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La descomposición del califato de Córdoba
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La descomposición del califato de Córdoba

Corría el mes de marzo de 1011. Nací hija póstuma del califa Muhammad al-Mahdi, que unos meses antes había muerto a manos del influyente partido de los eslavos, pero, sobre todo, víctima de su gran ceguera y de sus graves errores, Alá se apiade de él.

Cuatro meses antes de mi nacimiento, los temibles beréberes habían saqueado Medina al-Zahãra y puesto a la capital del Califato bajo despiadado cerco.

La descomposición del califato de CórdobaNo acaeció en Córdoba un lento declinar como el que otras ciudades y otros imperios vivieron. No. Mi ciudad natal salió del mayor esplendor para, al punto, darse de bruces con el caos y la calamidad; como si Alá, que tanto la distinguió, le hubiese vuelto la espalda en el instante en que más la amaba. Fue un ataque de demencia colectiva en el que se vieron inmersos así los poderosos como el bajo vulgo y que en breve plazo condujo a la gran urbe hacia su perdición. Y, enlazados sus destinos, parejo camino al de Córdoba siguió al-Ándalus, bello collar de aljófar que se desgrana tras la caída de la gran perla.

Córdoba era por estos días un hervidero de rumores, bulos, espías e intrigas. Desde que hacía más de un año estallaran las primeras revueltas, las vidas de los cordobeses habíanse visto sumidas en atroz desconcierto.

Los acaecimientos que originaron el naufragio de nuestro mundo se sucedieron así:

  Los altos mandos militares beréberes y eslavos habían cobrado enorme influencia, encumbrados por el tirano Almanzor. Pero el pueblo los aborrecía, sobre todo a los berberiscos, porque sometían a la población a toda clase de atropellos. Por otra parte, hubiera sido menester que el califa que regía los destinos de al-Ándalus en tan procelosos días fuera capaz de mantener el timón con mano firme y serena; nada más lejos de la realidad. Hixem II, hijo de Alhaqem II y nieto de Abd al-Rahmãn III, nada en común tenía con sus insignes predecesores. Como heredara el trono siendo un niño, vino a ser como cera blanda en manos de su ambicioso haŷĩb.

   Almanzor lo modeló para impedir que entorpeciera sus planes: apartó al califa de los negocios de gobierno y lo mantuvo ignorante de cuanto acaeciera, lo redujo a la incapacidad, lo distrajo con sus obsesiones religiosas y lo embruteció con una vida anegada en placeres. Cuesta entender cómo nadie impidió la concienzuda destrucción del califa. Alá debía de tenerlo escrito así en sus eternos decretos, y es que, cuando Alá quiere que suceda una cosa, prepara sus causas.

   Muerto el dictador, dos de sus hijos fueron sucesivamente sus herederos en el cargo. Pero fue el menor de ellos, Abd al-Rahmãn ben Almanzor, llamado Sanchuelo por ser nieto en línea materna del rey Sancho II de Navarra, el que con sus errores causaría el cataclismo político que iba a acarrear el fin de muestro mundo y la ruina de al-Ándalus. De vida disoluta, vanidoso, mediocre y bebedor, compartía con Hixem II su inclinación por la molicie y su plantel de vicios; llegaron en su depravación hasta a unir sus harenes e intercambiar sus mujeres. El compartir sus vidas libertinas y ser portadores ambos de sangre de reyes navarros fue lo que llevó a Sanchuelo a acariciar un temerario afán: ser nombrado por el califa su sucesor, desoyendo el consejo que Almanzor les dejó en su testamento, por el que advertía a sus hijos que lograrían retener el poder siempre que observaran con escrupuloso respeto la apariencia de legalidad monárquica. Pero aquella calamidad de califa era tan moldeable que, sin más consejo, se avino a los deseos de su ambicioso haŷĩb. Ninguno de los dos se percataba de las fuerzas que desataban con tan atolondrada resolución.

Genealogía últimos califasAquella desatinada designación suscitó viva cólera en todos los estamentos sociales, comenzando por la familia real Omeya, a la que se despojaba de sus derechos dinásticos, y acabando por el pueblo llano, siempre fiel al principio de legitimidad, … sin olvidar a alfaquíes y religiosos, que tanto despreciaban al impío visir.

