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La evolución humana, toda una aventura biológica - II
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La evolución humana, toda una aventura biológica – I

Siete millones de años —un suspiro, un último breve paso de los cuatro mil millones de años de la vida sobre el planeta— separan a aquel gran simio, primate ancestral, que estiraba sus largos brazos por entre las ramas de los bosques, del actual hombre civilizado.

Trepidante aventura de un homínido que, tras recorrer diversas y ramificadas líneas de evolución y extinción, culminó en dos especies de gorilas, dos de chimpancés y una humana.

Evolución humana
Reconstrucción de Lucy (Australopithecus afarensis)

A pesar del gran trecho que aún precisan los científicos para conocer con seguridad el complicado entramado de los predecesores humanos, hay que reconocer que no es poco lo que se ha avanzado —especialmente en las últimas décadas—, sobre todo si tenemos en cuenta que no fue hasta el siglo XIX cuando se concluyó, con el naturalista más nombrado, Charles Darwin, la teoría de la evolución.

Hasta entonces, el creacionismo generalizado separaba al hombre del resto de reinos vivos, como creación única e inmutable. Llegados a este nuevo punto, debieron bajársele los humos egocentristas al joven espécimen humano cuando descubrió que estaba tan ligado a la vida y a su progresivo cambio como pudiese estarlo cualquier mosca insignificante —al fin y al cabo, más del 50% de nuestro genoma es coincidente con el de este familiar insecto.

EvoluciónEste novedoso y rompedor paradigma científico del progreso de las especies en el tiempo pudo devolver al ser humano su lugar correspondiente, en el complejo y subdividido árbol de la evolución.

Fósiles óseos, análisis de ADN, estudios sobre la orientación magnética de la arcilla en los sedimentos, huellas fosilizadas, elementos radiactivos y su datación, y entusiastas investigadores del origen del hombre, todo va arrojando cada vez más luz sobre lo que ocurrió hace miles y hasta millones de años.

Aquel tatarabuelo nuestro —del que ya una rama previa a él, unos millones de años antes, se había desligado de sus antecesores para acabar confluyendo en los actuales orangutanes (sus genes y los nuestros coinciden en un 97%)— dio pie a dos linajes evolutivos, que fueron a parar a los gorilas de hoy en día (nuestra coincidencia genética con ellos es de algo más del 98%) y a una vertiente común a nosotros y a los chimpancés (y llegamos al máximo porcentaje de similitud con el genoma de otra especie, casi el 99%).

Chimpancé común
Chimpancé común (Pan troglodytes)

Pues sí, nuestros parientes más cercanos, según este complicado árbol genealógico, son los chimpancés, hecho que no fue descubierto genéticamente hasta 1961, por el zoólogo y bioquímico Morris Goodman. Un estudio coordinado por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig (Alemania) revelaba que, según la región del genoma analizado, estamos más próximos a la especie del chimpancé común (Pan troglodytes) o más a la del bonobo (Pan paniscus); ambas especies de chimpancés, a su vez, están más cerca de nosotros que del gorila.

Aunque habría que apostillar que no había dudado Darwin, un siglo antes, en pronunciarse sobre la enorme cantidad de semejanzas que nos emparentaba con ellos y con los gorilas, en una época en la que aún no existía método alguno para demostrarlo. También fue el primero que apostó por situar la cuna geográfica de la humanidad en el continente africano, y no en Asia, como defendían sus colegas.

Darwin
Darwin

Aquel primer homínido que se separó del antecesor del chimpancé, en torno a los siete millones de años en el tiempo, fue el Ardipithecus. Presentaba muchas características en común con su primigenio primate, pero su estatus de cuadrúpedo comenzaba a tambalearse, pues aunque no hay unanimidad entre los expertos, lo que está claro es que al menos no eran cuadrúpedos estrictos. En este sentido, se colgaban de los árboles, allá por la pluvisilva, que por aquel entonces ocupaba una gran parte del planeta.

