Las nueve musas
En el harén_ Juan Jiménez Martín
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La mujer en la Edad Media

La situación general de la mujer medieval se puede condensar en dos únicas palabras: silenciada y soyuzgada.

Durante la Edad Media, los matrimonios en cualquiera de las tres principales comunidades (cristiana, musulmana y judía) se contraían por razones de interés o de conveniencia familiar.

La mujer en la Edad MediaAmor y matrimonio rara vez iban de la mano; eran estados con frecuencia contrapuestos, que en las vidas personales no solían coincidir. El matrimonio y el amor se tenían por cosas muy dispares; hombres y mujeres veían muy claras las diferencias entre ambos. “El matrimonio sella una responsabilidad, una obligación, al tiempo que el amor se entrega libremente, sin que nada obligue. El amor no se somete a leyes, mientras que el matrimonio debe estar reglamentado. Los amantes se lo otorgan todo recíproca y gratuitamente, sin ninguna obligación de necesidad, al paso que los cónyuges tienen que someterse por deber a todas las voluntades el uno del otro”[1]. Se ignoraba si algún día en la historia de la humanidad se llegaría a procurar que matrimonio y amor coincidieran, y si eso sería un acierto o no; pero las gentes aceptaban la situación como la única realista, asumiendo sus renuncias.

En teoría, las tres religiones monoteístas prohibían las relaciones sexuales entre personas de diferente religión y, en consecuencia, también los matrimonios mixtos. Sin embargo, en la práctica esto no se cumplía, sobre todo entre musulmanes y cristianos. Existen numerosos ejemplos de cristianas casadas con musulmanes, desde la reina visigoda Egilona, viuda de don Rodrigo, pasando por las esposas de numerosos emires y califas (muchas de ellas hijas de los reyes cristianos peninsulares), hasta Almanzor, que casó con la hija del rey de Pamplona, Sancho Garcés, y que llevó también a su harem a Teresa, hija del rey de Léon, Bermudo II, y a una hermana del conde de Castilla. Los reyes y nobles cristianos entregaban las mujeres de su familia a los musulmanes en virtud de pactos. Algunas regresaban a su origen voluntariamente cuando podían, como es el caso de Teresa, que volvió a León tras la muerte de Almanzor.

La mujer en la Edad MediaTambién se daba el caso contrario de musulmanas casadas con cristianos y, como mejor ejemplo, tenemos el del rey de Castilla Alfonso VI, unido en concubinato a Zaida, nuera de al-Mutamid de Sevilla (viuda de uno de sus hijos), y casados finalmente tras la conversión al cristianismo y el bautizo de ella con el nombre de Isabel, con la que el rey (que de matrimonios anteriores sólo tenía hijas) logró su único hijo varón legítimo y heredero de la Corona, don Sancho.

Pero la diferencia de tolerancia queda clara también en estos ejemplos: mientras los descendientes de esas cristianas fueron en al-Ándalus emires y hasta califas, el infante de Castilla moría en su adolescencia, asesinado por sus propios caballeros castellanos durante la batalla de Uclés, para impedir que ocupase el trono el hijo de quien antes había sido musulmana; prefirieron poner la Corona en manos extranjeras.

Entre las clases populares también se daban casos de matrimonios mixtos, aunque a veces resulta difícil dicernir entre uniones matrimoniales o concubinato. Era bastante común que hombres cristianos tomaran como esclavas a jóvenes musulmanas, con las que tenían hijos. Lo mismo ocurría en sentido contrario: varones musulmanes tomaban como esclavas a jóvenes cristianas que, cuando se convertían en madres de los hijos de su amo, adquirían el estatus de umm walad, libres y merecedoras del respeto público para ellas y sus hijos, y mayor estima que si residieran en la sociedad cristiana” [2]. En el caso de la musulmana que diera hijos a un cristiano, por el contrario, no contribuía este hecho a variar el estatus de la mujer. De nuevo queda clara la diferente tolerancia musulmana en la sociedad medieval española.

