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Las nueve musas
palabras

La palabra más allá de la gramática

«Las palabras son la configuración acústica de las ideas», decía el poeta Novalis, anticipándose casi un siglo a los planteos saussureanos. En este artículo examinaremos las definiciones más relevantes que aparecieron después de aquel visionario postulado, pero sin dejar de lado las dudas que cada tentativa definitoria generó en lingüistas y gramáticos.

 

  1. La palabra como expresión de una idea
Curso de lingüística general
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Según la Gramática de la Academia de 1931, se llama palabra a la sílaba o conjunto de sílabas que tienen existencia independiente para expresar una idea.[1] Ahora bien, de acuerdo con esta definición, no serían palabras las preposiciones, las conjunciones ni los artículos, es decir, aquellos signos que nada representan por sí solos, y que algunos gramáticos llaman palabras vacías o accesorias.[2] Para enmendar esta flagrante contradicción, teorías más recientes optaron por definir la palabra como un corte arbitrario dado en la frase, enfoque que apunta a la «separabilidad» del signo gráfico. Así lo daba a entender el Esbozo:

Todo acto de elocución se compone de una o varias palabras. Las palabras pueden generalmente ser individualizadas en virtud de uno de sus caracteres más relevantes: el de la separabilidad. Separabilidad quiere decir posibilidad de aislarse unas de otras dentro del cuerpo del discurso mediante una pausa que no aparece en la elocución normal y que recibe por eso el nombre de pausa virtual. No es pura casualidad que estas pausas elocutivas se correspondan casi siempre en la escritura tradicional con los espacios que también aíslan gráficamente lo que la idea más generalizada ha entendido siempre por palabras.[3]

Pero volvamos a la primera definición, pues es la que, en términos generales, ha suscitado más polémica. Esta definición parte de la premisa de que la palabra es la denominación de un concepto, de modo que la palabra asume el papel de sustituto, de representación. No obstante, para Wundt, es prácticamente imposible representar el concepto, ya que éste es el resultado de la abstracción de la suma de las cualidades y circunstancias de una representación determinada, a la que, a su vez, habrá que volver para significar el vocablo. Del mismo modo, la representación en sí es incapaz de poseer todos los caracteres correspondientes al concepto. Así, por ejemplo, se dice que el concepto de «árbol» abarca tanto una encina como un cedro, tanto una palmera como un roble; puede incluso variar de color o de tamaño, sin que por eso deje de ser un árbol, aun si se trata de uno seco o podado.

Por otra parte, cuando se afirma que la palabra es la expresión independiente de una idea, no se la está queriendo equiparar a aquello que se suele denominar unidad lingüística. Esta unidad, muy por el contrario, es el resultado de la asociación entre significado y significante. Para llegar a comprender bien qué es una unidad lingüística no nos servirá apelar exclusivamente a los signos gráficos, necesitamos también saber qué sentido y qué papel hay que atribuir a la cadena de sonidos, lo cual no se consigue sino mediante la atención y el hábito. Con todo, este proceso, que parece muy sencillo en teoría, es mucho más difícil de realizar en la práctica. Al respecto, dice Saussure:

Si queremos equiparar las unidades concretas a palabras, nos encontraremos ante un dilema: o prescindir de la relación que une, por ejemplo, bien y bienes, mal y males, mes y meses, y decir que son palabras distintas, o bien, en vez de unidades concretas, contentarnos con la abstracción que reúne las diversas formas de una misma palabra. La unidad concreta debe buscarse fuera de las palabras. Muchas de éstas son, además, unidades complejas, en que es fácil distinguir subunidades, como sufijos, prefijos y radicales. Hay derivados, como: verdoso, polvoriento, que se dividen en partes distintas, cada una con un sentido y papel propios evidentes. En cambio, hay unidades mayores que las palabras, como ocurre con los compuestos: boquiduro, pesacartas, etc., con las locuciones: por favor, a destajo, etc., o con las formas de flexión: haber sido, he encontrado, he venido, etc.[4]

Paradójicamente, el principal problema que se presenta cuando se habla del significado de una palabra es la facultad que tiene ésta de representar una idea, sobre todo, porque no es tan fácil distinguir entre valor y significado. Como la palabra es parte de un sistema, ésta no sólo tiene significado, sino también un valor, y ambos son cosas muy distintas. Por ejemplo, el español carnero o el francés mouton pueden tener la misma significación que el inglés sheep, pero no el mismo valor, especialmente porque si nosotros comemos carnero o los franceses mouton, el inglés no come sheep sino mutton, lo cual supone un valor distinto, ya que sheep tiene al lado un segundo término, que no tienen ni mouton ni carnero. No debe fijarse el valor de una palabra sólo a partir de su significado; es preciso, además, compararla con otros valores similares, es decir, con las otras palabras que se le pueden oponer. El contenido de una palabra se determina también por lo que existe fuera de ella.

En suma, cuando decimos que una palabra significa algo, realizamos una operación que puede ser exacta en cierto modo, y proporcionar así una idea de la realidad, pero no expresamos el hecho lingüístico en toda su esencia y amplitud. Tanto la palabra como su significado guardan la relación que el concepto verbal y la intuición verbal, el hablar y el oír, síntesis establecen entre sí, es decir, son dos aspectos de una misma cosa, que sólo haciendo un gran esfuerzo de abstracción pueden llegar a separarse.