Su ecología era parecida a la de los chimpancés, con una alimentación frugívora y esporádicamente cazador de algún insecto, para el aporte proteico; los gorilas, sin embargo, se alimentan de los tallos y partes verdes de las plantas.

Las manos tenían capacidad para agarrar objetos, sensibilidad en la yema de los dedos, y uñas planas, en vez de garras. Los ojos eran frontales, lo que les permitía calcular las distancias y una visión tridimensional.

Los colmillos se redujeron y se hicieron pequeños, al contrario de nuestros parientes primates, que poseen unos caninos pronunciados, tanto para defenderse como para marcar una jerarquía dentro de los grupos; por qué la evolución tomó este ramal es algo que aún se desconoce. Existe una teoría que lo explica según el comportamiento tolerante y poco agresivo del ardipiteco, lo que provocaba una escasa jerarquía social entre ellos.

Eran diurnos, no poseían visión nocturna, como nosotros o casi cualquiera de los otros primates —los chimpancés construyen nidos en los árboles para pasar la noche—. Quién sabe si el terror nocturno, tan asociado a nuestra especie humana, hunde sus raíces en estos homínidos ancestrales.

Avanzando unos pocos millones de años más en el tiempo, nuestro tatarabuelo fue adquiriendo ciertas transformaciones profundas que lo condujeron, hace unos cuatro millones de años, al Australopithecus.

Australopithecus africanus
Australopithecus africanus

Este era perfectamente bípedo, habiendo rediseñado al completo la ingeniería del cuerpo para conseguirlo, como en la aparición de las cuatro curvaturas de la columna vertebral —inexistentes en los cuadrúpedos— y los reajustes en las piernas y en las fundamentales cadera y pelvis, para equilibrar y soportar el cuerpo erguido.

La bipedestación o bipedismo, tan característico de nuestra especie, fue anterior, como vemos, al desarrollo del cerebro, y un proceso rápido; los científicos lo calculan a lo largo de unos doscientos mil años —un breve instante en tiempo geológico—, arguyendo que no podría haber muchos estados con posturas intermedias que fueran sostenibles. Lo más curioso es que un cambio evolutivo que duró tan poco, haya permanecido después durante tanto tiempo.

Aunque llegó a cuestionarse el bipedismo de los australopitecos, en base a los restos óseos existentes, un descubrimiento por el año 1976 en el yacimiento de Laetoli, en Tanzania, por la arqueóloga y paleoantropóloga Mary Leakey, no dejó lugar a dudas: las huellas de tres individuos de una de las especies de este grupo de homínidos, fosilizadas gracias a las cenizas volcánicas. Los huesos encontrados en las excavaciones nos aportan claridad sobre la anatomía de una especie; unas huellas nos hablan de fisiología, de movimiento conservado.

Cual huellas de nosotros imprimidas en las arenas de cualquier playa, los estudios realizados nos ilustran sobre unos posibles padres con su cría, una marca humana del arco plantar en la forma de la huella, el apoyo del pie en su borde externo y un dedo gordo ya no móvil, como así lo son en los simios parientes, y sobre el que se apoyaban para coger el impulso último y mayor, antes de elevarlo de nuevo hacia el siguiente paso.

huellasMás famosa aún que esta familia es Lucy, una muchacha procedente de Etiopía y que, gracias a su descubrimiento por el paleoantropólogo Donald Johanson en 1974, en el yacimiento de Hadar, y al de otros restos de huesos fósiles —incluido el primero descubierto en 1924 por el arqueólogo y paleoantropólogo Raymond Dart en Transvaal (Sudáfrica), el Niño de Tuang, y que demostró el origen africano de la especie humana—, nos han aportado instructivos datos sobre nuestros bisabuelos evolutivos.

Vivió hace unos tres millones y medio de años y era una joven adulta, por la aparición de las muelas del juicio, probablemente embarazada o con alguna cría.

Raymond Dart
Raymond Dart

Los australopitecos eran más bajos que nosotros, de poco más de un metro, con unos brazos tan largos como las piernas y robustos, lo que nos indica que aún los utilizaban para subir a los árboles.

