Las nueve musas
concurso relato breve
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La niña que quedó en un copo de nieve

El chirrido de las oxidadas cadenas llenaba la noche cada vez que  aquellos pequeños pies empujaban la tierra embarrada para, a continuación, balancearse débilmente en el columpio. Hacia delante…y hacia atrás, adelante… atrás… A veces se escuchaba bailar el viento en aquel solitario parque, esparciendo blanquecinos copos de nieve entre las sombras. Pero solo eso, nada más.

El pelo le caía, a cada balanceo, a los lados de su cara redondeada y pálida; su boca, diminuta y perfecta, se mantenía muda, absorta en el silencio de aquel momento en el que el tiempo parecía haber sido robado.

“Qué misteriosa parece la nieve por la noche. Y de qué manera más dulce nieva cuando todos duermen.” pensaba la niña mientras observaba los copos de nieve posarse sobre su gastado vestido negro y, más tarde, fundirse con la tela. “Es…lluvia detenida en  su caer. Lluvia suspendida en el tiempo.”

Separó una de las manos que sujetaban las cadenas de hierro y la extendió para coger unas cuántas de esas lagrimitas de hielo. Estaban frías, aunque no mucho más que el columpio. Por eso los copos no se deshicieron en cuanto tocaron la palma de su mano, sino que permanecieron, sin peso, entre sus dedos. La niña abrió levemente su boquita y sopló. Los copos volvieron rápidamente a danzar en la oscuridad. “Me gustaría ser uno de ellos, para que el viento me llevase en invierno a lugares lejanos. Me gustaría saber de dónde viene la nieve.” Sus ojos miraban profundamente el infinito, resaltando en su infantil rostro. “Estoy sola.”

Y así era. La pequeña niña no tenía a nadie que la esperase. Sus sorprendentes ojos, donde se mezclaba el azul oscuro y tormentoso con otro tan claro como la luna llena, eran ojos de adulto. Quizás eso desconcertaba tanto a las personas que apartaban, en silencio, de ella; pues en esa mezcla de azul  estaban dibujadas dudas que alguien de su edad no podía siquiera llegar a imaginar y preguntas de las cuales los adultos huían. El tiempo ya no paseaba en esos ojos. Se habían quedado completamente solos… nada llenaba ya su mirar.

Aquellos pequeños pies empujaban su cuerpecito en un hipnotizante y amansado vaivén.

 

Estaba sumida en estos pensamientos cuando oyó la melodía de un piano. Triste, melancólico…extraño. No había casas cercanas de las que pudiese surgir la música, y aun así… Aun así las notas eran arrastradas por el viento hasta el columpio, acompasando su chirriar. Una chispa de curiosidad prendió en su interior. ¿Quién tocaría a estas horas, bajo la caída de la nieve? Y lo más intrigante, ¿quién había llevado un piano al parque?

Alguien componía, con cada tecla que pulsaba, una sinfonía tranquila, bella y delicada. Tan delicada como el cristal. Tan tenue como un susurro, intensa, impregnada de una absorta pasión. Extrañada, la niña frenó su vaivén y observó atentamente el parque, buscando aquel piano imposible. En ese momento la melodía se ralentizó, como si estuviese ligada al herrumbroso columpio. El misterioso músico dejó que cada tecla resonase, vibrante, a cada caricia. La niña escuchaba, atenta. “Parece la melodía de la lluvia, apasionada al principio y desganada con las últimas gotas. ¿De dónde vendrá esta melodía lluviosa?”.

Entonces, aparecieron los cuervos. Un…dos…tres bajaron planeando de una rama. Cuatro…cinco…seis pisaron la tierra mojada. Sus roncos graznidos y el alboroto de plumas enmascararon la ausencia de las hermosas notas arrastradas por el viento. Brincaron de lado a lado, removiendo la nieve e imprimiendo sus patitas en el suelo. No  le gustó esto a la niña. Habían roto el orden que ella había preservado. Pero no cambió su expresión ni hizo ademán de echarlos. Quería saber qué continuaba.

 

Cuando parecía que la sinfonía había terminado, sonó la última nota. El séptimo cuervo se posó, como anteriormente lo habían hecho los copos de nieve, en el vestido de la niña.

Ella no se asustó de sentir sus uñas aferrarse a sus piernas a través de la tela, arañando su fina piel. No le sorprendió su rápido aleteo, estaba demasiado asombrada para todo eso. ¡Blanco! El cuervo que tenía justo encima era blanco. Sus plumas eran del color del invierno. Su porte, orgulloso; su mirar brillante y perlado…La melodía comenzó de nuevo. A saltitos, uno a uno, se fueron acercando al gran cuervo blanco, elevado en las piernas de la muchachita que  le seguía observando.

