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La poesía de Cervantes

Cuando hablamos de Cervantes, y últimamente se habla mucho (aunque no se lee tanto) pensamos, como no, en el Quijote, de la que ya resulta tópico hablar como integrante del canon de la Literatura Universal.

Quienes miran más allá del Quijote se fijan, tampoco sin razón, en alguna de sus Novelas ejemplares, sobre todo en aquellas que retratan la sociedad más próxima, las que destacó la tradición crítica del siglo XIX, influidas por la moda realista que vivía la novela: Rinconete y Cortadillo, El licenciado Vidriera, La gitanilla, El coloquio de los perros

Miguel de Cervantes. AntologíaTambién la mirada sobre el teatro resulta interesante y alguna de sus obras se han representado en los últimos tiempos. Sabido es que Cervantes intentó en diversas ocasiones la aventura teatral, especialmente en los años ochenta del siglo XVI, y, según diferentes testimonios, alcanzó cierto éxito. Nos han llegado algunas referencias de obras perdidas y algunas muestras de su labor dramática de esta época, y La Numancia, poco o nada representada en nuestros días, es la gran tragedia que no supo o no quiso dar el teatro barroco de Cope y Calderón. Publicó, además, Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados. El título, por cierto, muestra un gran desacierto, pues mala presentación es la de 16 obras que nunca han tenido la oportunidad de ser estrenadas.

Y aquí se acaban las referencias a la obra cervantina, dejando aparte el silencioso y persistente trabajo de investigadores y estudiosos, especialmente universitarios, quienes no olvidan sus otras novelas, La Galatea y el Persiles. Es por ello que resulta muy de agradecer la antología que, a cargo de José María Micó, ha publicado Espasa Calpe en Austral, en el marco del IV Centenario. Junto con una selección de capítulos del Quijote, incluye dos tipos raros de textos, a la vez muy interesantes: todos los prólogos que escribió nuestro autor, así como una antología de su poesía.

¿Cervantes poeta? Tradicionalmente se ha venido despreciando esta faceta de nuestro autor, aduciendo que, frente a la grandeza del Quijote, poco o nada tiene que añadir su poesía, lo cual no solo es una bravuconada, sino un desafortunado comentario de mala tertulia de café. Ya Luis Cernuda, siempre a contracorriente de casi todo, afirmó que “Cervantes era más original y valioso de lo que se cree, tanto como poeta lírico que como poeta dramático”.

Suele citarse -siempre- el terceto del Viaje del Parnaso para demostrar su escaso vuelo poético:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo

por parecer que tengo de poeta

la gracia que no quiso darme el cielo…

El problema está en que estos endecasílabos no son una confesión íntima de Cervantes, sino las palabras de un yo poético (y por tanto, no su autor) en una obra de carácter narrativo y, sobre todo, de tono burlesco. Cervantes no solo elogió ampliamente la poesía, sino que la cultivó a lo largo de toda su vida. Es más: si Cervantes cultiva con asiduidad algún género literario, ese es, precisamente, la poesía. En realidad, su actividad como novelista (excepto La Galatea) se concentra en los últimos años de su vida, cuando ya tiene 60 años, entre 1605, año en que publica la primera parte del Quijote (aunque quizá ya llevaba más de diez años metido en su escritura) y termina en 1616, cuando firma la dedicatoria del Persiles tres días antes de su muerte.

Mientras su actividad como novelista, la que lo ha consagrado, se produce al final de su vida, se dedica desde joven a la poesía. Sus primeros poemas se publican en 1569, cuando tiene 22 años, y probablemente escriba su último soneto, una descripción de Roma incluida en el Persiles, poco antes de morir. Muchos de sus poemas, escritos para circunstancias concretas, o publicados en libros, nos muestran una actividad que se desarrolla de forma continua, lo cual nos obliga a hacer un somero repaso.

Despreciar o ignorar su poesía, suprimir esta parcela de su obra, supone liquidar de un plumazo parte del Quijote, en la que se incluye medio centenar de poemas, alguna de las Novelas ejemplares, como La gitanilla, y salvar de su teatro solo seis entremeses y ninguna comedia.  

Vale la pena, por tanto, hacer un repaso a su obra poética, ni que sea para ver en qué consiste. Centrémonos en las poesías sueltas para empezar, es decir, aquellas que no se publican en el cuerpo de una narración, o que forman parte de una obra de teatro.