Su cráneo todavía era pequeño, parecido al de los chimpancés o poco más. De hecho, venían a ser como chimpancés bípedos o erguidos, pero sus manos y pies eran ya más parecidos a los nuestros.

Su hábitat seguía siendo la selva lluviosa, ocupando con relativa abundancia grandes regiones de África (central y meridional). Pero se van disponiendo más en los bordes de la selva, donde esta se iba fragmentando poco a poco y la densidad arbórea bajaba, comenzando terrenos más secos.

Esto provocó que, aunque su dieta seguía siendo similar a la de nuestro primo chimpancé, se ampliase su espectro vegetal al adaptarse a un medio más seco, con vegetales más difíciles de procesar y con menos calorías (pastos, juncos, nueces, semillas,…). Necesitaba, para ello, una mayor trituración por parte de los molares, que acabaron siendo mayores que los de aquel y revestidos de un grueso esmalte, a prueba de desgastes por un mayor uso.

Si continuamos avanzando por las edades prehistóricas de la odisea humana, nos toparemos con un acusado cambio climático planetario, que afectó a toda la biosfera o comunidad viva, la Edad de Hielo. Hace de ello unos dos millones y medio de años.

La era glacial, fría y seca, trajo una reducción de la pluvisilva —que acabó relegándose actualmente al cinturón tropical—, paralela a la propagación de ecosistemas abiertos como las praderas, la tundra, el desierto o la taiga, y a un aumento muy considerable de hielo y nieve, cubriéndose regiones enteras con capas de tres kilómetros de hielo y estrenándose la nieve permanente en el hemisferio norte.

Ante este crudo panorama, nuestros homínidos australopitecos se aclimatarán a través de dos ramas evolutivas: la que conducirá, tras nuevas apariciones y extinciones de especies, a nuestra especie actual, con el desarrollo adaptativo del cerebro y de la tecnología; y la que dará lugar al Paranthropus, que se acomodará amplificando el aparato masticador, hasta el punto de convertirlo en un auténtico molino de trituración.

 Paranthropus
Paranthropus

Nuestros antepasados convivieron y compitieron con estos parántropos, hasta que se extinguieron hace un millón de años, después de haberse diversificado en varias especies.

Su enorme especialización para triturar semillas con poca agua y quizás también raíces vegetales de almacenamiento, desarrolló la musculatura de la masticación, sufriendo un crecimiento premolar e hipertrofia mandibular, y ampliando sus pómulos. Se desconoce si llegaron a utilizar herramientas, de madera o hueso.

epresentación de un parántropo (Paranthropus boisei)
Representación de un parántropo (Paranthropus boisei)

Después de todo, el parántropo, para su adaptación a los nuevos cambios climáticos extremos, vino a desarrollar lo que ya sus antepasados poseían: un aumento del sistema masticador. Es por eso que no deja de resultar arriesgada o incluso suicida la otra opción, a la par, que la evolución adoptó en la vertiente encaminada hacia la primera especie del género Homo, el Homo habilis; se inclinó, al contrario, por reducir el aparato masticador y aventurarse en el desarrollo del cerebro.

Sin duda, una innovadora ruta evolutiva, pero que no tenía garantizado su éxito y que se planteaba en un momento crucial y con mal pronóstico evolutivo, pues la familia homínida a la que pertenecemos —orangutanes, gorilas, chimpancés y humanos— era por entonces un grupo en retroceso, ya que su hábitat de bosques lluviosos se estaba reduciendo por motivos climáticos y no había indicio alguno de salir airoso; menos aún de masificar nuestras poblaciones, como ocurrió muy posteriormente.

En efecto, la línea de gorilas y chimpancés y la de los orangutanes no salieron de este hábitat, acabando reducidas a las actuales poblaciones tropicales africanas y asiáticas, respectivamente.

El primer Homo ya fabricaba utensilios y tallaba la piedra; de ahí su denominación de habilis. Seguía siendo parecido al australopiteco, un chimpancé bípedo, pero era lanzador de objetos con puntería, capacidad que requiere de una coordinación neuromotriz y precisión de la que carecen nuestros parientes simios del mismo grupo africano.

