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Paul Valery
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La sintaxis, esa facultad del alma

Para la mayoría de los hablantes, la sintaxis es la parte de la Gramática que estudia la combinación u orden de las palabras que integran una oración. Para Paul Valéry, en cambio, era «una facultad del alma». En este artículo veremos cómo ambas definiciones, en realidad, se complementan.

Paul Valery

 

  1. Entre la sintaxis regular y la sintaxis figurada

Así como a la morfología le corresponde estudiar las palabras separadas de su contexto sintagmático, fraseológico u oracional, a la sintaxis le corresponde ocuparse del contexto en sí mismo, es decir, del medio en el cual las palabras se agrupan y relacionan entre sí, de modo que éstas puedan señalarse y clasificarse según la función que asumen en una determinada construcción. Esto, naturalmente, supone la existencia de un orden, de un alineamiento, que será más o menos flexible según las características gramaticales de la lengua que el hablante utilice.

En nuestra normativa, estas consideraciones estuvieron siempre presentes. Ya Nebrija afirmaba que los griegos llamaban sintaxis a la última de las cuatro partes de la gramática doctrinal, parte que los latinos decidieron llamar construcción, y que los españoles, como recomendaba el insigne humanista, deberían llamar orden, pues ésta se ocupaba de ordenar las palabras y los elementos de la oración.[1] Andrés Bello, algunos siglos más tarde, y luego de presentar una visión de la Gramática más bien gradual, arribaba a la siguiente conclusión: «La concordancia y el régimen forman la construcción o sintaxis»[2].  

Para los gramáticos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, la estructura de la oración gramatical estaba determinada en gran medida por las leyes de la lógica, lo cual explica que, durante mucho tiempo, los hechos sintácticos, en su interpretación analítica, se hayan basado casi exclusivamente en la forma «lógica» en que se agrupan los elementos de la oración dentro del sujeto y el predicado.[3] Esto es lo que se conocía como sintaxis regular, en oposición a la sintaxis figurada, en la cual iba a parar todo lo que, de una u otra manera, quedaba fuera del ordenamiento antes mencionado, por ejemplo, las llamadas figuras de construcción (hipérbaton, elipsis, pleonasmo, silepsis, etc.).

Así pues, comentando el ejemplo: «Cinco lobos del bosque de Fulano, acosados por unos cazadores, mataron cinco perros del ganado de Zutano en la noche del día tal», la Gramática académica de 1931 dice que «al concepto expresado por cada vocablo se le añade, suma o atribuye el expresado por el vocablo siguiente, el cual viene como a distinguirlo y precisarlo, reduciendo su extensión y aumentando su comprensión».[4] Ésta es, según aquella edición, «la característica propia de la sintaxis castellana y de todas las lenguas que, como la nuestra, tienen la construcción llamada descendente, que es aquella en la cual los vocablos se ordenan en la oración de manera que cada uno venga a determinar al que precede»[5]. Y agrega que en nuestro idioma «es necesario colocar las palabras en dicho orden (sintaxis regular) siempre que la inversión de él deje obscuro el sentido de la oración o exprese ésta lo contrario de lo que se quiera manifestar, como sucedería en el ejemplo anterior si dijésemos: “cinco perros mataron cinco lobos”»[6]. Pero dice también esta Gramática «que a las dotes de elegancia y eufonía que el estilo figurado puede proporcionar a la elocución, siempre se debe preferir la claridad, sin la cual son superfluos todos los adornos de lenguaje»[7].

