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El hueso de la libertad de expresión

En nuestros tiempos una persona puede decir cualquier cosa que piense; lástima que esté tan ocupada en decir cualquier cosa que no le quede tiempo para pensar.

Y es que la libertad de expresión es un arma de doble filo. Tanto puede representar el honor y orgullo de los que lucharon por ella, como la vergüenza de los que “si levantaran cabeza . . .”

Libertad de expresión      Si no fuera una contradicción, la libertad de expresión tendría un límite: hablar mal sobre la libertad de expresión. De hecho se puede hacer, pero se corre con ello el riesgo de perder la libertad de reputación. Este texto no pretende sin embargo hacer una crítica sobre ella, sino sobre su abuso, y eso no es sólo diferente, sino todo lo contrario que negar su legitimidad. En contra de la reacción común, criticar algo puede ser la única forma de defenderlo. Predomina sin embargo la tendencia del simplismo de resorte, consistente en tomar las críticas concretas o referentes a las prácticas que degeneran la esencia de una ideología, pensamiento, o filosofía, por críticas sobre la esencia misma o sobre sus ideas generales. Así sucede que la persona que critica un punto concreto de la izquierda, es automáticamente designada como facha; el que lo hace respecto a la derecha, progre o comunista; quien critica las declaraciones o métodos de un grupo feminista en concreto, es llamado machista; quien objeta algo sobre la democracia, es llamado dictatorial o absolutista. Puede que algunas de esas personas sean realmente fachas, comunistas, machistas, o dictatoriales, pero conviene no generalizar y estar bien atento, porque entre esas personas puede que se encuentren los verdaderos y más valientes defensores de la izquierda, la derecha, el feminismo y la democracia.  

Los verdaderos porque son los ortodoxos, quiero decir los que critican sólo lo que ellos creen que no pertenece al núcleo del pensamiento correspondiente, sino una interpretación o método dañoso para él; los más valientes porque saben perfectamente que obtendrán de todo menos agradecimiento y comprensión sobre la hondura de sus intenciones. La condescendencia es la lepra de las ideologías.

    A ese mismo género pertenece el tema de la libertad de expresión: al de los modernos tabúes. Porque no es cierto que haya menos tabúes; es sólo que muchos han dado la vuelta y aún no existe la conciencia de que lo son. Pero de eso hablaremos otro día. Cada sitio en su cosa. Lo que pretendo hacer notar ahora es, por una parte, que en la libertad de expresión, como en todo, el fin no justifica los medios; y por otra, que hay tres libertades más importantes, y que sin ellas la libertad de expresión es tan significativa y elocuente como las interferencias de una radio. Parece mentira que puedan existir tres libertades del intelecto más importantes que ésta con la que cualquier político, sea del partido que sea, se llena la boca. Observemos, sin embargo, estas tres libertades desaparecidas del lenguage político y periodístico:

Libertad de conciencia: Es el umbral del pensamiento. No lo cito aquí a la manera que suele citarse, como sinónimo de libertad de pensamiento o acción, sino como anteproyecto de éste. Sólo existe libertad de conciencia cuando ésta se atreve a dar paso al pensamiento. Para explicarlo de una manera gráfica: la conciencia envía informes negativos o positivos al pensamiento. Si exponer un tema a debate de pensamiento puede derivar en una conclusión que entra totalmente en conflicto con la conclusión popular, y es expuesto a la opinión pública como motivo de marginación, la conciencia se haya coaccionada por las consecuencias y archiva la causa antes de que llegue a manos del pensamiento. Un ejemplo: durante la edad media la conciencia no era libre respecto al tema de Dios, pues su negación podía acarrear malas consecuencias; hoy la conciencia no es libre respecto al tema de Dios, pues su afirmación, y más si se profesa una religión, acarrea cada vez más el escarnio público y por lo tanto hay una coacción con la vergüenza como consecuencia. Hoy es tan difícil confesarse católico como entonces ateo, y aunque las consecuencias no sean las mismas porque el ateísmo no tiene el poder que entonces tenía la Inquisición (y no por otra cosa, véase el Ateísmo de Estado), el resultado es el mismo: la imposición y la coacción de conciencia.

