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Las nueve musas
Kedma

Si el encuentro erótico de dos cuerpos es una tormenta durante la cual —entre truenos,  aguas, destellos  y  Silencios— dos seres recuerdan su divinidad, cada poema del presente volumen es uno de los charcos que pisamos cuáles niños -solos, maravillados, repletos- después del aguacero.

Son los versos de Martínez de León la prueba del por qué  un Dios decidió hacerse carne.  

KEDMA
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Conmemoran que durante la tormenta —que asusta, que revitaliza— todos fuimos concebidos.  Nos invitan a evocar que lo divino está en y es toda palabra de toda lengua que labios humanos han pronunciado. Nos convidan a danzar nuevamente entre los labios de la autora y saborear el retorno del Paraíso Perdido. Nos preguntan si hemos amado sin cordura. Proponen que la carne, perecedera, es también divina; de modo que cada poema supone una aproximación al atávico hecho, fácilmente obviado, de que sea en el silencio después de la tormenta erótica cuando la intimación de la inmortalidad se hace evidente.

Con fuerza poética inusitada, Martínez de León nos seduce con la idea de que la sexualidad es el cáliz –aquél receptáculo transformador donde lo mundano se diviniza- de la palabra.

Evocada por la imaginación del poeta —siempre puesta al servicio de su experiencia erótica y de una invitación a vivir literariamente el riesgo de entregar el cuerpo (como la entrega que hizo Cristo) a otro— el acto amatorio nos llevará al éxtasis, al estar fuera de sí, desplazado, a la deriva, a un desplazamiento del alma que nos llevará, a su vez, a la ansiedad mística: cuando estamos en el momento extático, ¿dónde estamos, quienes somos, hacia dónde nos encaminamos?

Las respuestas que encuentra Martínez de León a estas preguntas parten de los signos que están presentes en los actos eróticos: el sexo empinado del hombre, el sexo abierto de la mujer; el semen, vino blanco; el pecho de la mujer, puerta de retorno a la infancia.

 Martha Leticia Martínez de  León parte de estos signos, carnales, sensibles, para venir a dar con los signos místicos de las religiones del oriente, el cáliz, el cirio, la ambrosía, el aceite, la miel.

Parte hacia el Oriente, pues, —Kedma—, lugar en donde, otrora, el encuentro erótico era anémona en el desierto de Néguev: era recuerdo fugaz del Paraíso Perdido.

David Morrison

Ficha del autor Martha Leticia Martínez de León

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