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La evolución humana, toda una aventura biológica - II
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La evolución humana, toda una aventura biológica – II

Proseguimos con la epopeya iniciada del hombre, hace siete millones de años, con el ardipiteco irguiéndose sobre su ancestro chimpancé hasta alcanzar al Homo erectus, después de transitar a través del australopiteco y el Homo habilis que lo precedieron, y resurgiendo por siempre de entre sus propias cenizas de extinción, especie tras especie, adaptación tras adaptación.

Ahora, la crónica prehistórica del ser humano llega a su culmen máximo: la aparición del Homo sapiens, hace unos ciento ochenta mil años en el continente africano, que acabó sobrepasando heroicamente a todos sus congéneres como única especie superviviente.

La evolución humanaEn el artículo anterior y parte primera de este recorrido, culminamos con un acontecimiento universal que estábamos a punto de considerar: el encuentro legendario de dos especies confluentes, el Homo neanderthalensis y el Homo sapiens.

Hasta hace poco, se situaba en una preclara superioridad al Hombre de Cromañón sobre el Hombre de Neandertal, quizás por ese soberbio egocentrismo que suele caracterizar al hombre moderno y a todo lo que descubre y analiza desde sus miras.

Pero aquí entran en juego los más importantes yacimientos, en este sentido y en esta etapa, de la península ibérica, con especial mención a los de Atapuerca, en la provincia de Burgos, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Su notable singularidad está en que, en ellos, han sido descubiertos relevantes restos óseos de neandertal, contradiciendo los prejuicios negativos hacia esta especie, y llegando a desbaratar paradigmas científicos sobre la evolución humana, a partir de restos también de otras especies más ancestrales, como el Homo antecessor, posible estadio intermedio entre el Homo erectus y los linajes de los sapiens y de los neandertales.

La evolución humana
Cuenco de cerámica neolítica

Hasta 1994 se creía que la expansión humana desde África se produjo primero hacia Asia, llegando a Europa hace medio millón de años. Sin embargo, los hallazgos aquel año en Atapuerca adelantaron esa fecha hasta ochocientos mil años antes de ahora, con el Homo antecessor, y posteriores descubrimientos allí y en Orce (Granada) dataron una antigüedad de más de un millón de años para un Homo sin catalogar.

Las poblaciones europeas del Paleolítico superior probablemente fueron relegadas, en su mayor parte, hacia el sur, desde Europa del norte y central, que se hallaban por entonces casi cubiertas de hielo por las intensas glaciaciones. Según esto y en base a los significativos descubrimientos recientes en diferentes puntos de la península ibérica, algunos científicos creen que, aproximadamente la mitad de estas poblaciones se asentaron en dicha península, refugio climático de temperaturas menos severas y con comida abundante.

La evolución humana
Yacimiento Gran Dolina en Atapuerca (Burgos, España)

Vivían en una tundra estepa, entre manadas de bisontes, mamuts, caballos, rinocerontes lanudos y leones. Y así hasta que, hace unos cuarenta o cincuenta mil años, con la llegada del Homo sapiens procedente de África, la vida del neandertal europeo cambió para siempre, interponiéndose de forma fatídica en su destino.

Aunque se especula mucho sobre ello, parece que el encuentro crucial e histórico de ambas especies homínidas, después de casi medio millón de años de evolución independiente en distintos continentes, aunque fue bastante esporádico como para llegar a fusionarse en una nueva especie, provocó un intercambio genético tal que, a día de hoy, los humanos procedentes de aquella expansión africana poseen en torno a un 2% de genes de la especie neandertal.

Europeos, asiáticos, americanos y australianos lo presentan; no así los que no emigraron desde África, sino que permanecieron en aquel continente y no tuvieron tal encuentro. Los habitantes del sudeste asiático y los polinesios contienen, además, genes de otra población humana más, la de los denisovanos.