 

Una vez estuvieron todos reunidos, el Gran Cuervo desplegó las alas. Miró hacia el cielo nocturno y luego a sus compañeros; se aseguró de que estaban todos. Bajó de las piernas de la pequeña niña y se fue alejando, sin prisa, de aquel claro en el parque. Cuando los ojos de la chica ya no alcanzaron a ver las albinas plumas se levantó del columpio quejumbroso y frío para seguir las huellitas del Gran Cuervo en la nieve. El resto la escoltaron cual séquito. Se adentró en los espesos, oscuros y espinosos arbustos, mas nada parecía afectarle. Con nada se inmutaba. Solo caminaba hacia delante, hacia el cuervo, entre los cuervos. Sus pisadas iban hundiendo la nieve y hacían desaparecer las de sus pequeños amigos. Inmersa en la oscuridad, la niña llegó a un estanque. No soplaba el viento, de modo que su superficie estaba quieta y tranquila. La noche se reflejaba en sus aguas, ennegreciéndolas, dándoles un aspecto tenebroso. Aun así, la niña se acercó a él. A pesar del aspecto oscuro el estanque era bonito. Al menos eso le parecía a ella. Se acercó lentamente hasta el lugar donde el cuervo albino la había llevado. Se inclinó sobre las piedras del borde, lisas y resbaladizas, y miró en el fondo. Aunque lo esperaba, no encontró la oscuridad en las calmadas aguas. Allí, dentro de la laguna, se veía el piano misterioso. Un piano transparente, con aspecto frágil y delicado. Sentado en la banqueta había un hombre alto, delgado y de facciones pálidas. Desde la perspectiva de la chica se veía solo de perfil. Parecía absorto en sus pensamientos. ¿Cómo había llegado el hombre del estanque al estanque? ¿Cómo podía ella haber oído el piano si estaba en el fondo de las aguas? Entonces la pequeña tuvo el impulso de hallar las respuestas. Se desabrochó los zapatos y sus piececitos quedaron a merced del frío invernal. Con cuidado, para no resbalar, se sentó en las piedras y observó cómo el agua engullía sus tobillos. Bajo ella encontró unos escalones que, para su sorpresa, estaban cálidos y secos. ¿Cómo podía ser eso? Fue tanteando con la planta del pie y se sumergió hasta las rodillas. Y solo las rodillas estaban mojadas por las aguas onduladas. Poco a poco la niña entró en el estanque. La penumbra de la noche desapareció, ahuyentada por una luz blanca y cálida. “Parece una luz hecha de porcelana”. Las paredes estaban pulidas; los reflejos bailaban por toda la habitación, deslumbrando ocasionalmente a la chica. El hombre el piano retiró las manos del teclado y se levantó con gracilidad de la banqueta. Ahora la niña podía verle bien los ojos. Eran unos ojos ancianos a pesar de que aquel rostro enjuto, pálido y perfilado no tuviese ninguna arruga que afirmase que el tiempo había pasado por él.

– ¡Ah! Parece que tenemos visita.

En dos pasos se situó frente a su invitada, que le miraba boquiabierta.

– Permítame presentarme: Mi nombre es Eisen Snjór, Conde de las nieves y Barón del hielo. – Le cogió la diminuta mano y la besó cortésmente.

– ¡Querida! Está usted helada. – Exclamó el señor Snjór con una imperceptible sonrisa. – Por favor, acépteme una taza de té. Pasemos a la salita.

Se dirigieron a una enorme y blanca puerta que se abrió sin que el señor Snjór tuviese la necesidad de tocarla. Al otro lado se encontraba una pequeña habitación. Su tamaño era el suficiente para que resultase cómoda y acogedora. Dentro, había dos enormes sillones de un azul tan claro como el cielo que se ve tras una gran helada. Tomaron asiento. El té ya estaba servido en una mesita cercana, de un color a juego con los sillones.  El cuervo albino, que descansaba encima de una percha, voló hasta el conde y se quedó en el reposabrazos de su sillón, observando cada detalle de la escena. La niña cogió la taza que se le ofrecía y  murmuró un tímido “gracias”.

– Permítame preguntarle, señorita… ¿Cómo ha llegado usted a palacio?

  A pesar de las cosas asombrosas de las que parecía estar rodeado el señor Snjór, su curiosidad por la respuesta que le daría la niña parecía sincera. Tras pensar un par de minutos, la pequeña rompió su silencio y simplemente contestó:

– Quería saber.

– ¿Saber qué exactamente, querida?

