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Julio Cortázar: la búsqueda de una nueva racionalidad

Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y recontra cada día contra cada cosa que los demás aceptan y que tiene fuerza de ley.

Papeles Inesperados. Julio Cortázar

I

En los diferentes escenarios intelectuales del mundo se ha producido durante las últimas décadas un complejo debate acerca de la crisis del racionalismo ilustrado, modelo cognitivo con el que Occidente se pensó a partir del siglo XVIII.

Quienes ocupan lugares extremos -me refiero a las tribus modernas y posmodernas- propician cierto clima poco transparente que dificulta la emergencia de un pensamiento social con clara voluntad crítica, necesario para entender los problemas más urgentes de la humanidad.

Mientras los grupos modernos tratan de restaurar una legalidad epistémica hecha añicos, a través de la subcultura mass-mediática; los posmodernos, rendidos por el desencanto, defienden la indiferencia política de una estética vacua e intrascendente.

CortázarEn El discurso posmoderno: crítica de la razón escéptica, Rigoberto Lanz revela el neoconservadurismo de los dos enfoques, alertando sobre el hecho de que, finalmente, ambos trabajan para el mismo jefe: el Gran Relato Moderno. El sociólogo también precisa que dentro de los planteamientos posmodernos se deben hacer, por lo menos, dos distinciones: la posmodernidad pasiva, “…distraídamente fofa que sirve objetiva y funcionalmente a las ideologías retrógradas.” (Lanz; 2000: 115) y la positividad del discurso posmoderno, de tendencia “…abiertamente contestataria e impertinente…” (Ibíd., p. 115). Lanz se pronuncia a favor de esta última, postulando una razón posmoderna “débil y con r minúscula”, en la que conviven la sin-razón, la sensibilidad, los recursos múltiples del lenguaje, pero a la cual no le atemorizan los desafíos del conocimiento teóricamente constituido y de la comprensión-construcción de la realidad. Siguiendo esa visión, en el prólogo de su libro expresa:

Abogamos por una razón posmoderna que apele resueltamente a la dialogicidad del pensamiento, a la racionalidad (nueva) de la reflexión crítica, a la consistencia (otra) de las construcciones teóricas, a la complejidad del pensar mismo, a la fecundidad de una cierta lógica argumentativa. Sería un disparatado extravío esperar que una cierta lógica del pensamiento sea sustituida por el centelleo pulsional de la poesía. (p. 25).

 Mi ensayo se sitúa en el marco de dichas ideas, reconociendo en el discurso posmoderno la apuesta a la pluralidad de paradigmas y al pensamiento abierto, la vocación intertextual y desconstructiva, el elogio a la diferencia, el uso de la diseminación como estrategia y la asunción de la postura intercultural, entre otros rasgos esbozados por Lanz. Desde allí reflexiono sobre un cuento poco conocido de Julio Cortázar: Con legítimo orgullo. Debo confesar que cuando me acerqué por primera vez a los textos de este magnífico escritor latinoamericano experimenté una gran conmoción. Cautivada por las incertidumbres que proponían sus narraciones, comencé a cuestionar los patrones cognitivos de las verdades científicas y a deslegitimar los modelos de referencia donde se protegían las categorías, los métodos, los conceptos. En aquellas lecturas iniciales -no contaminadas aún por las discusiones en torno al ocaso de las ideologías herederas de la Modernidad- advertí una búsqueda que actualmente considero similar a la de la razón posmoderna. Me refiero a esa inquietud por romper las unicidades, violar los límites sagrados y derrocar la dictadura del logos, que se manifiesta en buena parte de su obra.

II

CortázarInmersos en circunstancias disparatadas, los personajes cortazarianos se avienen a ellas con una conformidad todavía más absurda. Pero si el hecho singular causa asombro, la obediencia de esos seres, su comportamiento casi maquinal, produce inevitablemente el escándalo. Mediante el asombro y el escándalo suscitados, Cortázar nos invita a deconstruir las leyes que rigen el pensamiento occidental y a despojarnos de los hábitos mentales que condicionan nuestra percepción de la realidad: lo verdaderamente irrazonable es la cultura afirmada en la historia, el hábito, la tradición. Dicho con otras palabras, lo incongruente es la sumisión del ser humano a cánones ininteligibles y su renuencia a cuestionarlos por miedo a lo desconocido. He ahí uno de los objetivos fundamentales de su escritura: desacomodar a los lectores que, instalados en una mullida seguridad, se predisponen contra lo insólito. Dicha estética se corresponde con su indagación dentro del hinduismo; por ello, en una de las cartas que le escribe a su amigo Fredi Guthmann manifiesta su desasosiego existencial:

A cada cosa que tú decías o me leías (…) yo notaba fríamente en mí la resistencia casi demoníaca de un orden cerrado, construido, que teme perder su comodidad y su rutina, y se subleva ante la palabra nueva, ante la Noticia (…). No sé lo que pasará, porque la batalla es dura y yo me he conformado hasta hoy con lo que tenía y alcanzaba… (Cousté; 2001: 118).   