Con todo, algunos años después, Karl Vossler manifestaba que siempre se corre el riesgo de que la singularidad psicológica de la frase más pequeña se entienda erradamente, pues tendemos a colocarla en un molde fijo y conocido, en vez de dejarnos guiar por el peculiar impulso que ha determinado su creación. Sobre este punto puede consultarse el ensayo que Vossler escribió sobre las formas gramaticales y psicológicas, incluido en su libro Filosofía del lenguaje, del que comparto un párrafo por demás significativo:

Lo que idiomáticamente es un sacar de carril puede conducir a valores artísticos, siempre que sea un rasgo original; porque en el arte valen los derechos de cada espíritu, mientras que en la Gramática sólo rigen los de la comunidad. Ahora bien, ¿cómo no habían de aprovecharse de esta experiencia los aprendices de arte, avisados y anhelosos de éxito? Sobre las huellas de los efectos involuntarios e ingenuos van pisando en seguida los calculados. Se examina entonces toda clase de alteraciones de la construcción habitual y regular (elipsis, pleonasmo, anacolutos, inversiones, permutaciones) para juzgar de su virtud retórica, y se recomiendan en los manuales del arte de escribir. De este modo se ha logrado descubrir el valor artístico, es decir, la posibilidad de efecto artístico de determinados desajustes entre las formas gramaticales y las psicológicas del lenguaje. Lo que antes parecía error o deficiencia ha pasado a ser hoy mérito y recurso artísticos.[8]     

Ateniéndonos, pues, a este razonamiento —que de seguro hubiera sido del agrado de Valéry—, debería desecharse la distinción entre sintaxis regular y figurada. Y, efectivamente, la propia evolución de los estudios gramaticales se encargó de hacerlo.

sintaxis

  1. La flexible sintaxis del español

Si para la mayoría de los hablantes la oración no es más que el resultado de un ejercicio de la lengua, es decir, un acto de comunicación que les sirve de instrumento transmisor en su intención comunicativa que exige la aplicación de un conjunto de unidades y de reglas lingüísticas, para los gramáticos constituye la unidad básica a partir de la cual puede determinarse tanto el resto de las unidades que la forman como las relaciones o funciones sintácticas que se establecen entre ellas.[9]

Los elementos oracionales que cumplen las funciones de sujeto, verbo y complementos guardan entre sí una relación interna que se crea, fundamentalmente, a partir de las reglas de concordancia. En contraste, la posición relativa de cada elemento en la oración es producida por otras razones; algunas veces, por su valor funcional; otras, por el estilo personal o intencionalidad significativa de los hablantes, y también por hábitos rítmicos o de pronunciación que dejan sentir su influencia de un modo constante dentro de la comunidad lingüística.

Vale decir, además, que los elementos oracionales de nuestra lengua raramente están sometidos a exigencias de colocación fija. De hecho, podríamos afirmar que, en español, el orden de colocación es libre, salvo en los casos puntales como el artículo, las preposiciones y las conjunciones, elementos que van siempre delante del término lingüístico al que se refieren. Aun así, esa libertad de colocación debe responder siempre a las razones lingüísticas generales o particulares que establece la norma.[10]

Pese a esta flexibilidad, es frecuente que los elementos oracionales aparezcan en una secuencia ordenada. Esto es lo que se conoce como orden o estructura lineal, secuencia en la que el sujeto irá seguido del verbo, y éste, a su vez, del objeto directo, el objeto indirecto y los complementos circunstanciales, tal como ocurre en los siguientes ejemplos:

El hombre escribió una carta a su amante.

 Los soldados abandonaron el cuartel por la mañana.

 Todos los invitados esperaban al marqués en el salón principal.  

Pero esta propensión a la construcción lineal, que remite a la antigua sintaxis regular, no es exclusiva, ni siquiera predominante, en el uso lingüístico, donde es frecuente la anteposición o posposición de algunos de los elementos oracionales.

Cuando los elementos no siguen el orden lógico de colocación, decimos que la oración presenta un orden o estructura envolvente. Este «desorden» de alguno de los elementos oracionales —que responde siempre a razones de función, significación o estilo— puede presentar distintas formas de expresión. Así, el orden de colocación de las cuatro unidades funcionales (sujeto, verbo, objeto directo, objeto indirecto) en la oración El cartero trajo una carta para mí nos presenta veinticuatro posibilidades de combinación. Veámoslo:

 

El cartero trajo una carta para mí.

El cartero trajo para mí una carta.

*El cartero una carta trajo para mí.

*El cartero una carta para mí trajo.