– De dónde procede la nieve.- En un principio iba a decir que quería conocer el origen de la música, pero eso ya lo había averiguado. El barón esbozó una sonrisa en la que se apreció la blancura de sus dientes.

– Entonces ha venido al lugar adecuado, dulce niña. – Dio un sorbo a su té y, aún con la taza en la mano, se dirigió a la habitación del piano.- Le recomendaría que mirase por la ventana, la vista será preciosa.

La niña no se había fijado antes en aquella abertura entre las pulidas paredes, a pesar de que era gigantesca. Era una ventana con un arco de medio punto, en su estructura interior múltiples filigranas parecían danzar, creando un dibujo de aire ensoñador.  

Se asomó por uno de los agujeritos y, perpleja, pudo comprobar que se encontraba mucho más alto de lo que esperaba. Desde aquella posición podía ver deslizarse las nubes por debajo de ella, y también por encima. Se volvió hacia el señor Snjór, quien se rió con voz clara y se sentó tranquilamente en la banqueta del piano.

– Lo mejor viene ahora, querida.

Estiró sus delgados dedos y comenzó a tocar aquella melodía que había escuchado la niña en el parque. Esta vez las notas iban más rápido, más animadas. A través de la ventana empezaron a caer gruesos copos de nieve.

– ¿Sería usted tan amable de abrirla?- Pidió el barón sin dejar de tocar. Nada más rozar la cerradura la ventana se abrió hacia fuera con suavidad. El cuervo voló hacia las nubes que pasaban. Cada vez que batía las alas hacía que la nieve bailase hacia todas las direcciones. Sus plumas del color del crisantemo de invierno parecían dirigir una coreografía alentada por el frío viento. El conde siguió tocando sin descanso hasta que la melodía llegó a su fin; momento en el que el cuervo volvió a entrar en la habitación y la ventana se cerró como por arte de magia. La admiración que los extraños ojos azules de la niña mostraban hacia aquella peculiar pareja fue notable en la primera mirada que les dirigió tras la demostración.

Ufano, el señor Snjór declaró:

– Se encuentra usted, amiga mía, en el palacio más grandioso que haya habido nunca. El más asombroso y maravilloso, el hogar donde se refugia el invierno cuando el calor aprieta.  Aquí cuido de los copos nieve, los acuno hasta que lega su tiempo de caer. Mi albino compañero se encarga de darles un destino y los guía a través de los cielos.

– Sois el alma del invierno.

– Se podría decir que si, señorita. Es un nombre ingenioso que jamás nos habían puesto.

Le caía bien el señor Snjór, y también el cuervo que la había llevado a su presencia. En el fondo de su corazón supo que quería estar junto a ellos siempre, quería adorar al frío y cuidarlo.

– Me gusta la nieve. La lluvia cae rápido y moja las calles en un abrir y cerrar los ojos, pero la nieve no; ella cae sin peso y con tranquilidad. Aunque en el fondo son lo mismo, una parada en el tiempo y otra no.

– ¡Pequeña! Tiene usted una mente prodigiosa. No cualquier persona habría hecho tal razonamiento, mi compañero hizo bien en invitarla. Que nieve o llueva es decisión de las nubes y sólo de ellas. Yo solo les canto y cada una de ellas reacciona de forma distinta. Supongo que depende de su humor.

¡Cuánto sabía aquel hombre enjuto y sin edad! Nunca antes la niña se había interesado por las respuestas que un adulto le daba. Ahora las explicaciones no eran aburridas, ahora respondían sus dudas. El conde no le decía que dejase de preguntar tonterías sin mirarla siquiera a los ojos. No. Él observaba calmadamente, con una chispa de interés; aunque ella no sabía muy bien por qué. Entonces tomó una decisión.

– Quiero quedarme aquí con usted. – Su voz era firme, ningún titubeo empañó su determinación. – Quiero aprender la canción de la nieve.

El señor Snjór mudó de expresión al instante, en su rostro apareció una súbita seriedad.

– Me veo obligado a advertirle que, si realmente quiere vivir aquí, quedará atrapada para siempre y nunca podrá volver a pisar la tierra de la que viene.

– Nadie me espera allí. Allí nadie me da respuestas. Cuando pisé esta casa de hielo volví a sentir de nuevo.

La niña miró hacia las escaleras por las que había bajado. Aún se podían apreciar los árboles del parque a través del agua helada. Una sonrisa apareció en su carita redondeada.

“No quiero volver.”

Martina Gala Segrera

Esta obra ha resultado Finalista en el concurso II PREMIO LAS NUEVE MUSAS DE RELATO BREVE

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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