En el sondeo de otras miradas, Cortázar remeda una civilización que limita cualquier disidencia. Para lograrlo, construye mundos de ficción donde los personajes se aferran a inalterables esquemas remotos como el tiempo, caducos en relación a dilemas propios de nuevas contingencias históricas. Es más, en la mansa aceptación de costumbres enajenantes, aniquilan su libertad, sus sueños, sus ideales, su autenticidad. Indagar en la absurdidad de los seres humanos a través de estos personajes es explorar un mundo entrópico que las teorías del conocimiento moderno han sujetado con obstinadas leyes. Precisamente, en el cuento “Con legítimo orgullo”, la realidad y sus normas son confrontadas; sin embargo, no es una oposición de lo cotidiano per se, sino en lo que tiene de inauténtico, de engañoso. En este relato se describen los pormenores de la campaña contra las hojas secas, llevada a cabo por los habitantes de una nación todos los años, “…a partir del dos de noviembre a las nueve de la mañana.” (Cortázar; 1974: 39).  

cortazar - llosa
Cortázar con Vargas Llosa

La narración de los hechos se desarrolla desde el nosotros, pero se adivina la presencia de un personaje, de un yo encubierto bajo esa pluralidad. El narrador-personaje, atemorizado ante el sistema opresor, se esconde tras la seguridad de la muchedumbre para censurar el atropello. De esta forma, relata para dos tipos de lectores: uno, ente pasivo de la lectura, no mirará más allá de los signos impresos; el otro, elemento participante y crítico, hallará las corrientes ocultas del cuento. Cortázar los denominó lectores hembras y lectores machos, infeliz categorización que le ocasionó muchos malentendidos, sobre todo, con las feministas. Nuestro autor explicó en varias oportunidades que no se trataba de una clasificación misógina, sino de una metáfora basada en el tradicional papel pasivo, que hasta ese momento, según él, habían asumido las mujeres en la sociedad. En fin, en el texto se superponen dos relatos: el primero, respetuoso de las costumbres establecidas; el segundo, de tono subversivo y cuestionador. Comprendida la magistral ductilidad del cuento, no extraña su carga irónica. Justamente, es la ironía uno de los medios utilizados por el narrador-personaje para escabullir cualquier acción represiva de las autoridades. 

La campaña es ejecutada año tras año, pero el personaje no conoce el documento que la sustenta legalmente. Aunque los ciudadanos no tienen certeza de su existencia, lo  ejecutan con disciplina: “Ninguno de nosotros recuerda el texto de la ley que obliga a recoger las hojas secas, pero estamos convencidos de que a nadie se le ocurrirá que pueda dejar de recogerlas…” (Ibíd., p. 39). Perpetuada oralmente a través de la institución familiar y fortalecida con el paso de los años, la orden se ha llenado de una fuerza irrebatible. El protagonista lo reconoce: “…sólo un loco osaría poner en duda la utilidad de la campaña y la forma en que se lleva a cabo.” (p. 41). Sin embargo, hastiado de disimular su inconformidad, propaga un subrepticio mensaje de anarquía que despierte de su letargo a la población y la incite a unirse en la lucha contra la enajenante costumbre.

Ningún individuo se opone a cumplir con la arbitraria campaña, ni propone otra fecha más adecuada. Nadie intenta disentir sobre las expediciones a las selvas del norte, en las cuales desaparecen tantas personas. El protagonista insinúa cierto descontento en el pueblo, mas inmediatamente aclara con sospechoso tono servil: “Son costumbres tradicionales que tienen su razón de ser.” (p. 39). Para acelerar el término de la campaña, el gobierno utiliza mangostas entrenadas en la recolección de hojas, que han sido previamente rociadas con extracto de serpientes. El personaje manifiesta inquietud por saber todo lo relativo al método, ajeno a los pobladores:

Nosotros hemos crecido en una época en que ya todo estaba establecido y codificado, los criaderos de mangostas contaban con el personal necesario para adiestrarlas, y las expediciones a las selvas volvían cada verano con una cantidad satisfactoria de serpientes. (p. 41).

