pedantes pues para mal). De alguna manera, Bolaños practica una poesía transculturalista –como la de Luis Alberto de Cuenca-, ya sea tan placenteramente desenfadada –sobre todo, en prosa poética- como un artículo de Jabois, o ya sea tan intensamente punzante como unos versos damasianos, pero que no es mera pirotecnia lírica o burdo tremendismo efectista, sino esencia verdadera magníficamente construida.

Siguiendo con la poesía de García Bolaños, y aun sabiendo que su pudorosa humildad encaja mal cualquier impresión que suene a cumplido, estamos ante un escritor hondo y verdadero, a través de cuya sugestiva poesía fluyen resonancias clásicas y a la vez atemporales, así son los asuntos que frecuenta en su heterogéneo y ecléctico universo poético tales como los efectos del paso del tiempo, la inconsistencia del humano existir, la soledad, los sentimientos: amor, lazos familiares (abuelo), geográficos…, la evocación de la infancia, los recuerdos, las experiencias, la captura y relato de momentos (intimismo personal), la premonición de los desenlaces luctuosos que a toda persona acontecen y, en definitiva, el amor, el desamor, la distancia, el tiempo… los grandes problemas que a todos nos afligen y también los buenos recuerdos que pueden aflorar en las vidas de las personas y permanecen en esa remembranza imperecedera, en este caso como hilo conductor de una poética de impecable coherencia en que, si bien cada poema puede ser diferente, hay un lenguaje poético que aúna el conjunto, con palabras líricamente meditativas (más aún para quienes sean más próximos al autor y cuenten con la ventaja de llegar aún más lejos por el conocimiento de su propia persona y su propia vida), pero, en cualquier caso, memorables en su honda resonancia y que siempre invitan a la reflexión o tocan la fibra del sentimiento del lector. Obviamente, solo los más cercanos penetrarán con suma agudeza –ya decía en preciosa estrofa el maestro Alarcos[8]: difícil penetrar hasta mi hondura, / difícil derramar mi jugo espeso / fuera de mi oscura nervadura /-, pero con la que cualquier lector puede disfrutar enormemente. Además, se nota su precisión y talento, que el poeta ha sido cocinero antes que fraile, o sea, músico aparte de poeta, y eso se traduce en la excelsa combinación de secuencia sintáctica y secuencia rítmica –huelga referenciar sus guiños poéticos a Bob Dylan (Ballad of a Thin Man, Duluth, MN) o David Bowie (Lazarus)-. No obstante, produce tremendo vértigo la osadía de incursionar en un análisis de su poética ya que cuanto se diga difícilmente estará a la altura y, por consiguiente, no podrá reflejar las virtudes de su obra que, a su vez, evidencian el dominio del autor en tantos campos diversos, pero ello en modo alguno es óbice para que los lectores puedan disfrutar de todo cuanto ofrece la poesía de Enrique García Bolaños si deciden sumergirse, desprejuiciados, libres y abiertos, en el apasionante y refrescante universo poético que nos presenta el sentido trovador onubense.

Precisamente en la parte final del libro (que da título a su otra obra), la crítica se vuelve brutalmente certera, he ahí La recuperación, sencillamente sublime, poema que consigue removernos por dentro de forma aún más intensa si se escucha de viva voz al propio poeta, frecuente en actos, presentaciones, recitales, como admirable activista cultural que es. El poema Sangre une gracia e ingenio, compromiso e inteligencia, agudeza y perspicacia, con un final que revela también ese (buen) humor que no está reñido con la crítica, con la descripción, y que vertebra una de las partes del poliédrico carácter de un autor que puede ser irónico y sensible, sentimental y crítico, potente y desgarrado, sin que ninguna de las facetas difumine cualesquiera otras, salvo por aquello que, en cada momento, quiera destacar el poeta. Otra crítica hecha poesía de forma magistral es el poema Belgrado, sin olvidarnos de La grieta, además de aquellos guiños cómplices como los ya aludidos en líneas precedentes, por ejemplo, a Dylan. La profundidad de la poesía de Bolaños exige no solo una lectura atenta, sino intensa, su riqueza requiere leer intensamente, de forma sosegada y tranquila, con delectación –como quien paladea un buen vino-, con tiempo y agudizando los sentidos, y, probablemente, en cada relectura hallemos nuevos elementos, y no pocos serán trascendentales, lo cual no es sino una muestra palmaria de una poesía hondamente penetrante, a veces irónica, a veces crítica, a veces sentimental, a veces convulsa, pero nunca indiferente, y siempre natural, exacta, potente.

