Las nueve musas
concurso relato breve

La casa en la que vivía el viejo era la más antigua del lugar, tanto, que se creía que había sido la primera casa del pueblo. Sus ancestros habían ayudado a la orden de los franciscanos desde tiempos inmemoriales. Ayudaban en las cosechas, en la restauración del convento y en lo que hiciera falta, quizás por ello, el viejo gozaba del respeto de los religiosos. Fray Rufino, el guardián del convento, le tenía en mucha estima y con frecuencia mandaba a los hermanos a llevarle diversos productos de la huerta.  Los niños del lugar no compartíamos el mismo sentimiento por el anciano. Acostumbrábamos a llamarle viejo pese a la corrección de nuestras madres, que insistían en que nos refiriésemos a él como señor Demetrio, pero nosotros le llamábamos viejo a conciencia, porque nos resultaba gruñón y antipático.

Estábamos en los terribles años de 1942 en una Italia entregada a la causa nazi. Los niños de Perusa vivíamos la escasez en nuestras carnes y nos fastidiaba ver el privilegio con el que contaba el viejo ante la población y la orden de los franciscanos.

 Burlábamos la vigilancia de nuestras madres y, si el tiempo era bueno, jugábamos a molestarlo. Sobornábamos a su perro con restos de comida, y entrábamos en su propiedad para tirarle piedras a los balcones, golpear con fuerza la aldaba de la puerta, y escapar corriendo en cuánto le divisábamos. Los más osados intentaban colarse dentro de la casa para amedrentar después a los demás contando siniestras historias, como que el viejo coleccionaba cosas extrañas y que guardaba en su despensa tarros llenos de formol con restos humanos. Las malas lenguas decían que andaba en tratos con el diablo y que los monjes, para que los dejase tranquilos y no trajese el mal a la aldea, le llevaban alimentos como una forma de mantenerlo a raya. Los chicos más mayores iban aún más allá de todo esto y aseguraban que los religiosos le llevaban, en medio de las viandas,  cuidadosamente escondidos, restos que iban a parar a su laboratorio, como embriones de mujeres que habían sufrido abortos, o muñones amputados provenientes de la enfermería del convento. A decir verdad, yo no creía nada de esto y tenía al viejo por buena persona, a pesar de su talante huraño. Poco a poco, fui desligándome del grupo poniendo excusas para quedarme en casa cuando insistían en  molestar al pobre hombre, pero, sabedor de sus planes, no dejaba de sentirme cómplice por mucho que me retirase, por lo que  pronto urdí otro plan para contrarrestar el de ellos: me haría amigo del viejo y, entre los dos, los alejaríamos. Fue así como mi amistad con Demetrio comenzó a fraguarse.

El primer día que acudí a su casa lo hice con la excusa de llevarle unas viandas del convento en lugar del hermano Bruno, al que intercepté con el encargo por el camino. No olvidaré la expresión del anciano al abrirme la puerta. Intenté  convencerle de que mi intención era buena pero, sin darme tiempo, cogió el cesto con la comida y  me cerró la puerta en las narices. No me di por vencido y continué rondando su propiedad y ofreciéndole mi ayuda ante la menor excusa. Tanta fue mi insistencia que, al final, una tarde lluviosa de invierno en la que acudí de nuevo con unos tarros de mermelada de parte del prior, se compadeció de mí al verme empapado y me hizo pasar para que me secase las ropas junto al fuego. Demetrio era hombre de pocas palabras, pero generoso de puertas adentro. Sin importarle mis quince años, me invitó a un café irlandés y me ofreció su pitillera. Fue la primera persona en tratarme como a un adulto y eso le granjeó automáticamente mi respeto. Entre él y yo se estableció una extraña relación, y pronto pasé a ser su chico de los recados, a cambio él me daba propina y eso me daba cierta independencia a una edad en la que disponer de algo de dinero te amplía el mercado de posibilidades. Me pagaba también por tareas de poca monta, como segarle el césped, ayudarle a colocar una verja, o recoger el ganado. Demetrio contaba con un rebaño de cabras y ovejas de las que sacaba leche, quesos y mantequilla que luego vendía en los colmados del pueblo. Lo mismo hacía con los huevos de las gallinas o con los animales que cazaba, pero a mí no me cuadraban nunca las cuentas, pues muchas veces le acompañaba en sus cacerías, y el número de los venados o conejos que cazábamos era muy superior al número de los que vendía. Él me explicaba que el invierno era largo y que metía muchas piezas en el arcón refrigerador,  en previsión del mal tiempo o de cualquier imprevisto que le impidiera salir de caza. Como yo era joven y, a fin de cuentas, no era asunto mío llevar la contabilidad del viejo, no me preocupaba mucho por estos detalles, pero no podía evitar que la duda se me instalase entre ceja y ceja, y regresase a mi memoria parte de la leyenda que envolvía al hombre, cada vez que veía como Demetrio tan solo vendía una de cuatro partes.