Sorprende la ignorancia del pueblo acerca de los aspectos relacionados con las expediciones, asimismo, es pasmosa la obediencia de unas órdenes que hacen peligrar la vida de los reclutados para tal actividad. Los pocos exploradores ilesos son silenciados mediante la inviolabilidad de un juramento y el paradero de los sobrevivientes heridos también es desconocido:

La generosidad de nuestras autoridades no tiene límites, incluso en aquellas cosas que podrían perturbar la tranquilidad pública. Por eso nunca sabremos -ni queremos saber, conviene subrayarlo- qué ocurre con nuestros gloriosos heridos. Como si quisieran evitarnos inútiles zozobras, sólo se da a conocer la lista de los expedicionarios ilesos y la de los muertos, cuyos ataúdes llegan en el mismo tren militar que trae a los expedicionarios y a las serpientes. (p. 43).

En el agradecimiento anterior subyace la indignación del narrador-personaje ante los abusos cometidos por el Estado. Incapaz de enfrentarse abiertamente a las autoridades gubernamentales, utiliza la ironía y el subterfugio para denunciar la incongruencia de una ley secular, que ni siquiera se sustenta en un texto escrito. El protagonista intenta hacer brotar en el pueblo una actitud contestataria, aplastada por continuas violaciones a la libertad. Transcurridos siglos de opresión y miedo, los hábitos que se extravían “…en el fondo de la raza…” (p. 40), han convertido a los ciudadanos en dóciles elementos al servicio de los indescifrables objetivos de quienes detentan el poder. Constreñida por una tradición sin memoria, la población admite una campaña absurda que utiliza mangostas para recoger las hojas secas acumuladas en el otoño.

III

La sutil crítica presente en la narración y el recuento de situaciones intolerables generan una atmósfera con regusto kafkiano que nos traslada hasta el absurdo colectivo del texto “La edificación de la muralla china”, donde el olvidado emperador de una dinastía incierta ordena a incontables generaciones la construcción de un muro discontinuo que rodee su imperio para defenderse de los nunca vistos ejércitos del norte. A lo largo de estas reflexiones hemos podido apreciar que las insinuaciones, las conjeturas, las dudas son coartadas por la fuerza de la costumbre. Aferrados a cierto orden, a determinada seguridad, los personajes del cuento “Con legítimo orgullo” realizan metódicamente su trabajo hasta limpiar la ciudad, infunden en sus descendientes el respeto hacia la campaña y el Estado, callan ante la muerte injusta de familiares y se despreocupan por el destino de los malheridos en las expediciones.

Cristina Peri Rossi y Julio Cortázar
Cristina Peri Rossi y Julio Cortázar

Después de leer a Cortázar es casi imposible ser la misma persona. Sus textos no son respuestas novedosas a las incógnitas de siempre, más bien presentan una manera distinta de formular las preguntas. Cada lectura es un acto de reinvención que nos compromete en el propósito de desandar los viejos caminos acordados por la humanidad. En este sentido, el autor pareciera respaldar una razón posmoderna que, como escribe Lanz, “…es forzosamente recortada, modesta, fragmentaria, deliberadamente anti-totalitaria, anti-sistémica y anti-unitaria.” (Ob. cit., p. 24). Comprendidas en los términos anteriores, sus búsquedas éticas y literarias tradujeron, con espíritu visionario, un pensamiento emergente, una lógica otra que agita los estudios sociales contemporáneos. Estas obsesiones hicieron que afirmara lo siguiente a María Dolores Aguilera, en una entrevista publicada por la revista Quimera:

No, mi compromiso ideológico y mi responsabilidad literaria no se asientan en ideas falsas, ni en la noción de lo razonable. La vida sólo es razonable para aquéllos que la derogan por razones de dominio, de chaleco, de seguridad programada; pero no lo es para la inmensa mayoría que vive en la miseria y la opresión, no lo es para quienes todo lo esperan porque nada tienen (…). Ni lo que llevo escrito ni mi compromiso personal buscan sobrevivencia dentro de lo razonable, muy al contrario. Si yo fuera razonable, ¿no me valdría más jugar al golf y hacer palabras cruzadas? (Aguilera y Cortázar: 16).

Luz Marina Cruz Rodríguez

BIBLIOGRAFÍA

-AGUILERA, M. D. 1981. “Entrevista a Julio Cortázar: La escritura: ese exorcismo”. Quimera, 8-VI, pp. 12-16.

-CORTÁZAR, J. 1974. Los relatos. Barcelona: Círculo de Lectores.

-COUSTÉ, A. 2001. El lector de Julio Cortázar. Barcelona: Océano.

-LANZ, R. 2000. El discurso posmoderno: crítica de la razón escéptica. Caracas: UCV.

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