En fin, la poética de Bolaños desarrolla y condensa lo esencial tanto en temas y concepción del mundo que nos rodea –que rodea al poeta como hombre- como en configuración lingüística. Aunque dé la impresión de una reducción de enfoque panorámico impuesto por la experiencia relatada líricamente –como si fuera el argumento de un relato-, puede vislumbrarse un fondo elemental y auténtico de humanidad en todos los poemas, quizá no generalizable a todos los posibles/potenciales lectores, pero sí a aquellos que logren traspasar la frontera del juego lírico de la poesía. La capacidad de empatizar con el lector se hace patente merced a la gracia lírica como trovador nato y al talento prodigioso del poeta, es decir, a la propia capacidad poética que emana de su obra y que, consecuentemente, se refleja en sus poemas. Con la lengua sabiamente manejada, el autor estruja el contenido, elimina el excipiente –más aún en los poemas más depurados- dejando las esencias operantes en cualquiera capaz de vivir cada poema como si fuera una historia, en fin, como ese núcleo de humanidad que todos (o, al menos, algunos) poseen más o menos clandestino y oculto y que emerge con la fuerza expresiva cuando se posee el talento para ello y, además, con un estilo propio que permite hablar de un lenguaje poético propio, en definitiva, una sugestiva voz personal y conocedora de los recursos que sabiamente maneja –aunque sea de forma relativamente inconsciente- dando como resultado belleza lírica, realidad –por cruda que sea, que lo es a veces- hecha poema. Sea como el camino de Delibes o como la senda machadiana que se hace al andar –por utilizar clichés manidos, valga la redundancia-, como poeta recorre García Bolaños ese camino y lo muestra sugerente al lector. Aunque el mundo y la vida que lo propugna estén acechados por las torvas amenazas de lo adverso, él prosigue, integérrimo, creyendo y luchando, comunicando, haciendo poesía de la realidad cotidiana y reflejando el mundo, e incluso la propia incapacidad muchas veces de encontrar razones últimas, pero canalizando la insondable profundidad que nos rodea a través de nuestro instrumento más preciado, que es el idioma, herramienta tanto en la que se hace patente el pensamiento como la que nos sirve para comunicarnos. Nos llevaría mucho tiempo realizar un análisis más exhaustivo si nos detuviéramos en todos los temas o en los muchos recursos empleados, habida cuenta de la propia riqueza intrínseca a la obra que aquí nos ocupa.

Aunque sea una osadía, esperemos que no una temeridad, creo que podemos aventurar que el talento poético que se desprende de las esencias de Enrique García Bolaños constituye algo innato, como si fuera un inconsciente -o, mejor dicho, subconsciente (y eso que no somos freudianos)- cuando se embarca en la compleja aventura de la escritura de tal suerte que somos propensos a creer que el autor, cuando escribe, no piensa en metáforas ni anáforas ni metonimias. En absoluto quiere decir que las desconozca, conoce bien los resortes últimos del lenguaje, y el nivel cultural e intelectual de García Bolaños es mayúsculo, pero, cuando escribe poesía, no piensa ni se para a pensar en ello, le sale solo, de forma espontánea, de ahí la maravillosa naturalidad que rebosa su poesía. Ahora bien, luego es muy consciente de cuáles son los mecanismos de que él mismo hace uso al darle al bolígrafo (o a la tecla). Decía el gran José Luna Borge[9] que “el artificio no sirve de mucho en poesía, pero conviene conocer bien la técnica”; tiene toda la razón, pero no es menos cierto que muchas veces quienes, pertrechados de formación filológica, se centran tanto en la técnica y sus recursos, pueden resultar artificiosos, sencillamente porque quizá carezcan del sentido poético, que no es una sustancia especial que segreguen ciertos seres, pero sí una capacidad, aptitud o cualidad, que, no obstante, la propia escritura y las muchas lecturas contribuyen a fortalecer, asentar y consolidar. De la misma forma que hay muy buenos músicos con muchos años de conservatorio a sus espaldas y los hay igual de virtuosos que tienen inserto ese talento que fluye como el propio río de la vida. Como ocurre en Lingüística, recuérdese lo que decía Emilio Alarcos Llorach[10], “en todos los ambientes de la sociedad el nivel de conocimientos y el desarrollo cultural de cada persona modifican la capacidad innata de los hablantes/escribientes y, por ejemplo, la corrección de los defectos gramaticales comporta muchas dificultades, ocurre que los que hablan y los que escriben no siempre están a la altura de las circunstancias, vacilando entre la rutina de la corrección no segura y los atractivos arriesgados de querer estar al día”, de ahí que “prudencia y estudio, claridad y llaneza son las virtudes que deben procurarse”, no solo en la narrativa, sino también en la poesía, y coinciden con las cualidades por las que García Bolaños sabe guiarse con soltura y eficiencia; por tanto, aun con un nivel cultural insoslayable, podemos afirmar la existencia de ese factor innato, que existe en poesía, igual que existe en gramática (y en otros ámbitos). Por seguir con el maestro Alarcos, este decía: “el factor esencial de los inevitables yerros es la carencia de sentido gramatical. Solo algunos lo poseen –o lo poseemos- intuitivamente y los más deben adquirirlo con estudio y práctica”, y, por ende, si algunos tenemos ese sentido gramatical e incluso esa capacidad para valorar los aspectos formales de una obra literaria, otros tienen ese sentido –en este caso poético- para la creación, un claro ejemplo es la poesía de García Bolaños, que descuella nítida, clara y luminosa en su afán funcionalistamente comunicativo y líricamente sugestivo y memorable.