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Bisonte pintado por Homo sapiens en la Cueva de Altamira (Cantabria, España)

Los neandertales eran parecidos a los cromañones, pero más robustos y anchos. A pesar de que siempre se cuestionó su capacidad intelectual, muy novedosos descubrimientos en cuevas de la península ibérica han puesto en duda tal afirmación, ya que representan grabados rupestres de motivos abstractos, con signos en forma de escalera, como en La Pasiega (Cantabria), o pinturas de manos en la pared, como en Maltravieso (Cáceres) o en Ardales (Málaga), lo que les atribuye una mente simbólica y con capacidad de abstracción, mucho más semejante a la de los sapiens de lo que se creía.

Como ellos, también utilizaban el fuego, enterraban a los muertos y se cree que tenían cierta capacidad artística, aunque aún no se han encontrado representaciones de animales, como en el caso de aquel. Pero en la medida en que se tallan figuras o se llevan a cabo representaciones pictóricas figurativas, es imprescindible que tales creaciones existan previamente en una mente humana.

Tenían la frente inclinada, con cejas salientes y sin mentón en la barbilla, a diferencia del cromañón; su cráneo tenía la peculiar forma de un balón de rugby. Su piel era blanca, mientras la de los sapiens era oscura o negra, y muchos eran pelirrojos.

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Representación de un grupo de Homo neanderthalensis

Así que, por increíble que sea, la ciencia y sus hallazgos parecen mostrarnos, de una forma sutil y subrepticia, que diferenciar a los individuos por su color o procedencia, no tiene ningún sentido, porque todos de alguna manera somos partícipes de estos o aquellos rasgos: el europeo actual, por poner un ejemplo de población, fue un emigrante procedente de África y de tez morena. La diferencia respecto al problema racial de hoy en día solo depende del tiempo en el que esto se analice, ahora o hace unos miles de años.

Según uno de los codirectores de los yacimientos pleistocenos de Atapuerca, el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, la extinción del neandertal, hace unos treinta mil años o menos, se debió precisamente al excesivo parecido con la especie de Homo sapiens. En un momento difícil para los neandertales, en el que se sufrían los envites de fuertes glaciaciones, apareció una especie competidora.

Aunque se tiende a pensar que una especie invasora ataca, es más fuerte y hace desaparecer a otra autóctona, no tiene por qué ser así, puesto que este tipo de extinciones puede producirse justamente por la semejanza entre ambas, especialmente en cuanto a nicho ecológico se refiere, es decir, en cuanto a la competencia por los mismos recursos del lugar.

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Reconstrucción de un cráneo de Homo neanderthalensis

El investigador Richard Alexander, además de otros, sostienen que, en ese punto de la evolución, el ser humano ya no tenía ningún predador que le hiciese peligrar como especie, tras el importante atributo alcanzado de su inteligencia. De esta manera, solo otras especies humanas podían convertirse en sus competidores, y llegar a provocar su extinción.

Según el profesor Arsuaga, los neandertales eran más prácticos y los sapiens con mayor capacidad simbólica y creativa, y fue aquí donde estuvo su superioridad. Existen también hipótesis a favor de una menor cohesión grupal en los primeros, que no les favoreció, a pesar de que el tamaño del cerebro del neandertal era algo mayor que el del sapiens. Incluso hay expertos que opinan que cuando el Homo sapiens llegó de África, prácticamente ya se había extinguido el Homo neandhertalensis.

En cualquier caso, se está procurando averiguar la funcionalidad de los genes que nos diferencian del neandertal —son las dos únicas especies humanas de las que se ha obtenido su genoma completo—, como desde el equipo de investigación paleogenética liderado por el paleoantropólogo sueco Svante Päävo, desde el Instituto Max Plank de Leipzig (Alemania).

La evolución humana
Réplica de cráneo incompleto de Homo antecessor

Al fin y al cabo, resultaron ser dos especies que estuvieron aisladas en su desarrollo evolutivo durante casi un cuarto de millón de años y que, sin embargo, convergieron en muchos aspectos, el principal su desarrollo cerebral. ¿Azar, convergencia biológica o fatalidad evolutiva?