 La mujer en la Edad Media

Sometimiento y desigualdad de la mujer medieval. Las tres grandes religiones monoteístas discriminaban y discriminan a la mujer. El sometimiento de la mujer musulmana no era muy diferente al de cristianas y judías, con excepción de la poligamia, que también se daba entre judíos. Pero no podemos juzgar al Islam del esplendor de al-Ándalus desde la perspectiva y visión del Islam actual, pues es ahora, precisamente, cuando atraviesa su etapa de mayor decadencia y crisis, muy lejos del nivel cultural que entonces imperó; y, a mayor cultura, menor discriminación.

Las musulmanas se cubrían con el velo, pero tampoco las judías podían salir sin su manto, ni las cristianas sin toca. De la misma manera que tampoco podían salir solas a la calle, y menos las doncellas; judías y cristianas salían acompañadas por una “dueña” si eran de clase alta, o por la madre, abuela o persona de respeto en las clases modestas.

Respecto al papel de la mujer en la sociedad medieval, los protocolos notariales nos dejan ver una actividad más realista que la que nos han transmitido los conocimientos teóricos, por lo que habría que puntualizar:

La mujer en la Edad Media1- Frente a las comunidades judía y cristiana, la peculiaridad musulmana es el harem. Pero sólo los hombres muy ricos podían permitirse un harem, y, aun así, el marido necesitaba el permiso de la primera esposa para tomar una segunda esposa, y el de ambas para tomar una tercera. No se les permitía más de cuatro esposas, aunque sí concubinas. Si las esposas anteriores se negaban, el esposo no podía imponerles la nueva mujer, quedandole como única salida repudiarlas o solicitar el divorcio. El repudio se hacía ante el juez, quien no aceptaba lo que el varón caprichosamente pretendía sin causas muy fundadas y con presentación de pruebas. En las causas de divorcio la mujer musulmana no estaba desprotegida, sino que sus familiares y el juez (qadĩ) velaban por sus intereses.

Además, también los judíos podían tener más de una esposa.

Como contrapeso a la existencia del harem, se daba entre las musulmanas algo que las féminas de los reinos cristianos no llegaron ni a soñar. Las mujeres, sobre todo las de las clases altas, así como las de la nobleza y la realeza, necesitaban su médica. El gran harem del Califa, del Emir o de cualquier hombre adinerado, compuesto por esposas, concubinas y esclavas, más el resto de la familia femenina como las hijas, madre, madrastras, hermanas y otras familiares, al no poder ser tratadas por hombres, disponían de médicas, como tenían, asimismo, maestras, calígrafas, teólogas instructoras en el Corán e incluso maestras de música” (“La Cruz y la media Luna“)[3].

2– El trabajo de musulmanas y cristianas fuera del hogar en al-Ándalus no era excepcional, sino relativamente frecuente. En el proceso textil, por ejemplo, la mujer  participaba en todas las fases, desde la producción de la fibra, pasando por el hilado, la tintura de paños, la curación y blanqueo de lienzos, luego como tejedoras, bordadoras y empleadas en la Real Fábrica de Tejidos del Tyraz; abundaban las artesanas, las pergamineras, copistas, iluminadoras o miniaturistas, encuadernadoras en la industria librera, etc. Está documentado que, de los aproximados 230 copistas que trabajaban en los talleres del arrabal de los Pergamineros de Córdoba (al-Rahbãd al-Raqqaqĩm), 170 eran mujeres, tanto musulmanas como cristianas andalusíes. Por otra parte, existe aún una calle en Córdoba, llamada de las Alfayatas (alfayate significa “sastre”), que prueba que este oficio fue acaparado en Córdoba por las mujeres. No tuvo parangón en los reinos cristianos de la época el que las mujeres pudieran acaparar gremios, como en estos casos de la España musulmana.

Las mujeres eran las instructoras de sus hijos e hijas en los primeros rudimentos del oficio paterno y, a través de dotes y herencias familiares, aportaban capital que se invertía en las reformas necesarias del taller y en la mejora de herramientas y máquinas, además de que solían ser las vendedoras en mercados, zocos y ferias de los productos manufacturados en sus talleres. Ellas destacaron en la producción de miel y cuidado de las colmenas, en trabajos derivados de la cera, y como triperas, panaderas, horneras, etc.