Por otra parte, el hecho de que su segundo libro (aunque saliera primero) llevara por título el de la última parte del primero (Peluquería canina) no sabemos si preludiará que, en un futuro lejano –cuando nuestro poeta sea un nonagenario de pelo cano (no tiene pinta de que vaya a sucumbir a la desgracia alopécica)-, reúna su obra de forma global como un todo, como hiciera Jorge Guillén con Aire Nuestro y tantos otros autores, pues si bien toca muchos temas, fruto de la heterogeneidad y eclecticismo de su universo poético, también hay unos valores comunes en el contenido (y en el compromiso y en el sentimiento) latentes así como también se da esa completud de sistema cohesionado en la expresión, esto es, en el propio lenguaje, aunque todo dependerá del rumbo que pueda ir tomando su trayectoria –que cabe augurar exitosa-; quizás nos sorprenda con una experimentación y renovación que haga inviable esa línea de continuidad de su poética hasta ahora estructuralmente muy coherente, pero, en cualquier caso, reunida o anárquicamente desligada, lo que late en ella es sobrecogedoramente formidable y bello, inmensamente magnífico. Todo lo demás, solo el tiempo –ese tiempo tan presente en su obra- lo dirá.

No podemos dejar de manifestar la admiración que nos suscita no solo por su indubitable talento, sino por el compromiso del autor con la cultura y la poesía; su participación en múltiples actos revela la auténtica pasión y bendita locura por la poesía y, por extensión, por la cultura, vista –y trabajada- además como motor de cambio, quizá no como arma cargada de futuro –que sería escasamente original tirar siempre del título celayano-, pero sí al menos como instrumento de ruptura de silencio, en fin, eclosión de voces y versos que claman con arte, con eso que Lapesa llamaba actividad espiritual por la que el hombre crea obras con fin de belleza, pero que, añadimos nosotros, adquiere nuevas dimensiones de compromiso y acaba revelando el alma colectiva inserta en la intrahistoria tanto de los individuos como de los pueblos. Y así, como huellas, en ocasiones indelebles, vamos dejando nuestras personales señales.


[1] GARCÍA BOLAÑOS, Enrique (2016): Peluquería canina, Huelva, Editorial Versátiles

[2] ALONSO FERNÁNDEZ DE LAS REDONDAS, Dámaso (1946): Hijos de la ira. Diario íntimo, Revista de Occidente, 1944 (2.ª edic. ampliada, Bs. As.), Espasa-Calpe.

[3] MARTÍNEZ TORRÓN, Diego: Juan Ramón y Alberti, dos poetas líricos, Kassel : Edition Reichenberger, 2006.

[4] ALARCOS LLORACH, Emilio, Eternidad en vilo. Estudios sobre poesía española contemporánea, editorial Cátedra (2009).

[5] ALARCOS LLORACH, Emilio, Eternidad en vilo. Estudios sobre poesía española contemporánea, editorial Cátedra (2009).

[6] VEGA TALLÉS, Antonio: Lucha de gigantes (canción).

[7] Nos referimos al conocido músico George Harrison.

[8] ALARCOS LLORACH, Emilio (2006): Mester de poesía. Editorial Visor.

[9] Entrevista en La Fragua Literaria leonesa. Manuel Cuenya | 21/02/2017. Ileon.com

[10] GRACIA NORIEGA, José Ignacio, Emilio Alarcos: Premio Provincia de Valladolid 1997, ed. Diputación de Valladolid.

Miguel Ángel del Corral

Miguel Ángel del Corral

Experto en Lingüística, de formación netamente filológica, con varias matrículas de honor y sobresalientes en diversas materias del Grado de Lengua y Literatura españolas (extinta Filología Hispánica), y adscrito a las corrientes del estructuralismo y el funcionalismo europeos, es profundo conocedor y estudioso especialista de la obra de don Emilio Alarcos Llorach.

Ha escrito La pervivencia del pensamiento alarquiano en la actualidad (que aún permanece inédita). Con experiencia docente y ligado al mundo de la juventud, ha desarrollado y contribuido al fomento e impulso de la cultura entre los jóvenes.

Es uno de los socios fundadores del Ateneo de Palencia. Coruñés de natural, pero toledano-palentino de pastura, de marcado carácter castellano, actualmente reside en Palencia.

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