*El cartero para mí trajo una carta.

*Una carta el cartero trajo para mí.

*Una carta el cartero para mí trajo.

Una carta trajo el cartero para mí.

Una carta para mí el cartero trajo.

Una carta para mí trajo el cartero.

 Trajo el cartero una carta para mí.

Trajo el cartero para mí una carta.

Trajo una carta el cartero para mí.

Trajo una carta para mí el cartero.

Trajo para mí el cartero una carta.

Trajo para mí una carta el cartero.

 *Para mí el cartero trajo una carta.

*Para mí el cartero trajo una carta.

Para mí trajo el cartero una carta.

Para mí trajo una carta el cartero.

*Para mí una carta el cartero trajo.

*Para mí una carta trajo el cartero.

Como podemos apreciar, todas las combinaciones apuntadas son válidas, pero las que van señaladas con asterisco están fuera del uso moderno y corriente, aunque se pueda encontrar alguna de ellas en estilos afectados o en poesía. Por el contrario, las otras doce combinaciones pueden aparecer en un uso generalizado y normativo de la lengua, aunque, como es lógico, tengan una frecuencia de uso desigual.

  1. Algunas palabras a manera de conclusión
Karl Vossler
Karl Vossler

No sólo por dotar de énfasis o elegancia a las expresiones, sino también por factores de índole psicológica invertimos ese llamado orden regular de las palabras, y esto no ocurre únicamente en el estilo literario, en el cual esa irregularidad está incluso bien vista, sino también en el coloquial. Nadie dice, por ejemplo, Una pulmonía le ha dado a Sonia, sino que elige siempre un orden envolvente, que bien puede ser A Sonia le ha dado una pulmonía o, en su defecto, Le ha dado una pulmonía a Sonia.

Y si del habla coloquial pasamos a la literaria, el procedimiento está por demás justificado, no hay más que recordar el principio del Quijote: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor»[11]. ¿Tendría alguien el valor suficiente para reordenar esta oración según los parámetros de la estructura lineal o sintaxis regular? ¿Se podría expresar la misma idea mejor de lo que está?

En suma, lo que Valéry le reprochaba a la Gramática —y en especial a la sintaxis— hace poco más o menos de un siglo, gracias a la psicología y la estilística, ha dejado de ser un problema. A la sintaxis ya no sólo le preocupa lo racionalmente comprobable, lo inteligible, es decir, lo que considera válido para la mayoría. También le interesa la expresión individual, aquello que Vossler llamaba desajustes, que no es otra cosa que el reflejo del alma del hablante.


[1] Véase . Gramática sobre la lengua castellana, edición, estudio y notas de Carmen Lozano, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011.

[2] Andrés Bello. Gramática de la lengua castellana, ed. crítica de Ramón Trujillo, Tenerife, ACT, 1981.

[3] Véase M. L. Calero Vaquera. Historia de la gramática española (1847-1920), Madrid, Gredos, 1986.

[4] Real Academia Española. Gramática de la lengua española, Madrid, Espasa, 1931.

[5] Ibíd.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.

[8] Karl Vossler. , Buenos Aires, Losada, 1943.

[9] Son muchas las definiciones de la oración que han ido apareciendo en los distintos estudios y manuales de gramática. Aquí no pretendemos agotar la exposición de todas las definiciones que son total o parcialmente válidas —según nuestro criterio—, sino que nos limitamos a anotar como modelo de definición de oración la de la Gramática castellana, de Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña: «La menor unidad de habla que tiene sentido en sí misma se llama oración».

[10] Véase H. Contreras. El orden de palabras en español, Madrid, Cátedra, 1978.

[11] Miguel de Cervantes Saavedra. Don Quijote de la Mancha, Madrid, Alfaguara, 2005.


 

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
"Por todo sol, la sed", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000)
"La gratuidad de la amenaza", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001)
"Íngrimo e insular", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005)
"La ciudad con Laura", Sediento Editores (México, 2012).

Su primer ensayo, "Leer al surrealismo", fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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