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La cama: curiosidades históricas

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De Albino Lucciani cuentan que, una vez convertido en Juan Pablo I fue a conocer los aposentos papales, y habiéndose quedado pensativo contemplando la imponente estancia, se le preguntó si hallaba en la cama algún inconveniente.

—Solo uno —dijo: que habré de morir en ella.

Dejando aparte que efectivamente murió en ella, como habían muerto sus predecesores, la frase tuvo carácter profético: apenas 33 días después de ser elegido Papa fallecía Albino Lucciani en circunstancias más que sospechosas, precisamente en aquella cama que tan sombríos pensamientos le inspirara.

IMPORTANCIA DE LA CAMA EN LA HISTORIA

Cama mediaval

La cama como lugar de cobijo

Antes de convertirse en escenario obligado de nacimientos, convalecencia, muerte y actividades lúdicas, la cama proporcionaba el necesario descanso y calor desde los tiempos más remotos. El hombre prehistórico se fabricaba una especie de jergón con pieles mientras fue nómada, y con paja u otros materiales naturales ya en el Neolítico.

Las civilizaciones griega y egipcia complicaron el diseño creando un armazón con cabecero que mantuviera el colchón alejado del suelo, y de las serpientes. Los romanos añadirían después los culcitae, las cervicalias y las ropas de cama a modo de cobertor, pues las sábanas no comenzaron a usarse hasta el siglo XI -los primeros lienzos destinados a cubrirse durante el sueño datan del año 1000, y fueron inventados en El Cairo por Rashid Sab-Anah, de donde procede el nombre por el que fueron conocidos después-.

Los pueblos nórdicos disponían sus camas depositando pieles sobre depresiones practicadas en el suelo que se cubrían con ceniza, para aprovechar de este modo el calor. En zonas de climas más extremos que el Mediterráneo la cuestión del frío propiciaba ésta, y otras costumbres, más que curiosas. En la Edad Media el cobijo se procuraba mediante pesados cortinajes que aislaban del frío y de indiscreciones, siendo como era costumbre que el encamado durmiera desnudo para no introducir en el lecho las pulgas y piojos que solían estar presentes entre las ropas de uso cotidiano. Una cama del medievo podía albergar de 7 a 8 personas, cuyos cuerpos juntos venían a producir el mismo efecto que las cenizas de los nórdicos.

El tálamo matrimonial

Cama con dosel de la época de la Edad Media El lecho conyugal, o Tálamo, adquiere desde tiempos bíblicos la consideración de altar de sacrificio: el de la mutua entrega de los esposos bendecidos por Dios. La bendición nupcial abarcaba tanto a los contrayentes como al tálamo físico, alrededor del cual se celebraba la ceremonia de unión. Estando por tanto el lecho bendecido los cónyuges se obligaban a no corromperlo, esto es, a mantener la fidelidad y el decoro necesario; compromiso que se extiende en la tradición católica: “El tálamo nupcial, como dice el Apóstol, ha de ser inmaculado; es decir, ha de estar libre de impurezas y otras falsedades profanas” (Tercera parte de la Introducción a la vida devota, capítulo XXXIX, “De la honestidad del tálamo nupcial”).

Ya Homero, en la Odisea, señala el tálamo como símbolo de fidelidad y de la misma institución matrimonial. Entre los griegos la importancia del tálamo definía la esencia misma del matrimonio y la sociedad. El tálamo de Penélope y Odiseo, construído por el héroe heleno, representaba al eje del hogar, y por tanto era inamovible: la base del lecho era un olivo como columna, y por tanto solo podía moverse talando el árbol, que a su vez representaba la base del matrimonio.

Esta importancia del lecho conyugal se refleja en forma de enfrentamiento jurídico en la Andrómaca de Eurípides, en el que la concubina y la esposa legal de Neoplólemo se enfrentan por el derecho a compartir la cama del rey: matrimonio legítimo frente a concubinato ya en el siglo V a.C.

cama estilo imperio

Católicos y protestantes: distintos usos de la cama

Mientras los católicos seguían la recomendación de Santo Tomás de compartir el lecho conyugal como buenos cristianos, las ramas protestantes del cristianismo se decantaban por el uso de camas separadas. Lógicamente se imponía la visita a la cama contraria para hacer uso del matrimonio, costumbre que propiciaba escenas de cámara más que curiosas; incluso en los matrimonios reales era costumbre que el rey visitara a su esposa con una vela en una mano, y una escupidera en la otra; la una para alumbrarse, y la otra por si sobrevenía la necesidad de evacuar aguas durante la incursión marital en el lecho distante.

Algunas congregaciones religiosas llegaban a prescindir de la cama para el descanso, y se imponía como penitencia la verticalidad constante incluso para dormir. A este efecto había quien se ataba a un poste o se sujetaba por los brazos con unas cuerdas, para que el cansancio no venciera el estado vertical del cuerpo.