Iba a ser mi padre, Muhammad ben Abd al-Yabbar, quien acaudillara la rebelión  contra Sanchuelo y Hixem II. Era mi progenitor, Alá lo haya perdonado, bisnieto de Abd al-Rahmãn III, que, como otros omeyas, hallábase hastiado de las humillaciones a que los amiríes los habían sometido durante décadas, airado por haber tenido que inclinarse ante el advenedizo Almanzor y sus cachorros, y ansiando vengar la muerte de su padre, mi abuelo, decapitado por uno de ellos. Después de aquel cruel desmán, habíase recluido con sus mujeres e hijos en la Munya al-Kasira, su huerta de recreo cercana a Córdoba y junto al río, procurando pasar inadvertido para los poderosos y mantenerse alejado de los negocios de gobierno que tantos sinsabores suelen acarrear.

Mas, aprovechando la ausencia de Sanchuelo —en campaña militar— e instado por nobles y religiosos, aceptó encabezar la conjura que se preparaba contra el odiado visir. El Alcázar fue asaltado, sin que los miembros de la guardia real lo protegiesen, ni atendiesen más que a su propio peligro. La plebe aulló de entusiasmo y al instante corrió por calles y plazas al grito de: — ¡¡A las armas!!

  El califa Hixem II, despavorido, buscó refugio en un recatado aposento del harem y, como nadie viniera en su defensa y las turbas enfurecidas corrieran ya por sus jardines, envió con un eunuco un mensaje a su sobrino Muhammad, por el que le decía:

“Si respetas mi vida, abdicaré en tu favor”.

— ¡Por amor a Alá! Pero ¿qué oigo? —exclamó mi padre, escandalizado—. ¿Acaso cree el califa que me he alzado en armas para matarlo? ¡Solo las he tomado al ver con dolor que pretendía arrancar el trono a nuestra familia! Mi designio no es otro que gobernar junto al califa hasta ver a Sanchuelo vencido y restablecido el orden.

  Pero, como ni en el gobierno ni en el amor quieren los hombres compañero, consideró fugazmente la dádiva y fineza que Hixem quería hacerle, y presto se percató de sus ventajas.

— Aunque, bien mirado —comenzó a retractarse—, es sensato lo que propone, y pues es su voluntad cederme la corona, la recibo muy reconocido y podrá pedirme cuanto le plazca.

Hicieron venir a alfaquíes, ulemas, nobles y notables, y el acta de abdicación fue firmada por Hixem II ante ellos.

  Las masas enloquecieron y, atropelladamente, dirigiéronse contra la ciudad palaciega de Sanchuelo _al-Zahĩra_. Sus defensores abandonaron a su suerte al que era el centro del poder amirí, momentos antes de que los cordobeses entraran a saco en él.

  Al día siguiente era entronizado y jurado mi padre, eligiendo el sobrenombre de al-Mahdi Bi-llah, “el Bien Guiado por Alá”; desde entonces, pese a ser Muhammad II, sólo sería conocido por al-Mahdi, y por primera vez oyose su nombre en los azalás de las mezquitas. Era tal la exaltación que se vivía en Córdoba que todos sus moradores manifestaban hallarse resueltos a verter hasta la última gota de su sangre por al-Mahdi, por la dinastía legítima y contra el impío usurpador, el despreciable Sanchuelo.

  Convertido así mi padre de la noche a la mañana en Príncipe de los Creyentes,  mandó traer luego a sus esposas, concubinas y esclavas de lecho desde la Munya al-Kasira hasta el gineceo real. Con ellas venía mi madre, Tamãm, que era considerada por este tiempo su favorita. Cuenta mi fiel esclava Themina que ella declaró entonces:

— En nada me complacen estos acaecimientos, que nunca tuve ambiciones de sultana ni me agrada mudanza de tal alcance; mi vida ha sido venturosa en la al-munya y, al llegar al Alcázar, en mi alma he advertido como un barrunto de desgracia.

  El primer viernes, en las mezquitas, el pueblo pudo percatarse de que en las oraciones había desaparecido el nombre de Hixem II. Nada se volvió a saber del anterior califa; el sinventura había sido confinado en una estancia del palacio de un visir leal a mi padre. Sanchuelo recibió nuevas de estos sucesos en Toledo y determinó regresar con su ejército a Córdoba sin más dilación. Durante el trayecto hacia la capital, fue abandonado poco a poco por sus tropas, manteniéndosele fieles únicamente algunos hombres de su guardia. No logró alcanzar con vida los muros de la capital; su cabeza fue segada antes de entrar en ella. Llegados con su lúgubre carga al Alcázar, se dice que mi padre pisoteó con su caballo los despojos sanguinolentos del desdichado, ordenó que lo alcanforaran y lo mandó luego empalar en una de las puertas del palacio omeya.

