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Las partes de la oración

Si aceptamos que una oración es un conjunto de palabras que expresan un sentido gramatical completo, podemos deducir que, cuando nos referimos a sus partes, no estamos sino refiriéndonos a las palabras.

En este artículo repasaremos los puntos más relevantes de esta cuestión.

Partes de la oración

  1. Clasificación de las partes de la oración

Mucho se ha discutido acerca de cuál es el mejor enfoque para clasificar las partes de la oración. Si tenemos en cuenta la variedad de factores que pueden intervenir en una clasificación de este tipo, podemos decir que estas discusiones no fueron en absoluto irrelevantes.[1] Entre los muchos factores posibles, los principales son —al menos, en nuestro idioma— la categoría gramatical de la palabra, su forma y sus funciones sintácticas.

Aunque las categorías gramaticales de sustantivo, adjetivo y verbo corresponden a las categorías lógicas de sustancia, cualidad y fenómeno,[2] la cualidad, por ejemplo, puede expresarse también por un sustantivo, como ocurre con las palabras bondad, maldad, mansedumbre, etc., y el fenómeno, por un sustantivo, como venida, partida, carrera, etc. Sin mencionar los verbos que denotan estados o cualidades permanentes como vivir, gobernar, esclavizar, etc.

La clasificación por la forma presenta menos dificultades, ya que se limita a dividir las palabras en variables e invariables, es decir, si la estructura de las palabras se modifica en virtud de los accidentes gramaticales que éstas pueden admitir. Sin embargo, en esta división es difícil incluir las palabras invariables que, al sustantivarse, flexionan, como sucede en estos casos: «Esa solución tiene muchos peros», «Quítale a tus respuestas los síes y los noes», «Muchos amenes al Cielo llegan».

Por último, si basamos la clasificación en la función sintáctica de la palabra, nos encontraremos, por ejemplo, con que no sólo es el sustantivo el que ejerce la función de sujeto, sino que ésta puede ser desempeñada por otras clases de palabras, e incluso por sintagmas o proposiciones. Del mismo modo, en este tipo de clasificación, nos encontramos con que las palabras, por sí mismas, no expresan siempre una función sintáctica, pues ésta, por lo general, requiere la cooperación de dos o más palabras, como puede observarse, sin ir más lejos, en los complementos circunstanciales. En consecuencia, para considerar las palabras como partes de la oración —tal como se viene haciendo tradicionalmente—, debemos aceptar el hecho de que existe una unidad superior, el elemento sintáctico, que es el que expresa con mayor precisión el papel gramatical de cualquier secuencia lógica de palabras.

A propósito de esto, Ferdinand de Saussure se preguntaba:

¿En qué se funda la clasificación de las palabras en sustantivos, adjetivos, etc.? ¿Se hace en nombre de un principio puramente lógico, extralingüístico, aplicado desde fuera de la Gramática como los grados de longitud y de latitud al Globo terrestre? ¿O bien corresponde a algo que tiene su sitio en el sistema de la lengua y está condicionado por ella?[3]              

Aunque esto último parece lo más lógico, también hay algo de cierto en la primera percepción, ya que la distinción de las palabras en sustantivos, verbos, etc., no responde a una realidad lingüística incontestable, sino a una clasificación muchas veces defectuosa o incompleta. Por otro lado, decir que las partes de la oración son factores de la lengua únicamente porque corresponden a categorías lógicas, es olvidar que no hay hechos lingüísticos independientes de una materia fónica específica.

  1. La palabra como parte de la oración

Tal como se ha insinuado en el encabezado de este artículo, la oración bien puede definirse como un conjunto de palabras que expresan un sentido gramatical completo, lo que equivale a decir que la secuencia de palabras que la forman no es en absoluto azarosa, sino que obedece a ciertas reglas gramaticales que garantizan su legibilidad, como pueden serlo la concordancia y la rección. Sin embargo, cada palabra, ya sea por su categoría gramatical, ya sea por formar parte de un sintagma, tiene sus propias exigencias, y cada una de éstas contiene un significado general que sólo puede explicarse dentro de la misma oración.

Por lo demás, en lenguas como la nuestra, que suele caracterizarse por su terminación, las palabras cambian con mucha frecuencia de categoría gramatical. Así, vemos que se sustantivan los adjetivos, los infinitivos, los adverbios e incluso las conjunciones, como sucede en estos casos: el sabio, los ricos, el comer, el vivir, el mañana, aquel entonces, el pero, el conque, etc. En inglés es también frecuente este cambio gramatical, por ejemplo, la palabra light puede ser, según los casos, sustantivo, adjetivo o verbo, sin variar para nada su terminación. 

No obstante, existen palabras que expresan conceptos por sí mismas, aunque sólo lo hagan con un significado general que únicamente se evidencia si se relacionan con otras, ya sea por flexión, ya sea por agrupación. Así pues, las palabras casa, azul, cantar nos dan la idea general de una obra edificada, de un color determinado, de una emisión de la voz; es por eso por lo que las voces de este género pueden definirse por sí solas en los diccionarios; y es que estas palabras, sustantivos, adjetivos y verbos, tienen una correspondencia real (aunque versátil, como hemos visto) con los conceptos lógicos de sustancia, cualidad y fenómeno.

