Las nueve musas
La tormenta de hielo
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La tormenta de hielo, de Ang Lee

 En La tormenta de hielo (The ice storm, 1997), de Ang Lee, se asocia, como reflejo, un comic de Los 4 fantásticos con lo que es una familia: tu antimateria, un vacío que te engulle.

La familia es la célula básica de los conjuntos sociales. Los escenarios sociales tienden a crear distancias, cuando el ser humano conforma una sociedad, las aduanas y fronteras de las tradiciones y sus rígidos valores, las cuadrículas y construcciones (artificiales) de la identidad, las que crean separaciones, rivalidades.

La tormenta de hielo Por eso no es de extrañar que en la película que Ang Lee realizó sobre un superhéroe, Hulk (2003), su conflicto se dirima sobre ese vacío, sobre una tensión que es rivalidad paterno filial, el conflicto de una distancia en la que forcejean la afirmación de unas identidades, y la búsqueda de un sentido.  En su cine, Ang Lee ha explorado sus aberraciones, inherentes a la naturaleza humana cuando se integra en una trama social. En Deseo, peligro (2007), condicionados por esa circunstancia, o escenario, que sitúa a la pareja de amantes en bandos opuestos rivales, la relación sexual, o el deseo, se convierte en un campo de batalla, un forcejeo de dominio y sumisión, en el que el sentimiento acaba confundiéndose con los límites de la representación (el papel que se interpreta por un fin). Porque las máscaras pueden devorar a la carne de los sentimientos. Es lo que está a punto de ocurrir a la pareja homosexual de El banquete de bodas (1993), cuando uno se pliega para complacer a su padres (y a una tradición) a casarse con una mujer.  Y es lo que sí ocurre a los dos cowboys protagonistas de Brokeback mountain (2005), quienes restringen su amor, ese que les hace sentir que se elevan sobre la rutina de los días, a unos fugaces encuentros clandestinos durante 20 años, sobre porque todo uno de ellos forcejea consigo mismo, y se derrota, ya que no es capaz de enfrentarse a un entorno hostil que castraría su relación ( e incluso de modo literal) por ser amor entre dos hombres, por lo que se pliega a una ordinaria vida que es ausencia e impostura, una representación con sus matrimonios, reflejo de una resignación que desperdicia su existencia. En cambio, en Cabalgar con el diablo (1999), que transcurre durante la guerra de Secesión, la complicidad de miradas logra diluir distinciones étnicas, y por lo tanto jerarquías y categorías sociales.

La tormenta de hielo, adaptación de una novela de Rick Moody, comienza con un tren detenido por una tormenta de hielo que dificulta el tránsito. Así parecen sentirse, de un modo u otro, en un grado u otro, los personajes, sean adultos o jóvenes, hayan perfilado o fosilizado su vida en las rutinas, o exploren de qué está constituida la materia de la vida. Unos y otros son como pasajeros de la ausencia, en tránsito accidentado, sean conscientes o no. Algunos tantean vías no exploradas. aún desconocidas. Otros parecen varados en el desconcierto, detenidos en vías muertas, o atrapados en recorridos, en otras vías, que no son más que un espejismo de movimiento, no tan diferentes a las que han recorrido una y otra vez, ya con el automático puesto arrumbados en rituales que engañen a su vida deshabitada o, incluso, ya desprendido de él, sin saber hacia dónde dirigirse, Quizás porque no han sabido cómo articular entre ellos, ni a sí mismos, cómo se sienten, qué sienten, lo que mantienen congelado en su fuera de campo interior, ajenos a los otros. Como los que se aman durante años en Tigre y dragón (2000), y no lo expresan y, por lo tanto, no lo materializan. ¿Por qué lo dilatan en el tiempo, casi como si la vida fuera más un escenario y el tiempo no transcurriera, y sus cuerpos no se deterioraran?¿Por qué forcejean consigo mismos, y hacen de esa lucha un ballet ingrávido que niega la gravedad o presencia de sus cuerpos?