Libertad de pensamiento: Es aquel pensamiento que puede fluir lejos de los cauces establecidos, abriendo el suyo propio y sin intervención de afluencias exógenas. Por supuesto, un pensamiento siempre tendrá más reputación que otro, y será aprobado por un número mayor de personas, y en ese caso puede haber una tendencia, un dejarse arrastrar por la corriente, y la libertad de pensamiento estará tanto más impedida cuanto más grande sea el caudal del pensamiento establecido. Que la materia sobre la que actúa el pensamiento haya pasado el filtro de la conciencia no asegura que el pensamiento pueda ser libre, antes se encuentra con un nuevo impedimento. Si a pesar de todo el pensamiento se libera, y su conclusión va a contracorriente de la general, las consecuencias no son tan graves, pues la conciencia ya ha actuado como aduanera y requisado lo que, en el contexto social de la época, pueda poner en riesgo la integridad del individuo. El pensamiento único está más vigente que nunca, y como hemos dicho antes los tabúes crecen cuanto más se afirma el pensamiento único. Malos tiempos para la libertad de pensamiento, por mucho que pueda parecer otra cosa.

Libertad de opinión: Es la madre de la libertad de expresión, echada a patadas de la casa por la chillona de su hija. No se oye hablar de ella, es casi una reliquia. Una de esas viejas mujeres que atestiguan otra época desde su balancín, y que reciben visitas de tanto en tanto por personas y familiares que encuentran gran ternura y sorpresa al ser testigos presenciales de tal anacronismo. Es la oportudinad de exponer nuestro juicio sobre un tema, pero es una veleta si no viene precedida de las dos libertades anteriores.

El hueso de la libertad de expresión

   El problema de la libertad de expresión, tal como se entiende y practica hoy en día, es que es una libertad que anula las dos primeras libertades mencionadas, y pervierte la tercera. Para ejemplificar el caso, veamos dos frases y comprobemos con que libertad, si de opinión o de expresión, la asociamos. La primera es «no estoy de acuerdo con lo que dices, y te expondré mis argumentos»; la segunda es «eres un ignorante y un hijo de (aquí cada uno imagine lo que quiera), además de ser más feo que mandar a la abuela a por droga». No creo que nadie dude en catalogar a la primera frase como libertad de opinión, mientras que la segunda se asocia a la libertad de expresión. ¿Por qué? Simplemente porque es menos educada. Porque entre opinar que alguien es un tal y expresarlo, hay una incontinencia verbal que pasa por alto el respeto hacia el otro, siempre que imaginemos que en el contexto estas frases se hayan como respuestas a una afirmación educada, y no similar a la segunda. La libertad de expresión sería una de las más hermosas libertades derivadas de la libertad de conciencia a no ser porque hoy una gran mayoría no gasta de eso. Porque la conciencia, al igual que el alma, no se come. Nadie invierte en conciencia, porque no cotiza en bolsa. Y como una gran mayoría de personas hoy en día son semovientes de la civilización degradada del espectáculo asquerosérrimo y nauseabundo, la libertad de expresión a venido a ser el hueso de plástico que los poderes fácticos nos han lanzado para tenernos entretenidos y, paradójicamente, calladitos. Porque algunos escuchamos el gran silencio, un silencio grande como nunca antes en la historia hubo, detrás de la superposición de voces. Que salgan en la televisión los payasos (perdón por denigrar el oficio payasil, un oficio divino en comparación con la caterva a la que me refiero) a dar rienda suelta a su verborrea, insultándose como si se debieran dinero. Los famosillos de putrefacción moral, tanto más afamados cuanto más despreciable ha sido la causa de su fama, son hoy los abanderados de la libertad de expresión. Del indudable beneficio de poder opinar y expresar nuestro descontento contra cualquier gobierno, que es por lo que realmente lucharon los que murieron por la conquista de la libertad de expresión, obtenemos en perjuicio el culto al disparate, tan superior en cantidad y en relevancia social que la causa genuina de la libertad de expresión queda reducida hasta la insignificancia.