Pero otras palabras, que carecen de contenido conceptual propio, se remiten a las que expresan conceptos por sí mismas, y de ese modo adquieren todo el valor semántico de éstas. Son las palabras llamadas pronominales, y están representadas, naturalmente, por los pronombres, que unas veces establecen relaciones nuevas entre los conceptos inherentes a las palabras conceptuales, y otras veces refuerzan las relaciones ya existentes.

Finalmente, otros vocablos no tienen otro contenido semántico que el de una relación general más o menos matizada, por lo que no es posible definirlas lexicográficamente sin hacer referencia a dicha relación. Eso es lo que ocurre con las preposiciones y las conjunciones. La preposición con, por ejemplo, nos da una idea de compañía; pero, alejada de otras palabras, no podríamos advertir las muchas relaciones que puede expresar. Este mínimo de valor conceptual explica no sólo la movilidad de estas partículas y su dificultad de clasificarlas, sino también el hecho de que, en ocasiones, se deba prescindir de ellas para afirmar su gramaticalidad; así pues, es correcta la expresión «Veo a mi padre», pero también la expresión «Veo la puerta».

  1. Las partes de la oración a través de los siglos

A esta altura ya debería haber quedado claro que al hablar de las partes de la oración no estamos sino hablando de las palabras o, más precisamente, de lo que hoy en día denominamos clases de palabras, algo que siempre fue una de las preocupaciones principales de nuestros gramáticos. Al respecto, ya el maestro Antonio de Nebrija se expresaba de este modo:

Los griegos comun mente distinguen ocho partes dela oracion: nombre, pronombre, articulo, verbo, participio, preposicion, adverbio, conjuncion. Los latinos no tienen articulo, mas distinguen la interjecion del adverbio, i assi hacen otras ocho partes dela oracion: nombre, pronombre, verbo, participio, preposicion, adverbio, conjuncion, interjecion. Nos otros con los griegos no distinguiremos la interjecion del adverbio; i añadiremos conel articulo el gerundio, el cual no tienen los griegos ni latinos. Assi que seran por todas diez partes dela oracion en el castellano: nombre, pronombre, articulo, verbo, participio, gerundio, nombre participial infinito, preposicion, adverbio, conjuncion.[4]           

En el siglo XVI, gracias a Francisco Sánchez de las Brozas, se fijó en tres el número de las partes de la oración: nombre, verbo y partícula. Bello, por las razones que expone en la nota I de su Gramática, fijó su número en siete: sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio, preposición, conjunción e interjección.[5] Para explicar su división, Bello se basa en la función peculiar que desempeña cada palabra en el razonamiento; y por esto no admite el pronombre ni el artículo, que consideraba incluidos en el sustantivo y en el adjetivo.

En la actualidad, las palabras se dividen en sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios, pronombres, determinativos (artículos, demostrativos, posesivos, numerales, cuantificadores), preposiciones, conjunciones e interjecciones.[6] Y tal como se ha dicho anteriormente, las palabras, a su vez, se dividen en variables e invariables. Variables son el sustantivo, el adjetivo, el pronombre, buena parte de los determinantes y el verbo; invariables, el adverbio, la preposición, la conjunción y la interjección, y si bien éstas, a veces, admiten alguna modificación, como sucede en quizá y quizás, lo hacen tan sólo para marcar una alternativa léxica,[7] es decir, sin riesgo de que la modificación afecte la función gramatical.


[1] Una buena forma de ponerse al tanto de estas discusiones es leer el libro La oración y sus partes, de Rodolfo Lenz (Santiago de Chile, Editorial Nascimento, 1944), una obra ineludible que ya he citado en otro artículo.

[2] Para profundizar en esta cuestión, véase mi artículo «La palabra más allá de la gramática», donde, de alguna manera, se anticipaban los temas que se tratan en éste.

[3] Ferdinand de Saussure. Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 2005.

[4] Antonio de Nebrija. Gramática sobre la lengua castellana, edición, estudio y notas de Carmen Lozano, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011.

[5] Véase Andrés Bello. Gramática de la lengua castellana, ed. crítica de Ramón Trujillo, Tenerife, ACT, 1981.

[6] Véase Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Nueva gramática de la lengua española. Manual, Madrid, Espasa, 2010.

[7]  Adviértase que la forma original para este adverbio de duda o posibilidad es quizá, que es la preferida por la Academia, pero por analogía con otros adverbios (además, jamás) se creó la forma quizás, que resulta igualmente válida.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
"Por todo sol, la sed", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
"La gratuidad de la amenaza", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
"Íngrimo e insular", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
"La ciudad con Laura", Sediento Editores (México, 2012);
"Elucubraciones de un 'flâneur'", Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, "Leer al surrealismo", fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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