A pesar de que la moral cristiana impuso la conveniencia de no compartir cama más que con el cónyuge legítimo, la costumbre medieval de compartir el lecho casi con cualquiera se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVIII. Era corriente que los huéspedes se encamaran con el anfitrión; que se compartiera lecho con perfectos desconocidos en hospederías y que los enfermos se hacinaran en el mismo lecho durante su estancia en los hospitales. San Vicente de Paúl llegó a denunciar esta situación ante la reina Margot de Francia, que concedió graciosamente mayor cantidad de camas.

 A batallas de amor, campo de plumas

Habiendo comentado los usos de la cama como escenario marital, de cobijo y de descanso, no podemos olvidarnos de su uso aleatorio o pasional:

Ningún vestigio tan inconsolable como el que deja un cuerpo entre las sábanas.”

 Los versos de Caballero Bonald nos llevan a contemplar la cama como el campo de plumas donde se expresa el amor en su estado físico. Expresa el poeta el rastro que deja en el lecho el cuerpo que lo ha ocupado; quizá por el desorden, el calor o el olor del cuerpo ya ausente, que trataremos un poco más adelante por la importancia que indudablemente tienen estos rastros en todo lecho de amor que se precie.

Cama hospital 1914

Cerrarán este artículo las palabras de Gabriel y Galán que se refieren al olor que deja un cuerpo amado entre las ropas de un lecho, pero mientras tanto consideraremos que la cama llegó a ser un mueble tan imprescindible en la vida cotidiana, que incluso el legislador se vio en la necesidad de respetar su posesión a efectos jurídicos:

 La cama como bien inembargable

 La Ley de Enjuiciamiento Civil empezó a contemplar en 1881 que se exceptuaran de los bienes embargables los utensilios de trabajo, muebles y enseres necesarios para la supervivencia, entre los que se incluía la cama. Hasta ese momento se daban casos en que el mueble que nos ocupa era embargado incluso con su ocupante dentro, en caso de que éste se hallase enfermo o incapacitado para abandonarlo. Relata Gabriel y Galán la situación de un campesino extremeño a quien van a embargar en el momento en que su mujer acaba de morir. El poema se llama El embargo, y está escrito en la lengua antigua extremeña, el castúo:

Pero a vel, señol jues: Cuidaíto

Si alguno de ésos

es osao de tocali a esa cama

ondi ella s’ha muerto:

la camita ondi yo la he querío

cuando dambos estábamos güenos;

la camita ondi yo la he cuidiau,

la camita ondi estuvo su cuerpo

cuatro mesis vivo

y una nochi muerto!

 

¡Señol jues: que nenguno sea osao

de tocali a esa caña ni un pelo,

porque aquí lo Jinco

delante usté mesmo!

Lleváislo todu,

Todu menus esu,

que esas mantas tienin

Suol de su cuerpo.”

 

El bendito olor del cuerpo amado.

Yolanda Cabezuelo Arenas

Yolanda Cabezuelo Arenas

Yolanda Cabezuelo Arenas es un espíritu libre, extraño equilibrio entre la estricta educación conservadora y la influencia librepensadora de su padre José Luis Cabezuelo Holgado, insigne abogado que durante muchos años lo fuera del Consulado de Italia en Sevilla, ciudad donde era conocido por su erudición.

De su madre, Laura Arenas Green, perteneciente a una familia aristócrata y aficionada a las Artes, hereda el de verbalizar y hacer visible la realidad. Hay que recordar que es sobrina de Luis Arenas Ladislao, conocido fotógrafo cuyo legado diera a la belleza de Sevilla proyección internacional, incluso la Sevilla secreta de la más estricta clausura en e Sevilla oculta, Sevilla eterna y Semana Santa en Sevilla.

Su tatarabuelo, Isauro López-Ochoa y Lasso de la Vega, fue un periodista perseguido por sus ideas liberales; fundador de la revista El Avisador, que contaba con la colaboración de Javier Lasso de la Vega, José Gestoso, Luis Montoto, Antonio Machado y José de Velilla, entre otros.

El ambiente familiar propició el trato desde niña con personajes destacados de las Artes, recibiendo una formación esmerada en el estudio de la Historia, Literatura, Música y Pintura, faceta que perfeccionó en la escuela de Artes Aplicadas y oficios artísticos de Sevilla. También fue alumna de José María de Mena en la escuela de Arte dramático, llegando a interpretar y dirigir obras como Cinco horas con Mario, La vida es sueño, Don Juan Tenorio y La casa de Bernarda Alba.

La principal temática de sus escritos ligeros se centra en el comportamiento humano. Para estudiarlo no ha dudado en introducirse en distintos ambientes sociales, incluso marginales. Aunque reconoce que “habría podido evitar conocer a algunas personas, he aprendido la importancia de los valores viendo las consecuencias que sufren quienes viven sin ellos”.

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