Antes de la última gran transformación en la historia de la humanidad, se cree que en el Paleolítico aún no existía ni patriarcado ni matriarcado, pues no se concebía aún el principio de riqueza o propiedad. Socialmente, había dos niveles: el grupo y, dentro de este, los núcleos familiares, con padres e hijos.

El Homo sapiens representaba animales, en todo tipo de espacios, con una precisión creativa asombrosa, realidad y dinamismo; sin embargo, las pocas figuras humanas eran muy toscas, debido quizás a algún tipo de tabú por verse representados ellos mismos. Hace unos veinticinco mil años o algo más, representaban figuras femeninas en estatuillas transportables, pero parece que siempre como representaciones de la fecundidad y fertilidad: eran las famosas Venus paleolíticas.

La evolución humana
Representación de Homo neanderthalensis

Respecto al continente americano, la colonización del humano se calcula que llegó allí hace al menos unos quince mil años, a través de cazadores y recolectores paleolíticos que atravesaron el puente de Beringia desde Asia, produciéndose a continuación una evolución paralela de civilizaciones con la de Europa: estratificación social, agricultura y ganadería, escuelas, casamientos, escrituras y libros,…

Nuestra decisiva y trascendental transformación final no fue biológica, como hasta entonces, sino tecnológica y económica: el nacimiento de la ganadería y de la agricultura. La primera precedió a la segunda, porque la domesticación fue previa a ambas; la más anterior fue, en el Paleolítico, la del perro, en distintos focos geográficos, aislados entre sí.

Así pues, dejando atrás la sociedad tribal, hace unos diez mil años comenzaron a crearse las sociedades tal y como hoy las conocemos, debido a esta mutación profunda en el estilo de vida del Homo sapiens neolítico, y gracias a la consecución de un nuevo modelo de creación y producción del alimento y del consecuente establecimiento de las sociedades sedentarias.

La naturaleza comenzaba a ser gestionada y puesta al servicio del humano, los bosques talados y otros hábitats distorsionados para su adaptación al nuevo estilo agroalimentario.

La evolución humana
Reproducción de manos de Homo sapiens en las Cuevas de Gargas (Aventignan, Francia)

Se podían almacenar los granos, lo que provocó un superávit y, con él, el intercambio y la negociación. Fue entonces cuando nacieron los conceptos de propiedad y de riqueza, y de ahí posteriormente la estratificación social y jerarquías, los estados y los imperios. Las sociedades se fueron haciendo mayores y surgió el urbanismo, luego la escritura. La agricultura y la ganadería trajeron sus propios dioses.

La gastronomía apareció como tal —hasta entonces no había sido necesario cocinar los alimentos, frutos crudos o carnes solo asadas al fuego—, una vez más con cierto determinismo evolutivo, puesto que de forma aislada nace en cuatro puntos geográficos distantes, asociados con otros tantos cereales. Con ella, comenzó el arte de la cerámica, con contenedores no solo para almacenar, sino también para cocinar los alimentos.

Pero, en medio de todas estas variaciones, se ha observado que estos dos fenómenos que tanto cambiaron nuestro estilo de vida, no provocaron una esperanza de vida mayor, la vida no se alargó, ni la mortalidad infantil descendió, al menos hasta el siglo XIX; en una palabra, no mejoró la calidad de vida. De hecho, según evidencias de los restos óseos de aquella época, aumentaron los trastornos físicos, asociados con aquellas nuevas y duras labores.

La evolución humana
Representación de un grupo de Homo sapiens

Lo que sí se produjo fue un aumento de la población humana —por eso nos expandimos por todo el planeta—, podían vivir más cantidad de personas en un mismo territorio. Antes bien, este hecho trajo consigo el aumento de los enfrentamientos, por territorialidades y otras cuestiones.

Existe una teoría que explica el desarrollo de la cooperación humana gracias justamente a esta rivalidad: la competencia entre grupos rivales de la misma especie favorecía la capacidad humana para colaborar dentro del mismo grupo. Este sería el sentido de nuestro cerebro social.