  Mucho se alegró el pueblo con esta muerte. Su breve gobierno —de unos cuatro meses— fue una continua porfía e inquietud, de gran ruido, vanidad y pompa; pero de ello no dejó al pueblo en herencia sino peligros, perdición, ruina, calamidad y desesperanza, porque todo lo que aconteció a partir de entonces y durante largos años a él se debió. Fue Sanchuelo quien desató el cataclismo que había de sobrevenirnos.

La descomposición del califato de CórdobaEl comienzo del reinado de mi padre vino a ser para todos muy esperanzador. Presto, los beréberes le habían jurado fidelidad; los generales eslavos más influyentes enviaron mensajeros asegurándole su obediencia; el pueblo, que tanto había cooperado en su entronización, vibraba de entusiasmo, y la familia real Omeya no ocultaba su complacencia por la muerte del último usurpador. Todos los partidos con cierto peso en la vida de al-Ándalus habíanse adherido al nuevo califa. Sin embargo, pronto se hizo manifiesto lo infundado de aquellas esperanzas.

Ordenó al-Mahdi licenciar a los civiles cordobeses que se alistaron cuando estalló la revuelta. La medida era razonable, puesto que el ejército, de nuevo unido al superarse la crisis, hacía ya innecesarios la afiliación de la gente del pueblo y el gasto adicional que implicaba. Pero nadie renuncia de buen grado a una paga con la que ya se cuenta, y esta resolución vino a ser muy impopular, pues se sintieron postergados por quienes se habían valido de ellos para hacer la revolución.

  Sabedor del odio que la población profesaba a los beréberes, creyó ganársela de nuevo si apartaba a estos de la capital califal, con lo que se malquistó también con ellos; y desterró luego a poderosos eslavos que habían sido altos dignatarios de Almanzor y sus hijos, quienes abandonaron la capital con sus partidarios. Esto suponía convertirlos en sus enemigos. Se le achacó, además, que llevaba mala vida, que derrochaba en grandes fiestas y se le tildó de blasfemo y borracho. Estas imputaciones, muy dolorosas para mí, enfurecieron a alfaquíes, imanes y puritanos. La población se lamentaba:

— ¡Alá nos ampare! ¿Qué hemos hecho apoyando a este? ¡Es otro Sanchuelo!

En corto tiempo, perseguido siempre de su adversa fortuna y sumando sus muchos yerros, habíase procurado la desafección de los más poderosos partidos, los que más influencia habrían de tener en el devenir de al-Ándalus.  

  Pero el asunto que más preocupaba a al-Mahdi por esos días guardaba relación con el destronado Hixem II. El más inofensivo de sus adversarios era el que más desasosiegos le originaba. Conocedor del descontento reinante, le inquietaba que cualquiera de sus enemigos, con pretexto legitimista, intentara restaurar en el trono al califa predecesor. Su desaparición hubiera supuesto para mi padre enorme ventaja, pero no quiso mancharse manos y conciencia con su sangre. Resolvió dejarlo vivir, pero fingir su muerte.

La descomposición del califato de CórdobaUno de sus leales le habló de un vecino suyo, mozárabe, que agonizaba desde hacía días y que tanto parecido guardaba con Hixem que muchas fueron las bromas que hubo de aguantar durante su vida. Urdieron entrambos una ingeniosa trama y, cuando el mozárabe murió y fue enterrado, horas más tarde era expuesto en una estancia del Alcázar vistiendo real mortaja. Fue reconocido por eunucos y visires e inhumado en solemne ceremonia en el Mausoleo Real. Entre tanto, el verdadero Hixem II era sacado de noche con extrema cautela del palacio del visir en que vivía confinado y escondido en una munya del alfoz de Córdoba, donde permaneció desde entonces estrechamente vigilado y como sepultado en vida.

  Entre los omeyas, muchos fueron los que no ocultaron su enojo por el modo en que mi padre había procedido con el “difunto” Hixem. Llegaron algunos a afearle el trato a que le había sometido hasta su supuesta muerte. La respuesta de al-Mahdi fue encarcelar a varios de estos parientes; con esta errada medida acabó de perder también el apoyo de buena parte del clan Omeya.