Descubrí su secreto, como suele pasar con la mayor parte de los descubrimientos importantes, por pura y simple casualidad. A estas alturas de mi amistad con Demetrio, contaba yo con una llave de seguridad para entrar en su casa en caso de urgencia, siempre que fuese estrictamente necesario. Conocedor de la reserva de mi amigo y de lo importante que resultaba para él mantener su intimidad no había hecho uso de ella hasta aquel día en que, después de golpear la puerta varias veces sin obtener resultado, decidí emplear la llave para poner a salvo las botellas de vino y las truchas escabechadas que acababan de enviarle por mí desde el convento,  y, tras dejarlas encima de la mesa de la cocina, ya me iba cuando llamaron mi atención unos ruidos que provenían del fondo de la casa.

Extrañado, agucé el oído pues me pareció oír la voz de Demetrio, y otras voces desconocidas que le contestaban. A mi mente vinieron entonces las murmuraciones y leyendas sobre la actividad del viejo y a punto estuve de abandonar la casa pero, tal como afirma un antiguo dicho, la curiosidad mata al gato. Mi naturaleza impulsiva no podía dejar de lado la oportunidad que se me presentaba así que, con especial sigilo, busqué la puerta del sótano y comencé a descender, muy despacio, por sus escaleras empinadas. A medida que descendía palabras comprometedoras fueron llegando a mis oídos: pasaportes, salvoconductodeportados. Al darme cuenta de lo que allí ocurría quise volver sobre mis pasos sin que me viesen, pero ya era tarde. El crujido de una tabla al descender les había alertado de mi presencia.

―¿Quién va? ―preguntó el viejo Demetrio con una voz de mando que le desconocía, al tiempo que sentí el ruido de  una pistola al cargarse.

―Soy yo, Demetrio ―dije con un hilo de voz, mientras me agachaba por puro instinto.

 

El grupo de hombres y mujeres allí refugiados  ―pues tal era la palabra que los definía― no se ponían de acuerdo en qué hacer conmigo. La mayoría opinaba que su seguridad estaba en peligro y que era imposible que un chiquillo como yo mantuviese la boca cerrada. Aunque Demetrio estaba de mi parte, no dejaba de estar enojado, pues quedaba en una posición ante los demás que le obligaba a tomar responsabilidades. Tras largos momentos de tensión y juramentos en los que la mirada del hombre  me fulminaba a cada segundo,  acordaron que la única garantía que podían tener de que yo no hablase era dejarme allí encerrado. Ante mi cara de susto y perplejidad, Demetrio se aprestó a tranquilizarme.

―No te preocupes, chaval. El guardián del convento hablará con tus padres y les convencerá de que te hemos encargado una misión.

Comprendí que los religiosos eran sus aliados para acoger a los judíos y de ahí venían las continuas entradas de alimentos que le procuraban. De pronto cuadraron en mi mente las cuentas de adónde iban a parar los animales de caza que el viejo no vendía, las botellas de vino, y las ingentes cantidades de leña que almacenaba. Al mirar con detenimiento  las caras de aquellas gentes pude ver el sufrimiento en sus ojos, la amargura en el rictus de sus labios, pero también la esperanza en los rostros de los más jóvenes, pues había niños y adolescentes allí en los que antes no había reparado.

 

Fue así como comenzó una nueva etapa en mi vida, marcada por el encierro con los exiliados judíos que habitaban en el trasfondo del sótano de Demetrio, pues el sótano, propiamente dicho, no terminaba dónde parecía, sino que contaba con una puerta oculta, que daba lugar a otras escaleras, por las que descendían los refugiados al caer la noche para llegar a otro refugio más profundo. Durante el día, todos ellos ascendían al segundo sótano para recibir un poco de luz, que entraba fugazmente a través de un pequeño ventanuco. Se cuidaban mucho de descender en cuánto Demetrio tocaba un timbre que tenía conectado al refugio desde la parte alta. Aquella tarde yo le había dicho a Demetrio que no vendría porque tenía que estudiar para un examen de historia pero, en el último momento, me había llamado el hermano Bruno para entregarme las botellas de vino y las truchas que pensaba tener listas al final de la semana y, debido a un cambio de planes en la organización, habían preparado antes. Todo pareció confabular, en resumen, para que yo me quedara encerrado en el refugio con los huéspedes de Demetrio, y conociese de primera mano parte de los horrores del holocausto. Algunos de ellos habían perdido a sus padres, esposas, hijos, madres, hermanos y demás familiares, de mano de los oficiales hitlerianos. Hasta entonces, Auschwitz,  Dachau,  Gross-Rosen, no eran más que palabras pronunciadas a media voz y a las que aprendí a sumar otras, como  Risiera di San Sabba, en el que las condiciones de vida eran míseras pese a no ser deshumanizantes como en los campos de Alemania. Conocí la tristeza de no ser nadie, de perderlo todo y de depender de la caridad de los demás para sobrevivir pero, sobre todo, gracias a este encierro forzoso, tuve la oportunidad de conocer a Amanda.