En la naturaleza, existen otras especies sociales, que se agrupan para cazar con más eficacia o para defenderse mejor de los predadores. En el hombre, se dan ambas; cuando deja de haber predadores para él, los mismos individuos de la especie son sus competidores. Nuestra tolerancia con el desconocido es única en el reino animal, pero a la vez aprendemos la intolerancia hacia el otro.

La evolución humanaClausuraremos esta prolongada y, a la vez, breve historia geológica terrestre en relación al hombre, con una mención a los principales caracteres que nos hacen humanos, en el sentido de singularizarnos respecto al resto de especies:

  • Nuestros colmillos son pequeños, lo que nos separa de nuestros parientes primates. En la primera parte publicada de esta exposición, ya vimos cómo fue una de las modificaciones que sufrió nuestro tatarabuelo, el ardipiteco.
  • Estamos provistos de una nariz proyectada o con apéndice nasal: somos los más narigudos del grupo de grandes simios.
  • Solo el humano pasa por la preadolescencia o pubertad, comparable con la metamorfosis de una mariposa; es una fase muy breve de crecimiento acelerado. En un chimpancé, sin embargo, todo su crecimiento es continuo.
  • Nuestra frente y cara son verticales, no proyectadas. El resto de simios sí son prognatos, con una mandíbula adelantada, por motivos de alimentación.
  • La menopausia o largo período de vida postreproductivo nos hace diferentes, siendo una consecuencia de nuestra prolongación de la vida a lo largo de la evolución, pero no de la vida fértil. En elefantes y otras especies de crecimiento lento e inteligentes, a veces se da algo parecido, pero de forma esporádica.
  • El resto de mamíferos no tienen el acusado blanco de los ojos, lo que nos permite ver las intenciones del otro en la dirección de su mirada, características de la psicología humana, asociadas a su curiosidad y empatía. Si a una representación de un chimpancé le pusiésemos el blanco de los ojos, lo estaríamos humanizando, al adquirir una aparente mirada reflexiva y pensante.
  • Somos lampiños y con pelo de crecimiento continuo en la cabeza, adaptación evolutiva que ya se expuso en la primera parte publicada.
  • Presentamos una precocidad en el nacimiento que nos hace muy vulnerables y dependientes de nuestros progenitores para sobrevivir, algo anómalo para un primate. Ello es debido al desarrollo y tamaño del cerebro, que impediría atravesar el canal del parto —ya de por sí estrecho por la adaptación a nuestra posición bípeda— si el feto se desarrollase más tiempo en el interior del útero. Las especies encefalizadas, esto es, de gran cerebro, tienen desarrollos prolongados para poder producir el cerebro y programarlo, especialmente en sociedad; esto hace que tengan vidas igualmente longevas.
  • Nuestra sexualidad y biología reproductiva tienen caracteres únicos y especiales. La copulación puede darse de frente —solo ocurre alguna vez en los chimpancés bonobos—, relacionado con nuestra bipedestación y la forma de la vagina en la mujer, así como con los vínculos sociales del humano que favorecen una relación más personal, incluyendo las caricias. Aunque los penes masculinos son más grandes que los de nuestros familiares simios —los gorilas y los chimpancés tienen hueso—, los testículos de los chimpancés son los mayores; esta curiosidad se debe a la competencia espermática, por la que, al copular una hembra en celo con varios machos, se compite por la descendencia produciendo más espermatozoides. El carácter sexual y atractivo del pecho femenino es inexistente en las hembras de los otros primates, en las que solo se da su aparición en el periodo no fértil de amamantamiento, para la producción de leche.
  • A un nivel más existencial y filosófico, somos la única especie biológica que se hace preguntas, que reflexiona y tiene materia consciente; la única que, más allá del generalizado instinto de supervivencia de la vida, es consciente de la muerte —los niños lo aprenden.
La evolución humana
Representación de Homo neanderthalensis

Tras estos condensados pasos a través de esta exposición en dos partes, habrás descubierto, lector, que hasta el ser humano tiene una biología, tan arraigada a la evolución y sus designios —que son muy variados—, como cualquier otra especie, a pesar de que quiera erigirse como especie dominante.