La tormenta de hieloUno de los viajeros de ese tren es Paul (Tobey Maguire), que hojea el comic de ‘Los 4 fantásticos’, mientras reflexiona sobre ellos como reflejo de lo que es una familia. En la realidad las cosas no son perfectas. No se poseen poderes sobrenaturales. Cuanto más te acercas a tu familia más te pierdes en el vacío. Al final del trayecto le esperan, en la estación, sus padres, Ben (Kevin Kline), Elena (Joan Allen), y su hermana, Wendy (Christina Ricci). Pero si en principio simplemente es la imagen de su familia, tras el trayecto dramático, en el que habremos conocido cómo habitan sus vidas, y en concreto lo que esa noche ha supuesto para ellos, como una fisura que ha resquebrajado el maquillaje escénico con el que recubrían la inercia de sus días, sentiremos, que tiene otras resonancias distintas.

La tormenta de hieloNo hay cuadrado perfecto en la vida, como también reflexiona Mikey (Elijah Wood), el hijo de Janey (Sigourney Weaver) y Jim (Jamey Sheridan), y hermano de Sandy (Adam Hanna Byrd). Más que gustarle las matemáticas, le gusta la geometría. No ve números, sino espacios. Es imposible trazar, aplicar, en la vida esa figura geométrica. Ese ideal no parece poder materializarse, o se descubre ilusorio o inalcanzable, o está resquebrajado por la erosión del tiempo, del hábito, de la inercia. Hay otra secuencia que discurre en un tren. Aquella que relata el tránsito de Ben a su puesto de trabajo en la ciudad. Su mirada parece deslizarse hacia un fuera de campo que parece ausente, al contrario que los otros pasajeros, adheridos al lazo o gancho de la rutina de la lectura de un periódico como acción de tránsito. En la oficina, en una reunión de trabajo, su mirada se pierde de nuevo en la distancia, ausente, como el muñeco que parece haber empezado a perder cuerda. Hay fisuras en el cuadrado de su vida, y se busca el modo de exorcizarlas, porque las interrogantes queman, o paralizan. Ben mantiene una relación clandestina con Janey. Simplemente sexo, o una manera de huir de la consciencia de que algo les falta. Ben, tras hacer el amor, se entrega a un encendido monólogo sobre cuitas laborales, hasta que Janey le interrumpe, y le dice que le aburre, ya que tiene suficiente de eso en su vida marital, y hay cosas que no quiere repetir. Cuadrados, cuadrículas, espacios compartimentados de vida. Descascarillados, o ilusorios.

Lee hace de la geometría narrativa, y de la ingravidez tonal fisura. Su narrativa no es fría, sino contenida, dejando asomar, y perfilar, en una medida modulación, entre los intersticios de los planos, esas brasas que laten tras unas superficies congeladas, cautivas de la ausencia, de lo que buscan y no encuentran, ese ansia de suministrar movimiento a su vida. La narrativa se fragmenta en un puzzle de puntos de vista y perspectivas que van hilando una visión de conjunto, sostenida sobre el (auto)engaño, en los adultos, y la confrontación con lo ilusorio, en los jóvenes. Estos, en su desconcertado o torpe tanteo de sensaciones y emociones, muestran un ánimo más esforzado por transmitir o encontrar la desnudez de la calidez. Mientras que los adultos se han dejado enmarañar en una red de imposturas que delatan las inconsistencias de sus vidas, sus contradicciones. ¿Cómo van a guiar a sus hijos si no saben a dónde se dirigen, y aún más, cómo van a juzgar sus actos, definidos por la inocencia del que explora, si su vida la han enquistado en la doblez? Su vida se define por las imposturas. Como esas imágenes televisivas que puntúan la acción, relacionadas con el presidente Richard Nixon. Estamos en el invierno de 1973, en los momentos previos a los que se destapara el caso Watergate, la revelación de un gobierno tramado sobre el engaño y la corrupción. 