 

Yo tenía dieciséis años en aquellos momentos, tres menos que Amanda. Ella era una joven muy culta, a la que le encantaba leer, de una belleza sin igual. Sus ojos almendrados te miraban de tal manera que no podías ocultarle nada. En el medio de la oscuridad del refugio, su piel blanca resplandecía ante la escasa luz de que disponíamos, como si se tratase de un diamante. Había conseguido traer, entre sus pocas pertenencias, unos pocos libros, sobre cuya lectura volvía una y otra vez, siempre que la luz se lo permitía. Fue ella la que me contó la historia de su pueblo, la que  me habló de política y de  los sueños de grandeza delirantes aprovechados para hacer germinar la idea de La gran Alemania como excusa para conquistar el mundo. Pero no solo de política se nutrió nuestra relación. Con Amanda era posible hablar de cualquier tema, inabordable con cualquier otra chica. Yo la veía como una maestra, por mucho que ella, de naturaleza humilde, se restase méritos; podía sentir cómo mi mente se abría al hablar con ella, para encontrar las respuestas a lo que preguntaba. No me preocupaba estar en el refugio, al contrario, mi obsesión era irme con ellos cuando consiguieran marcharse, para seguir al lado de Amanda. Incluso le planteé mis deseos a Demetrio, que me miró como si estuviese loco y los desechó de inmediato.

Cuatro meses de aquel otoño-invierno de 1943 fueron los que pasé encerrado en los sótanos de Demetrio, y puedo asegurar, sin ningún temor a equivocarme,  que fueron los más intensos y provechosos de mi existencia. No solo en el terreno sentimental, sino en el conocimiento de la naturaleza humana y en su inmensa capacidad de recuperación, de seguir adelante en las circunstancias más adversas e inesperadas que la vida pueda ponernos por delante. No dejó, ni por un momento, el viejo Demetrio que me relajase en mis responsabilidades con la excusa del encierro,  sino que aprovechó para encomendarme que, dado mi repentino interés por la lectura y los acontecimientos políticos, llevase un diario de todo cuánto  sucediese en el sótano además de la contabilidad de los gastos. Ese sería el proyecto con el que se me conocería, una vez terminada la etapa funesta que nos tocaba vivir. No dejaba de sorprenderme mi amigo con su conducta y sus intentos para animarme a formar parte activa de la historia. Tanto que solo ahora, con la escuela que dan los años, llegué a formarme una idea del formidable hombre conocido como el viejo de la colina, que vivía en un pueblo de Italia.

Cuando llegó el día en que, finalmente, llegaron los pasaportes y salvoconductos que necesitábamos para que los hebreos pudiesen continuar su camino,  sentí desgarrarse una parte de mi alma. Sabía que no podía ir con ellos, abandonar a mi familia e intentar labrarme un futuro incierto al lado de una mujer increíble cuando yo no tenía más que dieciséis años. La infinita paciencia y razonamiento de Amanda, que soñaba con poder ser un día una buena maestra,  me hizo ver, aunque a regañadientes, que nuestros destinos tenían que separarse. La noche antes de partir la pasamos leyendo juntos pasajes del reciente libro de Saint Exupèry: El principito, y nos cambiamos nuestros nombres por Rosa y Zorro. Me quedé con el libro, y con el obsequio de una foto suya que me dejó guardada dentro del mismo y dedicada, en su parte posterior, con una de las frases célebres del cuento:

Siempre estaré contigo. «Recuerda que lo esencial es invisible a los ojos».

Aunque prometió escribirme a casa de Demetrio, nunca llegué a recibir sus cartas. El viejo héroe murió poco tiempo después, a causa de un fulminante ataque al corazón que nos dejó a todos conmocionados. Su casa fue derribada con el tiempo por sus sobrinos, los cuales construyeron en el terreno un hostal al terminar la guerra, sobre cuya fachada hicieron poner una placa que reza:

Antigua casa de Demetrio Belgrano, bajo cuya tutela numerosos judíos pudieron salvar sus vidas del holocausto nazi.

Los monjes franciscanos se alegraron de verme regresar a mis estudios y, cuando tuvimos que partir de la aldea por el traslado de trabajo de mi padre a otra localidad,  nos brindaron gustosos cartas de acogida para otros conventos de la orden, por si en alguna ocasión llegábamos a necesitar de ayuda,  así como las puertas abiertas del suyo para venir a visitarlos. Terminé con éxito la carrera de medicina y, a mi vez, intenté seguir ayudando a mis semejantes en todo cuánto, Amanda y todas las personas que estuvieron conmigo en aquellos oscuros tiempos, me habían enseñado.

 

                                                                            Nadia

 

Castaño

 

 

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades “Las nueve musas”.

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana “palabra sobre palabra”.

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog “Ángel González – poeta”, homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de “MEMORIA 2012” (Editorial Círculo Rojo), “El viaje” (2013) Editorial círculo Rojo, “La gramática de las cigarras” (2014) Editorial Círculo Rojo. “En este banco” (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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