La vida, al menos en este planeta, nunca persigue un único objetivo ni una sola línea de desarrollo, ni la evolución en la naturaleza es algo progresivo en cuya cúspide esté el hombre. La historia de la evolución ha sido siempre multidireccional —de ahí la enorme riqueza de la diversidad biológica planetaria—, conformando una geometría evolutiva de la vida.

Cada especie tiende, en el tiempo, a ser la mejor adaptada de su género y a poder perpetuarse y no extinguirse; un delfín aspirará siempre a ser el mejor delfín posible, y así dominar su espacio y tiempo vitales. No existen ramas evolutivas superiores ni inferiores.
La evolución humana
Representación de mamut lanudo

Un hombre debería, por tanto, abandonar su antropocentrismo, volver la mirada a sus raíces evolutivas y aspirar a ser, no ya un primate ascendido —como también nuestros otros grandes simios hermanos, cada uno en su grupo biológico—, sino a ser la mejor especie humana posible, que sepa adaptarse e integrarse en el gran hogar terrestre —sobre todo cuando sapiens significa, no solo «sabio», sino «capaz de conocer»—. Si fuésemos dominantes, no nos habría asignado la naturaleza, sin duda, ningún papel exterminador, tras eones de progreso de la vida; menos aún, entre individuos de su misma especie.

El día en el que el hombre haga pleno uso de sus capacidades, únicas en él, de raciocinio y sentido común, y utilice y expanda su faceta emocional de una forma equilibrada y conexa, ese día, la Madre Tierra suspirará y nacerá una eterna primavera, porque el hijo pródigo habrá retornado a su morada.

¿Hacia dónde se dirigirá la evolución humana a partir de ahora? Hacia donde el ser humano quiera y con el futuro que él mismo construya.

“El hombre tiene más de mono que de ángel y carece de títulos para envanecerse y engreírse. Se imponen, pues, la piedad y la tolerancia”.

Santiago Ramón y Cajal

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Mar Deneb

Mar Deneb nació en Sevilla. Es bióloga, escritora y música.

Como bióloga, fue supervisora en el Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Generación y Captura de Datos de los Subsistemas de Relieve y Uso del Programa Sistema de Información Ambiental de Andalucía (SINAMBA)”.

Fue Directora Técnica del Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Plan Rector de Uso y Gestión (P.R.U.G.)” del Parque Natural Bahía de Cádiz y Coordinadora en el del Parque Natural Barbate.

Trabajó como Técnica de Medio Ambiente y Educadora Ambiental en el Ayuntamiento de Sevilla.

Como escritora, publicó las novelas “Zenia y las Siete Puertas del Bosque” (2016), de fantasía épica, y “Ardo por ti, Candela” (2016), de género erótico.

Formó parte de las Antologías de Relatos “Cross my Heart. 20 Relatos de amor, cóncavos y con besos” (2017) y “Ups, ¡yo no he sido!” (2017), junto a otros escritores.

Fue redactora de la sección de Ciencias en la Revista Cultural “Athalía y Cía. Magazine”.

Colaboró en el Programa Cultural de Radio “Tras la Puerta”, con alguno de sus relatos.

Formó parte del jurado del I Certamen de Relatos Navideños del grupo literario “Ladrona de sonrisas”.

Como música, fue Jefa de Seminario y Profesora de Música de Enseñanza Secundaria y Bachillerato.

Fue Socia y Coordinadora de Producción en varias empresas de Producción Musical.

Formó parte como instrumentista de diversas agrupaciones musicales.

En la actualidad, imparte talleres sobre la inteligencia de las plantas y sus elementales.

Lleva la sección “Más que plantas” en su canal de YouTube.

Trabaja en sus dos próximas novelas, en diversos relatos y escribiendo artículos para su propio blog.

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