El desairado trato que el califa había dispensado a los beréberes fue temerario, ya que su partido era demasiado poderoso como para humillarlo sin antes haberlo dominado. Las tropas berberiscas dirigiéronse hacia la capital, asaltaron las cárceles y liberaron a los presos políticos contrarios a mi padre, entre ellos a sus parientes omeyas, pero también arremetieron contra los cordobeses, incendiaron parte del zoco y arrasaron los arrabales. Durante todo un día y su noche se luchó en las calles con denuedo y tesón, haciéndose inhumana carnicería, pero, al cabo, los enardecidos vecinos y los soldados de mi padre lograron desbaratar a las huestes adversarias, que se vieron forzadas a abandonar la ciudad con hondo resentimiento y respirando venganzas.

  Y como el pueblo siempre achaca al gobierno todos sus males, si ya antes los cordobeses desdeñaban a mi padre, después de estos deplorables acaecimientos la aversión habíase acrecentado hasta límites inimaginables, pues lo culpaban de no haber sabido protegerlos. En Córdoba no se hablaba ya de él sino con burla. Su nombre no se mencionaba sino con apodos de menosprecio; “el Gran Bebedor” era el más considerado de los muchos que le adjudicaban.

  Al-Mahdi aislose en el Alcázar rumiando su desesperación: —“Para salvarme, ahora me sería menester recuperar a Hixem II; si pudiera sentarlo de nuevo en el trono,  el pueblo se contentaría. Mas ¿cómo hacerlo si toda Córdoba asistió emocionada a sus funerales de Estado?”— Se devanaba los sesos buscando solución. Ahora se veía atrapado en las redes que él mismo había tendido. Entretanto, los beréberes, sabedores de que no alcanzarían el poder en al-Ándalus si no respaldaban a un candidato omeya, decidieron nombrar califa a uno de los recién liberados, Suleymán, también bisnieto de Abd al-Rahmãn III. Hombre débil, sin experiencia ni resolución, era lo que los berberiscos buscaban: un califa en apariencia y que se dejara gobernar. Los representantes de todas las cabilas lo juraron como su soberano, pero jamás tuvo autoridad alguna sobre quienes lo habían elegido, y él lo sabía.

Al mismo tiempo, mi padre, desconociendo aún este nombramiento, determinó llevar a cabo su plan de resucitar a Hixem II para ver si así volvía a ganarse al pueblo. No sería lance fácil de explicar, pues no dejaba de ser el desgarrón más grande que el remiendo. Y así fue como, de desatino en desatino, mandó al-Mahdi que un palanquín bien escoltado trasladara de nuevo a Hixem desde la munya donde se ocultaba hasta los Reales Alcázares. Una breve nota leída en las mezquitas decía por toda justificación:

 plugo al anterior califa, Hixem II, que se fingiera su muerte, hastiado de la política y de las vanidades del mundo, por eso antes abdicó en mi persona, pero yo, al-Mahdi, lo siento y reconozco como mi señor y califa, del que me considero su haŷĩb.

 Y, después, se limitó a esperar hasta que las cosas le mostrasen su verdadera faz.

A la mañana siguiente, el pueblo, atónito, descubría que tenía tres califas y, lo que era peor, a cual más inepto. La guerra civil se hacía inevitable.

Alá altísimo nos había olvidado.

Fragmento de mi novela “El Collar de Aljófar

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Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba y reside en Ciudad Real. Es pintora y escritora.

Estudió Profesorado de E.G.B., ejerciendo la enseñanza a lo largo de varios años. Inició su formación plástica en Madrid, en el Estudio de Dibujo y Pintura de Gutierrez-Navas. Posteriormente, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Por estos años escribió también una primera novela corta, para luego centrarse únicamente en su actividad plástica, realizando veintiseis exposiciones colectivas y otras tantas individuales, y recibiendo algunos premios y distinciones. Su obra se encuentra representada en Museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Reino Unido y EE.UU.

En 2000 recuperó su actividad literaria, habiendo publicado varias novelas históricas:

* “La Cruz y la Media Luna” (editorial VíaMagna, 2008, 2009). Reeditada en ebook por Leer-e (Pamplona, 2012). 3ª edic. en papel en 2015.

* “El Collar de Aljófar”, editada por Leer-e en ebook y papel, 2014.

* "El Halcón de Bobastro”, editada en ebook por Amazon y en papel (Create Space, 2015).

* "La Estirpe del Arrabal", editada en papel por Carena Books, 2016.

Así como el ensayo de investigación histórica:

* "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta", editado en ebook y papel por Create Space, 2015.

* Asimismo, ha publicado artículos, relatos y cuentos en revistas impresas y en webs literarias.

Otras novelas de esta autora son "Iberia Histérica", “La Horca y el Péndulo”, “Encrucijada”.

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