3– También los mayores avances sociales a favor de las mujeres se dieron en la España musulmana: las primeras pensiones de viudedad de toda Europa surgieron en la España del s. IX (al-Ándalus); reinando Abd al-Rahmãn II, se legisló para proteger a las viudas por medio de azidaques y anafacas, que eran los bienes dotales y los alimentos que correspondían a las viudas tras la muerte de sus maridos. No se dieron avances como estos en los reinos cristianos.

4– Existía también en al-Ándalus un cargo público, al-sahĩb al-mazalĩm o “señor de las injusticias”, que protegía tanto a hombres como a mujeres que reclamaban por  sentirse víctimas de la Administración o de sentencias judiciales; era una especie de Defensor del Pueblo, pero con capacidad jurisdiccional.

5– Entre las cristianas, las monjas consiguieron una independencia que las seglares nunca soñarían. También es digno de mención el hecho de que en las sociedades cristianas medievales más feudales existía el derecho de pernada, por el que el noble señor feudal tenía libertad de disponer de las mujeres e hijas de cualquiera de sus vasallos y, en general de todas las mujeres afincadas en sus dominios.

La mujer en la Edad Media

Concluimos con un ejemplo de la influencia social y cultural que algunas mujeres musulmanas pudieron llegar a ejercer en su comunidad. (Fragmento de El Collar de Aljófar):

“Wallãda era muy amada por sus conciudadanos. Sus versos, siempre en constante superación, circulaban de mano en mano por calles y zocos. Las gentes se hacían lenguas de su talento, de su belleza, de su valentía. Lo que en otras fuera criticado a ella se le celebraba: que osara asistir sola a las tertulias de sus colegas masculinos, que hiciera uso del lenguaje con la libertad propia de ellos, que se aventurase por plazas, jardines y mercados sin cubrirse con el velo y con el hermoso y rubio cabello suelto. No obstante, los puritanos, sobre todo los alfaquíes, la reprobaban porque temían a toda mujer que aunara en su persona belleza, poder, saber y libertad.

La mujer en la Edad MediaLa princesa renunció al matrimonio, pero no al amor. Procuró sanear su economía, precisamente para lograr preservar su independencia. En su sociedad, solo una copiosa hacienda y la ausencia de hombres convertían a la mujer en dueña de su vida. Tras la muerte de su padre, el califa Muhammad al-Mustakfi, vendió sus derechos dinásticos y consiguió reunir un capital como para poder vivir con esplendidez, comodidad y, ante todo, con la independencia que deseaba. A comienzos del otoño de 1026, Wallãda hacía realidad los sueños largamente acariciados: transmitir su formación literaria y musical, creando en su palacio una escuela femenina, y abrir salón un día semanal para celebrar veladas literarias con poetas y escritores. En la escuela impartiría sus conocimientos en dos turnos; uno, para mujeres de la nobleza y, otro, para esclavas.

Se daba la rara paradoja en al-Ándalus de que las mujeres más libres eran las esclavas, ya que podían salir solas, sin la escolta de un hombre o de un eunuco y sin verse obligadas a cubrirse, y tenían acceso a la cultura y a todo tipo de saberes _poesía, música, canto, danza, el arte de la conversación, etc._, pues las esclavas tenían como principal misión la de agradar a sus señores, entretener, acompañar y ser solaz en su ocio. Una esclava muy pulida podía llegar a valer una fortuna.

Tras las guerras civiles que arrasaron la capital y condujeron a la caída del Califato, el salón literario de Wallãda fue acogido por la intelectualidad cordobesa como una ilusión en medio de la cruda realidad, como la linterna marina que emerge en la lóbrega noche del océano, como el espejismo de un oasis que viene a hacer creer que ya se alcanza el fin de la sed y la esterilidad. A Córdoba le era menester soñar que había recobrado ya su esplendor y prosperidad. Desde que el salón abriera sus puertas el primer día, ya hizo presagiar que iba a convertirse en el alma de Córdoba. Allí acudieron ben Hazm, ben Šuhayd, ben Zaydũn, ben Hayyãn y otros muchos afamados poetas y escritores del momento, además de políticos, escultores, arquitectos, médicos, filósofos, gramáticos, astrónomos…