Según cierta teoría, este factor pudo influir en la biología social humana, pues aunque los defendía de las fieras, ahuyentándolas y evitando peligros, también les daba la ventaja de agredir a distancia al semejante, por lo que se redujo la necesidad de una férrea jerarquía interna, como pueda ser la de los chimpancés, que se basa más en la fuerza física.

Orangután
Orangután

Los orangutanes, con sus largos dedos, apenas tienen pulgar; aunque chimpancés y gorilas los tienen más desarrollados y a veces los utilizan para asir, al ser cuadrúpedos no dejan de utilizarlos para la locomoción. La bipedestación y consecuente liberación de las manos del desplazamiento permitió que el Homo habilis, anatómicamente, acabase no solo manipulando objetos —como pueda hacerlo un chimpancé de forma espontánea o induciéndolo con una herramienta cortante—, sino que acompañado de una coordinación, los fabricase, a través de golpes controlados y precisos.

Pero aún tallan sin un objetivo en la forma labrada, es decir, persiguen, más que una forma, una propiedad, una capacidad cortante, con filos.

Utilizaban también piedras para machacar frutos secos y para sacar el tuétano, materia grasa, de los huesos. Además de los Homo, a través de sus utensilios, solo otra especie en la naturaleza es capaz de fracturar huesos, la hiena.

Las herramientas creadas por los humanos empezaron a ser como nuevos órganos de prolongación, no biológicos, que nos permitirían ampliar nuestro espacio de acción.

Homo erectusEntre las diversas especies de Homo que surgieron después, en algún caso coexistiendo con el habilis, nos detendremos en el Homo erectus, especie con mayor desarrollo cerebral que aquel, esto es, el doble que el cerebro del australopiteco o del chimpancé —nuestro cerebro actual los triplica.

Ocurrió por aquellos tiempos un fenómeno decisivo, favorecedor de su inteligencia, y más asociado al hombre de hoy en día de lo que pudiera parecer.

El mantenimiento de cualquier cerebro implica un gasto de energía para el metabolismo corporal, que varía en base a su desarrollo. Un chimpancé utiliza un 10% de dicho metabolismo, pero un Homo erectus necesitaba ya un 20% para mantenerlo.

cuadro evoluciónLa evolución pujaba por la ampliación de la inteligencia —¿o era la inteligencia la que pujaba por dilatarse en la evolución?—, pero para no derrochar energía y obtener máxima eficiencia con menor coste, moderó a su vez el gasto metabólico del procesamiento del alimento. Para esto, redujo un largo digestivo vegetariano a uno corto carnívoro.

Los animales herbívoros poseen un tracto digestivo muy largo porque larga es su digestión, para poder procesar los alimentos vegetales, con mucha fibra y pocas calorías. Los animales carnívoros, sin embargo, al nutrirse de un tipo de alimento más calórico (carne y grasa animal), no necesitan procesarlo tanto para obtener su energía y, en consecuencia, no necesitan un tracto digestivo tan largo ni la energía empleada en ello.

El alto consumo que podía provocarle el desarrollo del cerebro al erectus transformó su dieta, por así decirlo, a carnívora principalmente, para ahorrar energía en su digestión y mantenimiento, y poder expansionar así el desarrollo del cerebro —¿hacernos carnívoros contribuyó para que fuésemos más inteligentes?—. Esta dieta fue acompañada por alimentos vegetales de mayor calidad.

Con él aparecieron las hachas bifásicas, lo que implica ya una intención formal, originada en su mente, prueba de un nivel conceptual elevado. De mayor altura que el australopiteco, convivió más en grupo y se hizo más social y comunicador, así como más cosmopolita, pues llegará a pisar los continentes africano, asiático y europeo.

