Las nueve musas
manifestación en Colón
Portada » La edad de la inconsciencia

La edad de la inconsciencia

Aquellos que malvivían con la pesadilla de que los tiempos de la dictadura estaban desapareciendo, ya pueden despertarse y celebrar que todo había sido un mal sueño que es el que realmente se va despejando poco a poco.

Y eso, pese al estrepitoso fracaso de la manifestación convocada para este domingo con fines muy distintos a los cacareados en los corrales de la infamia.

Muy mal deben sentirse tantos y tantos tertulianos que auguraban que sería un día histórico, un hito que marcaría las agendas ya marcadas, que llegaban a apostar por un millón de participantes por aquello de redondear cifras, aunque finalmente, ni a canto del optimismo ha llegado, apenas ha superado los cuarenta mil asistentes, por muchos autobuses y gratuidades que se hubiesen fletado (aunque alguno de los periódicos convocantes optan por una lectura lisérgica de los datos y publican que han contado hasta un cuarto de millón de personas, más presentes en alma que en cuerpo). Como también se ha fracasado en un empeño aún más ridículo: evitar una foto donde se pudiesen ver a miembros del Partido Popular y de Ciudadanos junto a otros de Vox (juntos, no, pero sí revueltos), excepto Manuel Valls que se las arregló para escurrirse a tiempo. Tanto señalar la siempre activa división de la izquierda, y es ahora la derecha que la está resquebrajándose. Madrid ha sido hoy el escenario de un combate muy cruento. En pleno núcleo del evento, tres derechas se enfrentaban, con tres líderes cegados por la visión de ser caudillos, tres políticos que han hecho de la inconsciencia su única bandera. Y que finalmente ha quedado retratados  juntos en la tan temida fotografía.

Los tres guardando silencio.

Cómplices de su propio despropósito.

Empate técnico.

Tan pactado estaba todo este burdo artificio, que ni siquiera político de signo alguno ha sido el encargado de leer el manifiesto final, no se le hacen concesiones al enemigo, no se podía a permitir ningún protagonismo personalizado. Ni tampoco lo hizo Vargas Llosa (presente en el evento, tomado del brazo de Albert Rivera), como se había llegado a insinuar, quizás porque no sea lo más adecuado en su empeño de ganar un segundo Nobel, en este caso el de la Paz.

Para perplejidad de este cronista, tres periodistas (es de lamentar no poder usar las comillas para referirse a ellos), de periódicos que también se sumaron a la convocatoria, han sido los tristes voceros de esa trifulca encubierta, participando en uno de los ejercicios más descabellados que se hayan ideado para ganar votos sin reparar en los costes democráticos, tres periodistas tan implicados en la campaña venidera que se han dedicado a repetir los sonsonetes insultantes y falsos de sus amos, a derrochar infundadas acusaciones desoladoras, como buenos esclavos sumisos de los discursos diseñados con el verdadero objetivo final de esta concentración, que ni siquiera se han molestado en disimular: exigir elecciones.

Que el país atraviesa una grave crisis, ya a todos los niveles, es una realidad que asfixia.

Pero parece que el remedio que casi todos proponen pasa por agravarla cada vez más.

Vivimos en el reino de lo efímero, y nos hemos hecho adictos a él. Todo se magnifica y se reduce en cuestión de segundos. El insulto y el desprecio son los únicos protagonistas del argumento. Si alguien suelta su “perla” y provoca una reacción muy polémica, pues se pide perdón, y ya se puede seguir aniquilando elefantes. Que no, ya pasará, total, pronto vendrá  una nueva sandez y los fiscales están muy ocupados llevando al banquillo a quien cuente chistes sobre Carrero Blanco. Puede que ETA se haya disuelto, pero nadie está a salvo de ser calificado de etarra, de nuevo en el centro del ruedo para repartir más daño. Se dispara a matar con cada palabra. Y a nadie parece importarle, si es que las tienen en cuenta, las posibles consecuencias de estar acribillando al país con esta plaga de atosigamientos.

Pese a las encuestas, o precisamente a causa de ellas, un líder parece tomar cierta ventaja en los más recónditos extremos de la derecha, a golpe de bajezas. Pablo Casado, que tanto ha despreciado el derecho de manifestación y el derecho a la libertad de expresión, ahora los hace pedazos en beneficio de su verbo debocado, arremetiendo con saña e insolencias inauditas contra el Presidente del Gobierno (en pleno éxtasis delator incluso le acusó de haber escrito un libro, ¡un libro propio!, hasta dónde vamos a llegar, por favor), o lanzando como propuestas viables insensateces tan despectivas como derogar la ley del aborto lo que pondría remedio al problema de las pensiones (hagan números, lectores). Abascal y Rivera se están quedando atrás en esta exhumación de la autarquía franquista. El primero, bufa y rebufa, aviva lo que pueda resultar violento o retrógrado, lo apuesta todo al enfrentamiento, y por mucho que se le nombre ahora, es más que probable que termine fagocitado por el mismo organismo que lo gestó, y acabará a resguardo del algún grupúsculo que le guarde culto y le reverencie en alguna fecha señalada, como sucede con el 23 de febrero, día de San Tejero. Y el segundo ya no puede seguir jugando a ser un liberal demócrata llegado para ser nuestro futuro cuando todo en él rezuma con lo peor de nuestro pasado.

El “todo vale” está fuera de control.

El envoltorio de la manifestación no era más que una farsa. Pero la insensatez y la temeridad con la que la habían sembrado este trío de déspotas (con el invaluable apoyo de insignes personajes como Felipe González o Alfonso Guerra, entregados a la gesta de sumarse al tropel de mesías que nos invade) la convierten en un lamentable episodio más en esta edad donde la inconsciencia, venga del signo político que venga, es la única que parece haber tomado el control de cuanto sucede.

Pocas veces hemos estado tan solos. Nadie cuenta con nosotros, excepto para llenar urnas. Tan solo valemos lo que valen nuestros votos.

Y si son de silencio, mejor.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemento infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

en-el-lago-español
portada-almanzor
espacio-disponible-cuatro
Arcadina

Secciones

¡Suscríbete a nuestro boletín!

Nuestras redes

No seas tímido, ponte en contacto. Nos encanta conocer gente interesante y hacer nuevos amigos.

Centro de preferencias de privacidad