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La Humanidad: un barco a la deriva en el océano del Tiempo (I)

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“Si no existieran los calendarios, si medir el tiempo y su transcurso no hubiesen sido el vano deseo de acelerar o detener la naturaleza por parte del hombre, si los relojes fueran únicamente el ornamento de las torres insulsas, si matar “el tiempo” fuese realidad y no una frase hecha, si la humanidad no hubiese inventado esa absurda convención del Khronos y viviese sólo el Kairós, si no nos hubiésemos alejado de la naturaleza, si siguiéramos sabiendo que pertenecemos a ella y no a la inversa, entonces, sólo entonces, la vida sería vivida y no transcurrida”.

 Con este sencillo aforismo se conceptualizan dos de las tres maneras de tomar conciencia del tiempo por parte de la Humanidad desde que fueron asentándose las diversas culturas.

A pesar de las diferentes denominaciones, la mayor parte representadas en forma de deidades, el concepto base se repite en la mayor parte de ellas. Evidentemente, en las culturas o civilizaciones más complejas y evolucionadas la profundización es mayor, sobre todo en las que su raíz evolutiva está inseparablemente conectada a la filosofía sistematizada; pero siempre, aun en las sociedades rudimentarias, existe esa necesidad de encontrar un sentido a la fragilidad de la vida y a su finitud. Todas las culturas, por lo tanto, encaminaron sus discernimientos y buscaron en este camino  abstracto y de disyuntivas encrucijadas que es el tiempo.

Khronos fue para los griegos la representación del tiempo que transcurre, el tiempo que puede medirse de manea secuencial y que irremediablemente se escapa entre nuestras manos para no regresar, en una imparable carrera hacia el futuro, momento éste que al final nunca acaba llegando, puesto que siempre habrá tiempo que tendrá que llegar después. Es la forma de entender el tiempo que más se repite en todas las culturas y que más importancia tiene para las sociedades actuales, tan preocupadas por tener un control metódico de todo.

Esta forma de significar el tiempo tiene una raíz: lo inevitable. Cuando un ser vivo nace se pone en marcha un contador que de forma irremediable ha de llevarlo al fin. Por lo tanto, khronos es el tiempo determinista que tiene marcado un inicio y un final y puede medirse. Como comentamos, ha sido siempre una obsesión para el ser humano que ha desarrollado tecnologías y aplicaciones de la ciencia para tener una medida exacta de él y de esa manera poder controlarlo. En próximos artículos veremos la evolución antropológica y cultural de este concepto y los innumerables intentos de algunas civilizaciones por apoderarse de él.

 Kairós era el tiempo verdaderamente aprovechado, el “instante”, el momento en el que algo verdaderamente importante ocurría. De esta manera había que que agarrar esta porción de “vida auténtica” en el momento en que pasaba, porque de otro modo se escurría y se perdía para siempre sin remedio. Para muchas culturas, entre ellas la grecorromana, era el tiempo en el que se vivía, el período en el que se podían cosechar los frutos que engrandecieran a la persona y no el mero trámite que casi siempre suponía el khronos. Se establecía pues, un combate entre estos dos conceptos, puesto que khronos podía hacer creer erróneamente que, una vez se escapara,  kairós era alcanzable y hacer de este modo que se corriera detrás de un instante que ya había pasado y distraer la atención de los numerosos que estarían por llegar todavía. Kairós proponía, pues, estar atento a lo bueno que habría de pasar y atraparlo en el “instante” y una vez escapado dejarlo marchar y no distraerse viéndolo alejarse.

Este concepto ha tenido enorme importancia en todas las culturas herederas del mundo helenístico, pero tiene paralelismos en las sociedades orientales y, en cierta medida, en las nórdicas y africanas. En sucesivos artículos observaremos y cotejaremos entre sí toda esta información.

 Aión era “la eternidad” para los griegos, el tiempo que no necesita ni ser atrapado ni ser medido puesto que es eterno. Es el sendero que se va haciendo a sí mismo al ser recorrido. Es, sin duda, el más apegado al sentido práctico, puesto que nada desea, pretende ni espera, lo cual imposibilita la decepción; por lo tanto su único cometido es vivir, vivir y construir la vida según va ocurriendo. Es un concepto que en las culturas orientales se enfatizó como modo de enfocar la cotidianidad. Lo  eterno no tiene principio ni fin, es un bucle que hace que todo ocurra continuamente, sin detenerse jamás. Este concepto, al que muchos pensadores han dado forma teórica en sus sistemas, lo analizaremos a fondo en futuros artículos.

 En este artículo introductorio hemos establecido una toma de contacto con la sucesiva serie en la que, de una forma accesible y con una intención amena, nos aproximaremos a estas tres grandes maneras de entender el tiempo; maneras que han sido transversales en casi todas las culturas por muy alejadas e inconexas que hayan estado entre sí.  

Francisco Castro Guerra

Francisco Castro Guerra es un poeta y escritor valenciano.

Realizó estudios de filosofía e ingeniería informática.

Actualmente compagina la escritura con la docencia.

Columnista fijo en periódicos y revistas culturales y de litertura, su actual producción literaria está centrada en la poesía.

Tiene cuatro libros publicados: Crónicas desde la jaula, una antología de relatos (2002); El paseante entre cerezos, poemario (2017); El secreto lenguaje de las cerezas, poemario (2018) y 110+1 HAIKUS, un poemario de poesía japonesa (2018)

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