    Lo que quieren hacernos creer es que paralela a la libertad de expresión grave y necesaria corre la libertad de expresión ligera y superflua. Esto, a efectos prácticos, tal como se ve hoy en día, es una perogrullada. Lo más preocupante es que quieren hacernos creer que eso es inevitable, que las banalidades y los disparates son inherentes a la libertad de expresión, que para oír una gran verdad incómoda es necesario oír mil mentiras. Pero este axioma puede que no sea tanto un axioma natural como uno forzado y planificado.

     Los que desconfiamos de la filantropía natural del sistema y sus orbitantes poderes fácticos, sospechamos que detrás de un gran consentimiento hacia el pueblo hay una gran estrategia contra el pueblo. Esto entraría dentro de las teorías conspiranóicas, pero las grandes conspiraciones se han vuelto tan corrientes (y verosímiles) que tales teorías ya no suenan tan rebuscadas como antes, ni quienes las sostienen nos parecen tan locos. Lo que ocurre es que, cuando el fervor popular quiere conseguir algo digno como la libertad de expresión, y los poderes son conscientes de que no se podrá demorar por mucho tiempo y habrá que ceder a esas exigencias, estudian la forma de que esa reivindicación acabe redundando en perjuicio del pueblo y en beneficio suyo. Por supuesto, para cuando ceden (no ceden, consienten por conveniencia) el pueblo está tan entusiasmado con su victoria que no se les pasa por la cabeza que aquello que han conseguido será retorcido de tal manera que las generaciones futuras lo llamarán de la misma forma, pero estará totalmente deformado. No quedará de ello más que el nombre.

     Llamemos a Juan o Antonio, a John o Anthony, a cualquier desconodido luchador de la liberad de expresión del pasado, tan anónimos como el soldado desconocido, perdidos en la intrahistoria; volvámoslos a la vida durante unos minutos de la media tarde, frente a la televisión con algunos de sus programas idiotamente célebres, y de seguro que renegarán haber luchado alguna vez por sordidez tan espantosa. «Pero si no se entiende una palabra, y lo poco que se entiende no merece la pena ser oído» nos dirían seguramente. Y tendríamos que ponerles al día y contarles que una de las características de la libertad de expresión tal como se usa o abusa de ella hoy en día, es que hablan tantos que no se entiende nada. Esta es una de las paradojas de la libertad de expresión. La segunda es, como nos ha advertido nuestro soldado desconocido particular, que lo poco que llega a entenderse no vale la pena. Volvemos a recordar, para amnésicos parciales o interesados, que esto no es una crítica a la libertad de expresión, sino una critica al insulto que se hace a la libertad de expresión con motivo de la libertad de expresión. Algo no hacemos bien cuando un ideal tan bello degenera en práctica tan estéril. Todo hacía pensar que el mundo se llenaría de oradores tales como Demóstenes, Sócrates, Cicerón o Quintiliano. Gente con algo grande y bello que decir. El resultado es que ahora que todo está a favor, los grandes dan la callada como respuesta. Es un silencio muy elocuente. Todo parece indicar que la libertad de expresión se ha vuelto (la han vuelto) en contra del ser humano. Si descartamos esta idea sólo nos queda afirmar que el ser humano es algo imbécil por naturaleza, idea ésta que no debemos descartar del todo, por mucho que no nos convenga.

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina (Mallorca, 1 de abril de 1986) es un escritor español.

Aunque sus comienzos estuvieron enfocados hacia la poesía y la narrativa (ganador II Premio Palabra sobre Palabra de Relato Breve) su escritura ha ido dirigiéndose cada vez más hacia el artículo y el ensayo.

Su pensamiento está marcado por su retorno al cristianismo y se caracteriza por su crítica a la posmodernidad, el capitalismo, el comunismo, y la izquierda y derecha políticas.

Actualmente se encuentra ultimando un ensayo.

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