A pesar de su admiración por Garcilaso de la Vega y por Fernando de Herrera (Cervantes estuvo mucho tiempo ligado a Andalucía), no cultivó la poesía amorosa. Es más, la mayor parte de sus poemas no tienen un carácter lírico tal como se entiende en la modernidad: no son expresión subjetiva del yo, de sus estados de ánimo, camino mostrado por Petrarca. Son poemas de circunstancias, escritos con una finalidad conocida y concreta, normalmente centrados en el tú de la persona a la que van dirigidos, lo que le resta el carácter subjetivo que actualmente entendemos debe tener la poesía lírica. Estos poemas pueden agruparse en cuatro temas:

  1. a) Poemas fúnebres: están dedicados a la muerte de diferentes personas. Son los primeros que compuso y que publicó por la muerte de la reina Isabel de Valois, en 1568, esposa de Felipe II: un par de sonetos, una elegía en tercetos y otras en quintillas de ocho sílabas. Este dato resultará interesante. Compuso otros poemas fúnebres, como el notable y sentido que dedicó a su admirado Fernando de Herrera (“El que subió por sendas nunca usadas…” y otro a Diego Hurtado de Mendoza (“En la memoria vive de las gentes…”).
  2. b) Poemas literarios: son poemas escritos para los preliminares de los libros de diferentes personajes, moda habitual de la época. Lograr que un autor consagrado escribiese un poema para abrir el propio libro resultaba todo un apadrinamiento completo. El mismo Cervantes intentó que algún poeta escribiese algún soneto para su Quijote y, según parece, no lo logró, de ahí que la novela se abra con sus propias composiciones. No son grandes poemas, pero si los comparamos con los que del mismo tipo escribió, por ejemplo, Lope de Vega, cumplen adecuadamente su función.
  3. c) Poesía civil: son poemas de carácter público, dedicados a diferentes personajes y circunstancias históricas y militares, como las dos canciones A la armada invencible. En la actualidad nos resultan huecas y carentes de halo poético, tanto la de Cervantes como tantas otras del mismo estilo.
  4. d) Poesía devota: un soneto a san Francisco, o una canción A los éxtasis de nuestra beata madre Teresa de Jesús muestran esta parte de la producción menos interesante, pero que en la época resultaba tan habitual: la devoción estaba integrada en la sociedad, y con ella toda la poesía religiosa. En realidad, es en esta poesía en la que aprende a leer la mayor parte de la gente, y era la que, por razones obvias, tenía  mayor difusión.

Viaje del Parnaso¿Qué merece destacarse de esta obra poética? Por un lado, su importancia histórica. Cervantes es de los primeros poetas de su generación que alterna los versos endecasílabos con los octosílabos. Como es sabido, este hecho era extraño en la escritura de la época: la poesía, bajo el signo de Garcilaso, se basa casi exclusivamente en el uso de endecasílabos combinados con heptasílabos. Hasta entonces, volver a usar versos de ocho sílabas identificaba al poema con el estilo gótico, propio del siglo XV o principios del XVI. Si lo trasladamos a la pintura, era como abandonar el sistema de proporciones que había introducido el Renacimiento (tras descubrir las obras de la Antigüedad), para volver a la pintura gótica.

Tradicionalmente se ha visto en poetas como Lope de Vega y Góngora un resurgir del romancero, al que le dan un nuevo estilo y una nueva vida. En estos poetas, nacidos hacia 1560, los versos octosílabos no resultan antiguos como un arco ojival, sino que se adaptan plenamente a su tiempo y a sus formas expresivas que preparan el barroco. Pues bien: Cervantes, de una generación anterior, se suma al intento de encontrar nueva expresividad al octosílabo, de manera que no resulta un mero seguidor de Garcilaso, como siempre se ha considerado, sino que experimenta con las formas poéticas.

Pero no solo destacan las cuestiones formales. También conviene señalar otro aspecto. Ya hemos dicho que Cervantes, aunque poeta lírico, no es normalmente poeta del yo. Su mejor poesía es la que se emparenta de una u otra forma con la ficción. Por ejemplo, los romances. Sabemos que escribió muchos, pero se han perdido, o los conocemos como anónimos. El que ha llegado hasta nosotros, La morada de los celos, ha recibido siempre la opinión favorable de la crítica. Probablemente porque por lo general el romance no es un poema en el que se desarrolle la subjetividad del poeta, y funde elementos narrativos con otros líricos. La morada de los celos es el diálogo entre un pastor y Lauso, en la que se describe una tétrica cueva, alegoría de las sensaciones que puede vivir un celoso. A través de la descripción del espacio se logra la objetivación de las sensaciones (evidentemente, subjetivas).