  1. Límites entre la palabra y la oración

Algunos autores sostienen que la unidad natural del lenguaje no es la palabra, sino la oración. Esto tiene que ver con la idea de que una palabra por sí sola, es decir, abstraída de su contexto sintáctico, suele carecer de sentido pleno, a no ser, claro, que esa palabra sea en sí misma una oración. Como es de suponer, esta idea fue muchas veces cuestionada. El ya citado Saussure, por ejemplo, advierte que, si imagináramos el conjunto total de oraciones capaces de ser articuladas, notaríamos que éstas se pierden en un caótico océano de diversidad.[5] Se ha querido comparar esta diversidad de oraciones con la de los individuos que componen una especie zoológica, lo cual es inexacto, ya que en estos individuos son mucho más importantes los elementos en común que las diferencias, y, en las oraciones, siguiendo el pensamiento de Saussure, lo importante son las diferencias, máxime cuando el único elemento que aquéllas tienen en común es la palabra.[6]

La palabra más allá de la gramática
Rodolfo Lenz

Ahora bien, la palabra y la oración carecen de límites precisos. Sin ir más lejos, muchos nombres de personas o cosas son producto de la unión de una oración entera: sabelotodo, correveidile, hazmerreír, tentempié, nomeolvides, etc. Asimismo, por las características propias del español, cualquier verbo conjugado por sí solo puede leerse como una oración bimembre con sujeto tácito. Todo esto nos lleva a preguntarnos, por ejemplo, si tenemos derecho a considerar dígoselo como una sola palabra y se lo digo como tres; cantaremos como una, hemos cantado como dos y hemos de cantar como tres.

Con respecto a estas sugestivas paradojas, Lenz cree que, como la mayoría de las palabras tienen varias acepciones, lo más prudente es prescindir del significado en la definición y ceñirse sólo a lo formal. Así, propone el siguiente postulado: «La palabra es una subdivisión de la oración que se compone de un grupo de sonidos completamente invariable, o variable en la terminación, y que corresponde a cierta unidad de sentido»[7]. Como podemos observar, para Lenz, la unidad de sentido ya no es la palabra propiamente dicha, sino la mismísima oración.

  1. La palabra: unidad máxima de la morfología y unidad mínima de la sintaxis

Lingüistas y gramáticos coinciden en la dificultad de establecer de forma unívoca qué se entiende por palabra. Se ha optado, en consecuencia, por una definición práctica, que consiste en considerar los vocablos desde el punto de vista material, es decir, gráfico. Así pues, los blancos o espacios que rodean a cada término constituyen la frontera de la palabra, algo que sin duda está claro en la escritura, pero que apenas puede percibirse en la oralidad, ya que ciertas palabras se encadenan en el habla de manera tal que sus contornos se diluyen.[8]

Para la RAE, «la palabra constituye la unidad máxima de la morfología y la unidad mínima de la sintaxis»[9]. Esta definición, tan actual como equitativa, encierra una noción que procuraremos desglosar enseguida.

En principio, por razón de su significado, las palabras pueden dividirse en tres grandes grupos:

  • el de las palabras conceptuales o que designan conceptos;
  • el de las que los reciben o reemplazan, palabras pronominales;
  • y el de las palabras que los relacionan o determinan (conjunciones, preposiciones, determinantes).

Los dos primeros grupos pueden llamarse fundamentales o primarios; dentro de ellos, el primero supone una clasificación que parte de las categorías lógicas de sustancia, cualidad y fenómeno, a las cuales corresponden, respectivamente, el sustantivo, el adjetivo y el verbo. Pero esto ya se relaciona con el problema de las partes de la oración, tema que trataré en un próximo artículo.


[1] Véase Real Academia Española. ‘Gramática de la lengua española‘, Madrid, Espasa-Calpe S. A., 1931.

[2] Los artículos y las preposiciones tienen, desde luego, su valor de relación, pero, lo mismo que las conjunciones, no podemos decir que expresen un concepto. Por lo cual, aunque admitamos, por una cuestión de comodidad, que las preposiciones y las conjunciones son gramaticalmente palabras, ni ellas ni los artículos lo son desde el punto de vista lógico.

[3] Real Academia Española. ‘Esbozo de una nueva gramática de la lengua española‘, Madrid, Espasa-Calpe, 1973.

[4] Ferdinand de Saussure. ‘Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 2005.

[5] Véase Saussure. Óp. cit.

[6] Vale aclarar que, si bien dos o más oraciones pueden tener una estructura sintáctica parecida, su sentido siempre será diferente. Del mismo modo, si para obtener una semejanza de sentido se apelara a un recurso como la sinonimia, las oraciones serán igualmente diferentes desde el punto de vista léxico y morfológico.

[7] Rodolfo Lenz. La oración y sus partes., Santiago de Chile, Editorial Nascimento, 1944.

[8] Tal es el caso de los llamados grupos fónicos, que son los tramos de un discurso que están delimitados por pausas fácilmente perceptibles en una pronunciación normal y no forzada.

[9] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. ‘Nueva gramática de la lengua española. Manual’, Madrid, Espasa, 2010.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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