La tormenta de hieloAusencias. Mikey corre en el campo de futbol para recoger una pelota que vuela en el aire, y de repente, se detiene, con expresión entre perpleja y ausente, dejando que caiga, como si hubiera perdido por un momento la fluidez de movimientos, el por qué de correr y para qué, qué hace ahí. Como esas miradas de Ben en el tren y en la reunión de trabajo. A dónde va, dónde está. Mikey y Wendy se besan suspendidos sobre el trampolín, en una piscina abandonada, cubierta de hojas caídas. En el sótano de la casa de Mikey, se exploran sexualmente, mientras Wendy lleva puesta una máscara de Nixon. Wendy propone a Sandy que se muestren mutuamente sus cosas en el baño. Elena mira pasar a Wendy en bicicleta. Le dice que le transmitía una sensación de libertad. Elena decidirá también salir secuencias más tarde a pasear en bicicleta. Para sentir el movimiento, la libertad que le falta. Mikey le pregunta a su padre, cuando éste le dice que ha vuelto después de varios días ausentes, que si se había ido. Presencias que no se notan, ausencias en vida. Máscaras, y abandono. La suspensión que añora el movimiento, o lo tantea como una dirección aún difusa.

Gestos, miradas captados al vuelo, que manifiestan ese desconcierto o carencia vital, planos de tránsito que se equiparan con esos otros de la naturaleza helada, momentos en lo que la máscara muestras sus fisuras. Ese anhelo de sentirse, de conjurar la intemperie vital. La lumbre de vida que falta. El abrazo que es presencia. Aunque sea a uno mismo. Falta electricidad. O está congelada. Por eso, el tren se detiene, como lo están estas vidas. Por eso, un personaje se electrocutará. Porque en ese límite se sienten esas vidas. Y Lee nos lo hace palpable, de ahí la honda emotividad de las últimas secuencias, musicalizada con gestos y miradas que saben que ya nada pueden decir. Quizás porque no han sabido cómo decirlo, cómo ya articular entre ellos cómo se sienten, reconocerse, expresar lo que mantienen congelado en su fuera de campo interior. Sólo queda el llanto, la constancia de un pesar de cuya consciencia se había querido escapar, y que no se había sabido, o querido, compartir, como caballos en fuga que no saben por qué sienten esas llamas, o, incluso, qué es eso que sienten, y que quema. Aunque aún hay quien sí sabe cuándo un abrazo es necesario, un abrazo que quiebra las distancias con el otro, y que crea cercanía, y movimiento real ( y Lee acompaña el momento con un movimiento semicircular que une a ambos rostros abrazados). El abrazo es el movimiento que conjura la congelada ausencia en vida.

Alexander Zárate

Alexander Zárate

Licenciado en Ciencias de la información por la Universidad del País Vasco.

Director de la revista de cine Solaris (1988-1990).

Guionista de 'Suárez y Mariscal' o 'Los ochenta son nuestros'.

Profesor de lenguaje del cine en la Universidad Europea y en la Academia IMVAL.

Colaborador como crítico cinematográfico en publicaciones como Archivos de la Filmoteca, Escala, El viejo topo, Nosferatu, El Ateneo, Cahiers du cinema, Imágenes de actualidad, Imaginario 2010, Dirigido por, Tribuna express, Cortosfera, Factor Crítico o El plural.

Ha colaborado en varios libros colectivos como 'El cielo sobre Wenders' (2009), 'La lucha obra en el cine' (2010), 'Regreso al Motel Bates- un estudio monográfico de Psicosis', (2012), 'El cine del siglo XXI: Directores y direcciones' (2013) o Werner Herzog. Espejismos de un reino oscuro (2015) En el 2010 publicó la novela, *El último eclipse', y en el 2015 'Fantasmas y reflejos del cine del siglo XXI'. Coordinó 'Twin Peaks. 25 años después todavía se escucha música en el aire' (2016).

En breve, publicará 'El cerco y el infinito. Escenarios del sentimiento en el cine del siglo XXI'.

Ha colaborado en sendos libros sobre H.P. Lovecraft y William Friedkin, también de próxima publicación.

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