Del mismo modo, destaca el conocido soneto Al túmulo de Felipe II. De nuevo es un poema que presenta una escena: un soldado describe un lujoso monumento funerario de grandes proporciones en honor del Felipe II. En él parece concentrarse la gloria del reino y todas sus riquezas (“Cada pieza/vale más de un millón…”), hasta merecer, por su valor, ornamento y lujo, no ser derribado (“que es mancilla/que esto no dure un siglo…”). Sin embargo, el final desmitifica todo su aparente esplendor:

Y luego, encontinente,

caló el chapeo, requirió la espada,

miró de soslayo, y no hubo nada.

Siempre ha inquietado esta nada final, que le da un nuevo aire a la escena y desvanece todo tipo de esperanza.

Miguel de Cervantes
Presunta nota de Miguel de Cervantes a Juan de la Cuesta

Si la fuerza de la poesía cervantina reside en los elementos de ficción, se comprende ahora que los poemas intercalados en sus novelas, extensas o ejemplares, no son meros añadidos, fruto de la moda de una época: el poema es aquí expresión de la subjetividad, no del poeta, sino del personaje; su función, por tanto, es el objetivo de toda novela moderna: mostrarnos la intimidad de ese personaje.

Un buen ejemplo se encuentra en la Canción desesperada de Grisóstomo, en la primera parte del Quijote. No nos debe importar tanto si el poema sigue muy de cerca el mundo poético (más que el estilo) de Fernando de Herrera, sino que, gracias a ella se completa la caracterización de Crisóstomo, su estado de ánimo.  También se ve en La ilustre fregona. Descubrimos la pasión que siente Pedro, el hijo del corregidor, por Constanza a través del soneto “Raro, humilde sujeto, que levantas”, con el que el lector comprende cuáles son los efectos de la hermosura de la joven sobre el personaje.

Otra posibilidad es que el poema sea simplemente descriptivo. En La gitanilla los romances nos ayudan a comprender al personaje, como la redondilla “Gitanica, que de hermosa”. De cualquier modo, el mayor ejemplo es el soneto dedicado al mismo personaje mientras danza: “Cuando Preciosa el panderete toca”. El poema debió impresionar a Rubén Darío, que, además de excelente poeta fue un sagaz lector: antes de que Dámaso Alonso reivindicara la valía de Góngora, Rubén ya sabía que se trataba de una gran poeta. Lo mismo debió pasar con este soneto cervantino, que sin duda está detrás del poema que el nicaragüense dedicó a La negra Dominga, bailarina habanera de innegables encantos y sensualidad caribe: “¿Conocéis a la negra Dominga?”.

Para Cervantes, por tanto, el poema no es una obra autónoma en sí misma, sino que se integra de manera íntima en el mundo de la novela. Por eso es en el teatro donde el verso cervantino logre buena carga expresiva. Pondré un solo ejemplo, y de su producción más temprana: La Numancia. Es una lástima que esta tragedia sea poco representada, pues su carácter dramático está muy acentuado. Desarrolla un conocido motivo histórico: el ejército romano ha sitiado la ciudad durante meses. Esperan vencerlos doblegando a la población, víctima del aislamiento. El hambre y la sed harán su trabajo. No es de extrañar que Rafael Alberti organizara su representación en el Madrid sitiado de la Guerra Civil.

La obra, como toda tragedia, acaba con el final temido y esperado: la muerte de los numantinos, que evitan ser derrotados, y hechos prisioneros. No era una cuestión de honor: la derrota suponía pasar a ser esclavos. Todos quieren evitar ese futuro. De ahí que se decida el suicido como la mejor de las salidas. Las escenas de los niños, sufriendo hambre o siendo sacrificados, en su bien, por sus padres causan el efecto dramático deseado, gracias, evidentemente, al verso (jornada III, vv. 576-619, y jornada IV, vv. 329-376).

Como en prosa, Cervantes tiende al uso del narrador en tercera persona. Son escasas las excepciones en las que usa un narrador subjetivo: solo cuando los personajes explican su pasado, como en la historia del cautivo (Quijote, I, 39-41), o en el teatro. La obra poética también cuenta con su excepción: la Epístola a Mateo Vázquez. Escrita desde su cautiverio en Argel, destaca su voz personal: mediatizada por el tamiz retórico (como era usual en la época), desde el momento en que aparece  el “yo” (v. 91) aflora con toda su fuerza (lo dramático y lo patético se dan la mano), para que asome la experiencia vivida.

Jorge León Gustá

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo

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