Las nueve musas
La princesa y el Tostón de Oro
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La princesa y el Tostón de Oro

En un momento en que casi todos andan vociferando por activa y por pasiva que estamos viviendo algo trascendental, cualquier cosa queda lejos de la casualidad.

Y el hecho de que el mismo día en que tocaba adentrarse en otro despropósito en el intento de formar un gobierno en Cataluña, casi a la misma hora, se concediese el Toisón de Oro (insignia de una de las órdenes dinástica de mayor prestigio en el mundo, creada la ciudad de Brujas en 1430 por el duque de Borgoña, todo un símbolo de modernidad) a la Princesa de Asturias adquirió tintes inequívocamente reivindicativos en una ceremonia donde la pompa y el boato no lograron ocultar su manifiesta animosidad.

Pero hasta ese momento, pudimos vivir en un país de hadas. Porque tal y como proclamo algún titular de la prensa rosa, desbordado por esta astracanada medieval, “la princesa ya ha entrado en la historia y en los corazones” (porque lo de que entra también en nuestros bolsillos parece que nunca es necesario señalarlo).

Previendo que quizás dicho honor pudiera ser tomado como un descarado privilegio sin demasiado sentido teniendo en cuenta que la Princesa tiene solo 12 años, la siempre ingeniosa Casa Real tuvo la idea de mostrarnos cómo es, en su intimidad, un domingo cualquiera en la Zarzuela, y  todos pudimos asistir a una comida real (pese a lo poco realista de las imágenes), prueba irrefutable que su cotidianeidad dista mucho de lo que uno puede llegar a imaginar como privativo de personas tan ilustres que gozan de semejante ristra de títulos y honores. Pero no. Todo sencillo y austero. Platos muy normales, vasos que parecían de esos tarros a los que uno quita la etiqueta para reconvertirlos en algo útil donde beber (todos con agua, menos una copa de vino blanco, habrá que suponer que en recuerdo del anterior monarca tan afecto a sus efectos), una sencilla sopa, una conversación lánguida, bromas las justas… Nadie a cargo del servicio, ni criados, ni camareros. Ni sitio para un comensal más, así que si hay un nuevo hijo va a tener que comer en el suelo. Por no tener, ni pan tenían. Casi a un paso del desahucio, vamos. Si alguien no derramó una lágrima al contemplar tanto sacrificio, es que no tiene corazón. Y además resultó de lo más tranquilizador comprobar con nuestros propios ojos que las infantas ya saben cómo utilizar una cuchara, y que el gasto público para su educación está sirviendo para algo, ahorrándonos el bochorno que hubiera provocado verla comer sopa con un tenedor.

Una vez humanizada, era hora de entregarle el tan mentado collar (que viene a costar unos 50.000 euros, lo que cualquier padre le regala a su niña al cumplir los doce años).

La solemne ceremonia tuvo lugar en el salón de columnas. Un escenario ideal, que incluso sirvió de capilla ardiente para despedir a Franco, para que todo quede en “familia”.

Fue entonces cuando habló el Rey. Con alguna que otra emotiva carantoña a su hija en la parte final, el discurso paterno no tardó mucho en generar los titulares que buscaba ganar, y que tantos medios periodísticos le han regalado sin rechistar. Porque todo eran circunloquios que siempre regresaban al mismo eje: una defensa  de la Constitución de 1978, la misma, por cierto, que impide que la Princesa tenga derecho legítimo a ocupar el trono porque ese puesto está sujeto a varios condicionantes, porque una cosa es consentir la democracia y otra muy distinta permitir que las mujeres lleven coronas o sean jefas del estado así como así. Algunos dirán que acertó en esa decisión teniendo en cuenta el problema catalán. Pero yo no paraba de recordar el acuerdo a que llegaron los principales partidos a la hora de aplicar el artículo 155, y la exigencia de Pedro Sánchez (últimamente más complicado de encontrar que a Wally) de una reforma constitucional que se pide desde casi todos los ámbitos. Apenas un par de días después, el Partido Popular dejó (una vez más) en ridículo al líder de la no oposición, asegurando que nadie iba a tocar la Constitución, sin la menor respuesta de Sánchez, que debe seguir preparando su discurso de investidura sin saber que su futuro ya está mucho más cerca del club de la comedia o como jefe de sala en un bingo. Y si alguien espera un cambio de algún tipo, mejor que cambie de peinado.

El Rey, con este regalo a su hija, apretó cuanto pudo las tuercas de un continuismo que se ha visto ajetreado porque el término república está en la calle. Así que de aquí a que mate osos borrachos o cace elefantes no hay más que una altamente difusa frontera. No dudó tampoco el alzar el dedo paternal y recordarle a la princesa su cúmulo de obligaciones: le dijo que debía ser honesta, íntegra, humilde, y que debía amar la cultura, las artes y las ciencias, y no le recordó lo de las cucharas porque eso ya hemos visto que lo sabe, por lo que cabe colegir de lo otro no debe tener mucha idea.

Y con el gobierno en pleno disfrutando de la ceremonia. Y uno preguntándose qué pasaría si en ese mismo momento le informasen al Presidente que Puigdemont había sido finalmente detenido mientras se colaba por las alcantarillas, o pillado en un maletero o sobrevolando el Parlamento Catalán en un ala delta adornado con la bandera independentista.

Al menos, algo quedó claro. Tenemos tostón para rato. Si alguna vez se avivó la esperanza del cambio, ese fuego se sigue apagando. El vellocino de oro ya ha sido entregado.

Datos y hechos para entender el movimiento independentista de Cataluña

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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