Durante los largos años en que Wallãda recibió a los sabios, artistas y políticos cordobeses, en su salón se platicó de Historia, de Filosofía, de Poesía, de Política, de Medicina, de Teología, de Música, de Magia, de Astronomía y de otras ciencias. Allí se crearon estilos literarios, surgieron modas y usos que luego toda Córdoba y al-Ándalus siguieron. Allí se halló solaz entre grandes refinamientos, se tomaron graves resoluciones políticas, se conspiró y diéronse a conocer por primera vez teorías científicas.

El corazón de Wallãda resolvió detenerse el mismo día que los invasores almorávides lograron entrar en la ciudad. Al tiempo que se luchaba en las calles contra ellos, entraba la anciana princesa poeta en la misericordia de Alá. Ella, de quien tantas veces se dijo que era el alma de Córdoba, que en sus versos, en sus salones y en su forma de vida latía el pulso de la ciudad que la viera nacer, se apagó el día de la caída de la capital, de tal manera que hasta su muerte venía a tener para la noble ciudad un sentido. En su entierro fue acompañada por el llanto de todos los cordobeses, sin distinción de clases ni de partidos; con ella se enterraba una era”.[4]

Ateniéndonos a las experiencias y subculturas, al trabajo y las relaciones de las mujeres medievales, se pueden vislumbrar entre las líneas de los documentos históricos su presencia y su subversión. Las mujeres de las tres comunidades urdían tramas invisibles de solidaridad y cultura popular que cubrían lo que estaba prohibido en las creencias, los ritos y las costumbres de sus culturas; de esa manera contribuyeron a la permanencia de su identidad en una sociedad multicultural[5]


[1] La Cruz y la Media Luna, de Carmen Panadero.

[2] – “Cristianas, musulmanas y judías en la España medieval“, de María Jesús Fuente (edit. La Esfera de los Libros).

[3] – “La mujer en al-Ándalus: reflejos históricos de su actividad y categorías sociales“, de Mª Jesús Viguera Molins; “El velo o chador“, de Juan Vernet; “Cristianos, musulmanes y judíos en la España medieval. De la aceptación al rechazo“, de Julio Valdeón; “Las mujeres medievales y su ámbito jurídico“, de Cristina Segura; “La Cruz y la Media Luna”, de Carmen Panadero.

[4] – Fragmento de “El Collar de Aljófar“, de Carmen Panadero.

[5] – “Cristianas, musulmanas y judías en la España medieval“, de Mª Jesús Fuente.


 

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba y reside en Ciudad Real. Es pintora y escritora.

Estudió Profesorado de E.G.B., ejerciendo la enseñanza a lo largo de varios años. Inició su formación plástica en Madrid, en el Estudio de Dibujo y Pintura de Gutierrez-Navas. Posteriormente, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Por estos años escribió también una primera novela corta, para luego centrarse únicamente en su actividad plástica, realizando veintiseis exposiciones colectivas y otras tantas individuales, y recibiendo algunos premios y distinciones. Su obra se encuentra representada en Museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Reino Unido y EE.UU.

En 2000 recuperó su actividad literaria, habiendo publicado varias novelas históricas:

* “La Cruz y la Media Luna” (editorial VíaMagna, 2008, 2009). Reeditada en ebook por Leer-e (Pamplona, 2012). 3ª edic. en papel en 2015.

* “El Collar de Aljófar”, editada por Leer-e en ebook y papel, 2014.

* “El Halcón de Bobastro”, editada en ebook por Amazon y en papel (Create Space, 2015).

* “La Estirpe del Arrabal”, editada en papel por Carena Books, 2016.

Así como el ensayo de investigación histórica:

* “Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta”, editado en ebook y papel por Create Space, 2015.

* Asimismo, ha publicado artículos, relatos y cuentos en revistas impresas y en webs literarias.

Otras novelas de esta autora son “Iberia Histérica”, “La Horca y el Péndulo”, “Encrucijada”.

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