Y es que nuestros antepasados africanos, en algún momento, darían el paso a otros continentes, hasta colonizarlos todos. Se habla, en este sentido, de migraciones, cuando realmente no hubo conciencia de tal, sino que fueron más bien expansiones de las especies humanas, que fueron parejas a las expansiones de otros animales, pues en Georgia —entre Europa y Asia, primer foco fuera de África por el que se cree que comenzó dicha expansión—, se ha comprobado que convivían con una fauna parecida a la africana.

evoluciónPara que una especie amplíe sus dominios, ha de irle bien en su hábitat y adaptarse bien en las zonas limítrofes, ampliándose así su territorio y dominio de acción (nicho ecológico), y dependiendo menos del lugar.

La capacidad de la caza —además de la recolección— de los nuevos homínidos les posibilitó adentrarse en nuevos horizontes, en busca de sus presas, y ampliar de esta manera su espectro ecológico.

Otro importante factor influyente en la plasticidad sobre el territorio habitado y relacionado exclusivamente con el humano es la desaparición del pelo corporal —el hombre también es la única especie que visita las peluquerías, porque solo él tiene pelo de crecimiento permanente, en la cabeza—, asociada al vital proceso termorregulador del sudor, a través de las glándulas sudoríparas.

Nuestros antepasados pudieron salir a cazar en horas de calor en las que el resto de animales, herbívoros y carnívoros, reposaban a la sombra —los carnívoros  suelen activarse al amanecer, en el crepúsculo o por la noche—, y gracias también a su posición erguida, que le proporcionaba una menor superficie corporal expuesta al sol; de esta forma, jugaban con ventaja en la caza respecto a aquellos.

Mano de gorila (Gorilla sp.)
Mano de gorila (Gorilla sp.)

Los orangutanes, chimpancés y gorilas no necesitaron originar tal sistema de refrigeración y protección del sol y el calor, porque al conservarse en las selvas lluviosas tropicales, podían mantenerse a la sombra.

Coronaremos la última y apasionante etapa de la aventura de supervivencia del hombre con dos especies que destacaron como protagonistas de un acontecimiento universal, que ocurrió hace unos cuarenta mil años: el hombre de Neandertal y el Homo sapiens.

Pero eso será en la próxima ocasión, donde nos esperarán fenómenos trascendentales y culminantes que transformarán al hombre en lo que es hoy. Te espero, lector, para entonces; sigue pendiente de las publicaciones de esta valiosa e interesante revista que tienes ante tus ojos.

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Mar Deneb

Mar Deneb nació en Sevilla. Es bióloga, escritora y música.

Como bióloga, fue supervisora en el Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Generación y Captura de Datos de los Subsistemas de Relieve y Uso del Programa Sistema de Información Ambiental de Andalucía (SINAMBA)”.

Fue Directora Técnica del Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Plan Rector de Uso y Gestión (P.R.U.G.)” del Parque Natural Bahía de Cádiz y Coordinadora en el del Parque Natural Barbate.

Trabajó como Técnica de Medio Ambiente y Educadora Ambiental en el Ayuntamiento de Sevilla.

Como escritora, publicó las novelas “Zenia y las Siete Puertas del Bosque” (2016), de fantasía épica, y “Ardo por ti, Candela” (2016), de género erótico.

Formó parte de las Antologías de Relatos “Cross my Heart. 20 Relatos de amor, cóncavos y con besos” (2017) y “Ups, ¡yo no he sido!” (2017), junto a otros escritores.

Fue redactora de la sección de Ciencias en la Revista Cultural “Athalía y Cía. Magazine”.

Colaboró en el Programa Cultural de Radio “Tras la Puerta”, con alguno de sus relatos.

Formó parte del jurado del I Certamen de Relatos Navideños del grupo literario “Ladrona de sonrisas”.

Como música, fue Jefa de Seminario y Profesora de Música de Enseñanza Secundaria y Bachillerato.

Fue Socia y Coordinadora de Producción en varias empresas de Producción Musical.

Formó parte como instrumentista de diversas agrupaciones musicales.

En la actualidad, imparte talleres sobre la inteligencia de las plantas y sus elementales.

Lleva la sección “Más que plantas” en su canal de YouTube.

Trabaja en sus dos próximas novelas, en diversos relatos y escribiendo artículos para su propio blog.

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